Una vez que los niños llegan a nuestro país adquieren la
nacionalidad española y la adopción es ya un proceso irreversible. Sin embargo,
este estudio ha revelado que a veces, con el tiempo, el pequeño no termina de
encajar de forma definitiva en su nueva familia. Ocurre en un caso de cada
cien. El niño pasa entonces a estar tutelado por el Estado español y entra en
un centro de menores.
La ruptura suele producirse al segundo o tercer año de convivencia con la nueva
familia, pero Palacios explica que esa situación «ya se incuba en el primer
año». Los motivos resultan muy diversos. «A veces, los padres solicitantes
ocultan algún detalle importante, por ejemplo que es ella quien desea el niño y
el marido acepta a regañadientes, o que sólo querían un pequeño y al final han
aceptado dos; en otras ocasiones los padres no son bien informados o en la
evaluación de idoneidad de los solicitantes los profesionales no estuvieron muy
acertados... Pero son casos excepcionales», según este experto. La
investigación demuestra que al 73 por ciento de las familias adoptivas se les
entrega un niño que responde al perfil solicitado y al 16 por ciento no, pero
los padres aceptan al pequeño. Sólo son rechazados un 11 por ciento de menores,
antes de ser asignados a sus nuevas familias, porque no encajan con la idea
inicial
«La adaptación de mis hijas ha sido perfecta y natural»
Hace diez años Gabriela e Ignacio iniciaron el proyecto de
sus vidas, acogiendo a dos niñas españolas que al cabo de cuatro años se
convirtieron en sus hijas. Llegaron por azares de la vida. Mientras vivían esa
experiencia, «tan fascinante», decidieron emprender una segunda aventura y se
embarcaron en otro gran proyecto: adoptar una niña de China. Jun, con un año de
edad, aterrizó en la familia derrochando sonrisas y alegría. «Desde el primer
momento se echó a nuestros brazos -recuerda su madre- y hasta hoy».
Sin embargo, la pequeña tuvo que superar algunos problemas leves de salud. «Los
primeros análisis dieron falta de proteinas y anemia -dice Gabriela-. Pero la
pediatra nos recomendó que sencillamente se alimentara con normalidad, como lo
hacen aquí los niños españoles. Y así fue. A las pocas semanas se recuperó. He
visto niños procedentes de Rusia que llegan en peores condiciones y también se
recuperan».
Gabriela explica que percibieron un cierto retraso en el desarrollo de Jun.
«Con un año no podía mantenerse sentada. En la institución donde vivía nadie
jugaba con ella o durante muy poco tiempo». Ignacio matiza que la pequeña
pasaba muchas horas durmiendo «como lo hacía en el orfanato o, quizá, como un
mecanismo de defensa ante una nueva situación».
Afortunadamente, las secuelas sanaron muy pronto. «El proceso de adaptación de
mis hijas ha sido perfecto y natural», señala la madre, hasta el punto de que
la pareja se animó a un segundo proceso de adopción en China. Así llegó Leipei.
Sana y en buen estado de salud a sus quince meses de edad.
«Pero Leipei me miraba de reojo», recuerda Gabriela. «En China estaba en una
familia de acogida y yo sustituía a alguien, por eso no era tan cariñosa
conmigo. Por la noche jugaba con ella en la cama y miraba hacia otro lado. Pero
el tiempo hace maravillas. Me la gané. El tiempo y el amor es una receta que no
falla nunca, es imposible que una adopción salga mal si le das cariño a los
hijos, si se sienten queridos les da seguridad y eso les hace feliz. El niño
que ríe, y las mías lo hacen mucho, no puede tener problemas psicológicos».
Jun y Leipei se han adaptado a su entorno con la misma naturalidad que a su
nueva familia. Según Gabriela, «las cosas han cambiado mucho. Cuando Jun llegó
y encontrabas a otros padres con un niño de China, te parabas a hablar con
ellos. Ahora Jun tiene compañeros en el colegio de 18 nacionalidades distintas
y Leipei en la guardería tiene amigos de su propio país. Pasan desapercibidas y
ya a nadie le importa de dónde vengan».