Novelas comentadas por Javier Agreda en esta página:
- El baile de la Victoria de Antonio Skármeta
- Un milagro informal de Fernando Iwasaki
- Los amigos que perdí de Jaime Bayly.
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Ya es casi una tradición que los libros ganadores del Premio Planeta de Novela, uno de los mejor dotados económicamente de las letras en español, generen algún tipo de polémica. Este año la obra premiada ha sido El baile de la Victoria (Planeta, 2003) del chileno Antonio Skármeta (Antofagasta, 1940), libro que acaba de llegar a nuestro país precedido por controversiales comentarios de la crítica española y chilena.
Dos hombres que salen de la cárcel gracias a una amnistía gubernamental son los protagonistas de la novela. Ángel Santiago es un joven idealista y rebelde, quien sólo cometió un delito menor pero que ha sido ultrajado y hasta violado en prisión; Vergara Grey es un viejo ladrón, caballeroso y siempre leal con sus amigos, incapaz de dañar a nadie. A ellos se suma Victoria, la enamorada de Ángel, una joven bella y pobre, con mucho talento para la poesía y el ballet. Esos tres personajes pasan por una serie de situaciones difíciles (problemas económicos, venganzas por deudas de honor) y también triunfales, como el baile de Victoria en el principal teatro de Santiago (que da título al libro) o ese "gran golpe" que les proporciona todo el dinero que necesitarán para el resto de sus vidas.
Por la naturaleza de los protagonistas - delincuentes con bellos sentimientos, marginales pero idealistas- resulta evidente que han sido creados para generar simpatía y ternura en los lectores. De ahí también que sus enemigos resulten malvados odiosos e irredimibles: el director de la prisión, responsable de la violación de Ángel, que además manda un asesino a sueldo tras el joven; la maestra de literatura de Victoria, que hace que la expulsen por no saber cuántos tropos hay en un poema de Jorge Manrique; o la esposa de Vergara Grey, sólo interesada en el dinero que pueda sacarle al marido. Con este tipo de personajes las acciones y situaciones generadas terminan cayendo en un maniqueísmo francamente infantil.
Skármeta tiene una trayectoria literaria de varias décadas –su primer libro de relatos, El entusiasmo, fue publicado en 1967- y ha apelado a todo su oficio para escribir esta novela. Hay un interesante predominio de los diálogos sobre las descripciones, que le permite al autor saltar constantemente del lenguaje libresco (sus personajes son delincuentes casi "cultos") al coloquial sin excluir algunas palabras soeces, puestas siempre al final de los párrafos para acentuar su efecto. También la trama está bien manejada, pues las diversas aventuras se van superponiendo (no termina una y ya está comenzando la siguiente) para mantener siempre cautivo al lector. Y, por supuesto, el tema de la relación maestro-discípulo, presente en la obra de Skármeta desde su exitosa novela Ardiente paciencia (1985), más conocida como El cartero de Neruda.
La polémica en torno a El baile... enfrenta a los críticos que, sin dejar de señalar sus evidentes defectos, prefieren destacar su "impecable arquitectura narrativa" (José Promis, El Mercurio de Chile) o la capacidad del autor "para construir un mundo esencialmente ingenuo y colmarlo de aliento poético" (Arturo García Ramos, ABC de España) con aquellos más exigentes que sólo encuentran en la obra "un argumento escuálido y mil veces repetido" y un autor "dispuesto a ganarse a cualquier precio el ánimo de sus lectores, a quienes trata como niños bobos" (Ignacio Echevarría, El País de España). El debate continúa, aunque Skármeta ha preferido mantenerse al margen: "Tengo como norma no comentar ni discutir las opiniones críticas sobre mis libros", responde cuando le preguntan al respecto.
El baile de la Victoria está llamada a convertirse en un best-seller. Al menos esa es la apuesta de Planeta, que lanzó una primera edición española del libro de más de 200 mil ejemplares y que ya ha hecho una reimpresión del mismo en Colombia. Un verdadero éxito comercial, aunque se trate de uno de los puntos más bajos dentro de la trayectoria literaria de Skármeta.
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Precedido de elogiosos comentarios de la crítica española ha llegado a nuestro país Un milagro informal (Alfaguara, 2003), libro en el que Fernando Iwasaki (Lima, 1961) ha reunido lo mejor de su ya extensa y reconocida obra cuentística, desarrollada en los libros Tres noches de corbata (1987), A Troya, Helena (1993) e Inquisiciones peruanas (1997). Historiador y profesor universitario radicado en Sevilla desde fines de la década del 80, Iwasaki es además autor de libros de ensayo -Extremo Oriente y Perú en el siglo XVI (1992), Mario Vargas Llosa, entre la libertad y el infierno (1992), entre otros- aunque su vocación narrativa lo ha llevado incluso a incursionar en la novela con Libro de mal amor (2001).
Desde sus primeros relatos Un milagro informal nos hace reencontrarnos con el sentido del humor, las situaciones caricaturescas y esa peculiar habilidad para parodiar las formas de hablar de los más diversos personajes que ya se han vuelto rasgos característicos de la narrativa de Iwasaki. En La jumelle fatale, se parodia el discurso ‘astrológico’ de ciertas mujeres; en Hawai, Cinco y Medio, la forma de hablar de los jóvenes limeños de clase alta. De estos relatos, cuyos mayores méritos están en el campo de la lingüística, acaso el único que puede sostenerse como cuento es Un muerto en Cocharcas, policial ambientado en ese populoso barrio limeño y en el que la divertida reproducción de la escatológica retórica del oficial que investiga un asesinato se combina con un final efectivo.
Es en esta línea de acercamiento lúdico y caricaturesco, muy dentro de la estética posmoderna, a ciertos géneros (el policial, el relato de terror) o épocas literarias en la que Iwasaki ha conseguido sus mejores logros narrativos. Es el caso en este libro del cuento El Derby de los penúltimos, ganador de la Bienal Copé 1998, que apelando al recurso de seguir las peripecias de la vida de un escritor ficticio (Félix del Valle, contemporáneo de Valdelomar y Mariátegui), nos pasea por los ámbitos letrados de inicios del siglo XX tanto en Lima, España (1939) y Buenos Aires (1944), donde se integran a la trama los escritores del grupo Sur: las hermanas Ocampo, Bioy Casares y el propio Jorge Luis Borges. En las aventuras de del Valle estarían basados conocidos cuentos de los autores que Iwasaki menciona, como el borgiano El sur.
El Derby de los penúltimos, junto con otros relatos similares -A Troya, Helena o Taki Ongoy- destacan claramente en el conjunto porque en ellos la natural tendencia de Iwasaki a la superficialidad y frivolidad (acaso debida al excesivo énfasis en los aspectos divertidos y humorísticos) está bien contrarrestada con la densidad de contenidos y las múltiples connotaciones de los referentes culturales convocados. Sin estos referentes los cuentos no pasan de ser bromas bien escritas, como sucede en La jumelle fatale, Rock in the Andes y especialmente en el que da título al libro Un milagro informal, cuya historia se reduce a la confusión producida en el Ministerio de Economía cuando un mozo del restaurante "El Directorio", es tomado como un miembro del directorio ministerial.
Lo inverosímil de las situaciones y diálogos de los últimos cuentos mencionados (y también de algunos supuestamente cultistas como La invención del héroe) está mucho más cerca del grueso humor de los programas cómicos de la televisión que de la ironía literaria. A eso se suma la casi paradójica -tratándose de un historiador- ausencia de reflexiones de cualquier tipo en la mayoría de los relatos, ausencia que incluso la elogiosa crítica española ha señalado: "No es posible dudar de la solvencia de este escritor; sin embargo, de su escritura no se concluye una dirección ideológica o una línea de pensamiento agazapada tras tanta mueca humorística" (Arturo García Ramos). Un milagro informal es una buena muestra, tanto de las virtudes como de los defectos de la narrativa de Iwasaki.
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Además de reconocido personaje de la televisión peruana, Jaime Bayly (Lima, 1965) es el más polémico y controvertido de nuestros escritores. Su primera novela, No se lo digas a nadie (1994), generó un gran escándalo en ciertos círculos sociales. A ella siguieron Fue ayer y no me acuerdo (1994) y Los últimos días de La Prensa (1996), grandes éxitos de ventas, aunque la crítica las calificara casi de sub-literatura. Por eso resultó toda una sorpresa que su novela La noche es virgen (1997), obtuviera en España el prestigioso premio Herralde. Luego de una acertada incursión en el mundo de la infancia, Yo amo a mi mami (1999), Bayly nos entrega ahora Los amigos que perdí (Alfaguara, 2000), una reunión de cinco extensas cartas dirigidas a aquellos amigos que tuvo que abandonar para poder convertirse en escritor.
Todos los elementos que han hecho tan popular la narrativa de Bayly aparecen nuevamente aquí: los excesos de la vida nocturna limeña, la homo o bisexualidad, el consumo de drogas, la promiscuidad. También el juego ambiguo entre realidad y ficción pues Manuel, el protagonista del libro, es fácilmente identificable con el propio autor. Lo mismo sucede con los demás personajes que aparecen en el texto con nombres cambiados, pero que son descritos con tal abundancia y minuciosidad de detalles que es casi imposible no darse cuenta en quién está inspirado Daniel (el intelectual y periodista político), Sebastián (el actor) o M. Elías (el cronista y escritor).
Tampoco en lo que respecta a las técnicas narrativas o al estilo hay mayores novedades en este libro. Bayly vuelve a usar esa prosa fluida y vivaz, tan cercana al lenguaje oral, que es casi una marca personal suya; aunque esta vez algunas fórmulas se repiten tanto que dan una cierta impresión de monotonía y agotamiento creativo. El carácter epistolar de los textos excluye casi totalmente el uso de diálogos y el juego con las diversas jergas urbanas, dos de los recursos que mejor sabe manejar el autor. Pero sí se mantienen la irreverencia y el espíritu trasgresor, así como el sentido del humor y la ironía que le permiten al autor burlarse de ciertos prejuicios sociales (machismo, racismo) de una manera muy sutil y limeña. Tras la huella de Bryce, Bayly parece estar actualizando nuestra vieja tradición costumbrista.
Con el pretexto de "recuperar" a los amigos que perdió, Manuel realiza un ajuste de cuentas personales a aquellos él quiso pero que de una u otra manera lo han traicionado y herido. Aparece por eso en estas páginas su primera enamorada, quien no fue capaz de aceptar la bisexualidad de Manuel; y su primer amor masculino, un joven que quería mantener la relación en secreto mientras paralelamente tenía una enamorada para guardar las apariencias. Los otros "amigos" son sus compañeros del periodismo y la televisión, siempre celosos del carisma y los logros de Manuel, tratando de humillarlo o de utilizarlo en su propio provecho.
No sería exagerado afirmar que a través de estos cinco amigos, Bayly está vengándose de la hostilidad con que algunos recibieron su éxito tanto en la televisión como en la literatura. Además cada uno de ellos representa las opciones de vida que el escritor ha ido dejando de lado: Melanie es la intelectual de prestigio académico, Sebastián el artista romántico sin ningún interés por el dinero, M. Elías el escritor marginal y siempre rebelde, el doctor Guerra el burgués refinado y culto. El mayor acierto del libro es mostrarnos todas las bajezas e hipocresías de que son capaces estos personajes, a pesar del buen nombre y prestigio público que saben mantener.
Seguramente Los amigos que perdí, por la naturaleza de los sucesos y por el humor con que se narran, confirmará a Jaime Bayly entre los best-sellers del mundo de habla hispana. Pero también confirma las limitaciones literarias de su autor y los reparos de la crítica ante sus anteriores libros.
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