El peligroso artículo del THE CLINIC


La desinformación y la ignorancia se constituyen en peligrosas amenazas para la imagen del ajedrez chileno. Un artículo publicado en el THE CLINIC rebela el grado de incultura y lo poco y nada que las personas conocen de ajedrez en nuestro país.
Por Marcelo Jorquera C.

Es cierto que muchos me dirán que todo lo que se menciona en dicho artículo es real. Lo único que puedo mencionar es que hay varias personas, entre las cuales me incluyo, que asisten regularmente a este sencillo local de la FEDACH y que pueden refutar mucho de lo que se señala en aquella nota. Personalmente conocía todas las historias que se contaron en aquel escrito, pero debo agregar que hay muchas otras versiones distintas de cada una de ellas, por lo que en varios casos, éstas se acercan más a la categoría de mitos o leyendas que han pasado a la posteridad gracias al habla oral, aumentadas en su versión original e imaginadas en la mayoría de los casos, que a hechos reales.
Historias como aquellas hay muchas, como para escribir un libro. Lo único cierto es que no se puede enlodar la imagen de un deporte que ha alcanzado logros insospechados, que muchos otros quizás jamás soñarán (por ejemplo, este año el joven Tomás Figueroa se convirtió en campeón mundial juvenil para no videntes).
Nosotros como ajedrecistas y personas que amamos el deporte ciencia, debemos velar por su imagen ante todo y por ello debemos intentar que nuestro querido deporte sea conocido cada vez más.
Los ajedrecistas debemos mostrar que el deporte ciencia es un juego en el que dos cerebros se enfrentan en un duelo de inteligencia y que no se trata para nada de acciones minoritarias; sean éstas cierto o no, de individuos aislados que pululan en este ambiente así como en muchos otros.
Lo negativo de lo publicado en el THE CLINIC es que generaliza al jugador de ajedrez, poniéndolos a todos desde la misma perspectiva, midiéndolos a todos con la misma vara. Eso es completamente falso, no todas las personas que asisten a los clubes de ajedrez y especialmente al local de la FEDACH se tratan de apostadores a ultranza y gente de poca cultura como trata de mostrar aquel texto. Hay muchas que realizan una notable labor dentro de este deporte difundiéndolo día a día y que poseen un grado de cultura mucho mayor que el autor de aquellas líneas.
Al hacer mención a este texto, es para que veamos la peligrosa realidad de la desinformación y la publicación de este tipo de escritos, que no hacen otra cosa que dañar la ya alicaída imagen del deporte ciencia chileno. Es esa y no otra la intención al publicar el artículo completo que va a continuación:


CON EL AJEDREZ NO SE JUEGA
EN EL CLUB SANITARIOS DE COPIAPO, EN CALLE SAN DIEGO, HOY SEDE DE LA FEDERACIÓN DE AJEDREZ DE CHILE, A ESO DE LAS SEIS DE LA TARDE HAY HUMO Y HOMBRES JUGANDO AJEDREZ. GENERALMENTE, CESANTES Y JUBILADOS, ROÑOSOS Y MAL VESTIDOS, BUENOS PARA EL GARABATO Y LA TALLA DEL DOBLE SENTIDO, SIN MUCHO QUE GANAR O PERDER, AUNQUE SE LO JUEGAN TODO EN EL TABLERO. CUANDO EL AJEDREZ NO ES JUEGO, CONTAMOS LA HISTORIA DE ALGUNOS PEONES QUE INTENTAN GANAR ALGO DE TIEMPO PERDIDO.
Por Felipe Manso

Los muebles del Guatón Canales. Cuando el Guatón Canales, en un intento casi febril por recuperar el dinero perdido, le ofreció a su rival diez mil pesos por la partida, todos los demás relojes y tableros del salón se quedaron paralizados. Debió parecer una gallera. Alrededor de la mesa en cuestión, el medio centenar de testigos de aquella jornada vio cómo iban y venían los billetes con una frecuencia que asustaba. Así es el ajedrez-pimpón: diez minutos como máximo; pieza tocada, pieza jugada, nunca se anuncian los jaques y si uno se descuida, le llegan a comer el rey sin mucho espíritu deportivo. En medio de aquel frenesí, pasaron los minutos y las horas como si nada, hasta que llegó medianoche. El local debía cerrar: "Déjenos aquí no más, mañana nos vemos", dijo Canales. Y los dejaron.
Al día siguiente, el administrador del club Sanitarios subió una vez más las derruidas escaleras del edificio de San Diego a las seis de la tarde en punto. Abrió la puerta del tercer piso y ahí seguían, Canales y Chuky, sentados frente a frente, jugando, ya no por dinero, sino por muebles.
A ambos se les notaba el trasnoche; pero a Canales se le sumaba un halo más siniestro, más fatal. El rechinar de la puerta abriéndose fue para él como campanazo anunciando el fin de un último round, no sólo porque se dio cuenta de las 24 horas transcurridas, sino porque simplemente supo que seguir ya no tenía caso. "Dejémoslo hasta aquí no más", le dijo al Chuky, y se fue para la casa.
¿Qué habrá pasado por la cabeza de Canales al ver aquel espléndido mueble modular que completaba el living? ¿Y al ver su cama matrimonial? Abatido como estaba, de seguro se acostó con ropa y todo. Fue la última vez que lo hizo sobre aquel somier. El modular tampoco lo vio nunca más. Eso, más 400 mil pesos, fue lo que perdió con Chuky en el juego que menos que tiene que en este mundo con factor suerte.

UNA PISTOLA EN UN CALLEJÓN OSCURO
Cuesta sacarles historias de este tipo (ocurrida a principios de los ochenta) a los que frecuentan la Federación de Ajedrez. No lo dicen, pero de seguro debe ser porque no quieren que se relacione una disciplina tan perfecta y noble con algo parecido a un antro. Pero ahí están las apuestas. Es más, existen en todos los clubes. Y cuando hay dinero de por medio, tarde o temprano afloran aquellas consecuencias típicas que nacen del temor de perder plata, como las discusiones o, derechamente, las peleas.
Cuentan que cierta vez se armó una grande entre un hombre de edad avanzada y un joven. La discusión se inició porque el primero reclamaba un triunfo más que su rival. Algo así como: "que llevo cinco ganadas", "que llevai cuatro", "que llevo cinco", "que llevai cuatro". "Vamos para abajo, po's, tal por cual". Ya po's viejo de otro tanto no más". Ya en plena calle, cuando el joven se disponía a propinar una paliza casi segura, el viejo se metió una mano al bolsillo de su chaqueta y sacó un revólver. Por suerte para el muchacho llegaron otros ajedrecistas a calmar el asunto y todo término en nada.
Don Choche se acuerda de otra trifulca que hubo un tiempo atrás, pero en su barrio, allá en el club Roberto Cifuentes de Recoleta. Era tanta la precariedad del lugar que sólo contaba con un solitario reloj de ajedrez y era tanta la demanda para jugar con tiempo, que alrededor del aparato se aglomeró un montón de gente esperando su turno. Era bastante incómodo jugar en esas condiciones porque, aparte de la urgencia por ganar y ahorrarse así la interminable cola para jugar de nuevo, los espectadores comentaban, o más bien criticaban, a viva voz lo que se jugaba y lo que no. "Pero que eres tonto, por qué no jugaste caballo f 6", "Pero para qué cambiaste el alfil bueno bueno, po's idiota", etc. Hasta que en un momento dado, un jugador no aguantó más la rabia de tanta chacota que se armó en torno suyo y explotó.
"Que te pasa fulano de tal". "Y que le vai a poner". "Déjate de h...". "Y qué tanto"..Dice don Choche que la orgía de puñetazos fue tal, que el club parecía bar del far west en una ciudad sin Dios ni ley y con el sheriff de vacaciones.

LOS INCONVENIENTES DE JUGAR DE LOCAL
Alejandro Cosoi debe ser uno de los pocos que va de terno y corbata a la Federación, pero también es de aquellos que sólo mueve las piezas de un tablero si hay algo sobre la parrilla. "Jugar sin plata es como bailar con la hermana", dice. Cosoi siempre recuerda una aventurilla que le tocó vivir hace un tiempo, una de aquellas que sólo el protagonista puede narrar como corresponde: "A todos estos pinganillas que tú ves aquí, los invité una vez a jugar a mi casa. Hasta el día de hoy me arrepiento. A mí me tocó con un guatón inabarcable, de esos que es más fácil saltarlos que darle la vuelta. Apostábamos 500 pesos la partida y yo iba ganando por lejos. Cometí el error de creerle que me pagaría al final. De ahí arreglamos, me dijo. A las seis de la mañana terminamos y cobré lo que me correspondía, pero el tipo me decía `que te voy a pagar a vo`, y se reía. Págame lo que me debes po's hueón, oh`. Qué te voy a pagar a vos, oh. Y se mataba de la risa. Ahí me empecé a picar y nos agarramos a garabato limpio, hasta que el guatón se paró y me echó el cuerpo encima. Y como nadie saltó a prestarme ropa, no me quedó otra que bajar el moño. Me quedó debiendo como 20 lucas".

EL MATEO
Róbinson Pérez es un mocoso de 15 años con los ojos tan saltones como si desde recién nacido no hubiese hecho otra cosa que estar alerta. Reúne todas las características que el mundo de los arquetipos exige de los mateos: es bicampeón nacional escolar de ajedrez, tiene promedio 6,5, estudia seis horas diarias ajedrez y desborda inteligencia hasta en los suspiros. Para el pimpón es seco. Acostumbra apostar de a cien pesos, pero a los 500 y mil por partida, asco no le hace. Una vez en dos horas se ganó ocho lucas.
Ese es su récord, Explica que es bastante difícil ganar más plata porque en el mundillo del ajedrez se sabe quién es quién. La única forma de jugar con otro más malo es dando ventaja de tiempo. Generalmente los mejores apostadores son los aficionados; aquellos que, por ser mejores que un mero principiante, se creen poco menos que grandes maestros al punto de poner sobre la mesa grandes cantidades para demostrarlo en una partida. "Había un señor que siempre venía los primeros días del mes para apostar 50 lucas, y siempre se iba pato", recuerda Róbinson. "Cuando se dio cuenta que se estaba quedando pobre, terminó por convencerse que era de los malos. Nunca más lo ví".


EL ARBITRO
Don Choche dice que los capadores (apostadores a ultranza) no juegan entre sí, a menos que estén muy desesperados o aburridos. Más bien, éstos suelen esperar un buen tiempo hasta que aparezca un pichón. Entonces se le acercan, le ofrecen jugar con ventaja, y si tiene pinta de apostar en grande, lo dejan ganar una que otra vez para tentarlo. Todos alguna vez han caído en la trampa, hasta los maestros de renombre. La vanidad intelectual es el peor enemigo del apostador de ajedrez.
El árbitro internacional de ajedrez Luis Pérez le tocó vivirlo en carne propia. En un campeonato de ajedrez pensado, es decir, dos horas por bando, le tocó fiscalizar un doloroso reclamo. Un jugador alegaba que el oponente había tocado una pieza y, por lo tanto, debía moverla (pieza tocada, pieza jugada, reza la sentencia). Pérez verificó con testigos y le dio la razón al demandante. El frágil arbitro cuenta que no tuvo tiempo ni de reaccionar: Lo único que alcanzó a sentir fue un mazazo en la mandíbula que lo tumbó al piso. El tipo, que perdió por descalificación, salió arrancando para no volver jamás. La federación le dio un castigo con tinte penitenciario: cinco años y un día. Iván Valdebenito era su nombre. Pobre, no sabía que con el ajedrez no se juega.

 

 

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