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AFIRMACIÓN CHILE |
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SOMOS
LOS PIONEROS
BRUS LEGUÁS CONTRERAS

La forma en que me voy a
aproximar al tema de la homosexualidad, de la actitud de la Iglesia y de
nuestro caminar hacia un tiempo y una época mejor, no es novedosa. Ya alguien
se refirió en términos parecidos al menos hace un tiempo.
En realidad, esto de empezar a entender y a
comprender nuestra naturaleza y asumir quiénes en realidad somos, puede ser
asemejado a la experiencia de los pioneros del siglo XIX.
Ellos, a consecuencias de la persecución
desatada en su contra por sus vecinos, y que culminó con la muerte de mártir
del profeta José Smith, se vieron ante la disyuntiva de renunciar a su fe o de
salir de entre sus enemigos y buscar su tierra de recogimiento, el lugar físico
donde podrían vivir en paz, sin ser molestados por sus particulares creencias.
Entonces fue que los fieles y valientes
miembros de la Iglesia, bajo la guía de Brigham Young, se resolvieron a buscar
su propio lugar de habitación en el Oeste, más allá de donde vivían, lejos, en
territorios que en realidad no conocían, pero donde, se les dijo, encontrarían
y hallarían la paz y la prosperidad, pero a condición de someterse a las justas
leyes de Dios.
Los pioneros, pues, tomaron sus carros de manos
y se pusieron en marcha. Tuvieron que atravesar extensos y desolados
territorios, muchos de ellos desérticos. Habían salido en pleno invierno y
cruzado por el río congelado. Padecieron frío y hambre en ese invierno. Luego,
el verano trajo el calor, la sed, la enfermedad y la muerte. Muchos cayeron por
el camino debido a los ataques que aún tuvieron que sufrir por parte de sus
enemigos y a consecuencias de las inclementes condiciones que debieron soportar
al atravesar los territorios desérticos, donde les faltó de todo. Es por todos
bien conocida la historia de todos los sufrimientos a que estuvieron expuestos
y por los que pasaron los pioneros.
Permítase aquí una salida de tema. Cuando uno
examina las Escrituras de los últimos días, como, por ejemplo, el libro de
Doctrina y Convenios, y a pesar de todas las instrucciones, amplias y hasta
detallistas en algunos casos, pero referidas a casi todo tema de la vida
cotidiana y a la conducta moral, como a cuestiones eclesiásticas,
sorprendentemente no encuentra ninguna, ni una sola, referencia a la
homosexualidad. Ni siquiera la más leve. Ni siquiera de pasada. Extraño como
parezca, los líderes y autoridades generales de la Iglesia jamás se refirieron
al tema.
Continuando, hoy en día, nosotros, los miembros
homosexuales (hombres y mujeres) de la Iglesia, tenemos ante nosotros el
desafío de permanecer en la misma situación anterior, renunciando a nuestra
naturaleza, o si aceptamos el desafío de ir en busca de nuestro propio y debido
lugar de recogimiento. En este caso, no se trata de un lugar físico de reunión
o congregación, como ya no lo es en el caso de quienes se convierten a la
Iglesia en la actualidad. Donde uno esté, ahí está su propio y debido lugar de
recogimiento. Nuestro éxodo es espiritual, no es físico. No tenemos que trasladarnos
a un lugar específico, un lugar geográfico en particular. Eso sería sumamente
fácil quizá. Incluso si tuviéramos que pasar por las mismas dificultades,
tribulaciones, persecuciones y problemas que afrontaron los pioneros del siglo
XIX que tuvieron que dirigirse al Oeste, a un lugar físico, atravesando parajes
hostiles, sufriendo sed y hambre.

Pioneros arrastrando su carro de mano
Nosotros, hoy en día, tenemos ante nuestra
vista el desafío enorme de también tener que tomar nuestros propios carros de
mano, nuestras particulares circunstancias, nuestros problemas, nuestros
temores, nuestros miedos, nuestro autoflagelo, nuestras propias
incomprensiones, y aventurarnos, con fe, con esperanza, con anhelos, a caminar
por un territorio mayormente desconocido, conformado por las discriminaciones,
las condenaciones, las exclusiones, las intolerancias, los discursos “anti”,
las creencias homofóbicas, ... y tenemos que enfrentarnos al hambre y a la sed
y a las enfermedades del desierto por el que atravesamos, es decir, las
incomprensiones, las maledicencias, las habladurías, las injusticias (hambre y
sed de justicia es lo que todos padecemos, de una manera u otra), las
recriminaciones, así como las exclusiones familiares, sociales, religiosas,
laborales,... todos los problemas que a diario afrontamos por ser quienes
somos. (Me resisto porfiadamente a usar la expresión “lo que somos” o “lo que
soy”, porque no somos ni soy una cosa ni un algo; por eso prefiero decir
“quienes somos” o “quien soy”, porque somos personas, individuos completos,
normales, comunes y corrientes.).
Ante nosotros está el desafío. Cada cual debe
responderse a sí mismo si es lo suficientemente valiente y osado y si su fe es
lo suficientemente grande como para aceptar el desafío, tomar su carro de mano
y lanzarse a caminar, quizá solo, quizá acompañado, pero a caminar, en busca de
su propio y debido lugar de recogimiento y reunión, donde hallar la solana que
el mundo actual, la sociedad actual, e incluso muchos de los líderes de la Iglesia,
nos niegan por el solo expediente de la diferencia.
Nuestros líderes olvidan el hecho indesmentible
e irresusable de que no hay ninguna escritura que legítimamente puedan citar o
esgrimir para condenarnos, y que los primeros profetas jamás se refirieron al
tema. Y olvidan que fue una cuestión también relacionada con la sexualidad la
que se esgrimió para perseguirlos: los matrimonios plurales. Y fue por su falta
de fe que el Señor autorizó a que se dejara de lado la práctica. Porque si
hubieran tenido la fe suficiente, habrían triunfado sobre sus enemigos, porque
el brazo del Señor es lo suficientemente fuerte como proteger y salvar a su
pueblo, como tantas veces a lo largo de la historia se ha demostrado.
En no poco grado, ese temor al hombre, que hizo
que se repudiara los matrimonios plurales, ha sido responsable por la actitud
homofóbica de muchos de los líderes de la Iglesia, tanto locales como
autoridades generales.

La ruta de
los pioneros en el siglo XIX, desde Illinois hasta Utah, un camino fatigoso y
peligroso que cobró muchas vidas y demandó muchos sacrificios.
Y hasta tanto que ellos, nuestros líderes, no
aprendan a escuchar todo lo que el Espíritu tiene que decirles y revelarles
respecto a este tema, tenemos que continuar caminando, como si fuera por un
desierto árido y carente de todos los recursos, tirando de nuestro carro de
mano, en busca de refrigerio, de consuelo, de apoyo, de nuestro propio lugar de
recogimiento.
Hoy en día, nuestro propio y debido lugar de
recogimiento es Afirmación. O quizá sea apenas un oasis, un lugar de descanso y
de refrigerio que el Padre celestial nos ofrece en medio de nuestras
tribulaciones, de nuestros sufrimientos, de nuestras penalidades.
Podemos caminar juntos o caminar solos. O
podemos quedarnos a sufrir la negación inmoral de nuestra propia naturaleza, a
tratar de ser quienes no somos, a mentir, a tratar de engañarnos a nosotros
mismos (sabiendo que en realidad somos quienes somos y no lo que otros quieren
que seamos) y a intentar también engañar a los demás. En tal caso, si nos
quedamos y tratamos de negarnos, es nuestra propia libre elección, y nadie
puede juzgarnos por eso. Y si decidimos caminar en busca de nuestro propio
lugar de recogimiento, y hallamos en Afirmación al menos un alivio para nuestras
dificultades al caminar por el desierto en que nos aventuremos, también es
nuestra propia y libre elección, y nadie tiene derecho a juzgarnos por ello. En
ambos casos estamos siendo nuestros propios y libres agentes en nuestro
progreso a través de la vida. Pero no debemos olvidar un hecho irredargüible,
que sea cual sea la determinación que adoptemos, no podemos mentirle a nuestro
Padre celestial. Él nos conoce a la perfección. Y sabe perfectamente quiénes
somos y por qué estamos aquí, y para qué.
Yo no tengo la respuesta definitiva en cuanto a
la homosexualidad. Ni nadie la tiene. Sé que nací homosexual, que esta es mi
naturaleza, que nadie me convirtió, como si fuera a una religión o a un partido
político. Es mi naturaleza. Y desde que recuerdo siempre ha sido este el caso.
A pesar de mi lucha de dos décadas en contra de mi naturaleza, de quien soy.
Todo lo intenté. Pero al final entendí que no podía seguir mintiéndome, y que
era necesario que me reconciliara conmigo mismo y con mi Dios y Padre, para luego
empezar a entender, de a poco, la realidad y la verdad.

El boletín
de las llanuras: una eficaz y novedosa manera de comunicar a los que venían
detrás alguna noticia o información importante. Hoy tenemos boletines
literales, impresos y en formato electrónico para comunicar las noticias e
informaciones necesarios para llegar a nuestro propio lugar de recogimiento.
Un
amigo, hace poco tiempo, me expresó que consideraba que había tres razones por
las cuales uno pudiera ser homosexual. Comenzó diciéndome que durante muchos
años se ha preguntado por qué Dios ha guardado silencio acerca del tema de la
homosexualidad. Luego, se pregunta, ¿por qué Dios guardo silencio acerca del tema? aún más, ¿por qué Nuestro
Padre Celestial, parece ni siquiera querer utilizar a sus lideres para
revelarles acerca de la homosexualidad? ¿Se trata de un silencio de Su parte
que tiene que ver con algo sagrado? Y
es que es sumamente decidor el hecho, según yo, de que Jesús mismo, según se
registran sus palabras en la Biblia y en El Libro de Mormón, no haga referencia
alguna al tema, a pesar de haber tenido la oportunidad de hacerlo. Sabemos que
se refirió específicamente a las ciudades de Sodoma y Gomorra, pero en ninguna
ocasión las usó como un motivo para referirse al tema de la homosexualidad, ni
tampoco a los homosexuales. E incluso habla de ciudades de su tiempo que iban a
recibir un castigo mayor que las ciudades “infames”, como dicen algunos por
ahí.
Obviamente que si nuestro Padre celestial hubiera querido que
todos supiéramos que la homosexualidad es un pecado nefando, como se le ha dado
en llamar, el peor de todos, como se nos dice, entonces hubiéramos recibido la
advertencia. Así mismo, si requiriéramos estar prevenidos, nuestros líderes,
desde todos los tiempos, nos habrían llenado de advertencias inspiradas en
contra del pecado. Y el silencio que Dios guarda al respecto, creo yo, no debe
tener ninguna relación con las condenas que fulminan nuestros líderes...
Mi amigo me
dijo enseguida: “Es curioso, que siendo la homosexualidad un hecho desde
siempre en la historia del hombre. Es sabido por todos que existimos un grupo
de homosexuales que hemos nacido así ( o todos ? ). Y si hemos nacido,
entonces, ¿antes de venir ya estábamos condenados? Todos sabemos que Dios no
hubiese permitido eso, Dios no impone y si en la preexistencia elegimos,
entonces es algo que Dios hubiese previsto y para lo cual hubiese dado claras
directrices, sin embargo existimos y no hay directrices para nosotros, sólo
coerción es que acaso Dios no sabia de nosotros?”
Es obvio que
mi amigo tiene razón, y que si la homosexualidad fuera el tan grave pecado, o
siquiera un pecado per se, entonces Dios habría tomado los providencias
necesarias para poner atajo al mal, y obviamente que si Dios no dijo nada, y a
sabiendas de todo lo que había de suceder, es porque el pecado que existe en
relación con la homosexualidad es el mismo que existe en relación con la
heterosexualidad. Cuando se trata de mera carnalidad, entonces Dios no puede
estar de acuerdo con esa expresión física entre dos personas,
independientemente de si se trata de dos personas del mismo sexo o del sexo
contrario.
Porque la
homosexualidad y la heterosexualidad son cara y sello de una misma moneda: la
sexualidad humana, o mejor dicho, la naturaleza humana. No se dieron
directrices. Ese es el punto clave. Ni tampoco después. Solamente se previno en
contra de la prostitución religiosa o cultual, pero en tiempos de Moisés
recién.
Yo, personalmente, creo que nuestro Padre celestial
simplemente nos ha dado limones, como en la vieja historia, y espera que
hagamos limonada, tanta como sea necesario para que todos la beban, pero de la
mejor calidad posible. Es decir, tenemos este “talento”, y Él espera que seamos
capaces de resolver nuestra vida personal a partir de dicha realidad. No hay
nada malo, entonces, sino que espera que actuemos de la mejor manera posible,
que seamos capaces de demostrar nuestra resolución, tal como lo hicimos antes,
allá en el Concilio en los cielos. Solamente a partir de allí, creo yo, podría
tratar de empezarse a delinear el esquema o borrador de una respuesta a esa
pregunta.
Por eso la importancia de aprender a escuchar al Espíritu,
pero, sobre todo, distinguir su voz de las voces que nosotros queremos
escuchar. La gran mayoría de nuestros líderes han fallado porque han escuchado
solamente lo que ellos han querido escuchar en este tema. No podemos perpetuar
ese mismo error.
Por otra parte, si uno tiene la capacidad de escuchar al
Espíritu y sabe que es homosexual, y sin embargo puede conciliar su
espiritualidad y religiosidad con su propia naturaleza, y de todos modos
mantiene intacta la capacidad de escuchar al Espíritu, de sentir en su vida la
unión perfecta que existe con el Padre, entonces sabe que no hay maldad
envuelta en ello, porque no se ha cortado la comunicación. Pero, además, la
comunicación puede verse rota por las aprensiones personales, cuando uno no
entiende la verdad. Es decir, uno es capaz de romperla simplemente a partir del
punto en que uno se siente indigno o sucio y que ha profanado el templo.

Grupo de pioneros con sus carros de mano avanzando por las
soledades desérticas en busca de Sión.
Mi amigo me dijo:
“Todo esto me da para pensar en la clase de espíritus que somos. No es orgullo
o qué se yo. Mira piensa, aquí hay una verdad absoluta y dos posibilidades. La
verdad absoluta es: Dios, Nuestro Padre Celestial, ama a los homosexuales que
cumplen con los 10 mandamientos y con los convenios realizados ante Él. (yo
siento muy profundamente eso) la
primera posibilidad es: La homosexualidad siempre ha existido, aún en la
preexistencia... entonces si bien es cierto, los sexos siempre han sido...
entonces más que de sexos, el Padre entiende de Sexualidad. De ser así... somos
parte del plan de salvación... y eso esta probado porque estamos acá... Dios no
crea basura, ni nada está de más. La
segunda posibilidad es: Que un grupo de "valientes" espíritus eligió
venir al mundo con la prueba de ser homosexual y ser discriminado... Hay que
haber sido muy "gallos" para haber elegido algo así... entonces somos
parte del plan de salvación y tenemos sentido ante los ojos del Señor y más que
sentidos, debemos ser hijos muy especiales para Él... existe una tercera
posibilidad... Esta es: Que así como después de la "caída" de Adán y
Eva... fuimos desterrados al mundo telestial, que es la tierra: esto es un
mundo imperfecto, con dificultades, de ahí las enfermedades y otras dolencias...
nosotros hayamos destinados a ser "normales", pero dada la naturaleza
imperfecta del ser humano, hayamos heredado una imperfección a nivel sexual...
algo así como una enfermedad genética... aún así.. Somos parte del plan del
Seños y más que nunca ampliamente justificados.”
Por cierto que se trata de un muy interesante punto de vista,
y las preguntas son absolutamente inquisitivas, y hasta pudieran ser
consideradas como capciosas.
La tercera ponencia puede ser desechada desde el punto de
vista ortodoxo de la Iglesia, porque Dios no crea nada imperfecto per se. Y
nada en las Escrituras autoriza a decir que hayamos heredado una “imperfección
a nivel sexual” o alguna especie de “enfermedad genética”. Además sería
demasiado simplista y simple, y todos seríamos curables, en la medida en que
podrían manipularse nuestros genes para “corregir” la “imperfección” heredada
desde nuestro primeros padres, Adán y Eva.
En cuanto a la segunda posibilidad, podría aceptarse con algunas
reservas y con no poco apoyo escriturario. En cierta ocasión, el apóstol Pablo
habló de su ministerio en términos parecidos, pues escribió: “¡Hemos
llegado a ser un espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los
hombres! Nosotros somos insensatos por causa de Cristo, y vosotros sois
prudentes en Cristo; nosotros débiles, y vosotros fuertes; vosotros sois
honorables, y nosotros despreciados. Hasta el día de hoy padecemos hambre y
tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados y no tenemos lugar fijo donde
vivir. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y
bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y respondemos
con bondad; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el
desecho de todos.” (1 Corintios 4:9-13; Versión Reina-Valera, edición de
estudio, 1995.). Eso es lo que todos nosotros hemos llegado a ser, “un
espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres” (1 Corintios
4:9; Versión Reina-Valera, edición de estudio, 1995.). Y nos hemos
transformado, a fuerza de condenaciones de toda clase, discriminaciones e
intolerancias, en “la escoria del mundo, el desecho de todos.” (1 Corintios
4:13; VRV95.).
Y, en otro lugar,
“Pero tenemos este
tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no de
nosotros, que estamos atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, pero
no desesperados; perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no
destruidos. Dondequiera que vamos, llevamos siempre en el cuerpo la muerte de
Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos,
pues nosotros, que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de
Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.
De manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida.
“Pero
teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: «Creí, por lo
cual hablé», nosotros también creemos, por lo cual también hablamos. Y sabemos
que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con
Jesús, y nos presentará juntamente con vosotros. [...]
“Por
tanto, no desmayamos; antes, aunque este nuestro hombre exterior se va
desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día, pues esta leve
tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno
peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se
ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son
eternas.” (2 Corintios 4:7-14, 16-18; Versión Reina-Valera, edición de estudio,
1995.).
Mi amigo me
dijo: “Yo me niego a tomar la 3a posición porque no quierom pensar que estoy
enfermo... si lo estoy entonces al igual que un enfermo con más de 40 de fiebre
que alucina... yo estaría viviendo una irrealidad y de ser así... cometiendo un
grave error al tratar de justificar mi enfermedad en medio de una crisis de
fiebre que parece no terminar, sino con la muerte. Si somos una enfermedad,
entonces más vale que sigamos en lo que estamos, porque esta sería una
enfermedad cruel... y que distorsionaría la realidad completa.
Cuando se empezó con eso de que seguramente había una
malformación cerebral, y que eso podría ser la explicación, entonces yo pensé
que era fácil: manipular el cerebro y ya. Pero seguramente que, como se ha ido
viendo después de eso, el asunto no es tan fácil, no basta con una manipulación
cerebral, ni puede bastar, porque al ampliarse los estudios se llegó a la
conclusión de que no era ese el caso.
Y concluyó
diciendo: “Esa tercera posibilidad la escribí más que nada para que veas que yo
creo que no importa qué... estamos justificados ante Dios y eso no lo ven los
líderes y debieran tener cuidado de cambiar la óptica... creo que no somos
cualquier clase de espíritus, ni menos de bajo talante.”
De todas maneras, creo yo, se necesita un estudio muy
profundo y extenso, seguir trabajando en esas y en otras ponencias más, para
seguir abriendo caminos al entendimiento y a la comprensión. Y, por cierto, si
nuestro Padre Celestial no ha expresado una condena explícita y tajante, por
algo es. ¿Será posible que seamos algo así como los catalizadores que se
necesitan para elevar el espíritu humano a sus verdaderos niveles de
comprensión y entendimiento?
Mi amigo
respondió: “Yo creo que sí, porque el ser humano aún no entiende que la
sexualidad es para Dios algo muy profundo y con muchos matices, apenas estamos
[comenzando] en poder entender lo que es ser sexuado en dos sexos... imagina lo
que es poder entender lo que es la
sexualidad vivida en cuerpos glorificados.”
Obviamente que estamos hablando y escribiendo chino
a analfabetos y sordomudos. Esa es la comparación posible cuando se intenta
siquiera entender este asunto en forma plena y completa. De nuevo, es evidente
que se necesita mucho más estudio para arribar a un entendimiento y a una
comprensión real y efectiva, concordante con el Evangelio y, por ende, con la
verdad eterna.
De ahí el enorme trabajo que tenemos por delante: no
abrir los ojos a los demás, sino, antes que nada, a nosotros mismos. Entender y
entendernos. Eso es lo básico. Aceptarnos a nosotros mismos, pero antes que
eso, encontrarnos y ayudarnos a nosotros mismos con nuestro propio carro de
mano, ser nuestro refugio y nuestro apoyo, y serlo para los demás, y mutuamente
ayudarnos en esta caminata por las desoladas llanuras desérticas por las que
atravesamos, en búsqueda de nuestro propio y debido lugar de recogimiento, el
lugar espiritual, no físico, donde hallaremos paz y seguridad.
Para un
homosexual (hombre o mujer) es impactante encontrarse como tal y un parto el
aceptarse...
“Sabemos que si nuestra morada
terrestre, este tabernáculo, se deshace, tenemos de Dios un edificio, una casa
no hecha por manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando
ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial, pues así seremos
hallados vestidos y no desnudos. Asimismo los que estamos en este tabernáculo
gemimos con angustia, pues no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para
que lo mortal sea absorbido por la vida. Pero el que nos hizo para esto mismo
es Dios, quien nos ha dado el Espíritu como garantía.” (1 Corintios 5:1-5;
Versión Reina-Valera, edición de estudio, 1995.). Sí, esa es la realidad, “el
que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado el Espíritu como
garantía.” Y la garantía es que Dios nos ama, nos ama no pese a lo que somos,
sino tal como somos.

En el capítulo 12 de 3 Nefi se encuentran las bienaventuranzas que el
resucitado Jesucristo comunicó a los nefitas.
“Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre
tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe
andamos, no por vista). Pero estamos confiados, y más aún queremos estar
ausentes del cuerpo y presentes al Señor. Por tanto, procuramos también, o
ausentes o presentes, serle agradables, porque es necesario que todos nosotros
comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que
haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.” (1 Corintios
5:6-10; Versión Reina-Valera, edición de estudio, 1995.). Existe una razón por
la cual existimos y somos. Esa razón la sabe con toda claridad nuestro Padre
celestial. Y no vamos a ser juzgados porque seamos homosexuales o no, sino,
como dice el apóstol bajo la inspiración del Espíritu, “según lo que haya hecho
[cada cual] mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.”
“Pero a Dios le es manifiesto lo
que somos, y espero que también lo sea a vuestras conciencias. No nos
recomendamos, pues, otra vez a vosotros, sino os damos ocasión de gloriaros por
nosotros, para que tengáis con qué responder a los que se glorían en las
apariencias y no en el corazón.” (1 Corintios 5:11, 12; Versión Reina-Valera,
edición de estudio, 1995.). Esta
actitud apostólica es la que debemos adoptar todos. Y esto debemos tener
siempre muy presente, en todo momento y en toda circunstancia: “A Dios le
es manifiesto lo que somos, y espero que también lo sea a vuestras
conciencias.”
“No damos a nadie ninguna ocasión de tropiezo, para que
nuestro ministerio no sea desacreditado. Antes bien, nos recomendamos en todo
como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades,
en angustias, en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en
ayunos; en pureza, en conocimiento, en tolerancia, en bondad, en el Espíritu
Santo, en amor sincero; en palabra de verdad, en poder de Dios y con armas de
justicia a diestra y a siniestra; por honra y por deshonra, por mala fama y por
buena fama; como engañadores, pero veraces; como desconocidos, pero bien
conocidos; como moribundos, pero llenos de vida; como castigados, pero no
muertos; como entristecidos, pero siempre gozosos; como pobres, pero enriqueciendo
a muchos; como no teniendo nada, pero poseyéndolo todo.” (1 Corintios 6:3-10;
Versión Reina-Valera, edición de estudio, 1995.). a través de nuestro
peregrinaje por las desoladas llanuras del desierto en que nos toca caminar
empujando nuestros carros de mano personales, nos hemos recomendados como
servidores de Dios en medio de tribulaciones, de necesidades, en castigos, en
encarcelamientos, en desvelos, en temores
de todas clases,
así como por
honra y deshonra,
por mala y por buena fama, como engañadores y sin embargo veraces, como
desconocidos, pero en realidad muy bien conocidos, ... esa es nuestra realidad
a través de nuestro caminar en busca de nuestra tierra de recogimiento
espiritual. Y muchos han dicho que hemos sido castigados, como cuando apareció
el temido y temible virus de la deficiencia inmunológica humana. Pero no
estamos muertos, y se ha llegado a probar que no se trata de un castigo divino
para los homosexuales, pues que el virus ataca por igual a homosexuales, a
heterosexuales y a bisexuales, a hombres, mujeres y niños. Somos pobres, muchas
veces pobres de espíritu, a quienes el Señor Jesús ha declarado
bienaventurados, cuando dijo: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque
de ellos es el reino de los cielos.” (Mateo 5:2; Versión Reina-Valera Revisada
de 1960.). Hemos estado viviendo muchas veces entristecidos, gimiendo y
llorando en medio de nuestro desierto, abandonados al temor a transgredir las
justas leyes de Dios. Y de nuevo Jesús nos pronuncia bienaventurados, cuando
dice: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.”
(Mateo 5:4; Versión Reina-Valera Revisada de 1960.).

Los pioneros del siglo XIX
lograron arribar a su propio y debido lugar de recogimiento en ese
tiempo... ahora nosotros tenemos el desafío ante nuestros propios ojos y
corazones, y depende de cada uno el aceptar el desafío y reconciliarse a sí
mismo con su Dios y Padre, y alcanzar también su lugar de reposo...
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