Arturo Soria, ingeniero

Apdo. de correos 6141

28.080 Madrid

España.

Quien reside o trabaja en el amplio campo de acción de una antena no puede decidir por sí a cuanta radiación estima oportuno exponerse. La radiación, salvo que pueda cambiar de lugar de residencia o trabajo, le viene impuesta. Con independencia pues de que tal radiación sea nociva o beneficiosa para la salud, a los sometidos a su influjo sólo les queda confiar en la conciencia de las autoridades y empresas que fijan las radiaciones que ellos han de soportar.

De qué autoridades fiarse ?

Pero aun suponiéndoles conciencia, nos asaltará la perplejidad a poco que hurguemos en la cuestión. Por ejemplo, examinando la máxima exposición admisible, según diferentes autoridades, a la radiación de antenas de telefonía móvil:

 

PAÍS, ADMINISTRACIÓN O ENTIDAD QUE LO APLICA O PROPONE (para 1800 Megaherzios de frecuencia)

LÍMITE * μW/cm²

Reino Unido (1993), investigation levels del National Radiological Protection Board. En el 2000, el informe Stewart (www.iegmp.org.uk) recomendó al gobierno británico bajarlos a 900 μW/cm².

10.000

Recomendación del Consejo de la Unión Europea (12-VII-1999), seguida por España (R. Decreto 1066/2001 de 28-IX ), Alemania (que ahora considera bajarlos) y Francia, entre otros países.

900

Cataluña (Decreto 148/2001, de 29 de mayo) y Castilla-La Mancha (Ley de 3 de julio de 2001).

400

Bélgica

225

Rusia, China y Polonia (para exposiciones transitorias, China admite 40 y Polonia 100μW/cm²). Fuera del antiguo bloque comunista: Italia (Decreto 10/IX/1998 para casos en que se superen las 4 horas diarias de exposiciσn; para exposiciones más cortas admite 100 μW/cm²), Suiza (Ordonnance sur la protection contre le rayonnement non ionisant de 23/XII/1999) o entidades como el Toronto Health Board (1999).

10

Luxemburgo (2000) y Walonia (Bélgica, 2000).

2,4

Estado de Salzburgo 1998 (Austria) y recomendación de Salzburgo (2000) (www.land-sbg.gv.at/celltower)

0,1

Como unas autoridades fijan los límites en densidad de potencia electromagnética radiada (microwatios/cm²) y otras en intensidad de campo eléctrico (Voltios/m), aquí, para facilitar la comparación, se han convertido todos a la primera unidad. Adviértase también que para otras frecuencias a la arriba señalada, los límites son distintos en algunos países.

FUENTES: Rusia, China, Polonia, Toronto y Salzburgo: VVAA (2000): Proceedings de la International Conference on Cell Tower Siting, Universidad de Viena y Estado federal de Salzburgo: 47, 137, 142-147, 165, 181. Bélgica, Luxemburgo y Valonia: www.teslabel.com. Para los restantes datos, fuentes originales citadas en el propio cuadro.

Cómo explicar que los límites aplicados en el 2000 por el Reino Unido sean 1.000 veces mayores que los de Rusia, China o Italia y 100.000 más grandes que los de Salzburgo ? Por qué evolucionan a la baja ?. Están locos los científicos que tras reunirse en el 2000 en Rocarasso (Italia) sostienen que lo prudente es marcar límites diez veces más bajos que los de Salzburgo (www.verdinrete.it/ondakiller). Diferencias cuantitativas tan abismales, aparte de demostrar que no hay ese consenso científico y político de que nos hablan, sugieren además que existe una discrepancia radical de enfoque.

En efecto, por una parte, están las autoridades que estudian médicamente a las personas expuestas a diversos campos electromagnéticos (ya sea por razones de trabajo, residencia o experimentación). A la vista de los inquietantes resultados que así se obtienen, buscan el umbral a partir del cual se detectan problemas de salud y lo convierten en el límite máximo, aunque sea al cabo de 30 años de experiencias. Es el caso de la Unión Soviética, que desde los años 40-50 investigó, tanto con sus enemigos como con su propia población, la utilización militar u ofensiva de las radiaciones de alta frecuencia, incluyendo las que hoy se emplean en telefonía móvil. Tales investigaciones son las responsables de que ya en los 80 los médicos soviéticos admitieran que las radiaciones que nos ocupan son nocivas para la salud (volveremos sobre ello) y se establecieran límites de exposición entonces bajos aunque ahora algunos investigadores los consideren insuficientes en los que se inspiraron luego diversos países.

Por otra parte, se encuentran las autoridades que, siguiendo las recomendaciones de la International Commission on Non-Ionizing Radiation Protection (), en vez de estudiar a las personas afectadas, definen, en función de cálculos teóricos sobre la absorción de energía por los seres vivos, límites cuyo único objetivo es evitar los efectos más indiscutibles e innegables: los térmicos. En términos llanos, marcan unos límites que tan sólo aseguran que no nos achicharremos, como los alimentos sometidos a las microondas, que son por cierto de frecuencias similares a las de la telefonía móvil.

La defensa de límites tan altos exige a sus partidarios negar sistemáticamente que existan efectos no térmicos. Por ello, a las personas que se quejan de determinadas molestias no térmicas, en vez de examinarlas, suelen enviarlas al psiquiatra, atribuyendo sus síntomas al miedo y a la poca ciencia. Y si se les remite a estudios de doctores en diversas disciplinas científicas publicados en revistas especializadas, arguyen que no son rigurosos. Cuando la avalancha de artículos aparecidos en revistas científicas es tal que ya no cabe acusar a todos de poco rigor, señalan entonces que esos resultados no han podido replicarse, lo cual, en el caso de que sea posible, puede requerir años. Y por supuesto, siempre hacen como si no existiera la experiencia de medio siglo de la Unión Soviética, cuyas investigaciones se han recopilado en los EE.UU, Inglaterra y Alemania (), con lo cual nos condenan a repetirla, sólo que esta vez a mayor escala: con cientos de miles de cobayas humanas repartidas por casi todo el mundo y obligadas a padecer radiaciones en su propia casa y en contra de su voluntad.

Radiaciones que producen ciertos cambios, molestias y dolencias. Cambios por ejemplo en el encefalograma () o en la composición de la sangre (). Molestias o trastornos en el sueño (), dolores de cabeza, cansancio, fatiga, irritabilidad, pérdida de memoria, mareos, etc. Y dolencias, en fin, de la más variada índole: cardiovasculares, inmunitarias, reproductivas, de la piel e, incluso, cáncer. Sí, también cáncer. Tanto por culpa de campos de frecuencias muy bajas, que pueden causar leucemia infantil (), como por los de frecuencias altas (). Y no olvidemos que la telefonía móvil modula las altas frecuencias (de 900 a 2.200 Mhz) con pulsaciones periódicas de bajas frecuencias (sobre todo de 217 Hz), con lo que puede ser dañina por unas, por otras o por ambas, sobre todo en el caso de exposiciones prolongadas.

Ante tal cúmulo de estudios, que cada vez es más difícil pasar por alto, suelen esgrimir que no está científicamente demostrada la relación de causa (radiaciones) a efecto (dolencias). Dejando a un lado el no pequeño detalle de que tampoco está demostrado científicamente que las antenas sean inocuas, conviene recordar que hay cosas que la ciencia no puede demostrar, ni en uno ni en otro sentido, mientras no pasen muchos años, no dé un genio con una explicación novedosa -como la de los priones, o no haya suficientes muertos o enfermos como para constituir una epidemia y ser objeto, entonces, de un estudio epidemiológico concluyente. Hay cosas, por último, que los científicos mercenarios a mayores intereses económicos implicados, más medios para reclutarlos ocultan deliberadamente y que los científicos gregarios, que prefieren equivocarse en grupo a acertar solos, optan por ignorar. Ciencia sin conciencia es la ruina del alma, como dijo Rabelais, y también del cuerpo ajeno.

Por un lado están pues las autoridades que, por precaución, fijan límites bajos (10 μW/cm² o menos) y por otro las que, como las españolas, los definen altos porque, a juzgar por los hechos, se interesan más por la salud de las empresas de telefonía que por la de sus ciudadanos.

Algunos problemas económicos y jurídicos.

Tampoco conviene olvidar que la ciencia dista de ser todo y de tener en todo la última palabra. El miedo a las radiaciones que estos vecinos experimentan no tiene fundamento científico, dijo un experto en un juicio celebrado en los Estados Unidos. Es irrelevante que lo tenga, contestó el juez). Está científicamente fundado el miedo que de tanto en tanto hunde las cotizaciones bursátiles ?). Deja por ello de acarrear grandes consecuencias ?. De modo que lo importante es que exista y, por el mero hecho de existir, condiciona la vida de los vecinos y devalúa el valor de mercado de sus propiedades tanto a la hora de vender, como a la de alquilar.

De ahí que una reciente sentencia Suiza condene a los propietarios de unos inmuebles que instalaron antenas sin el consentimiento de los inquilinos, a retirarlas y devolver a éstos el 30% del alquiler. Tampoco faltan estudios de mercado que constatan que un edificio con antenas encima o próximas, no vale lo mismo que si estuviera libre de ellas. De modo que lo que se gana por un lado alquilando el tejado, puede perderse por otros. Es más, cabe concebir que uno cobre alquileres jugosos por ceder unos metros cuadrados de la cubierta a una empresa de telefonía móvil y que quien cargue a la fuerza con las radiaciones sea otro: un inquilino o el vecino de la medianera ?. Los que hemos medido los campos eléctricos existentes en el interior de nuestro hogar, y sabemos que son más altos en tal rincón, dormitorio o balcón, ya no lo olvidamos ni volvemos a usar tranquilamente esos lugares. Por eso, la irradiación de mi hogar, impuesta por terceros en contra de mi voluntad, constituye un allanamiento continuo de morada y atenta contra la inviolabilidad del domicilio.

Salud, inviolabilidad del domicilio y propiedad son tres valores que consagran leyes de mayor jerarquía que cualquier Real Decreto. He ahí la razón por la que ganamos tantos juicios los occidentales que vivimos a pie de antena y demandamos a los gigantes financieros que las instalan y a las comunidades de propietarios que se dejan seducir por unos ingresos fáciles, pero de imprevisibles consecuencias y responsabilidades morales y civiles. Y los ganamos aun cuando cumplan las normas vigentes, pues éstas (véase cuadro), no sirven más que para poner de manifiesto, a escala nacional e internacional, una sospechosa disparidad.

Tanto por razones de conciencia, como científicas, jurídicas y también políticas, se impone la cautela. Y lo menos que se puede pedir a las autoridades es que sean tan cautas con la salud de sus ciudadanos como las compañías de seguros con sus recursos. Allianz, por ejemplo, desde 1993 excluye de sus pólizas los posibles daños derivados de la contaminación electromagnética, renunciando a unos ingresos seguros por miedo a hipotéticas indemnizaciones.

Octubre de 2001

(Texto protocolizado ante notario, pero de libre reproducción, para quien lo considere de interés, siempre que no lo modifique)

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