
Tocó la sirena, unos cinco minutos después de las dos. Mientras recogía mis cosas y las ponía en mi cartera, oía las pisadas de los estudiantes que bajaban las escaleras, se reían y hacían planes para el fin de, “fin de semana”; hablaban de lo bien que se lo habían pasado o de lo aburrido que había sido la clase de Historia.
Y como no se dijera que tuviera muchos amigos, salía del Instituto sin ninguna compañía. Bueno la de un Amigo que nunca me fallaba o al menos, mi corazón, eso sentía. Hay tantas veces que intentaba encontrarme con Él, hablar de lo que me había ocurrido en el día o tantos problemas que mi corazón no soportaba ya y tenía que explotar contándoselo, pero muchas veces me encontraba solo, como si Él estuviese callado mientras yo le contaba mis problemas y no me respondiera, meditando Él cada cosa que yo decía.
La verdad es que siempre hablaba con Él en mi mente, sí, ese único Amigo que me quería por tal y como era, era Dios, pero pronto descubriría que Jehová tendría un propósito conmigo. ¿Conmigo? Parecía mentira, yo, que he sido burlado tantas veces, que mi vida ha sufrido tantos golpes, que pensaba que mi vida no merecía la pena; pero para Él no era así, lo mejor es empezar por el principio.
Algo puede cambiar en ti, si te dejas moldear por el alfarero que con sus manos, no le importa mancharlas para arreglar una vasija rota, pues una vez terminada, servirá para dar agua de beber a los demás. Por que una cosa es cierta, Dios nos usa para Bendecir a los demás y no importa que seas el más feo, o que seas el más insultado en tu lugar de estudio o trabajo, pues te darás cuenta que todas las cosas que nos suceden, nos ayudan a bien, si estamos con Jehová de los Ejércitos.
“¿No podré
yo hacer de vosotros como
este alfarero, oh casa de Israel?
Dice Jehová.
He aquí que como el barro
en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano,
oh casa de Israel.”
Jeremías 18:6
