"Era la hora triste en la que el día muere sin que nazca la noche, en la que el cielo se pinta de nostalgia y rojo, y el amor, enredado en la orilla del río, juega a hacer olvidar.
Grupos repartidos, parejas, salpicaban la orilla de besos y canciones. El agua estaba quieta, dura. Pista de cemento más que rio. Los miró con desgana y con miedo. Ya conocía los golpes sin razón, el dolor a cambio de cariño. Pasó de lejos, a pesar de la sed. Todo el día buscando. Todo el día con el olor metido hasta muy dentro, olor a hijo. Ahora estaba segura de encontrarlos, no podía perder el rastro, tenía que seguir.
Mientras andaba, trote a trote, iba recordando el parto. Los dolores, las siete bolitas de pelo queridas con un amor extraño, que nunca antes había sentido. Después, la llegada de alguién que no pudo distinguir, los golpes secos, el olor a sangre: Y mis hijos? Dónde están mis hijos?
Ya estaba cerca, lo presentía. El corazón se le aceleraba, corría ya frenética y ansiosa. La cabeza baja, la nariz a ras del suelo. Llegado un punto que sólo su olfato de madre pudo descubrir, paró en seco.
Escarbó la tierra. Aquí están por fín! Fueron saliendo cabecitas de ojos cerrados. Los contó. Sí, estaban los siete. Los lamía, los quería. Nadie vendría a quitárselos. Nunca más se separaría de ellos. Los abarcó con su cuerpo para darles calor. Se sentía feliz.
Alguién, pasado un tiempo, se acercó al lugar siguiendo el olor a carne podrida. Una gran perra muerta yacía gris. Debajo de su cuerpo, siete bolitas de pelo aparecían como dormidas."