AFIRMACIÓN CHILE: Mormones Gays y Mormonas Lesbianas

 

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Stand de Afirmación Chile, 1 de Diciembre de 2004, Plaza de Armas, Santiago de Chile

Día Mundial del Sida

NO NOS HA DADO DIOS ESPÍRITU DE COBARDÍA

 

(2 Timoteo 1:7.).

 

——Una Transformación en la Comunidad Homosexual——

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré y no oirás,

y daré voces a ti a causa de la violencia,

y no salvarás? ¿Por qué me haces ver iniquidad,

y haces que vea molestia? Destrucción y violencia

están delante de mí, y pleito y contienda

se levantan.

 

(Habacuc 1:2, 3.). 

 

POR 

Bill Urban

 

 

Muchas cosas cambian, muchas permanecen inalteradas. El mundo del profeta Habacuc y el mundo en el cual vivimos hoy en día no son muy diferentes el uno del otro. Como Habacuc, vivimos en un mundo de guerras y de pestilencias causadas por la ambición y la corrupción social y moral de una sociedad fuera de control. Este todavía es un mundo que admite esa misma política de control de la sociedad. Habacuc osó llevar el asunto a Dios. ¿Por qué —quizás razonó el profeta—, si Dios es tan omnipotente y bondadoso, pues, entonces, por qué permite que exista la maldad y que los justos mueran?

 

En lo que a mí respecta, fui prácticamente empujado al mundo del SIDA, inesperadamente, en 1982, cuando un amigo a quien quería mucho, fue atacado por una entonces desconocida e intratable enfermedad. Recuerdo muy vívidamente mi ida a la casa del fallecido, donde me encontré con un féretro herméticamente cerrado y sellado, y estratégicamente puesto en un vano entre dos habitaciones. Una habitación fue destinada a los familiares, la otra a sus amigos. Yo me encontraba sumamente herido. La muerte de mi amigo debió haber servido como un catalizador que nos uniera. En vez de eso, fue usada como una excusa para separarnos. Ahí estábamos —divididos por la enfermedad y la muerte—. Su familia estaba avergonzada por su muerte: perturbados y confundidos por su homosexualidad. Ese día empezó mi misión para luchar —sin vergüenza alguna— contra la moral social y política de una sociedad tan cegada por el temor y el prejuicio que ha llegado hasta el grado de negar un lugar para el entierro de alguien que haya muerto víctima del SIDA.

 

Y aquí estamos, ...  No ha sido una lucha fácil, pero, como Habacuc, miro entre las naciones y, ... [estoy] asombrado. (Habacuc 1:5.). Echo una mirada alrededor y veo la bondad de Dios en operación. Veo una comunidad en otro tiempo narcisista y autoindulgente, transformada. Una sociedad hedonista cuyos valores —en otro tiempo basados sobre la avaricia y la voracidad— han cambiado a los de una comunidad dedicada a amar y a cuidar de sus hermanos. Veo una comunidad renovada en su fe y fortalecida por su fe. Mucho más importante todavía, veo como su amor y su espíritu religioso han modificado paulatinamente a las masas. Los líderes políticos y religiosos que en un tiempo disputaban incluso en cuanto a la pronunciación de la letra A, están ahora abiertamente apoyando nuestras campañas para reunir fondos y nos ayudan en nuestra causa.

 

Una vez, alguien me dio un distintivo, que decía: ¡SER GAY NO ES PARA COBARDES! La escritura que se encuentra en 2 Timoteo 1:7, nos revela muy claramente que no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.

 

Me gusta relatar la historia de cuando mis padres llegaron al Hospital John Hopkins, y los médicos les fueron explicando mi diagnóstico. Yo me encontraba sumamente enfermo en la Unidad de Cuidados Intensivos, y no esperaba poder sobrevivir a ese fin de semana. Después de escuchar a los médicos, mi madre dijo: “¡No solamente sobrevivirá a esta neumonía, sino que también al SIDA!” El médico, sin intentar desilusionarla, persistió en su explicación: “Sé que su hijo es un individuo de una fuerte voluntad, pero nunca antes se ha enfrentado con algo como el SIDA.” Mi madre, totalmente compuesta, dueña de sí misma, miró a ese doctor directamente a los ojos, y le dijo: “Bueno, el SIDA nunca antes se ha enfrentado a alguien como mi hijo.” Pasé ese fin de semana. Durante las semanas que siguieron, estuve en mi habitación del hospital, asustado y deprimido, pensando cuán injusto era todo esto que me estaba sucediendo. Recién estaba consiguiendo darle un giro a mi vida, tenía mi propio periódico y la vida de pareja que yo siempre había soñado. No era solo temor. Consideré mi siguiente maniobra con una gran medida de meditación y discreción. Cuando pasé a ser paciente ambulatorio, caminé hasta la parte superior del estacionamiento del hospital. Había ocho niveles de altura. Empecé abajo, en el patio, y hasta me parecieron horas el tiempo que tardé esperando, desesperadamente esperando, por alguna razón para no saltar al vacío. Cuando tuve mi pierna izquierda apoyada sobre la baranda, el Espíritu Santo se me manifestó, claramente. Lloré:

 

¿Hasta cuándo, oh Señor, debo ser golpeado

por los zelotes políticos, y Tú no escuchas?

Lloro a Ti por su discriminación

pero Tú no intervienes.

¿Por qué debo ver enfermedad y muerte?

 

El Espíritu me respondió: Por todo el tiempo en que el hombre continúe la devastación física y espiritual de sus semejantes. La respuesta fue muy clara: Corresponde y concierne a los mortales el resolver los problemas de los mortales.

 

Admito que soy harto intrépido al intentar hacer un paralelo con un versículo que se encuentra en la Segunda Carta a Timoteo, y que dice: Yo fui constituido predicador, apóstol y maestro de los gentiles. Por lo cual asimismo padezco esto, pero no me avergüenzo. (2 Timoteo 1:11, 12.). El mismo ardiente Espíritu que vino sobre mí en aquel triste día de Junio de 1987, está conmigo hoy en día, y ha de acompañarme hasta el último de mis días sobre la superficie de la tierra.

 

El Proyecto Frazada de los Nombres representa las vidas de hombres, mujeres y niños. Uno de esos cuadrados, personalmente hecho por mí  mismo, representa la vida de un hombre a quien yo una vez amé. Fue un ser humano bondadoso y decente que jamás había hecho daño a nadie, en toda su vida, y quien murió trágica y dolorosamente, en mis brazos. En 1983, no había muchas esperanzas para las personas con la variedad de neumonía PCP (Pneumocystis Carinii Pneumonia). Yo veía, día a día, como mi antes fuerte y viril pareja perdía peso hasta apenas unos 29 kilógramos. Yo estuve todo el tiempo a su lado recitando el rosario y leyendo rezos (porque él era católico romano) debido a que las máquinas a las que estaba conectado no le permitían el beneficio del habla. Llamé a su familia cuando murió, y su padre me dijo: “¡Ahora es su problema, arrégleselas solo…!”

 

La muerte de este hombre no ha sido en vano. Por cuatro años, después de su muerte, luché por el reconocimiento para un poco conocido tratamiento llamado Pentemidina Aerosolizado, el cual previene el violento ataque de la neumonía PCP. Finalmente, en 1987, las Baltimore Medical Institutions, aunque de mala gana, empezaron a prescribir este tratamiento. Hoy en día es una práctica acostumbrada y absolutamente corriente. Las muertes debidas a PCP han descendido enormemente.

 

Oro por un milagro, pero en vez de eso recibo pequeñas bendiciones, una a la vez. He luchado y orado arduamente para que la FDA apruebe el uso de nuevas drogas. Aun si ellas han de ser usadas en combinación con otras drogas, al menos pueden prolongar la vida. Grandes avances se han hecho en la ciencia y en la medicina desde 1983, pero en los frentes político, social y religioso todavía hay un largo camino por andar. En su día, el profeta Habacuc se encaró a los caldeos. Los caldeos eran un pueblo religioso y poderoso, a la vez que vicioso, cruel e implacable. Hoy en día no existen los caldeos. Pero sí tenemos a los Jerry Falwells, a los Jimmy Swaggerts, a los Jesse Helmes, y a sus apoyadores. Es necesario que los ignorantes y los miedosos vean por ellos mismos que las personas como yo no son intrínsecamente malas, y que nuestra misión es simplemente extender y aumentar el amor de Dios, no el SIDA.

 

Cuando yo estaba creciendo y las cosas no parecían estar resultando correctamente, solía quejarme a mi padre en cuanto a que la vida no era justa. El me decía: “No, hijo, la vida no siempre es justa. Pero si tú sientes que Dios te ha dado limones, entonces bien, haz limonada. Tú has de hacer lo mejor que puedas con lo que tengas, donde sea que estés.” El Espíritu Santo me ha ayudado a comprender que Dios ha preservado mi vida por alguna razón. Comprendo que mi limón personal es el SIDA, y que he de hacer limonada. Lo suficiente como para que todos beban. Hago limonada por medio de mis discursos públicos. Hablar sirve para educar y sensibilizar a las personas. Esto cambia la opinión pública. Invito a los conservadores, a los evangélicos, y a sus contrapartes fundamentalistas para que vean por ellos mismos al Espíritu Santo que mora en mí. ¡Este Espíritu de Fortaleza, este Espíritu de Amor, este Espíritu de Sabiduría! Este mismo Espíritu está dentro de todos y cada uno de nosotros.

 

Cada uno de nosotros, de una manera u otra, ha sido tocado por el SIDA. Cada uno de nosotros tiene su propio y personal limón con el cual debe enfrentarse. Miren profundamente en sus corazones. Hallarán una forma de hacer limonada. Entonces, cuando el SIDA, tal como nosotros lo conocemos hoy en día sea erradicado de la sociedad, todos nosotros podremos decir, con gran gozo y amor cristianos: “Lo que debíamos hacer, hicimos.” (Lucas 17:10.).

 

 

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Traducido y adaptado de AFFINITY (publicación mensual de AFFIRMATION: GAY & LESBIAN MORMONS), Volúmen XII, Número 12, Diciembre de 1990, páginas 7 y 8, por Brus Leguás Contreras.

Dedicado por el traductor a la memoria de Carlos Garay Otárola, un entrañable amigo que partió antes de tiempo.

 

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Última Actualización: 10 de Enero de 2005

 

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