Habían pasado ya como varios meses desde que me bauticé. Y mi vida seguía su transcurso normal, hasta que entramos en el año mil novecientos noventa y ocho, a partir de esa fecha tuve que ir casi todos los meses al hospital, puesto que en mi cuerpo habían nacido unas manchas algo extrañas.

Al principio yo no las di mucha importancia, ni tan siquiera se lo dije a mis padres. Pero esas manchas que nacían a los dos lados de mi cintura, empezaron a crecer y hacerse más visibles, yo en realidad no sabía que era, y del sol no podría ser ya que apenas me daba el sol en la cintura.

Al cabo de un mes, cuando se lo dije a mis padres, me llevaron al médico. Nos atendió un médico un poco mayor, y nos dijo que me pusiese crema Nivea, y que me diese el sol en las manchas que cada día se hacían más grandes.

Así estuve como unos dos meses más, sin que diera efecto nada, y mi Madre, habló con la doctora diciéndola que todo lo que ella me había mandado, no me había hecho ningún efecto, es más la mancha se ponía de color marrón fuerte y más grande. Mi Madre le dijo que nos mandara al Dermatólogo para que pudiésemos estar más tranquilos y poder saber lo que eran esas manchas.

Ella accedió sin réplica, dándose por vencida, ante tal caso que desconocía su procedencia. Y al cabo de varias semanas fuimos al hospital para poder ver al Dermatólogo.

Nos habían citado a las ocho de la mañana, y como siempre las citas se retrasaban como unas dos horas, pronto nos dieron las once, después las doce, y por fin nos llamó el médico.

Entramos a la habitación y cerramos la puerta, me dijo que, qué era lo que me pasaba, y yo le enseñé la mancha. Por unos momentos se quedó observándola con la boca callada, y al rato se fue a la habitación de al lado. Mi Madre y yo nos quedamos expectantes, y al rato volvió acompañado de unas tres enfermeras, las cuales empezaron a tocar la mancha sin ningún reparo.

Me entraba mucha vergüenza cuando me mandaban quitarme la camisa, quedándose al descubierto esa macha, que cada vez se ponía más negra, con el paso de los meses.

En el Hospital, creo yo, que era la primera vez que veían esta mancha, denominada Morfea, ya que siempre que nos mandaban ir para el hospital, que cada vez se hacía más frecuentemente, muchos doctores, empezaban a examinarla, Hasta tal punto, que una vez nos dijeron que nos teníamos que quedar un poco de tiempo más en el hospital, en el cual ya llevábamos como unas cuatro horas, para ir a un especie de conferencia, entramos a una habitación y tras quitarme la camisa alguna gente se levantaba a verla más de cerca.

Yo me empecé ha preocupar, ningún médico nos decía nada, la primera vez que fuimos, nos dijeron que no sabían que era pero que lo mejor era hacer una biopsia en la cual teníamos que dar el consentimiento mi Madre y yo, mediante una firma en un papel que ellos nos dieron.

Nos fuimos a nuestra casa, y al fin pudimos descansar un poco. Nos habían citado para el viernes de la próxima semana, la cual se pasó muy deprisa, yo estaba muy impaciente, me iban a hacer ese día la biopsia y como nunca me habían hecho ninguna operación estaba un poco nervioso, nos habían citado para las ocho de la mañana, y mi padre nos llevó al hospital, como siempre en Madrid casi nunca se podía aparcar, y mi padre dio varias vueltas para poder aparcar. Cuando encontró sitio para aparcar, andamos hasta donde estaba el hospital y mi padre como tenía que ir a trabajar, se despidió de nosotros después de que fuimos a una cafetería a desayunar.

Nos sentamos a en la sala de espera de Dermatología, y vimos como pasaban las horas, sin que nos llamasen. La gente en el médico se demora fácilmente, puedes ver como los abuelitos empiezan a hablar entre sí, de lo mal que estaba el servicio médico y de que no comprendían como la gente que venía la última era la primera en entrar.

Al cabo de dos horas nos llamaron para decirnos que dentro de una hora y media más o menos iban a empezar ha hacer a tres pacientes incluido yo la biopsia.

Tras esperar casi dos horas, tan sólo quedábamos en la sala ocho personas, y nos hicieron entrar a las tres personas a salas continuas, donde se oía todo.

Yo no sabía que hacer si sentarme en la cama, estar de pies esperando a que viniese el médico o enfermera. Estaba tan nervioso que no sabía si la operación me iba a doler o pensaba en el cacho de carne que me iban a quitar.

Entró una enfermera y me dijo que me tumbase en la camilla, me puso una especie de tela verde que tenía un agujero en uno de los extremos.

Cogió un boli y me dijo que de donde quería yo, que ella me hiciera la biopsia. Yo le señalé en mi lado lateral derecho, y ella dibujó una especie de circunferencia. Cogió una jeringuilla que era la que tenía la anestesia y empezó a inyectarla en el lugar que ella había marcado.

Cuando terminó, llamó a una doctora que también estaba haciendo la biopsia a la chica de la habitación de al lado y entre las dos empezaron a hablar, decía que me había inyectado poca anestesia y que lo que me había entrado era aire, al final la doctora de la otra habitación le dijo que siguiera, y ella se me acercó con unas pinzas y con una especie de cuchillo, y empezó a hacer la maniobra en mi cuerpo.

Se podía escuchar como la chica que también la estaban haciendo otra biopsia empezaba a llorar.

Yo no sabía que hacer, si ponerme a patalear del daño que me hacía, o de empezar a gritar y ha llorar como la chica de la habitación de al lado, imagínate por que opté, por reírme.

La chica que me estaba practicando la biopsia se que daba atónita de cómo me reía, y con una mirada de sorpresa me decía que era la primera vez que hacía una biopsia a un paciente y este se reía, yo le dije que me reía por no llorar, puesto que me hacía un daño insoportable.

Una vez terminada la operación me dijo que ya podía levantarme con cuidado puesto que ya había terminado de darme los puntos y estos podían abrirse con facilidad, se fue por unos momentos de la habitación y cuando miré la mesa podía observar como estaba llena de gasas con sangre, y se me removieron las tripas, al poco rato hicieron pasar a la habitación a mi Madre, y nos dijeron que dentro de dos semanas teníamos que volver para que me mirasen los puntos y quitarlos si cicatrizaba la herida. Al pasar los días llegó, el viernes, yo cada vez estaba perdiendo más clases y temía, que estos días que para mí se hacían cada vez más largos, repercutiesen en mis notas, ya que se me daba un poco mal algunas asignaturas como Inglés o Mate, pero aun ahí pude ver la mano de Dios.

Me acuerdo que al final yo tuve que enseñar a algunos de mis compañeros en el área de las matemáticas. Parecía imposible, yo no entendía que una cosa que siempre se me había dado tan mal, cada vez las entendía más. Al final fueron las notas más altas que tuve con sietes, ochos... Me ofrecí a ayudar a algunas personas que tenían mucha dificultad en las mates y vivían cerca, y yo les ayudaba en lo que podía.

Cuando fuimos al hospital el viernes por la mañana, nos dieron una noticia que no me gustó nada, nos dijeron que se había estropeado el aparato que investigaba las texturas de la piel, los problemas que podía tener dicha piel y infinidades de cosas algo interesantes, comunicándonos que teníamos que volver a firmar otra hoja para poder repetir la biopsia.

Yo me que de con la boca abierta, por momentos recordé lo mal que lo había pasado cuando me la hicieron, pero eso sí le dije de forma graciosa pero con parte de verdad, que aceptaría si esta vez me ponían anestesia.

Me hicieron la biopsia esa misma mañana, esta vez me pusieron anestesia y casi no me dolió nada cuando empezaron a cortar la carne.

Pronto empezaría el miedo en mi vida, entre comillas, ya que yo sabía que Dios estaba a mi lado para guardarme cuando el enemigo venía para dar temor a mi vida.

Empezó después de que me quitaran los puntos de las dos biopsias, mientras yo hacía mi vida diaria, de pronto vino a mi mente una imagen que se repetía de vez en cuando.

Veía como yo estaba en medio de la oscuridad, pero mi cuerpo estaba iluminado, podía verme yo mismo, de pronto veía como unas manos grandes se aproximaban a mi costado y lo tocaban sin mover durante un tiempo, al rato las separaba de mi costado y podía observar como crecían desde ese punto unas manchas marrones, que no paraban. Yo entendí que esas manchas eran del demonio, y oré a mi Dios diciéndole que Él era el único que podía tocar mi vida ya sea para bien o para mal, y que si el demonio había hecho esto era por que tu se lo habías permitido, como ya había anochecido me acosté y de nuevo vino a mi mente esa imagen que no me la podía quitar de la cabeza.

Al día siguiente me levanté de mi cama y cuando fui a ducharme vi como en mis rodillas aparecieron como unas mismas manchas de morfea, en forma de rasguños, que quería decirme el demonio que él podía dirigirme, o acaso que él tenía el poder para hacer con mi cuerpo, lo que él quería. Oré al Señor y me afiancé más en él poniendo mi confianza en él.

A los pocos días, de lo que me había pasado se lo conté a mis padres, y les dije que quería hablar con el pastor.

Cuando llegó el Domingo, mi padre le dijo a Jony que si podía tener un momento conmigo pues le quería decir todo lo que me había pasado. Una vez que terminé de contarle a Jony lo que me había pasado estos días, él empezó a orar por mi vida.

Una vez terminada la oración pude sentirme más seguro de mí mismo, y me preguntó que como lo llevaba, yo afirmé con la cabeza con un poco de duda, le di las gracias y nos despedimos.

Cuando llegamos al hospital, y tras esperar como unas dos horas nos hicieron entrar a una sala, donde estaba una enfermera sentada en una silla con unos papeles, pronto pude observar que eran los míos, y como no solían decir nada los médicos de allí le empecé a lanzar preguntas que habían estado esperando mucho tiempo y que habían guardado silencio al no poder disponer los médicos de las suficientes pruebas. Le pregunté que si ella sabía de donde venían esas manchas que recorrían mi costado, ella levantó la mirada de los papeles y me dijo que no lo podía saber, que me encontraba más sano que una manzana, y como en dos minutos volvió a quedarse muda.

Vino un Doctor que ya le había visto en otra ocasión y me miró otra vez la mancha, cogió los papeles y por fin empezó a hablar, nos dijo que iban a empezar a dar corticoides, que eran unas pastillas muy fuertes y tenía que tener mucho cuidado con mi peso, he intentar no engordar, que eso en mí era algo muy difícil, yo era delgado pero comía un montón.

Empecé a tomar esas pastillas que sabían de mal, que no te lo puedes ni imaginar, con decirte que sólo las tenía que tragar con un vaso de agua, y una vez ingeridas me quedaba un sabor de boca que tenía que beber como unos dos vasos más de agua para que ese sabor se disipase un poco.

Pronto empezaba a sentirme un poco adormilado cuando iba al Insty, o a la iglesia, cuando estaba en mi casa, y cada vez dormía peor, casi nunca tenía un bonito sueño, lo que tenía eran unas pesadillas, o ni tan siquiera pesadillas ha veces no soñaba nada.

Pasaron los días y cuando fuimos otra vez al hospital para que viesen las manchas como avanzaban, por partes de mi cuerpo, que siempre nacían de forma simétrica, si me salía una en el brazo derecho también me salía en le brazo izquierdo, y así se repetía en distintas partes como en el tronco y piernas.

La enfermera que nos atendió nos dijo tan poco como los otros médicos que anteriormente habían estado viéndome. Al terminar nos dijo de una forma sarcástica, que no me preocupase que me volvería como Michael Jackson pero al revés en vez de blanco, negro.

Salimos, mi Madre y yo un poco molestos por ese comentario, mi madre se me acercó, y me dijo algo que tantas veces me repetía y que siempre me hacía sentirme bien y seguro, aunque no se me notase mucho. “Ya verás que cuando Dios quiera, te la va a quitar, yo sé que Él te la quitará, confía en Él”.

Una amiga de la iglesia le dijo a mi Madre que conocía a un médico muy bueno y que alomejor él nos daría más información de lo que me estaba pasando, mi Madre cogió la dirección y pensamos en ir el jueves de la semana próxima, ha ver que nos decía.

Fuimos por la tarde nos acompañó mi padre y como siempre había problemas para aparcar, nos fuimos de casa a las siete de la tarde ya que la cita la teníamos a las ocho y cuarto.

Cuando entramos a la casa, una mujer nos acompañó al salón de la casa donde se encontraban más gente leyendo periódicos y revistas esperando a que les tocase su turno, para hablar con el doctor por sus problemas.

Pasaron como unas dos horas, y cuando nos quedamos más solos que la una nos llamaron. Entramos a una habitación decorada con cuadros muy antiguos de gran tamaño, y el señor nos invitó a sentarnos.

Nos preguntó que qué era lo que me pasaba, y yo le conté lo que me había sucedido en cuestión de varios meses, él me llevó a otra habitación y me examinó y cogiendo un libro volvimos a la habitación donde se encontraban mis padres. Él lo abrió más o menos por la mitad y buscó con su dedo la palabra morféa, la encontró al lado de una fotografía en blanco y negro, yo me acerqué para observar pero él la tapó y se la mostró a mi Madre, yo pude verla más o menos, las manchas que el cuerpo tenía en la foto estaban en los mismos que las manchas que yo tenía, se podía ver como la morféa que aparecía en la foto estaba con heridas como si le hubiera entrado sólo en ese lado una especie de lepra.

Cuántas pastillas estas tomando de corticoides, me preguntó el médico, yo le respondí que me habían mandado tomar treinta miligramos, él sin parar de leer me dijo que eso era demasiado que como máximo sólo se le podía dar a una persona quince miligramos, nos mostró el libro en donde leímos lo que él nos había dicho.

La cita duró como una eternidad, pues lo poco que nos dijo ya no lo habían dicho los otros médicos, y le tuvimos que dar veinticinco mil pesetas.

Volví a casa un poco decepcionado pero ahí estaba mi familia para darme ánimos diciéndome que la mancha lo mismo que había venido, se podía ir. Quise olvidarme de la morféa pero pronto vendrían las vacaciones y la gente me miraría con gesto un poco extraño preguntándose quizás qué serían esas manchas tan grandes que tenía a los dos lados de mi cintura.

Mi madre me decía que no se me notaba y siempre con un toque de humor venía a mí para ponerme las manos encima del costado y orar por mí, para que se sanase, yo me reía y la alejaba.

Una vez, mi madre me contó que después de un culto en Madrid, se le acercó Antoñita, una mujer muy especial para nuestras vidas, ya que a mí y a mis hermanos siempre nos trataba con un cariño un tanto especial. Le dijo con tono sencillo de fe, no te preocupes, ya verás como la piel de Abel se quedará, tan limpia como la de un niño recién nacido.

Todo está en las manos del Señor, hay que aprender a esperar, Él va a obrar, hay que tener fe y no desmayar...

En el Insty, después de que ya hace como unos dos años que habían dejado de insultarme algunos de mis compañeros cuando iba al cole, empezó un nuevo insulto hacía mí, llamándome Alíen, (A causa de las manchas, que me salieron en el tronco) yo sé que lo decían de broma, no como cuando era pequeño que ahí era insultarte para hacerte daño. Y muchas secuelas, créeme, se quedan en el corazón, pero gracias a Dios ya les he perdonado. Tal vez tú nunca has sido insultado, las palabras no se las lleva el viento, que va, es más van directas al corazón, lo penetran y lo hieren, yo aprendí a no insultar a mis compañeros desde pequeño, es más nunca le falté el respeto a nadie, yo quería llevarme bien con todo el mundo, pero hay gente que sólo le gusta dejar a las personas por debajo suyo, y por eso apenas tenía amigos en mi infancia, sólo podía contar con mis hermanos, que eran los únicos que no les importaba jugar conmigo.

Más tarde cuando ya algunos de mis compañeros del insty se cansaron de llamarme Alíen, me empezaron a llamarme Mesías, yo les decía que no me llamasen Mesías, que Jesús ya había venido a la tierra hace 2000 años, yo se también lo decían de broma, pero mi alma sabía que aquel nombre sólo debía corresponder al único que dio la vida por cada uno de nosotros.

Al cabo de varios meses por fin cesaron los insultos o los nombres que nadie merecía llevar excepto Jesús de Nazaret.

Pasaban las noches y los días y la mancha seguía creciendo, estuve como cinco meses tomando pastillas y pastillas, que tenían un sabor muy amargo.

Otra vez tenía que perder clase para ir al hospital, y como casi siempre teníamos que ir por la mañana a las nueve menos cuarto.

Esta vez fuimos en autobús y metro, y tardamos como una hora y media en el trayecto, por eso nos levantamos muy pronto. A mi Madre siempre le gustaba llegar antes de la hora por si acaso faltaba una persona y nos podían meter antes en la consulta de Dermatología, y como eso casi nunca pasa, teníamos que esperar como medía hora, más las horas que se retrasaban desde que estabamos citados hasta que nos llamaban.

Cuando entramos a la habitación la enfermera me dijo que cómo iban las manchas, yo le dije que las manchas seguían creciendo (mientras en mi mente pensaba que las pastillas no hacían nada, excepto sentirme como adormilado) Vino el Doctor del bigote que casi siempre que venía a consulta me miraba las manchas, y tras examinarlas se sentó.

Vamos a reducir las pastillas dijo en un tono bajo, yo afirmé con la cabeza. Me dijo que me habían salido muchos granos aparte de los que yo ya tenía a causa de las pastillas y que me empezarían a dar una crema para ver si esto se podía quitar.

El tema de la morféa por meses fue olvidada y ahora los médicos me habían dicho que dejara la crema (que por cierto no hacía efecto en mi piel) y me recetaron una pastillas llamaron Roacutan después de que me hicieran los médicos unas pruebas de sangre.

Al principio las pastillas parecían que no hacían nada, pero al cuarto mes empezó a hacer efecto no me lo podía creer mi cara que estaba llena de granos pronto se empezó a quedar tersa y suave como la de un niño. Yo me sentí muy contento y me dije que no había mal que por bien no venga.

Yo era una persona con muchos complejos, pero como la gente pasaba tanto de mí, pronto me dio igual que la gente no estuviera conmigo pues prefería estar solo que mal acompañado.

Pasaron los días y en la clase me empezaron a tener mucho respeto, hasta Dani, el chico al que la gente le tenía mucho miedo (que iba a un gimnasio, y más de una vez se había peleado con algunos chicos) me dijo un día, que si alguien se metía conmigo que se lo dijera que él le pegaba por mi, yo le dije que muchas gracias, pero que no todo se soluciona con los golpes al final fuimos muy amigos y ya por lo menos en clase no estaba tan solo, sino que fui relacionándome de una forma más directa con los de mi clase.

Algunas veces me decía que si iba con ellos a la discoteca, pero como a mí eso de ir a esos sitios no me gustaba les decía que no. Yo esperaba a que algún día me dijesen que si me iba con ellos a otro sitio pero nunca pasó, una vez un amigo mío me invitó a verle jugar al baloncesto, y yo acepté, al final terminé jugando con ellos por que les faltaba un jugador.

Fue una de las tardes más geniales de mi vida, me lo había pasado muy bien y deseaba poder repetir en otra ocasión.

Cuando llegaba la hora de irse a dormir, cada vez dormía peor, ya no sólo por mi hermano, que me deleitaba con su sinfonía de viento, sino que cuando me acostaba algunos días en la cama me dolía un poco las manchas que cada día estaban más secas.

Le pregunté a mi Madre que si podía irme a dormir en el cuarto de estar, que tan sólo lo utilizaba para dormir mi abuela cuando venía a casa, cada cierto tiempo. Ella accedió y me fui al cuarto de estar sin pensarlo ni un momento más.

A mi hermano le daba mucho miedo dormir por las noches, y sobre todo si no hay nadie con él, por eso siempre me decía cuando estaba con él, que abriese la ventana o la puerta, pero como yo no podía dormir con luz siempre había problemas, y una vez instalado en el cuarto de estar por fin podía dormir sin nada que me distrajese.

Ya se me había hecho muy habitual ir al hospital, y siempre que íbamos siempre me miraban las manchas a ver si estas habían mejorado.

La cara ya la tenía muy bien ahora por lo menos no tenía tantos granos, sino que alomejor me salía uno de vez en cuando.

Me acuerdo una vez que pedí oración en la iglesia grande, yo pensé que cuando terminasen de orar por mí, la mancha habría desaparecido, y volvía con mucho entusiasmo a casa a ver si había sucedido algún milagro en mi vida, pero siempre me desilusionaba al ver que en mi piel nada había pasado. Tal vez Dios querrá en vez de sanarme de una forma milagrosa y al momento, preferirá sanarme mediante las pastillas, cremas que siempre me recetaban los médicos.

Yo sabía que tan sólo tenía que esperar en las manos del Señor dejarme guiar por Él, por que en el momento adecuado Él iba a obrar en mi vida, pero ya no sólo en mi cuerpo sino en mi vida espiritual.

Hay tantas cosas que no entiendo, otras tantas que no comprendo, y siempre llego a la conclusión de que si no es por Él señor mi vida no tendría sentido.

Acabo de recordar aquel momento en el cual una vez estabamos toda mi clase haciendo un debate sobre la existencia del hombre, todos exponían sus teorías, cuando yo en mi corazón sentía que ese era el momento de hablar acerca de lo que yo creía y así es lo que hice. Les dije que yo no podía creer que todo lo que éramos, lo que amábamos o lo que queríamos en esta vida es fruto de un herror. Yo no aceptaba las ideas que se implantaban en el mundo sobre el Big-Ban o algo así, yo creía en un Dios que moraba en mi corazón imperfecto y aunque muchos días Jesús tenía que venir a su templo, que era mi corazón y decepcionado, tenía que tirar las cosas que había puesto yo en él, pues deshonraban su nombre pero Él lo santificaba con amor.

Algún día sé que mi corazón estará más limpio que el cristal y que tras él se podrá ver la imagen de Dios, algún día sé que todo el dolor terminará y que estaremos con Él cuando venga en su nube blanca a llevarnos. Dios enséñanos a estar siempre preparados y listo para la batalla, enséñame, pues mi vida se deja llevar como cuando una hoja cae al río, y por sí solo no puede hacer nada sino que es arrastrada por las aguas, enséñame a agarrarme a la roca viva y a no soltarme de ella, enséñame mi fiel pastor.


“En el temor de Jehová está la fuerte confianza;
Y esperanza tendrán sus hijos.
El temor de Jehová es manantial de vida
para apartarse de los lazos de la muerte.
En la multitud del pueblo
está la gloria del Rey;
Y en la falta de pueblo la debilidad del príncipe.”

Proverbios 14:26-28

V

El enemigo viene para darte temor,
“Confía en el Señor”

 

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Abel Rubio Hidalgo
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