No existe nombre sin significado, estos nombres son sonidos que aparecieron para designar algo, y éste algo se usó para denominar a los individuos. En ocasiones estos significados pueden haber caído en el olvido pero no hay duda de que existen.
Entre los siglos VIII y X se usan exclusivamente los nombres de pila que eran de diversos orígenes, germánicos, latinos, cristianos y prerromanos. Esto ha sido corroborado por documentos concernientes a los reinos cristianos del norte.
En esos años la diversidad de nombres era amplia y suficiente como para diferenciar a las personas sin grandes problemas. Cuando la sociedad es más compleja, y necesaria la mejor diferenciación de los individuos, aparece el apellido.
Según la Real Academia Española de la Lengua, apellido es el nombre de familia con que se distinguen las personas.
El uso del apellido surge en Roma entre las clases altas, quedando al margen el pueblo plebeyo y los esclavos. Las clases altas emplearán el Praenomen, nombre propio de la persona; el Nomen Gentilicium, apelativo del clan; el Cognomen, denominación correspondiente al linaje, el equivalente de nuestros apellidos; y el Agnomen, apodo particular de la persona. Eran de uso hereditario tanto el Nomen como el Cognomen.
Con la caída del Imperio y la irrupción de los bárbaros del norte, esta forma de asignación personal queda en desuso y deberemos esperar mucho tiempo hasta el retorno de este tipo de denominación personal.
El apellido será un complemento al nombre de pila para mejor diferenciarse las personas entre sí, surgirá en un momento de explosión demográfica ante las necesidades de dejar constancia de las personas en documentos legales, y por la reducción del abanico de los nombres escogidos, ya que los nombres responderán también a modas.
En un principio los apellidos fueron apodos y otro tipo de denominaciones, como puedan ser por ejemplo: José ¨el hijo de Pedro¨, Fernando ¨el Herrero¨, Juan ¨el Rubio¨, que terminarán por heredarse de padres a hijos.
A partir de los siglos XI y XII comienza el uso de los apellidos, pero no será hasta el siglo XV cuando comience su normalización.
En los inicios de su implantación es de uso de las personas de condición noble.
Se volvió habitual añadir al nombre del hijo el del padre, formándose de esta manera el tipo de los apellidos patronímicos. En gran parte de los casos los patronímicos se formaron añadiendo al nombre del padre los sufijos, -az, -ez, -iz, -oz, -uz. Con el significado de ¨hijo de¨, valga como ejemplo: Díaz, hijo de Diego o Diago.
No era ésta la única manera de emplear el patronímico, se usó también el nombre del padre tal cual sin ninguna modificación, salvo el uso de la preposición ¨de¨, para así diferenciar el nombre del apellido. Como ejemplos: Andrés (de Andrés), Bernabé (de Bernabé), Juan (de Juan ).
Durante siglos hubo una gran libertad en lo que respecta al uso del apellido y también en la elección de los nombres. Podían usarse nombres musulmanes y judíos. En cuanto a los apellidos se usaban aquellos de los ascendientes por los cuales se tenía predilección, por una cuestión de afecto personal, o bien, por que estos representaban un mayor reconocimiento social.
Con el discurrir del tiempo, ciertos apellidos adquirieron variaciones según el criterio del escribano de turno, o bien dependiendo de las formas lingüísticas de las distintas zonas.
A partir del siglo XVIII es cuando la preposición ¨de¨, tan frecuente en los apellidos españoles va desapareciendo. En ningún momento significó señal de nobleza entre los apellidos hispanos.
Pero no sólo el uso del nombre del padre se tomó para formar el apellido, se empleó el elemento toponímico, que indicaba el lugar de procedencia o residencia. Como ejemplo: Rodrigo Díaz de Vivar, Rodrigo hijo de Diego y de la aldea de Vivar. En los primeros tiempos la evolución en la onomástica de esta familia que nos sirve como ejemplo podría haber sido: Juan Rodriguez de Vivar, Juan hijo de Rodrigo y de la aldea de Vivar, con lo cual la parte toponímica sería la que permanecería constante.
Estos topónimos podían ser ¨mayores¨, indicando una localidad, un pueblo, villa o ciudad; o bien, ¨menores¨, señalando meros accidentes geográficos de relieve o arquitectura, tales como, del Río, Puente, Valle, Lago, Torrente, Sierra, Montaña.
El uso hereditario de la parte toponímica será a partir del siglo XII.
A partir del siglo XIII se va haciendo hereditaria la parte patronímica del apellido, y así perderá su carácter fluctuante. Entre los siglos XIII y XV se extiende a todas las capas sociales.
Anteriormente ya he dejado caer que otra forma de construir los apellidos fue mediante el uso de las ocupaciones, cargos, o posición, que en gran parte de los casos también eran hereditarias. De ahí apellidos como: Pastor, Labrador, Sastre, Panadero, Herrero, Zapatero, Tejedor, Capitán, Hidalgo.
Otra forma y quizás la forma de denominar a las personas más antigua, sea mediante el uso de los motes o apodos.
Estos apodos terminarían por heredarse, y podían deberse a los rasgos físicos de una persona (Rubio, Delgado, Crespo), peculiaridades en su forma de ser (Bueno, Alegre, Malo, Bravo), circunstancias familiares (Nieto, Sobrino), apelativos correspondientes a animales (Cordero, Vaca) y plantas (Trigo, Oliva).
Las circunstancias referidas al nacimiento han dado lugar a una serie de apellidos como, Expósito y De la Iglesia para niños abandonados. Otros son relativos al mes de nacimiento como pueden ser Febrero, Abril.
Las advocaciones religiosas han dado lugar a un númeroso grupo de apellidos, estos apellidos provenientes de nombres de santos se denominan hagiónimos. Como ejemplos tenemos: Santa María, Santa Cruz, Santa Clara, San Pedro o Sampedro, Santodomingo, Santa Fe, Ángel, de Dios, de Jesús.
Tradicionalmente, se considera a este grupo de apellidos como de expósitos, pero no podemos generalizar en este tema, habría que estudiar los casos individualmente.