Poemarios de Marco Martos comentados por Javier
Agreda en esta página: Leve
reino, El mar de las
tinieblas, Jaque
perpetuo, Aunque es de
noche.
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Autor de una poesía de “elaborada sencillez y
calculado candor” (según palabras de Alberto Escobar), Marrco Martos (Piura,
1942) es una de las voces más valiosas y originales de la llamada “generación
del 60”. la reciente publicación de Leve Reino (Peisa, 1996),
libro que reúne toda su producción lírica desde 1965, es una excelente
oportunidad para revisitar este cautivante reino poético, “con sus reglas
secretas y sus poderes ocultos” (p. 240)
El primer poemario de Martos fue Casa nuestra (1965), un libro “áspero y
crispado” según el autor, en el que desde una perspectiva iróina y
anti-intelectual se presentaban algunos de los temas que posteriormente iba a
desarrollar (la cotidianidad urbana, la experiencia amorosa, la poesía); además
de una diversidad de formas de plantear el poema, ya sea como descripción
naturalista (Humo primero), alegoría
(Fábula), sucesión de imágenes
deslumbrantes (Fin de visita), etc.
El desencanto y la frustración que tanto la
ciudad, la vida moderna y la racionalidad producían en el joven poeta lo llevan
a manifestar nostálgicamente “el deseo de volver a mi pueblo / que era pequeño”
(p. 29). Y, ante la imposibilidad del retorno, opta por refugiarse en “el canto
de las palabras / el dulce embrujo / de las sílabas” (p. 15). La búsqueda de la
perfección formal en un mundo imperfecto es por eso una de las características
de la poesía de Marcos. Su minucioso y esmerado trabajo con el lenguaje
(aspectos rítmicos, léxicos y sintácticos) lo emparienta, contrariamente a la
tendencia dominante en la época, con la gran tradición de poesía
española.
Cuaderno de quejas y
contentamientos (1969) presenta al autor oscilando entre una poética
generacional (formas abiertas, versos largos, lenguaje coloquial) y otra mucho
más personal (cerrada, de versos cortos, lenguaje castizo) que corresponden
aproximadamente a las quejas y contentamientos del título. Algo similar ocurre
en Donde no se ama (1974), libro en el que además la parodia (recurso
poético en el que Martos une la ironía con el interés por el lenguaje) cumple
una función muy importante. Incluso hay una sección del libro escrita por Pavel
parodi, lúdico alter ego del autor.
La poética generacional terminó llevando esta
lírica hasta ámbitos en los que la oscuridad y el pesimismo resultaban demasiado
agobiantes para el autor. Por eso en Carpe diem (1979) y El silbo de los aires amorosos (1981)
esta línea dejada de lado. estos dos libros se centran en la “vivencia amorosa”,
pero como en el caso de los poetas renacentistas españoles a los que se hace
expresa referencia (Garcilaso de la Vega y Juan de la Cruz) el amor es visto
como una experiencia trascendental, capaz de dar sentido a los diferentes
momentos de una vida. Y también como aquellos poetas, Martos emplea la temática
amorosa para desarrollar y perfeccionar su propia poética. Poemas como Carpe diem y Tenso cordel muestran sus grandes
posibilidades.
En Cabellera de Berenice (1994) vuelve a
aparecer la variedad temática de los primeros poemarios, pero esta vez el autor
toma una mayor distancia. Aparecen por eso personajes históticos (Kafka, Freud,
Leonardo) o culturas exóticas, en las secciones Diwan Andalusi y Diwan de oriente. Pero lo más importante
del libro es la continuación de cierta línea planteada veinte años antes (en el
poema Muerte de Néstor) en la que los
logros formales son puestos al servicio de una descripción casi naturalista de
los paisajes y personajes que el poeta conoció en su infancia. Playa Grande, Luna de Paita, San Miguel de Piura son impecables
textos en los que se combina armoniosamente belleza verbal y riqueza de
contenidos. Completa Leve reino una
pequeña sección de poemas inéditos en los que la muerte, uno de los temas
principales de Cabellera de Berenice,
comienza a convertirse en dominante: “Ayacucho es la sombra de la muerte / una
escalera interminable de cadáveres / la muerte misma trepando hasta mi corazón /
que vive todo el tiempo agonizando” escribe Martos en el poema Retablo.
Así, Leve
reino presenta por fin reunida una obra hasta hace poco dispersa en libros
casi imposibles de conseguir. Y es también el fruto de más de treinta años
dedicados a crear una poesía que, como dice Martos de la de sus maestros, nos
habla con sencillez e intensidad de cosas que verdaderamente nos conciernen. (La
República. 27 de octubre de 1996)
Una de las voces más valiosas y originales de la llamada “generación del 60”, Marco Martos (Piura, 1942) viene desarrollado una obra poética que, como la de Borges, partiendo de lo cotidiano y la novedad formal, ha llegado finalmente a una temática casi histórica y a la perfección y rigor de la retórica más tradicional. Lejos están ya esos poemas “ásperos y crispados” (según el autor) de sus primeros libros –Casa nuestra (1965) y Cuadernos de quejas y contentamientos (1969)-, o aquellos otros en los que la vivencia personal del amor resultaba dominante, como en Carpe diem (1979) y El silbo de los aires amorosos (1981). En su más reciente poemario, El mar de las tinieblas (El caballo rojo/Atenea, 1999), Martos ha intentado, con éxito, unir formas literarias clásicas con una sabiduría de carácter ancestral.
Ya desde los títulos de las cinco secciones en que está dividido el libro se puede notar que el poeta está buscando esta sabiduría en los grandes temas y autores de la literatura universal. La primera sección, “El mar de las tinieblas”, se inicia con un texto atribuido a Séneca que concluye: “Condición del hombre es vivir lo breve en la incertidumbre./En cualquier cosa que hagas, Lucilio,/pon tus ojos en la muerte. /Consérvate bueno.” (“Carta moral a Lucilio”). En otra sección, “Soledades”, el autor apela a la voz de César Vallejo para tratar este tema: “Las personas mayores ya se han ido/y jamás volverán, viven en nunca,/han viajado a los fondos de la muerte.” (“Soledad de César Vallejo”).
Pero además de este intento del autor de “dar la palabra a algunos héroes literarios como si vivieran ahora”, lo que más llama la atención en este libro es el uso de formas estróficas tradicionales, poco comunes en nuestro tiempo: zéjel, silva, sextina, lira y hasta coplas de pie quebrado: “El hombre empigorotado,/desesperado por fama/ya fenece/sin haber nunca logrado/aquello por lo que clama/y no crece. (“Coplas de pie quebrado”). Así, hablando a través de personajes históricos y literarios, apelando a retóricas y temas del pasado, estos poemas se acercan bastante a lo borgiano y a lo posmoderno en general; pues estas características no sólo estarían negando al yo poético y sus circunstancias históricas sino que reducen al sujeto mismo a ciertas formas retóricas.
Martos ha llegado a estas coincidencias no a través de la imitación de Borges sino de la propia y personal evolución poética. Podemos encontrar las primeras evidencias de esta evolución en el poemario Donde no se ama (1974), en el que incluía toda una sección de poemas de Pavel Parodi, lúdico alter ego del autor, que imitaba el estilo de poetas como Vallejo, Machado, Cardenal y otros. Estos juegos intertextuales poco a poco se han ido haciendo más frecuentes en su poesía y ya en Cabellera de Berenice (1990) resultaban determinantes para el carácter del conjunto. Su buen “oído” poético le ha permitido siempre adaptarse bien a los ritmos, metros, rimas y formas estróficas más diversas de la tradición literaria en nuestro idioma.
Pero si este yo poético parece resignado a
desaparecer, no lo hace integrándose al discurso de los medios masivos ni
limitándose a la imitación de retóricas antiguas (como ha ocurrido con buena
parte de la poesía escrita por jóvenes posmodernos), sino buscando a través de
los otros (los héroes literarios) un poco de sabiduría humana, aquellas verdades
morales que perduran más allá del tiempo. Marco Martos ha puesto sus reconocidas
cualidades poéticas al servicio de estas verdades, y por eso El mar de las tinieblas es un punto
culminante en su trayectoria poética, un poemario fruto de su pasión por la
lectura, constante dedicación a la poesía y de su madurez
personal.
La poesía de Marco Martos (Piura, 1942) ha oscilado siempre entre la tendencia dominante en su generación a los textos “abiertos” (lenguaje coloquial, libertad formal) y su buen manejo de la versificación hispana tradicional (métrica, rimas, formas estróficas) que lo lleva a escribir poemas más librescos y “cerrados”. En algunos de sus libros iniciales, como Cuadernos de quejas y contentamientos (1969), esas dos tendencias resultan claramente diferenciables y sólo en los más recientes alcanza un armonioso equilibrio entre ambas. Martos acaba de publicar dos poemarios -Jaque perpetuo y Sílabas de la música- y el libro de cuentos El monje de Praga que representan una nueva etapa dentro de su obra. Jaque perpetuo (PUC, 2003), el más ambicioso y original de estos libros, está dedicado íntegramente al ajedrez, una antigua pasión del autor.
Son más de cien poemas (agrupados en las
secciones Apertura, Medio Juego, Finales y Partidas suspendidas) que en su mayor
parte reflexionan acerca de las vidas y formas particulares de practicar el
juego de los más grandes maestros de todos los tiempos. Hay además poemas
dedicados al juego mismo, a su estética, a las diversas piezas, a las conductas
asociadas con su práctica. Acorde con la disciplina y el orden ajedrecísticos,
Martos apela a la rígida versificación de los tradicionales sonetos
endecasílabos con rima consonante y también a formas estróficas casi arcaicas
como sextinas y coplas de pie
quebrado.
La crítica señaló que el más reciente poemario de Martos -El mar de las tinieblas (1999), un libro sobre la propia literatura- era una obra de madurez que conjugaba el rigor formal y la cultura humanística (citas y alusiones a autores clásicos) con una reflexión personal acerca los grandes temas de siempre: la muerte, el amor, al paso del tiempo. Martos ha aplicado la misma fórmula en Jaque perpetuo, pero en muy pocos poemas alcanza el interés y la calidad del libro anterior. El motivo principal es que el ajedrez, a pesar de su prestigio intelectual, no es más que un juego sin la densidad de contenidos de la literatura. Y si bien el recuento de las biografías de los ajedrecistas apunta a “humanizar” los poemas, el peso de la narración versificada entorpece bastante el vuelo poético.
Algo similar sucede en Sílabas de la música (Litsur, 2003) un conjunto de poemas dedicado a la vida y obra de músicos, compositores e intérpretes, europeos (Vivaldi, Brahms, Chopin, Schubert, etc.) y peruanos (Felipe Pinglo, Raúl García Zárate, Alfonso de Silva). Aquí también Martos hace una interesante demostración del virtuosismo que ha alcanzado en el arte de la versificación (tanto en verso medido como libre) y de su casi infalible oído poético. No obstante, los textos tienen siempre un cierto carácter de “ejercicios de estilo” que los marca como poemas menores.
La elección de los temas de estos poemarios es explicada por el propio autor en algunos de los cuentos de El monje de Praga (Hipocampo, 2003), escritos todos con una prosa fina y bien trabajada. El que da título al libro narra la historia de Pablo Erasmo, un poeta de la generación del 50 que une la influencia vallejiana con una sintonía con las preferencias literarias de los escritores más jóvenes. A pesar de esos antecedentes, Erasmo solamente aspira al doctorado académico que le permita ser profesor en una universidad de Praga, “ciudad a la que llaman de oro... un increíble entrecruzamiento de épocas y de estilos”.
Es la búsqueda de la belleza formal y perdurable
lo que impulsa a Erasmo, y también lo que ha llevado a su creador a adentrarse
en los universos artificiales y atemporales del ajedrez y la música en los que
-como en las matemáticas- la estructura y el orden son lo más importante. Una
búsqueda que Martos ha convertido en una verdadera aventura literaria,
ilusionada y rigurosa, cuyo testimonio son estos tres buenos libros que
ratifican la madurez literaria y personal alcanzada por el poeta.
Uno de los poetas emblemáticos de la llamada
“generación del 60”, Marco Martos parece haber alcanzado la necesaria madurez
personal y literaria como para abordar, con buenos resultados poéticos, los más
diversos temas: la ética en El mar de las
tinieblas (1999), el arte musical en Sílabas de música (2003), el ajedrez en
Jaque perpetuo (2003). En su nuevo
poemario, Aunque es de noche
(Hipocampo, 2006), Martos parte del conocido verso de San Juan de la Cruz –el
más importante representante de la poesía mística en español- para entregarnos
un conjunto de poemas en los que reflexiona sobre su búsqueda espiritual y el
reencuentro con la fe religiosa y con Dios.
En la primera mitad del libro, dos extensos
poemas parecen resumir toda la experiencia mística. El primero de ellos, Noche oscura (título también tomado de
San Juan), muestra a un “yo poético” inmerso en la angustia y desolación (“No
hay nada más oscuro que esta soledad”), que busca a Dios a través del ascetismo
(“limpio el corazón / limpio la palabra / limpio la ventana/ para que Dios entre”), la oración y el
ejemplo de las vidas de San Francisco, San Agustín y Santa Teresa. En Letanías, el encuentro con Dios ya se ha
producido y el poeta pasa de lo oscuro a lo luminoso, de la tristeza a las
jubilosas loas: “Te doy alabanza sin pausa ni término. / Llego a tu trono como
buen vasallo / que tiene al mejor Señor del
mundo...”
El resto de poemas son más breves y en ellos
Martos continúa, sin apartarse de la temática religiosa y trascendental, con dos
prácticas habituales en sus más recientes libros. En la sección Penates, el poeta retorna, como
en una sección similar del libro Cabellera de Berenice (1994), a
los ambientes y personajes de su infancia piurana: “Por ahí deambula todavía /
en las noches mi hermano muerto / tan, tan niño” (El aroma de las casas). Y en un
importante grupo de textos el hace “hablar” a ciertos personajes históricos,
apelando al lenguaje, la retórica y episodios de su propia época, como en los
poemas Reflexión sobre la Torah y La Torah en su nuez, cuya escritura
atribuye a “Moisés de León (1290)”.
Pero incluso en sus poemas más personales –Noche oscura y Letanías- Martos parece estar hablando a
través de otros. Especialmente San Juan de la Cruz, aludido en los títulos
mencionados, en los aspectos formales (métrica, adjetivos, tropos) y hasta en
los símbolos más característicos de su poesía: la noche oscura, Dios como el
fuego donde el alma humana “se va quemando”, y el “matrimonio místico”, en que
el alma es lo femenino (“mantiene condición de enamorada”) y Dios lo masculino.
A pesar del excelente manejo de la versificación y virtuosismo retórico, la
religiosidad que estos poemas describen está tan cargada de tópicos literarios
que cuesta asumirla como una experiencia real del
autor.
No deja de sorprender que, a pesar del
agnosticismo dominante, ya sean dos los poetas de nuestra generación del 60 que
han escrito sobre su búsqueda de Dios y retorno a la religiosidad católica.
Antonio Cisneros lo hizo en El libro de
Dios y de los húngaros (1978), aunque sus opciones poéticas (coloquialismos,
ironía, situaciones de la vida cotidiana) fueron radicalmente opuestas. Más
libresco -casi borgiano- e instalado dentro de la tradición literaria en
español, Marco Martos recupera en los poemas de Aunque es de noche el valioso legado de
los místicos hispanos de los siglos XVI y
XVIl.
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