Los hijos se hacían mayores y el matrimonio se preocupó por el futuro que les esperaba. En el año 1933 tomaron la difícil decisión de trasladarse a Valencia para ampliar así la posibilidad de que su familia prosperase. Federico solicitó el traslado al pueblo de Torrent (Valencia) y le fue concedido. El 6 de Octubre de 1934 tomó posesión de su plaza de maestro en el Grupo Escolar Blasco Ibáñez (hoy Lope de Vega), pasando después a las escuelas de la calle Cervantes. Posteriormente, ejerció en las escuelas situadas en la Plaza Mayor para acabar en las de la calle Marco. Fue miembro de la Junta Municipal de Enseñanza. La docencia siempre marcó su vida, era maestro por vocación. Ejerció su magisterio con niños y adultos, a los cuales atendía en horario nocturno, ya que de día tenían que trabajar. Nunca le cansaba su trabajo, y cuando veía que un niño tenía aptitudes luchaba por convencer a los padres para que lo dejaran seguir estudiando.
Tal y como nos contaba, ejerció un total de 47 años, 8 meses y 4 días. Con su esfuerzo consiguió fomentar la formación de profesionales en todas las ramas: médicos, empresarios, catedráticos, sacerdotes etc., los cuales, con el tiempo, acordaron ofrecerle un homenaje. El 24 de Noviembre de 1968 el Ayuntamiento de Torrent, regido por D. Vicente Lerma, hizo suya esta iniciativa. Los actos comenzaron en la Casa Consistorial (hoy Casa de la Cultura), donde le fue entregado un pergamino conmemorativo y se le impuso una medalla de todos los compañeros del magisterio local. Posteriormente se dirigieron a la calle que desde ese día llevaría su nombre, donde descubrió la placa conmemorativa que lo acreditaba. Como último acto se realizó una comida en el Hotel Lido de Torrent. Allí también le comunicaron que en un futuro se construiría un colegio que habría de llevar su nombre: Federico Maicas.
Ese colegio, aunque él no pudo verlo, se construyó, y ahí está. Como está la placa que lleva su nombre en una calle de Torrent. Pero el legado más entrañable que nuestro abuelo dejó para la posteridad es la huella que dejó entre quienes lo conocieron. Hombre comedido y humilde, de hondas creencias religiosas sin acercarse jamás al fanatismo, trabajador incansable, pacífico y sabio. Era de naturaleza sana, como sana era su vida. Le gustaba el dulce, la comida sencilla, los paseos, las tertulias y la pesca con caña. Vivió hasta los 87 años , activo y lúcido como siempre fue. Nunca sacó de su trabajo otro beneficio que su justo salario, su íntima satisfacción y el aprecio de sus alumnos.