De acuerdo con la Procuraduría General de la Nación
(PGN) de Guatemala, entre 1996 y 2004 más de 15 mil bebés de este país fueron
entregados en adopción. El 97 por ciento de ellos terminaron en otros países.
Sólo en el 2004, parejas extranjeras adoptaron casi 3 mil 500 bebés. Tales
cifras convierten a Guatemala, cuya población es de 11 millones de habitantes,
en la nación que más niños “exporta” al mundo. Estados Unidos es el principal
destino de estos bebés, aunque también han sido enviados a países como Francia,
Holanda, España, Canadá, Italia, Reino Unido e Israel. Varios factores
propician esta situación: una laxa legislación en materia de adopciones,
instituciones débiles, madres empobrecidas y un ávido mercado internacional.
Hasta 30 mil dólares puede pagar una mujer o una pareja extranjera por tener en
cuestión de meses a un bebé guatemalteco. Ello ha generado un lucrativo mercado
que mueve anualmente más de 100 millones de dólares, según estimaciones de
organizaciones de la sociedad civil, como Casa Alianza. En el mercado de “los
niños a la carta” –como le llaman organizaciones que critican el sistema de
adopciones en este país—participan abogados, agencias de adopción, comadronas,
hospitales privados, hogares temporales y “jaladoras”, como se conoce aquí a
las mujeres que contactan a madres embarazadas en zonas rurales y las convencen
de entregar a sus hijos. Se trata de complejas redes que podrían estar
vinculadas al tráfico internacional de niños, de órganos humanos y de
prostitución infantil, denuncian Organizaciones No Gubernamentales
guatemaltecas.
Guatemala es el único país latinoamericano en el que las adopciones no requieren
de un proceso judicial. Es, en los hechos, un mero trámite administrativo
realizado abogados que están en contacto con agencias internacionales de
adopción. El Estado se limita a realizar una supervisión de rutina:
trabajadoras sociales de los llamados Juzgados de Familia realizan una
entrevista a las madres que entregan a sus hijos y la PGN otorga una aprobación
final. Así, los potenciales adoptantes pueden tener un bebé guatemalteco en el
tiempo récord de seis meses a partir de su solicitud.
Existen más de 200 abogados guatemaltecos especializados en adopciones. Para
cumplir con la demanda de las agencias internacionales de adopción, la mayoría
de estos abogados ha creado un mecanismo que asegura la captación de bebés
desde que están en el vientre materno. Por medio de “jaladoras” y hasta con
anuncios en la prensa local contactan a las futuras madres. Les ofrecen apoyo
económico durante el embarazo y durante el parto. De hecho, una vez que la
madre acepta entregar a su hijo, el abogado toma el control: somete a la madre
a chequeos prenatales, decide donde será el parto, vigila que el bebé sea
separado inmediatamente de la madre, lo traslada a una casa cuna o con una
cuidadora contratada ex profeso, y acompaña a la madre en los trámites
necesarios hasta que se consuma la adopción.
El Instituto Latinoamericano para la Educación y la Comunicación (ILPEC)
realizo, a pedido de UNICEF, una extensa investigación sobre el mercado de las
adopciones en Guatemala. Su informe concluyó que los niños tienen precio, lo
que convierte a las adopciones en una transacción comercial. “El manejo
económico de las adopciones ha creado un mercado laboral en el cual obtienen
beneficios económicos madres, intermediarios, niñeras, traductores, abogados,
agencias de adopciones y algunos hogares que tienen bajo su cuidado a los
niños”, advierte la institución. (...) El informe del ILPEC documentó que
mientras madres pobres son presionadas para entregar a sus hijos en adopción,
en 300 hogares o casas cuna públicas o privadas de Guatemala hay más de 23 mil
niños abandonados. “Estas instituciones están saturadas de niños que no son
adoptados. Ello indicaría que las adopciones no se realizan con niños huérfanos
o abandonados que necesitan padres sustitutos, sino de bebés que se estarían ‘produciendo‘
para tal fin”.
El informe señala que, al permitir un procedimiento paralelo al judicial, “se
ha dado lugar a una serie de adopciones legales en su forma, pero ilegales en
el fondo. (En dicho proceso) el origen de los niños suele ser incontrolado y no
existen barreras para que abogados conviertan las adopciones en un auténtico
tráfico de niños, puesto que no tienen límites ni los honorarios que pueden
exigir a los adoptantes ni los “métodos” con los que convencen a las madres. Se
llega a veces a la coacción”.
El informe del ILPEC señala que un 60 por ciento de los niños dados en adopción
son menores de diez meses. Un 82 por ciento estuvieron previamente confinados
en casas particulares, a cargo de cuidadoras contratadas por los abogados, en tanto
que apenas un 12 por ciento provenían de instituciones que acogen a niños
abandonados.
El informe consigna que durante la investigación realizada por el ILPEC, se
entrevistaron a madres que dieron a niños en adopción. Éstas parecían
aleccionadas por los abogados y sus versiones solían coincidir: manifestaban
que sus respectivas familias no sabían que ellas estaban embarazadas, que no
tenían los recursos económicos para sostener a su hijo, que el padre las
abandonó o que fueron violadas. Cuando investigadores de ILPEC quisieron seguir
la huella a los madres, encontraron que eran falsas la mayoría de las
direcciones consignadas en los expedientes de las trabajadoras sociales de los
Juzgados de Familia: eran direcciones inexistentes o correspondían a casas y
negocios en donde no se conocía a las mujeres; otras direcciones daban a
barrancos, parques o lugares de difícil acceso y parecían manipuladas por los
abogados para evitar que las madres fueran localizadas.
De acuerdo con el informe del ILPEC, el “costo” de este tipo de adopciones
oscila entre 8 mil y 23 mil dólares. Otras organizaciones como Casa Alianza
sostienen que el costo promedio se sitúa en 30 mil dólares. Testimonios
recabados por la corresponsal indican que los abogados pueden pedir hasta 60
mil dólares.
Decenas de agencias internacionales de adopción utilizan Internet para promover
a los bebés guatemaltecos. Como si se tratase de “productos”, algunas de ellas
los anuncian destacando su edad, sexo, etnia, buena salud y belleza. “World
Adoptions”, por ejemplo, describe: “huérfanos guatemaltecos necesitan un hogar.
El proceso es corto, apenas seis meses después de la solicitud. El viaje para
recoger a los niños dura sólo tres días. Y pueden adoptarlos parejas de hasta
55 años de edad”. Otro ejemplo: Adoptions Abroad destaca que su coordinador en
Guatemala trabaja directamente con las madres que entregarán a sus hijos y que
él supervisa totalmente el proceso de adopción de los “hermosos y bien cuidados
niños”. La agencia permite a sus clientes definir la edad, sexo y fecha en que
quisiera a su bebé adoptivo en casa. Por su parte, Heritage Adopción anuncia
niños de menos de un año de edad descendientes de ladinos e indígenas mayas. Y
ofrece a los nuevos padres entregar a los bebés con un “certificado de salud”.
Gladys Acosta, representante de UNICEF en Guatemala, se queja de que las
autoridades no efectúan investigaciones sobre este tipo de adopciones, “y una
vez que el niño se da en adopción, nadie más se preocupa por él”. Dice: “Hay
una utilización de la pobreza. Se dice que los niños que se adoptan son pobres
y que van a tener un mejor futuro fuera del país. Pero la pobreza es un
problema social, no puede resolverse mandando niños a la adopción
internacional. Además, las familias pobres ni siquiera sacan provecho: reciben
una pequeña cantidad de dinero”. Ello, subraya, “no es ético”. Abunda: “Es
notorio que hay mucha gente que trabaja en adopciones. Éstas se convierten en
una especie de industria que detecta dónde están los niños y busca canales para
cumplir con una fuerte demanda”. (...)
Acosta señala que Estados Unidos se mantiene como el principal destino de los
bebés que son adoptados por extranjeros. “El resto de los países europeos y
Canadá han suspendido las adopciones provenientes de Guatemala, mientras no
haya una legislación confiable”. Y es que, según Acosta, Guatemala “está en
falta a nivel internacional”. Explica que en marzo del 2003 el gobierno
ratificó el Convenio de La Haya relativo a la protección de los niños. Éste
convenio internacional prevé que el Estado debe controlar el proceso de
adopción de menores. Sin embargo, en septiembre de ese mismo año, abogados que
tramitan adopciones interpusieron un recurso ante la Corte de
Constitucionalidad en contra de la aplicación de dicho convenio. Ello hace que
Guatemala lo incumpla.
Alejandra Vázquez, dirigente del Movimiento Social por la niñez y adolescencia,
destaca que sectores civiles en Guatemala buscan que el Congreso apruebe una
ley especifica “que brinde claridad en el proceso de adopciones, que supervise
los hogares temporales donde se albergan los niños, que garantice la entrega de
un bebé en adopción por parte de su madre y que de seguimiento sobre a dónde va
el menor”. (...) Por ahora –advierte Vázquez--, detrás de la oferta de niños
guatemaltecos en mercado internacional, existen sucesos truculentos, muy
distantes del panorama que pintan las agencias de adopción y los abogados que
lucran con este negocio: robo y venta de niños, alquileres de vientres y
presiones a madres pobres para quitarles a sus hijos. Durante su visita a
Guatemala, realizada en el 2000, la relatora de la Organización de las Naciones
Unidas en temas de la niñez, Ofelia Calcetas Santos, denunció que mujeres
guatemaltecas son contratadas para quedar embarazadas y luego vender a sus
hijos. Consignó casos en que mujeres pobres o prostitutas son amenazadas o
engañadas para entregar a sus bebés. Señaló otros casos en que los pequeños son
robados y provistos de falsa documentación de identidad.
El Servicio de Investigación Criminal de Guatemala ha advertido sobre el
creciente robo de bebés en centros comerciales y hospitales guatemaltecos. Esta
instancia realiza periódicamente operativos de allanamiento a casas de cuna
clandestinas. En ellas ha detectado menores que han sido robados y a los cuáles
se les identifica con documentos falsos. En algunos casos, estos documentos
utilizan papelería original de la Corte Suprema de Justicia –de la cual
dependen los Juzgados de Familia–, lo que apunta a la conexión de algunas
autoridades judiciales en los ilícitos.