Página personal de Antonio Lagordo                                                                                            Portada

El origen legendario de las plantas ó Libro de las metamorfosis vegetales

 

     Obra escrita por A. V. F. --nombre real de Antonio Lagordo--. Inscrita en el Registro Provincial de la Propiedad intelectual de Barcelona el día 6 de abril de 2005 con el número B-1973-05.

     Coloco este original en la red para compartir conocimientos, y con la confianza de que no será robado, plagiado, enviado por correo masivo, colgado en otras páginas de la red, etc. Son bien recibidos los enlaces directos a esta página.

     Copyright de la versión para Internet 2005. A.V.F. Aka Antonio Lagordo. Todos los derechos reservados. No está permitido colgar "El origen legendario de las plantas ó Libro de las metamorfosis vegetales" en otra página Web, ni publicarlo sin previa autorización. Cualquier utilización ilícita del contenido de esta página será puesto en conocimiento de las autoridades competentes.

 

Contenido

Prólogo
Acónito
Aciano y Azulejo
Alhelí amarillo
Parijata
Anémona
Saguaro y Palo Verde
Adormidera
Cocotero
Incienso y Verrucaria
Maya
Tabaco
Mandioca
Ciprés
Camalote
Espuela de caballero
Cola de gato
Roble
Jacinto
Arroz
Cedro
Corona imperial
Granado
Madreselva
Mirto
Achicoria
Álamo
Azafrán y Tejo
Mate
Mirra
Ortiga
Pino
Violeta
Ajenjo
Almendro
Arándano
Azucena
Cardón
Cornejo macho
Crisantemo
Fresa
Maravilla
Higuera
Mejorana
Nogal
Pasionaria
Romero

Ajo
Aliso y Sauce
Cacahuete
Caña india
Girasol
Celinda
Encina y Tilo
Hiedra
Col
Laurel
Clemátide de hoja entera
Maíz
Convalaria
Patata
Menta
Narciso
Seta
Manzanilla
Rosa
Tulipán
Victoria regia
Árbol del loto


"Stagna tamen timeat nec carpat ab arbore flores
et frutices omnes corpus putet esse deorum"

Metamorfosis, Ovidio


Prólogo

Los pueblos primitivos tenían la necesidad de encontrar explicaciones al entorno que les rodeaba. La mayoría de las veces atribuían a fenómenos sobrenaturales las circunstancias que desconocían. Es por esta razón por la que entre nuestros ancestros eran tan abundantes las leyendas y mitos acerca de los interrogantes de la naturaleza. En la actualidad, estos procesos mentales están caducos; y por tanto, son innecesarios.
Sin embargo, la vieja idea de metamorfosis mediante la cual personas, animales, vegetales y seres imaginarios bajo ciertas circunstancias o peculiaridades son transformados en seres reales o extraordinarios encuentra lugar no sólo entre las tribus primitivas sino también en el folclore de numerosos pueblos civilizados, llegando incluso a nuestros días.
En este libro, nos centramos en las metamorfosis que atañen al mundo vegetal. Dioses, demonios, ninfas, princesas, amantes, sirvientes despechados, héroes legendarios o simples mortales convertidos en grandes árboles, hermosas flores o modestas hierbas, pueblan las hojas de esta obra.


Acónito

El acónito o napelo --Aconitum napellus-- es una planta de preciosas flores violáceas que se cría en los prados, normalmente entre rocas, o en los bordes de los arroyuelos. Los antiguos griegos tenían al acónito por el más virulento de los venenos.

La rabia del can Cerbero

Cerbero, incorruptible portero de los infiernos, terrible perro de tres cabezas y cola de serpiente, también conocido como Centipeps bellua --bestia de cien cabezas-- a causa de la mmultitud de culebras con que estaba adornado su lomo, fue el undécimo trabajo de Hércules.
--Quiero verlo con mis ojos. Tráelo hasta mi puerta --le había ordenado Euristeo.
El héroe no se apresuró. Bajar a los infiernos no era una tarea fácil, y menos lo sería salir con su guardián, el can Cerbero. Para llevar a cabo su misión, Hércules se inició en los misterios de Eleusis, donde se enteró que Hades, dios del reino infernal, sólo dejaría que se llevase al abominable perro si era capaz de dominarlo sin ayuda de las armas. Con este conocimiento y Hermes como guía, Hércules se dirigió al Averno.
En presencia de Hades, el héroe expuso con toda franqueza sus deseos, a los que con suma cortesía se opuso el dios infernal. De una pedrada lanzada por Hércules, cayó al suelo, herido gravemente en la cabeza, el señor de los muertos. Con la velocidad que le caracterizaba, Hermes recogiéndolo del suelo, lo llevó volando hasta el Olimpo, donde Peán, médico de los dioses, lo reanimó con presteza. Mientras tanto, Hércules se dirigió a enfrentarse con el monstruo.
El can Cerbero, sabedor de sus malas intenciones, enseñó sus negros y afilados dientes cuya mordedura causaban una muerte pronta. Su misión era impedir la salida a los muertos y la entrada a los vivos. Pocas personas habían burlado su vigilancia: la sibila de Cumas, guía de Eneas en su bajada a los infiernos, consiguió dormirlo dándole una especie de pastel, y Orfeo lo amansó con la música de su lira. Las culebras de su lomo se alzaban amenazadoras. Tras un prolongado forcejeo, acaba el combate, pues Hércules, con sólo su fuerza física, consiguió inmovilizarlo.
El perro, vencido, a regañadientes, siguió a su enemigo. En la última caverna oscura, a la salida del tenebroso abismo, un camino angosto y en pendiente conducía al mundo de los vivos. El héroe, enlazando con cadenas de acero a Cerbero, que se resistía y apartaba sus ojos de la luz del día y de los rayos esplendorosos del sol, consiguió sacarlo fuera.
Excitado por una rabiosa cólera, el can Cerbero inundó de ecos las montañas con los ladridos simultáneos de sus tres gargantas. Por sus bocas expulsó una espuma blanquecina que salpicó la verde campiña. Se cree, que al contactar con la tierra, la espuma vomitada por el perro se solidificó; y que, tomando el alimento del suelo fértil y productivo, se convirtió en una planta que tenía el poder de matar.
Hércules, después de mostrar el can Cerbero a Euristeo, devolvió el perro a su legítimo dueño.


Aciano y Azulejo

El aciano o azulejo --Centaurea cyanus-- es una planta que medra entre los sembrados y barbechos. Sus flores sobresalen como brillantes ojos azules entre las mieses. Con el nombre de Ojeras se la conoció en Miranda de Arga, porque las flores, en infusión, las utilizaron sus habitantes para curar los ojos inflamados.

El nombre de centaurea se lo concedieron los latinos en honor de Quirón, el más conocido de los centauros, experto en el manejo de hierbas y plantas medicinales. Según Plinio, Quirón se curó a sí mismo con esta planta una herida producida accidentalmente por una flecha que Hércules había empapado en la sangre venenosa de la Hidra de Lerna.

La amapola --Papaver rhoeas-- comparte terreno con otras flores silvestres en lugares incultos y bordes de los caminos. Se dice que llegó de Oriente, hace ya demasiado tiempo, mezclada con los granos de cereales, y que aquí se acomodó a vivir como si estuviera en su propia casa. Es una de las plantas mesegueras más extendidas.

La locura del joven Ciano

Una leyenda inglesa cuenta que la flor recibió este nombre en honor de un joven, Ciano, enamorado de las flores. De todas ellas, el prefería las silvestres; y entre éstas, las de color azul. La pasión que sentía por este tipo de flores, hizo que su afición favorita, y principal ocupación, fuese la de hacer bonitas guirnaldas, por las que luego obtenía buenos beneficios.
Durante el verano, cuando sus plantas preferidas estaban en plena floración, no sin dificultad se conseguía alejar al muchacho de los campos; pues siempre que podía se quedaba a dormir entre las mieses. Tan devota era su admiración, que hasta las ropas que vestía eran todas de un azul brillante, del tono de sus amadas flores; incluso compró unas lentillas, también azules, para cubrir sus grandes ojos negros. Flora era su diosa, y a ella dedicaba todas sus plegarias, dándole las gracias por sus magníficos regalos.
Tanta pasión trastornó la mente de Ciano, que abandonó su pueblo, su casa, su familia y sus amigos y se marchó a vivir a los campos con sus queridas flores, olvidándose incluso de su propia existencia.
Cuando se dieron cuenta de la ausencia del joven, su familia salió en su búsqueda; pero sólo hallaron sus vestidos azules entre los sembrados. Entre la ropa brotaba una pequeña y delgada planta que no habían visto antes, cuyas ramas estaban coronadas por elegantes flores de un azul intenso.
La diosa Flora, tras la calamitosa muerte del joven, y como premio a la veneración que sentía por su divinidad, había transformado a Ciano en Azulejo.

Historia de las dos pastoras

I

En una villa francesa se comentaba que las chicas más guapas del pueblo, sin lugar a dudas, eran Bleuette y Coquelicot. Bleuette, con su hermoso pelo y sus ojos azules; y Coquelicot, delgada y con brillantes y rosadas mejillas.
-- ¡Doy fe! --había dicho el juez del conddado unos días atrás--. Bleuette se ve maravillosa cuando pasea por el verde valle con su modesto porte y sus ojos alicaídos.
-- ¡Qué moza! --exclamó el terrateniente ddel pueblo el último domingo, cuando miraba como bailaba su vasalla--. La pequeña Coquelicot baila de una manera encantadora. Estoy seguro que no hay nadie en la corte con tanta gracia.
De hecho, hubiera sido imposible encontrar dos caras tan preciosas como las de Bleuette y Coquelicot. Vivían en la misma casita, cantaban las mismas canciones, cuidaban de las tórtolas y del rebaño. La única cosa que no tenían en común eran sus corazones. Bleuette se lo había prometido a Lucas; mientras que Coquelicot había jurado amor eterno a Blas.
La buena fortuna, sin embargo, a menudo provoca la envidia, ya que todos los hombres del pueblo deseaban a Bleuette y Coquelicot; aunque eran más numerosos los que las apreciaban. Si el maestro Bernardo retorcía despiadadamente el cuello de las gallinas del corral, siempre respetaba el de Bleuette y Coquelicot.
Eran felices, tan felices, que muchas personas, y especialmente el maestro de la escuela, mantenían que las bellas muchachas eran hadas, hijas de dioses. El granizo nunca dañaba las moras de sus zarzales, ni las uvas de sus viñas. Sus colmenas siempre estaban llenas de la mejor miel. Era bien conocido, que siempre que se sentaban bajo un árbol, un ruiseñor acudía a posarse inmediatamente; o si paseaban, hombro con hombro, por los campos de trigo, el grillo y el saltamontes avanzaban hasta el límite del surco para saludarlas, dándoles la bienvenida.

II

Encontrándose a sí mismo viejo, arrugado y marchito, el juez del condado pensó en casarse; y puesto que estaba jorobado, cojo, sin dientes, calvo y asmático, concluyó, que él se merecía la chica más guapa del pueblo. Y así fue como puso sus ojos en Bleuette.
El terrateniente del pueblo vivía en una vieja y agrietada torre abierta a todas las inclemencias del tiempo: lluvia, viento, granizo y nieve. Su único criado era un campesino, que atendía los puercos por el día y de noche servía a su amo. Pero esto no le impedía hablar de su castillo y de sus sirvientes; no obstante poseía el derecho de la jurisdicción sobre ricos y pobres en su territorio, y en el espacio que abarcaba su vista, podía hacer lo que le viniera en gana.
Un soleado día, cuando su gota, su catarro y su reumatismo le dejaron un poco tranquilo, se le ocurrió que llevaba demasiado tiempo viviendo en soledad; y, siendo un noble caballero, tomó la generosa resolución de compartir con alguien, en lo sucesivo, su privilegiada posición. De hecho, determinó asegurar la felicidad de una mujer. Su elección recayó en Coquelicot.
Al mismo tiempo, las dos pastoras, ignorantes de los honores que iban a concederles, estaban bien contentas disfrutando del amor de sus pastores.
Lucas cantaba su alegría con una túnica de seda verde pálido, mientras Blas, con una capa azul daba a conocer por toda la región los acordes de su flauta. La lana de la oveja favorita de Bleuette, no era tan espesa como el cabello de Lucas. Las mejillas de Blas eran tan llenas y redondas, que siempre parecía a punto de soplar la flauta. Cuando se les veían juntos, con sus túnicas de azul y verde pálido, con sus cayados y sus zurrones adornados con bandas, todo el mundo comentaba que pastores tan buenos como Lucas y Blas, no podían dejar de amar dos pastoras tan distinguidas como Bleuette y Coquelicot.
Las pastoras prometieron a sus amantes, pagarles con un beso por el primer nido de ruiseñores que les trajeran; pero para ello debían de esperar un año; de esta forma Lucas y Blas fueron los más felices de los mortales.
Lucas y Blas paseaban por el campo pensando en la felicidad que les esperaba al terminar el año, cuando encontraron a Bleuette y Coquelicot que lloraban amargamente. Los pastores también se pusieron a llorar, aunque sin saber el motivo. Lucas fue el primero que pidió una explicación.
-- ¿Está enferma la oveja más bonita, mi qquerida pastora? --preguntó con una voz tan suave como el color de su túnica.
-- ¿Ha perdido mi Coquelicot la tórtola quue le regalé la pasada primavera? --dijo Blas.
--La oveja está muy bien --respondió Bleueette--, pero he visto al juez, que me ha dicho: "Hermosa, quiero casarme contigo".
--Y yo --replicó Coquelicot--, he visto all terrateniente, que me ha dicho: "Niña, tienes que ser mi mujer".
Inmediatamente las dos pastoras dieron lamentables gemidos. Blas juró que se tiraría por un precipicio. Lucas deseó colgarse con el cinturón que Bleuette le había regalado.
--Y lo peor de todo --añadieron las dos paastoras-- es que el lugarteniente y el juez vienen por nosotras esta tarde; y si nos negamos a ir, mandarán a los soldados para que nos acompañen.
Los pastores declararon que preferían morir antes que perder a las jóvenes que amaban. Así los cuatro tomaron el camino del pueblo.
La casita de Bleuette y Coquelicot fue derribada por los soldados. El terrateniente y el juez venían a reclamar a las pastoras. Cuando quisieron resistirse, les hicieron rendirse los arqueros. Demasiado sensibles para aceptar tan cruel destino, Blas y Lucas huyeron del lugar.
-- ¡Oh, no! --exclamaron Bleuette y Coquellicot al ser tomadas prisioneras--. Estábamos tan contentas. Sería mejor ser unas flores perdidas entre los surcos de los sembrados que casarnos con un terrateniente con gota y un juez jorobado. ¡Adiós Lucas! ¡Adiós Blas! ¡Adiós para siempre! Nadie puede protegernos, nadie puede rescatarnos.

III

Al tiempo que ellas se lamentaban, llegaron al pueblo un grupo de campesinos; traía esta buena gente las manos llenas de ramas de olivo, y cantaban todos juntos:

Bienaventurado día
De esperanza de primavera.
Nuestra reina ha vuelto.
Cantad, sirvientes, cantad
Su bienvenida.
¡Larga vida a la Reina!

El terrateniente, tomado por sorpresa, fue incapaz de presentarle a la reina, en una bandeja de oro, las llaves de su castillo; lo cual disgustó a su majestad. El juez, igualmente sin preparar, tampoco pudo justificar ante la reina su residencia. Los dos enfermaron gravemente al ver como se desvanecían sus sueños de matrimonio.
Al lado de la reina, la esperanza revivió en los corazones de Bleuette y Coquelicot.
Como ellas, también la reina había sido joven y tremendamente hermosa. Su esbelta figura, su pálido rostro y la dulzura de sus ojos, impresionaban a todos los que la contemplaban, como si guardara algún secreto o poderoso hechizo. Tan pronto como alguien la miraba se sentía atraído por ella.
Las dos pastoras se postraron a sus pies, besaron los flecos de su blanca capa y lloraron.
La reina las hizo levantar y les interrogó por la causa de sus lamentos.
--El amo del pueblo quiere hacerme su espoosa por la fuerza --respondió Coquelicot.
--Me obligan a ser la mujer del juez --añaadió Bleuette.
La reina, sonriendo, paseo su mirada de las dos jóvenes a los dos viejos. Este pequeño reconocimiento fue suficiente.
--Seguidme --indicó a las suplicantes--, qque analizaremos el asunto con detalle. Que no se diga nunca que la reina no intenta detener las lágrimas de sus súbditos.
El cortejo real continuó su marcha seguido de los campesinos, que hacían vibrar el aire con sus cantos.
La reina tenía una residencia en la comarca, a la que venía cada verano, para relajarse un poco de los ajetreos de la corte. Allá condujo a las dos pastoras. Antes de retirarse a sus habitaciones privadas, citó a su presencia al terrateniente y al juez. En vez de ofrecerles una áspera recepción como se merecían, les proporcionó una breve reprimenda que más parecía amigable que severa. Les habló del peligro de las uniones desiguales, haciéndoles sentir lo equivocados que estaban al quererse hacer valer de la fuerza para conseguir el amor. Cuando acabó su discurso, les concedió permiso, como estaban tan deseosos de casarse, para contraer matrimonio cada uno de ellos con una de sus damas de honor, a quienes dotó generosamente. La más joven de estas doncellas pasaba los cincuenta años.
Al terminar, pidió a las dos pastoras que se incorporaran a su séquito, sustituyendo a sus antiguas sirvientas, lo cual hicieron Bleuette y Coquelicot encantadas, pues así se sabían a salvo del viejo terrateniente y del miserable juez.
Por espacio de un año sirvieron como doncellas en la corte. Las dos antiguas pastoras se entrevistaron con la soberana y le pidieron dejar el servicio, pues añoraban su antigua vida, sobre todo a sus grandes amados Blas y Lucas. La reina accedió al deseo de las muchachas regalándoles un diamante a cada una y un puñado de esmeraldas para sus amados.
-- ¡Ahí van dos chicas preciosas! --no puddieron evitar exclamar los cortesanos, reunidos en gran número, cuando salían del palacio.
Pero Coquelicot y Bleuette ni siquiera miraron atrás para agradecer los piropos; tal era la prisa que tenían por ver a Lucas y Blas.

IV

Cuando se alejaron del castillo, dejaron de caminar y comenzaron a correr. Muy lejos iban, saltando por las cimas de los montes, pisando los tréboles, asustando las alondras en sus nidos de los surcos y despertando a las ranas que dormían en los riachuelos. Lejos, a muy lejos se dirigían, parando sólo un instante para tomar un respiro, andando y corriendo alternativamente. De esta forma llegaron al pueblo antes de caer la noche.
Se apresuraron hacia su casita, esperando encontrar a Lucas y Blas en el umbral; pensaban, en su desesperación, que habrían muerto en el lugar que les era tan querido.
Encontraron dos ceremonias matrimoniales. Una era la de Lucas, que se casaba con Margarita, y la otra era de Blas, que tomaba por esposa a Fina. Los ingratos aún lucían las bandas que les habían regalado Bleuette y Coquelicot.
Tan pronto como descubrieron las túnicas azul y verde en los brazos de sus rivales, pareció como si a Bleuette y Coquelicot las hubiera partido un rayo. Las dos pastoras cayeron a tierra para no levantarse jamás. Lucas y Blas perdieron ese día dos corazones cariñosos y dos puñados de esmeraldas.
Sobre la modesta tumba que les erigieron, brotaron unas plantas desconocidas hasta entonces, las dos tenían un porte delicado. Una se coronaba de flores rojas, la amapola, en recuerdo de las sonrosadas mejillas de Coquelicot; y la otra lucía flores azules, el azulejo, como los ojos de Bleuette.


Alhelí amarillo

El alhelí amarillo --Cheiranthus cheiri--, una crucífera, es una planta anual o perdurante con hojas lanceoladas, abundantes y muy próximas unas de otras. Tiene las flores de un amarillo intenso, salpicadas muchas veces de manchas rojizas. Despide un suave aroma que recuerda vagamente a las violetas. Hoy en día se cultiva en macetas y arriates, pero antiguamente crecía silvestre en los muros de viejos edificios, iglesias y monasterios, donde aún pueden verse.

El verdadero alhelí, corresponde a la Matthiola incana, de la familia de las brasicáceas.

En Gran Bretaña, la flor de la planta recibe el nombre de wallflower --flor de muro-- por una leyenda escocesa localizada en un romántico castillo junto al río Tweed.

Estando prometida la hermosa hija del señor del castillo al rico heredero de una fortaleza vecina, no pudo ser más desafortunada cuando eligió por amante al hijo de un terrateniente de una familia rival a la que su padre odiaba especialmente. El secreto de los jóvenes enamorados fue descubierto con fatal resultado para la muchacha, que quedó confinada en sus aposentos.
El apuesto galán, enamorado perdidamente, con un fervor que rayaba la locura, no estaba dispuesto a dejar de ver a la joven. El muchacho probó, con la intención de sacarla del castillo, diversas estratagemas; sin que ninguna le diera resultado.
Finalmente, disfrazado de juglar obtuvo permiso para entrar en la fortaleza. Sentado con aparente descuido bajo la ventana donde sabía que su linda Julieta estaba encerrada, el dulce Romeo tocaba distraídamente el laúd y cantaba un romance en el que le decía de que manera podían huir juntos.
La noche convenida, cuando la chica escuchó cantar al búho del pantano, con la ayuda de una vieja sirvienta, salió sigilosamente de su dormitorio y se dirigió con pasos furtivos a las murallas.
Su amante contribuyó lanzándole una cuerda que ayudara a la joven a bajar el muro, llevándola rápidamente a parar entre sus brazos.
Ella escuchó de nuevo la llamada, y se acercó silenciosamente a la plataforma, cogiendo la soga que le había enviado su amado; pero con las prisas, no aseguró bien la cuerda. Cayó, chocó contra las crueles rocas del suelo y murió.
El poder de la magia blanca que velaba por el lugar tomó tardía compasión y cambió su cuerpo por el de una flor amarilla teñida puntos rojos. Así, una nueva forma de belleza apareció donde había existido antes otra belleza.


Parijata

El parijata --Nycthantes arbor tristis-- es una especie de jazmín de mediana altura cuyas flores y hojas se abren por la noche. Sus flores son parecidas a las del naranjo, pero más perfumadas.

En la India vivió un gobernador de nombre Parizatacos; tenía una hermosa hija que se enamoró del dios sol. Cada día se levantaba la muchacha cuando el astro aparecía en el cielo por el este, contemplándolo en su recorrido hasta que se ocultaba por el oeste.
Su devoción tuvo su recompensa, pues el dios puso sus ojos sobre ella. Por un tiempo el sol la favoreció con sus atenciones, pero después el sol se distrajo porque tenía demasiadas cosas de las que ocuparse, dejando a la joven abandonada.
Desesperada, la moza se quitó la vida. De sus cenizas brotó el arbusto parijata; y como ella había llegado a odiar al dios por sentirse abandonada, sus flores sólo se abrían durante la noche, cerrándose antes de que los rayos del sol pudieran tocarla.
Desde entonces se le denominó Parijata, que significa el árbol de la tristeza.


Anémona

La anémona --Anemone coronaria-- es una planta cultivada en los jardines por sus bonitas, aunque fugaces, flores rojas.

La amante de los vientos

Flora, diosa de las flores, estaba casada con Céfiro, el viento de poniente, porque éste le ayudaba en su misión de propagar las semillas de las plantas. Aficionado a las aventuras fuera del matrimonio, Céfiro se encaprichó de una ninfa de la corte de su esposa, Anémona.
Al enterarse de la infidelidad de su esposo, Flora expulsó a la atrevida sirvienta fuera de su reino.
Para conservarla, Céfiro pidió a Venus, la diosa del amor, que transformara a su amante en flor.
Para sorpresa del viento de poniente, su florida mujer nada objeto a esta metamorfosis; más bien al contrario, se alegró sobremanera. No en vano era la diosa de las flores; y todas por igual le eran queridas.
La modesta planta sólo florecía una vez al año, y por corto espacio; por lo que pronto Céfiro se cansó de la flor. Decidido a abandonarla, se la regaló a su compinche Bóreas, el viento del norte, a quien sabía enamorado de la antigua ninfa.
Pero la anémona no correspondió al frío amor del aire nórdico. Bóreas, enfurecido, sopló con tanta fuerza que le arrancó todos los pétalos a la temblorosa flor.
Por eso, cuando soplan los vientos, las delicadas anémonas se deshojan y marchitan.

La pasión de Venus

Venus, jugando un día con su hijo Cupido, se hirió el pecho con una de sus flechas. Apartó al niño rápidamente, pero la herida era más profunda de lo que pensaba. Antes de darse cuenta de lo que le ocurría, la diosa del amor vio a Adonis, quedando cautivada al momento por el hermoso joven.
Desde que conoció a aquel apuesto hombre dejó de interesarse por las blancas arenas de la playa, por la pesca y por los metales preciosos. Incluso, se absentó del cielo porque Adonis era más importante y querido que el mismo firmamento. Acostumbrada a ocuparse de sí misma con la única dedicación de acrecentar su belleza, se veía ahora vagar errante por los bosques, los riscos montañosos y los campos llenos de maleza, con el vestido recortado hasta las rodillas como las seguidoras de Diana, azuzando a los perros y persiguiendo a liebres y ciervos, los animales menos peligrosos, y manteniéndose alejada de los fuertes jabalíes, los lobos predadores, los osos armados de garras y los leones hambrientos.
--Sé valiente con los animales que huyen ---aconsejó la diosa al guapo Adonis--. Contra los peligrosos, la audacia no carece de riesgo. Abstente, Adonis, de ser temerario a costa mía. No provoques a las fieras, no sea que tu gloria pueda costarme cara. Ni tu juventud ni tu belleza ni lo que a mí me ha deslumbrado, impresionará a los leones, ni a los ojos ni a los impulsos de las fieras. Piensa en sus terribles garras y su prodigiosa fuerza.
Después de darle estos consejos, Venus montó en su carro conducido por cisnes. Pero Adonis se consideraba un hombre valiente, sin necesidad de las advertencias de su amada.
Sucedió entonces que los perros, siguiendo un rastro seguro, hicieron salir de su guarida a un enorme jabalí, que cuando huía hacia la espesura del bosque fue alcanzado por la flecha disparada por el intrépido cazador. La bestia herida se sacó el dardo ensangrentado con su curvo hocico, y persiguió a Adonis, que algo aturdido por la reacción de la fiera trataba de buscar refugio. Pero el animal salvaje lo alcanzó, y hundiéndole los colmillos en el vientre, lo dejó moribundo en la verde pradera.
La diosa, surcando los vientos en su carro sostenido por las alas de sus cisnes, llegaba a la isla de Chipre cuando llegó hasta sus oídos el gemido agonizante de su amado. Hizo virar a las blancas aves en dirección a la tierra. Al acercarse al lugar de la tragedia, desde el cielo divisó el cuerpo sin vida y revolcado en su propia sangre. Bajando de su montura, saltó a tierra, y corrió por entre las zarzas y los escaramujos, que desgarraban sus ropas y le infligían molestas heridas. Ante el cadáver, Venus se golpeó el pecho y se tiraba de los cabellos.
--No todo vas a quedártelo tú --dijo desaffiando al destino--, pues estableceré fiestas en su honor; y su sangre se transformará en flor. Al menos nadie podrá quitarme ese consuelo.
Después de hablar, salpicó de fragante néctar la sangre de Adonis. Al entrar en contacto los dos líquidos, la mezcla resultante se hinchó formando una burbuja transparente, brotando al cabo de una hora una flor del color de la sangre; sin embargo, es efímera la vida de esa flor, pues, mal sujeta, la arrancan con facilidad los mismos viento que le dan el nombre de anémona.


Saguaro y Palo Verde

El saguaro --Carnegia gigantea o Cereus giganteus-- es un cactus gigante que puede llegar a los 9 m, de altura y a vivir más de 200 años. El palo verde --Cercidium microphyllum-- es un cactus más modesto, con cierta pinta de arbusto, y normalmente compartiendo los mismos terrenos desérticos y pedregosos de Arizona que el saguaro.

En una época ya lejana, vivió una vieja india que tenía dos hijos. Cada día ella cultivaba trigo y maíz entre las duras piedras para hacer gachas con que alimentarse.
Un día, poniendo la olla en el fuego fuera de la casa para hervir el agua, le dijo a sus hijos que no discutieran porque sino el espíritu de la caldera podía enojarse. Pero los niños comenzaron a reñir. La olla se irritó y comenzó a tirar agua.
Al llegar la madre y contemplar lo sucedido, azotó a los pequeños. Entonces los niños, asustados y enfadados, corrieron huyendo de los golpes de su madre. Llegaron muy lejos, hasta cerca de los montes. La vieja india los escuchó silbar y corrió detrás de ellos, siguiéndolos de un sitio a otro, pero no pudo alcanzarlos.
Por fin, el chico más grande dijo: "Yo me convertiré en un saguaro, así viviré siempre y daré flores cada verano".
Y el jovencito habló así: "Entonces yo me convertiré en un palo verde y estaré a tu lado para siempre. Estas montañas están vacías y no tienen más que rocas. Yo las haré verdes".
La madre oyó al cactus silbar, y reconoció la voz de su hijo. Entonces subió y trató de abrazar la espinosa planta, pero las espinas la mataron.
Y así fue como el saguaro y el palo verde llegaron a las montañas y al desierto.


Adormidera

La adormidera --Papaver somniferum-- es la planta de la que se extrae el opio; tan peligroso, que es capaz de provocar la destrucción física y mental de las personas y la muerte; existe gente que se aprovecha de su comercio para amasar grandes fortunas.

La leyenda que se narra a continuación es una alegoría en la que Perséfone representa a la semilla que se entierra en el suelo, a donde es conducida por el dios del mundo subterráneo. Cuando Deméter recupera a su hija, la semilla germina al llegar la primavera, que la conduce a la luz del día. La diosa, agradecida, nos enseña a cultivar las semillas, dando así comienzo la agricultura.

I. El rapto de Perséfone.

Cuando Zeus y sus hermanos, los Olímpicos, vencieron a los Titanes, los hicieron desaparecer en el Tártaro. Pero nuevos enemigos se alzaron contra los triunfadores. Eran los gigantes Tifón, Briareo, Encélado y otros; algunos tenían cien brazos, otros expulsaban fuego por la boca. También derrotaron a estos seres monstruosos, enterrándolos vivos bajo el monte Etna, donde todavía combaten para liberarse, sacudiendo toda la isla con terremotos. Su aliento de fuego sube por la montaña, produciendo lo que llamamos las erupciones del volcán.
La caída de los gigantes sacudió la tierra de tal manera que Hades, dios de los infiernos, temió que su reino se abriera hasta penetrar la luz del día. Con tal aprensión, montó en su carruaje, por corceles negros gobernado, y salió a inspeccionar, para quedarse tranquilo, la extensión del daño. Mientras reconocía el terreno, Afrodita, jugando con su hijo Eros en una colina cercana, lo espiaba.
--Hijo mío --dijo maliciosamente la diosa del amor--, coge tus dardos amorosos, y dispara una flecha contra el pecho del negro monarca que rige los destinos del Tártaro. ¿Por qué sólo tiene que escapar él? Aprovecha la oportunidad para extender nuestro imperio. ¿No te has fijado que incluso en el cielo algunos desprecian nuestro poder? La sabia Atenea y Artemisa la cazadora nos desafían; y ahí tienes a la hija de Deméter, Perséfone, que pretende seguir su ejemplo. Ahora, haz triunfar el amor para nuestra causa juntando a esos dos.
El niño, mirando en su carcaj, seleccionó la flecha apropiada y, colocándola en el arco, disparó clavando la saeta en el corazón de Hades.
En el valle, oculto por un bosquecillo, había una laguna bañada por los rayos del sol cuyas laderas estaban cubiertas de flores. Allí se encontraba Perséfone, recogiendo lirios y violetas con las que llenaba su cesta y su delantal. En cuanto el dios oscuro la vio, se enamoró de ella y la raptó. La diosa gritó pidiendo ayuda a su madre y amigos; pero nadie pareció oír sus desesperados alaridos.
Llamándolos por su nombre, el raptor animaba a sus corceles, que corrían veloces hacia su reino. Al llegar al río, golpeó en la tierra con su tridente; y una abertura se abrió en el suelo, dándoles entrada a su reino.
Tan pronto como notó su ausencia, Deméter, su madre, la buscó por todas partes. La brillante Aurora, cuando salía por la mañana, y Héspero, cuando sacaba las estrellas por la noche, la encontraban ocupada en su búsqueda. Pero las investigaciones fueron infructuosas. Cansada y triste, se recostó sobre unas rocas, donde permaneció postrada por espacio de nueve días y nueve noches, al aire libre, bajo la luz del sol y de la luna, expuesta a las inclemencias del tiempo, sin poder conciliar el sueño. De las lágrimas -o algo parecido, porque dicen que los dioses nunca lloran-, que derramaron sus ojos, unas gotas cayeron sobre la tierra, que al mezclarse con los nutrientes del suelo, hicieron brotar una planta de cuyos frutos absorbió el zumo la diosa, quedando dormida al instante. Como la planta hacía conciliar el sueño y ayudaba a olvidar, la llamó adormidera.

II. El nacimiento de la agricultura.

Al despertar, divisó a un anciano, de nombre Celeo, que recogía piñas y leña para el fuego de su hogar, acompañado de su hija, que paseaba a las cabras.
--Madrecita, ¿qué haces sentada sola en essas rocas? --preguntó cariñosamente la muchacha.
La diosa, con apariencia de viejecita, se sintió reconfortada por las dulces palabras de la joven. "¡Qué pena no sea mi propia hija!", pensó.
El viejo, viendo el aspecto lamentable que presentaba, la invitó a su casa; a lo que ella accedió ante la persistencia del abuelo. De camino a la cabaña del vejete, éste le contó que su único hijo se encontraba muy enfermo, con fiebre y que no conseguía dormir. Deméter recolectó el jugo de la adormidera, que había nacido de su llanto.
En casa del anciano, besó los labios de la criatura enferma, que al instante recobró su vigor. Mientras comían, la diosa vertió el jugo de la adormidera sobre la leche del pequeño. Al llegar la noche, cuando se preparaban para acostarse, se levantó y cogiendo al niño dormido entre sus brazos, pronunció tres veces un solemne encantamiento; después puso al lactante sobre las brasas del fuego purificador. La madre del pequeño bebé, viendo lo que hacía la anciana, saltó de su asiento y sacó a la criatura de las llamas.
--No has sido muy cariñosa con tu hijo --ddijo Deméter, asumiendo su propia forma, llena de divino esplendor--. Iba a hacerlo inmortal, pero has frustrado mis planes. Pero no importa, él será grande y muy útil; porque enseñará a los hombres el uso del arado y las recompensas que se obtienen de la labor de cultivar el suelo.
Tras esta profecía, la diosa montó en su carro y se marchó.
Deméter continuó la búsqueda de su hija recorriendo países, cruzando mares y ríos; hasta que pasando por donde Hades había entrado a sus dominios, encontró el velo de su hija colgado de las ramas de un árbol. Las ninfas le hubieran contado todo lo que había ocurrido, sino hubieran tenido tanto miedo del señor del Averno.
La diosa de las simientes ya no tuvo duda de que algo malo le había ocurrido a su querida hija, y de que el raptor había pasado por allí; aunque aun no sabía lo sucedido. Sin nadie a quien culpar de su desgracia, descargó su ira sobre la inocente tierra.
--Suelo desagradecido --dijo malhumorada---, al que he dotado de fertilidad y vestido con plantas y nutritivos granos, nunca más gozarás de mis favores.
Terminadas de pronunciar estas palabras, el ganado murió por falta de alimento, las semillas no germinaban; hacía mucho sol, llovía demasiado; los pájaros se disputaban las semillas de los cardos; solamente las zarzas sobrevivían.
Viendo lo que ocurría, la fuente Aretusa intercedió por la tierra.
--Diosa --dijo, llamando su atención--, noo culpes a la tierra. De mala gana tuvo que abrir un agujero para que pasara tu hija. Puedo contarte su destino, pues la he visto. Antes, yo era una ninfa del bosque, iniciada en los misterios de la diosa cazadora; un día huyendo de los lascivos deseos de Alfeo, me convertí en fuente con ayuda de Artemisa. En mi recorrido por el interior de la tierra, vi a tu Perséfone, en compañía del Señor del infierno. Estaba triste, pero no parecía alarmado su semblante. Su mirada parecía como la de una nueva reina, la reina del Averno, la poderosa esposa del monarca del reino de los muertos.
Al escuchar esto, la diosa se quedó anonadada, sin poder reaccionar por unos instantes; después regresó con su carro al cielo, presentándose inmediatamente ante el trono de Zeus, al que contó la historia de su aflicción, implorándole que pusiera remedio, logrando así recuperar a su hija.
El soberano de los dioses consintió con una condición, que Perséfone no hubiera comido ningún alimento del Averno; si eso hubiera sucedido, no podría cambiar su destino.
Hermes, acompañado de la Primavera, fue enviado para reclamar a la hija de Deméter de las manos de Hades. El monarca infernal consintió a la demanda; pero cuando marchaba la diosa, apareció Ascáfalo, un sirviente, que confesó haber presenciado como Perséfone había comido de una granada que había cogido del jardín oscuro. Esto fue suficiente.
Tras la insistencia de Deméter, se llegó al acuerdo de que su hija pasara seis meses con ella, y el resto del año con su marido Hades. La diosa, estando conforme con este compromiso, devolvió sus favores a la tierra.
Recordando la promesa que había hecho a Triptolomeo, el hijo de la familia que tan bien la había acogido; cuando el infante creció, la soberana de las semillas lo subió en su carro, conducido por dragones alados, y lo llevó por todos los países de la tierra, enseñándoles los secretos de las simientes y los rudimentos de la agricultura.


Cocotero

El cocotero --Cocos nucifera-- es un árbol difundido en todas las regiones tropicales, especialmente costeras. Su fruto, el coco, debe su nombre a los portugueses, quienes dicen que cuando cae del árbol, queda un agujero en el lugar por el que estuvo sujeto; por encima de este agujero, hay dos más. Por lo que representan el rostro de un gato que "coque" maulla.

Los chinos llaman al coco ye-tsu, pero también "yue-wang-t'u (cabeza del príncipe Yue). Según una leyenda, el príncipe Lin-yi se hallaba en lucha con el príncipe Yue. El primero infiltró un espía en el campamento enemigo con la orden de matar a su adversario. El asesino aprovechó una de las borracheras del príncipe Yue para cortarle la cabeza, llevándosela después a su señor. La cabeza cortada fue colgada en un árbol; y allí fue transformada en un coco, con dos ojos en su corteza.

En Sri Lanka dos mitos diferentes hablan del origen del cocotero. El primero dice que el cocotero brotó de la cabeza cercenada de un astrólogo que se equivocó en sus predicciones. El segundo relata que nació de la cabeza cortada de un horrible monstruo.

En Mangaia, Islas Cook, en el sur del Pacífico, sus habitantes nos ofrecen otra versión. Ina se bañaba frecuentemente en un estanque, donde vivía una anguila con la que trabó cierta familiaridad. El pez, Tuna, rey de todas las anguilas, tomando coraje, le declaró que estaba enamorado de ella; e Ina le correspondió. Razones místicas obligaron a Tuna a dejarla, pero cuando se marchaba, le pidió que le cortara la cabeza y la enterrase. Con pesar, pero sin temblarle la mano, Ina accedió a su demanda. De la tumba donde estaba enterrada la cabeza de la anguila brotaron dos cocoteros, uno por cada mitad del cerebro de Tuna. Por eso dicen los nativos, que cuando se pela la cáscara del coco, siempre encontramos los dos ojos y la boca del amante de Ina.


Incienso y Verrucaria

El árbol del incienso --Boswellia thurifera-- crece en la península arábiga. Sus hojas están reducidas al mínimo para resistir el duro clima. Se extrae del mismo una resina de gran valor: el incienso. En la actualidad, el mercado de esta sustancia es muy reducido, pero en la antigüedad, era una de las más apreciadas.

La verrucaria --Heliotropium europaeum-- es una hierba anual común en los barbechos, rastrojos y sitios sin cultivar. El nombre de verrucaria se le dio porque sus semillas fueron empleadas en forma de emplasto para desecar las verrugas. El de Heliotropo se lo dieron los romanos, porque las flores de la planta siguen al astro rey desde su salida hasta su puesta.

Los amores del Sol

I

Apolo, el dios sol, es el primero que todo lo ve. Fue él primero en descubrir el adulterio de Venus con Marte; y escandalizado, reveló el ultraje y el lugar del mismo al marido afectado.
Venus, diosa del amor, rencorosa y vengativa, no olvidó esta afrenta; y puso en el camino del Sol a Leucótoa, hija del rey Órcamo, la hembra más hermosa nacida jamás sobre la tierra. Apolo que calentaba toda la tierra con sus rayos, se quemó con un fuego abrasador. Al Sol, que debía contemplarlo todo, sólo le quedaron ojos para la doncella. Sus anteriores amores quedaron en el recuerdo, e incluso su amante del momento, Clitia, que aunque despreciada aspiraba a su lecho, quedó olvidada.
Bajo el hemisferio occidental se encontraban los pastos de los caballos del Sol; ambrosia comían en vez de hierba, ya que ese alimento les nutría y refrescaba sus miembros fatigados por su trabajo diario. Mientras los corceles pastaban allí su celestial forraje y la noche cumplía su turno, aprovechó Apolo para entrar en la vivienda de su amada, tomando la figura de su madre.
La encontró entre doce sirvientas, tejiendo a la suave luz de las lámparas. Después de darle, como si fuera su madre, besos a su querida hija, despidió a las doncellas pretextando que tenía que tratar un asunto privado.
Una vez que la habitación quedó sin testigos, el Sol, le indicó quien era y le declaró su amor. El temor que sentía la muchacha la hacía más bella a los ojos de Apolo, quien sin más dilaciones adquirió su figura habitual. Entonces, la joven, aunque aterrada por el inesperado espectáculo, cayó subyugada por el resplandor del dios, sufriendo su violencia sin proferir queja alguna.
Se puso celosa Clitia, que aguijoneada por la cólera contra su rival, divulgó el deshonor, delatándola con especial maledicencia al padre, el rey Órcamo. Éste, feroz y despiadado, no atendió las súplicas de su hija cuando le dijo que había sido tomada contra su voluntad; y la enterró viva en una profunda fosa sobre la que puso un montículo de arena.
El Sol rasgó con sus rayos aquella tumba, intentando abrir un hueco por donde Leucótoa pudiera sacar su rostro enterrado. Pero ya era demasiado tarde para la joven que yacía sin ser más que un cuerpo sin vida. Con el poder de sus rayos, intentó dar nueva vida a aquellos miembros helados; como último remedio, derramó el oloroso néctar sobre su cuerpo; pero todo su empeño fue en vano, pues el destino se opuso a sus vigorosos esfuerzos.
--Sin embargo, llegarás a tocar el cielo, querida Leucótoa --dijo el dios después de prolijos lamentos.
Entonces, el cuerpo empapado en la celeste ambrosia se transformó en raíces que se anclaron en el terreno; y una vara de incienso se elevó hasta la superficie, rompiendo la capa de arena.

II

En cuanto a Clitia, aunque el amor que sentía por Apolo podía disculparla de su terrible acto, no volvió a recibir la visita del Sol, que decidió poner fin a sus relaciones amorosas con ella. Desde entonces, la ninfa se consumió.
Encerrándose en su pasión, no aguantaba a nadie a su lado. Se quedó a la intemperie tanto de día como de noche, sentada en el suelo desnuda, con los cabellos sueltos y en desorden. Durante nueve días se abstuvo de agua y comida, alimentando su hambre con el rocío y sus lágrimas, sin moverse del lugar.
Lo único que hacía era mirar el rostro de su amado conforme este avanzaba, volviendo su cara hacia él. Cuentan las ninfas, que vieron como sus miembros se adhirieron a la tierra adquiriendo el color de las hierbas cetrinas; y que una flor semejante a la violeta le cubrió el rostro. Y ella, aunque estaba sujeta por la nariz, se volvía hacia su Sol, conservando su amor aun después de ser transformada.


Maya

La maya --Bellis perennis-- es una pequeña planta vivaz con todas las hojas basales y flores como la manzanilla. Antaño se utilizaban sus hojas para acompañar las ensaladas, a las que daba un sabor agradable. Se la conoce también con el nombre de bellorita, chirivita y margarita menor.

La mitología romana cuenta que esta flor debe su origen a una de las Belides, hijas de Danao, pertenecientes a la raza de las dríades, ninfas de los árboles. Según se dice, la mayor de ellas había obtenido la promesa de matrimonio de una divinidad rural; pero cuando bailaba con él en el prado, despertó la admiración de Vertunnus, dios de la vegetación y de los árboles frutales. Acorralada por este dios y sin posibilidad de escapar de su amoroso embrujo, fue transformada en la flor llamada maya.

Una leyenda cristiana asocia la margarita menor con María Magdalena, la pecadora, narrando que las lágrimas que derramaba, se transformaban en belloritas tan pronto como tocaban el suelo.

Chaucer era un apasionado de esta planta, a la que dedicó bellas canciones. Según él, la reina Alceste, que eligió morir por amor por su marido Admeto, fue convertida en esta flor, siendo rescatada posteriormente de los infiernos por Hércules.


Tabaco

El tabaco --Nicotiana tabacum-- es una planta, importada por los españoles de América a Europa, de cuyo jugo preparaban los indios americanos venenos para sus flechas. La nicotina, principio activo de la planta, es tóxica en grado sumo, absorbiéndose fácilmente a través de la piel y, en mayor grado, de las mucosas. Sin embargo, el empleo de sus hojas para fumar es un vicio que perdura desde hace varios siglos. El tabaco tiene tantos detractores como consumidores.

Versión para no fumadores

Ante los seguidores de una ascética secta se presentó una mujer idólatra --eso decían ellos-- en una pose indecente que les atraía. La castidad de los miembros de la congregación corría un gran peligro.
El dios del celibato apareció y les ordenó ejecutar a la seductora.
Los acólitos --digno de ellos-- obedecieron la estricta orden y dieron muerte a la hembra, dejándola difunta donde la asaltaron.
El marido de la víctima dio sepultura a su mujer, colocando sobre su tumba una rama seca. Al poco tiempo, la rama se tornó verde y le brotaron anchas hojas.
Los célibes sectarios, pasando un día por el lugar de los trágicos acontecimientos, advirtieron que el marido de la hereje --algo tendrían que hacer con él-- tomaba hojas de aquella nueva planta y llenaba con ella su pipa. Lo imitaron y obtuvieron tal placer que no pudieron dejar de fumar, hasta el día en que, después del humo, el fuego los consumirá.
La planta que produce el humo es considerada una figura del propio diablo, quien, tras haber pasado por un lugar, deja ahí sus huellas; es decir, el humo y el mal olor.

Versión para fumadores

"¡Atención! Fumar es adictivo y perjudica gravemente tu salud." Dicen las cajetillas de tabaco...

Un hombre había perdido sus caballos. En su búsqueda, encontró una mujer que cazaba caballos. Los dos, en un intervalo para descansar, se pusieron a charlar debajo de un nogal, que les proporcionaba una buena sombra.
--Busco esos famosos caballos que se esconnden tan bien --dijo la mujer.
--Pues yo busco los caballos que se me esccaparon --respondió el hombre.
A medida que hablaban, ocurrió que el hombre se sintió atraído por la mujer.
--Los dos buscamos caballos, nos hemos heccho amigos, aprovechemos el tiempo y convirtámonos en amantes. Después de hacer el amor podremos continuar con nuestra caza --le dijo el hombre a su compañera.
--De acuerdo, me parece una buena idea --lle contestó la hembra después de considerar la cuestión.
Los dos yacieron bajo la dulce sombra del nogal hasta que estuvieron satisfechos, tomando cada uno su camino cuando terminaron.
Al siguiente verano, cuando llegó el tiempo de la caza, el hombre, buscando nuevos caballos, pasó cerca del lugar en que tan bien lo había pasado con la mujer cazadora. "Me pasaré por el lugar, es posible que ella se encuentre por allí", pensó. Al llegar al nogal vio que una hierba había brotado justo en el lugar que tan bien lo había pasado, pero no tenía ni idea de que planta se trataba. Durante largo rato se quedó mirando esa nueva planta, volviendo después a su aldea.
En su pueblo contó a los viejos sabios de la tribu lo que le había ocurrido y lo que había visto, describiéndoles la planta.
--Tenemos que examinarla bien para saber ssi es buena. Cuando madure lo comprobaremos --le dijeron los ancianos.
Así que el hombre volvió donde la planta, donde se dedicó a su cuidado, observando como crecía. La planta floreció y dio frutos. Tomando una muestra de cada parte del desconocido vegetal, regresó a su pueblo.
Los viejos del consejo observaron la planta en vano, pues les era desconocida; así que no pudieron resolver el enigma. Entonces, el viejo hechicero pulverizó sus hojas y las puso en su pipa, la encendió y fumó. El aroma le fue tan agradable que la pasó al resto del consejo.
--Las hojas de esta planta son buenas. La llamaremos tabaco --pronunciaron.
Y así fue como, de la unión del hombre y la mujer, brotó el tabaco.


Mandioca

La mandioca --Jatropha Manihot o Manihot esculenta-- es un arbusto abundante en la zona tropical americana. La raíz, un tubérculo grande y carnoso, es aprovechada como alimento. Pero existen dos clases de mandioca, una dulce y otra amarga. La dulce se puede comer asada y cocida sin ningún inconveniente; sin embargo, la amarga es venenosa, y fue empleada por los indios para emponzoñar sus flechas.

El sacrificio de Mandió

En los remotos tiempos en que la humanidad no conocía la agricultura y sólo se alimentaba de la caza, la pesca y los frutos silvestres vivió una mocita tímida y asustada que se llamaba Mandió.
Mandió era fea, alta, flaca y desgarbada desde pequeñita. Tenía grandes manos y largos y huesudos dedos; y nunca se relacionaba con los otros niños, sino que se quedaba apartada, mirándolos, como si quisiera participar en sus juegos y no se atreviera.
--Mandió --le reprendía su madre--, algún día echarás raíces.
--Mandió --le regañaba su padre--, acompañña a tu madre y hermanitos a recoger frutos al bosque.
Pero la muchachita, siempre triste y avergonzada por su fealdad, se quedaba recluida en la choza, como si tuviera miedo de la espesura, negándose a acompañar a su madre y hermanos en esa labor, en la que además de recoger frutos, también aprendían los secretos de la selva, tan necesarios para cuando fueran mayores.
Sin embargo, una noche, mientras dormía placidamente, se le apareció Tupá, el dios bueno, en sueños. Le dijo que ella sería una mujer muy importante, no sólo para su familia, sino para toda la tribu; pues les enseñaría la manera de alimentarse mejor. Para ello debía de esperar que un rayo quemara una porción de la selva, produciendo un claro en el cerrado follaje; cuando el terreno quedara despejado, ella se encaminaría al lugar para cavar un hoyo y meter después sus enormes pies.
El día de su destino no tardó en llegar; entonces, tras comunicar a su familia sus intenciones, se despidió de ellos y se marchó.
Cuando al día siguiente fueron a buscarla, en el centro de la quemada tierra vieron una planta que no habían visto hasta el momento. Era un arbusto verde, tan alto como su hija, con las hojas en forma de manos. Cavaron para desenterrar los pies de su hija, pero en su lugar hallaron grandes y gruesos tubérculos. Era la mandioca, que en adelante les proporcionaría alimento.


Ciprés

El ciprés --Cupressus sempervirens-- es un árbol de marcado carácter funerario; pero también apreciado por su madera, inatacable por las carcomas, usada para la fabricación de muebles.

En una legenda griega, los cipreses deben su origen a las hijas de Etéocles, un rey tebano. Sacadas de una fiesta por las diosas en un torbellino que no paraba de dar vueltas, fueron finalmente arrojadas a un estanque. La diosa Gea, compadeciéndose de las jóvenes muchachas, las convirtió en cipreses.

Cipariso

En la isla de Ceos existía un enorme ciervo, sagrado para las ninfas, de grandes cuernos que resplandecían como el oro; colgaba de su cuello un collar de piedras preciosas, una medalla de plata sujeta con pequeñas correas de su frente y perlas de sus orejas. El animal no tenía miedo, y exento de la precaución que le es natural, acostumbraba a frecuentar las casas y dejarse acariciar; incluso por manos desconocidas.
Pero quien más quería al ciervo, era un guapo mozo --el más bello muchacho de su comarca, según decían-- llamado Cipariso. El joven conducía al venado a nuevos pastos para comer y a fuentes cristalinas para beber, cubriéndole los cuernos con guirnaldas de flores. Otras veces, montaba en su grupa como un jinete; y así, lo llevaba de un lado a otro, con riendas de color púrpura que sujetaban su boca.
Un caluroso día de verano a mediodía, el ciervo se dejó caer, cansado, sobre la verde hierba a la sombra de los árboles para refrescarse. Cipariso, el muchacho, por imprudencia, atravesó al animal con una aguzada jabalina. Al ver al ciervo moribundo, tomó la resolución de morir voluntariamente.
Apolo, que cazaba con él, trató de consolarle con palabras amables, diciéndole que se trataba de un error, que fuese moderado con su dolor, que podían ofrecérselo en sacrificio a los dioses, que tampoco había para tanto. Pero Cipariso continuó gimiendo a pesar del consuelo de su amigo, y pidió a los dioses, como última gracia, guardar luto por todos los tiempos.
Cuando el bello mancebo había derramado ya hasta la última lágrima con sus interminables llantos, vio como sus miembros empezaron a ponerse de color verde; sus bien peinados cabellos pronto se convirtieron en una erizada maraña de complexión rígida que se levantaba hacia el estrellado cielo como una delgada copa.
Profiriendo un quejido, dijo apesadumbrado Apolo:
--Yo te guardaré luto a ti; y tú, como cipprés, lo guardarás a otros.


Camalote

El camalote --Eichornia crassipes-- es una planta acuática de la familia de las pontederiáceas, de hojas y flores flotantes. Son típicas del río Paraná. Hoy pueden verse en estanques particulares y públicos.

La viajera del río

Los hombres de Diego García remontaron, lentamente primero, el Mar Dulce y después el Paraná, pardo e inquieto como un animal salvaje, a bordo de una carabela. El capitán llegaba como Gobernador del río de Solís, pero al llegar a la desembocadura del Carcarañá se encontró con la desagradable sorpresa de que el cargo ya estaba ocupado por Sebastián Gaboto, otro marino al servicio de España. Durante días discutieron los comandantes en el fuerte Sancti Spiritu, mientras las tropas aprovechaban el entredicho para acostumbrar de nuevo el cuerpo a la tierra firme y recuperar algunas alegrías. Exploraron los alrededores y aprovecharon la hospitalidad de los indios.
Ocurrió entonces que una joven india se enamoró de un soldado de García. Durante el verano, mientras García y Gaboto abandonaron el fuerte rumbo al interior, ellos se amaron. Que uno no comprendiera el idioma del otro no fue un obstáculo, más bien contribuyó al amor, porque todo era risa y deseo. Nadaron juntos en el río, ella le enseñó la selva y él el bergantín anclado en la costa; él probó el maíz, la mandioca, las calabazas; ella se embriagó con el amor exótico de un extranjero.
Mientras tanto, a su alrededor, las relaciones entre los españoles y los guaraníes se deterioraban. Los indígenas habían ayudado a la tropa a descargar los barcos, a construir sus casas y fortalezas, sin exigir nada a cambio, excepto unas pocas herramientas de hierro. A cambio, los soldados humillaban a los indios con malos tratos, robaban sus joyas y violaban a sus mujeres. Hasta que los indios se cansaron de tener huéspedes tan soberbios y una noche incendiaron el fuerte. Los pocos españoles que sobrevivieron se refugiaron en los barcos, donde esperarían el regreso de Gaboto y García.
Después del desastre, obviamente, el amor entre el marino y la indígena se volvió más difícil, más escondido y más triste. Día tras día, en sus citas secretas, ella intentaba retenerlo con regalos y caricias, rogándole huir juntos. Sin embargo, sus esfuerzos no lograban atravesar la muralla de desconfianza que la situación iba levantando entre ellos.
Los jefes llegaron finalmente y, encontrándose con la fortaleza arrasada, decidieron regresar a España en busca de refuerzos.
Los preparativos para el regreso duraron semanas enteras, durante las cuales la muchacha guaraní deambulaba entre los sauces de la orilla, aguardando la oportunidad de ver a su exótico marino, aunque sólo fuera un instante.
Como en toda situación de guerra, en esta tampoco hubo lugar para sentimientos personales y la separación sorprendió a los amantes sin que mediara despedida alguna; simplemente, una mañana, al llegar a la orilla de río, la joven vio a las carabelas que se alejaban y la pena invadió su pecho. Los vio enfilar hacia lo profundo, y luego navegar viento en popa llevándose sus sueños y sus esperanzas, y dejándole tan sólo una vida que latía en sus entrañas.
Al cabo de un rato, las siluetas de los barcos eran tan pequeñas que costaba pensar que a bordo cogieran tantas ilusiones deshechas. Luego, sin aviso, en el primer recodo el río se los tragó, como si no hubieran existido jamás.
Largos y amargos días se sucedieron, mientras la joven lloraba su frustrado amor. Soñaba que le crecían alas y que se elevaba por los aires en busca de su amante. Pero luego se despertaba bañada en lágrimas, para tomar conciencia de su soledad. Así deambulaba durante el día por la selva, tratando de encontrar un medio que le permitiera surcar las aguas y llegar hasta donde estaba su amado.
Sus lamentos fueron escuchados por el espíritu del río, que apiadándose de su dolor, se lo contó a los dioses de las aguas, que accedieron al deseo de la joven de seguir a su amante, y la convirtieron en camalote.
Así se cumplía el anhelo de la joven; se alejaba de la orilla y flotaba en el agua fresca, río abajo, transportando en su seno a todos aquellos seres ansiosos de horizontes, eternos viajeros del río.


Espuela de caballero

La espuela de caballero --Delphinium ajacis-- es una bonita planta anual de flores blanco-rojizas o violáceas, cultivada como decorativa en los jardines. Sus semillas, muy venenosas, fueron utilizadas en otros tiempos, cuando la gente no cuidaba tanto de su higiene, para combatir los piojos.

Fue considerada por muchos botánicos el jacinto de los poetas clásicos. Sin embargo, no se la reconoce como la flor que brotó de la sangre del infortunado Jacinto; y sí, como a la flor aludida en un acertijo pronunciado por un pastor en las Églogas de Virgilio: "Dime en qué país crecen las flores con el nombre de un rey escrito en ellas".

Es en la guerra de Troya donde encontramos su origen. Ayax, hijo de Telamón, rey de Salamina, era invulnerable, excepto en una parte del pecho que solo él conocía. Junto a Aquiles, fue considerado el guerrero más valiente de todos los griegos participantes en la batalla. Peleó un día entero con Héctor sin que ninguno acabara vencedor, teniéndose que separar de puro cansancio.
Admirados uno del otro, se obsequiaron con presentes que, con el tiempo, les serían funestos. Un tahalí recibió Héctor, el mismo con que Aquiles lo enganchó a su carro para arrastrarle alrededor de las murallas de Troya hasta su muerte, y una espada obtuvo Ayax como regalo.
Aquiles perdió la vida poco después. Se entabló entonces una gran disputa por la herencia de las armas del gran héroe griego entre Ulises y Ayax, que finalmente ganó el primero.
Este hecho enfureció de tal manera a Ayax que, tras emborracharse, se arrojó sobre los rebaños del campo, organizando una gran carnicería, creyendo en su delirio dar muerte a Ulises; pero cuando volvió de su frenesí, viéndose ridiculizado por los soldados, se quitó la vida con la espada que Héctor le había regalado. De la sangre que manó de la fatal herida, brotó la espuela de caballero, que lleva inscrita en el lugar donde nacen los pétalos las letras AY, iniciales de su nombre y exclamación de dolor.


Cola de gato

La cola de gato --Achyranthes aspera-- es una planta que vive normalmente en zonas de clima seco. Sus inflorescencias, en espigas, parecen de paja; de ahí su nombre, procedente del griego, achiron -paja-- y anthos -flor--, flor de paja. En medicina se utillizan las raíces para regular la producción de orina. En la isla de Tenerife, la llaman "malpica". En la India, cuna de leyendas, se la conoce por Apamarga, teniéndola los hindúes por un eficaz remedio contra los demonios.

Por la suprema gracia de la Suprema Personalidad de los dioses, todos los semidioses, encabezados por Indra, fueron vueltos a la vida. Reavivados, los semidioses comenzaron a pelear con los mismos demonios que anteriormente los habían derrotado.
Cuando el poderoso Indra se enfadó, cogió su arma de rayos para matar a Bali. Al verlo, los demonios se echaron a temblar, profiriendo sonoros lamentos.
Sobrio, tranquilo y bien equipado para a lucha, Bali se presentó ante Indra en el campo de batalla.
--Muy astuto --le reprendió Indra--, como un tramposo que ciega los ojos de un niño para robarle sus pertenencias, así tratas de engañarnos en la contienda, utilizando poderes mágicos; aun conociendo que te enfrentas a los maestros de tales artes místicas. Los magos-demonio que mediante conjuros y los locos que con sus artefactos mecánicos pretenden ascender a los reinos superiores para destruir el mundo espiritual, serán enviados a los infiernos de donde salieron. Con mi arma de rayos, cargada con cientos de proyectiles cortantes, separaré tu cabeza de tus hombros. Despídete de tus compañeros y amigos, porque no sobrevivirás a este enfrentamiento.
--Todos los presentes en el combate --repllicó Bali-- gozamos de la influencia de la eternidad; y de acuerdo con lo que nos dictan las leyes, destinados a obtener fama, victoria, derrota y muerte, uno tras otro. Mirando los movimientos del tiempo, los conocedores de la auténtica verdad ni se alegran ni se lamentan ante cualquier circunstancia. Por tanto, como te congratulas de tu futura victoria, no serás considerado un sabio.
Tras estas afiladas palabras, Bali, con suficiente poder para someter a cualquier héroe, preparó su arco y lanzó una andanada de flechas contra Indra.
El dios del cielo, aniquilador de enemigos, paró con su magia los proyectiles lanzados por su adversario; entonces disparó su infalible cetro de rayos contra Bali. El demonio, con la cabeza cortada, cayó de su aparato volador a tierra, muerto.
El poderoso Jambhasura, conducido por un león, viendo que su amigo Bali había caído, le rindió honores; después, apareciendo delante de su asesino, le golpeó fuertemente en el hombro con un bastón, y fustigó a su elefante. La montura del dios, desorientada y herida por el ataque, cayó al suelo inconsciente.
El jinete del elefante, Matali, sorteando las bolas de fuego que el rápido demonio le lanzaba, pronto consiguió otro carro para Indra, conducido por mil caballos, del que el dios tomó las riendas.
El dios luminoso respondió al vengativo Jambhasura disparándole un chorro de rayos con tal puntería, que con el primer impacto le separó la cabeza del cuerpo.
Cuando los amigos y seguidores de Jambhasura se enteraron de su muerte, se presentaron de seguida en el campo de batalla clamando venganza. Namuci, Bala y Paka, al frente de la horda, increparon a Indra con duras y crueles palabras, al tiempo que lanzaban contra el dios una lluvia de flechas, intentando atemorizarlo. Bala, desde su privilegiada posición, lastimó a los mil caballos que tiraban del carro de Indra arrojándoles un número igual de dardos; Paka, otro demonio, dañó al conductor del carro, Matali, con doscientas saetas disparadas con su arco simultáneamente; y Namuci, el monstruo negro con cuerpo de serpiente, atacó, hiriendo a Indra, con quince puntiguadas plumas de oro; el resto de los demonios colaboraba con sus líderes agrediéndolo con lanzas, látigos y porras.
Los semidioses, castigados severamente por sus enemigos e incapaces de ver a su capitán, se preocuparon; pero Indra, se liberó de la carga de sus adversarios saliendo por entre la lluvia de flechas con carro, bandera, caballos y jinete en medio del cielo con todo su esplendor; al divisar a sus soldados cediendo ante el peso de sus enemigos, una gran ira se apoderó del dios, que alzando su mortífera arma mató a los demonios; cortando con su rayo las cabezas de Bala y Paka, en presencia de sus seguidores. Una atmósfera de miedo se instaló en el campo de batalla.
Cuando Namuci, el demonio que todo lo retiene, presenció la decapitación de sus compañeros, su alma se llenó de dolor y resentimiento. Furioso y rugiendo como un león, el monstruo, con una lanza de acero, decorada con campanillas de oro, intentó aniquilar a Indra.
El dios del cielo, viendo como la poderosa arma arrojadiza se dirigía a su encuentro, rápida como un meteoro, la destrozó con sus flechas; después, muy enfadado, le disparó con su rayo para cortarle la cabeza. Pero, a pesar de haber lanzado con toda su fuerza el arma, ésta ni siquiera produjo un rasguño en la piel de Namuci.
Cuando el rayo regresó a sus manos, viendo que no había causado ni una fisura en el cuello del diablo, Indra se asustó, pensando que el acontecimiento había sucedido por algún misterioso poder superior; ya que con ese mismo rayo había matado a héroes y demonios cuya piel no podía ser dañada con otras armas; pero ahora, incluso tratándose de un adversario menos poderoso que otros a los que había derrotado, no había servido de nada.
--Será mejor que me deshaga de esta arma, pues ha quedado inservible como una simple vara --dijo malhumorado el dios del cielo.
--El monstruo Namuci no se puede matar conn nada que sea húmedo o seco --tronó una siniestra voz sin cuerpo desde el cielo--. Tampoco puede acabarse con él durante el día ni por la noche. Oh, Indra, como yo le he otorgado esta bendición, tendrás que pensar en otra forma de acabar con él.
Después de escuchar con atención la etérea voz, Indra, meditando sobre como matar al demonio, vio la espuma del mar, que no es ni húmeda ni seca. Entonces el dios del cielo, con un arma fabricada de espuma, aprovechando el momento de la aurora, cuando la noche ya ha partido y aun no ha llegado el día, cortó la cabeza de Namuci, que cayó al suelo.
La sangre que manaba de la brecha se coaguló en el suelo, de donde tomó alimento de la tierra, brotando la hierba conocida como Apamarga. Con esta planta, derrotó Indra, el dios del cielo, al resto de los demonios.


Roble

El roble --Quercus robar-- es un árbol de grandes dimensiones, cuya madera, resistente a la humedad, se utiliza para labores de carpintería y fabricación de barriles de vino.

Una leyenda de la mitología griega nos traslada a la lucha por el poder entre los gigantes y los dioses olímpicos. Tomando un merecido descanso Zeus tras la lucha contra los Titanes, salieron de la tierra unos seres enormes y monstruosos que invadieron el cielo. Porfirión, un gigante con cien brazos, hirió de gravedad a su esposa Hera, intentándola violar a continuación. El dios de los cielos acudió en su ayuda, lanzando sus rayos contra el deforme gigante, que cayó al suelo, donde fue rematado por las flechas de Hércules. De la sangre aún caliente derramada por Porfirión brotó un enorme tronco, convirtiéndose sus brazos en ramas que formaron una inmensa copa. El árbol, conocido como roble, fue consagrado a Hera, como compensación por el sufrimiento que le había hecho padecer el gigante.


Jacinto

El jacinto --Hyacinthus orientalis-- es una planta de flores perfumadas de la que se cultivan numerosas variedades.

Jacinto era un guapo mozo al que amaba con pasión el poeta Támiris, de quien se dice fue el primer mortal que se enamoró de una persona de su mismo sexo. Támiris no tuvo más remedio que abandonar al joven porque Céfiro, el viento del oeste, no dejaba de soplar a su alrededor cuando se encontraba con el muchacho. El Viento suponía una gran molestia para Jacinto, pues nadie quería acercarse a él por temor a ser derribado. Y es que Céfiro era muy posesivo.
La belleza del joven pronto se hizo vox populi en el Olimpo. Apolo, curioso, decidió acercarse a la tierra de los hombres para conocer a semejante maravilla; y así, olvidar la pérdida de su querido Cipariso. Al conocer a Jacinto, el dios decide quedarse una temporada entre los mortales, viviendo entre ellos como un igual. Pero primero, con sus poderes, expulsó al Viento fuera de aquel lugar; cosa que no sólo agradeció Jacinto, sino también sus vecinos y sus compañeros de la academia.
Largos días de felicidad tuvo Apolo entre los hombres, con quienes trabajaba, y a quienes iniciaba en el conocimiento de la medicina, en compañía del bello Jacinto. Juntos hacían deporte, pescaban, cazaban y tocaban instrumentos musicales.
Un día en que Apolo practicaba el lanzamiento de disco con Jacinto y sus amigos universitarios, el dios lanzó el primero. El disco subió muy alto. Jacinto, ansioso por participar y queriendo demostrar su fortaleza, corrió campo a través para recuperarlo.
Pero allí estaba Céfiro, rencoroso, oculto, al acecho, con ganas de venganza, y que vio llegado su momento. El Viento desvió el disco de su trayectoria. Como si fuese un arma mortífera, el disco impactó en la cabeza de Jacinto, parando su carrera en seco. El joven cayó al suelo con una gran brecha en la cabeza de la que manaba abundante sangre.
Apolo corrió en auxilio de Jacinto, pero nada pudo hacer para taponar la herida, a pesar de aplicarle hierbas y hacer uso de sus artes curativas.
--Yo soy el responsable de tu destrucción;; y sin embargo, ¿cuál es mi culpa, a menos que jugar pueda llamarse culpa, a menos que amar pueda llamarse culpa? Ojalá se me permitiera devolverte la vida, pero la ley del destino me lo prohíbe. Pero tu muerte no será en vano pues de tu sangre nacerá una planta que llevará escritos mis quejidos en su flor --dijo el dios lamentándose, pues no se percató de la intervención del Viento.
Y mientras tales cosas va enunciando Apolo, hete aquí que la sangre que había caído al suelo y había manchado la hierba, deja de ser sangre, brotando una flor que conservó el nombre del bello mancebo, Jacinto.


Arroz

El arroz --Oryza sativa-- es una de las gramíneas que consumimos con mayor frecuencia. Su cultivo, en arrozales, comenzó en China hace más de cinco mil años.

Un nubloso atardecer, los dirigentes del universo, Brama, Siva y Visnu, reunidos para resolver trascendentes asuntos, se encontraron faltos de ideas con que recrear el mundo. Una de las musas que amenizaba el encuentro, percatada de la escasa creatividad de los dioses, les lanzó una feliz inspiración.
Entonces, en un momento de gracia, Siva tuvo la gran idea de engendrar una criatura perfecta. Fue así como nació Retna-Dumila, que significa "Joya Radiante". La mujer que creó era tan maravillosa, tanto, que al verla, el dios, enredado por su hermosura, quedó enamorado de su propia creación. No pusieron obstáculos sus compañeros en la regencia del universo cuando la pidió como esposa. Pero Dumila, con voluntad propia, se opuso a este enlace.
Siva, el destructor, amenazó con provocar el caos. Brama y Visnu, temerosos del poder del dios, se reunieron con la Joya y tras largas horas de discusión, finalmente, la muchacha accedió, con la condición de que Siva cumpliera el deseo que nacía de su corazón virgen.
--Quiero --le dijo la muy caprichosa-- quee me proporcionéis un alimento que nunca llegue a cansarme.
Sólo después de satisfecho el requisito de la bella Dumila, Siva podría desposarla.
Todavía confuso con la petición de su amada, aunque sin pérdida de tiempo, el dios encomendó a los mejores cocineros que proporcionaran a Dumila cualquier comida que deseara; también envió mensajeros con la orden de recoger todo tipo de alimento y de traer a los más diestros con los fogones.
Desafortunadamente, todos los esfuerzos fueron en vano, pues con nada se sentía contenta; ni los más exóticos y dulces frutos, ni la verdura, ni potajes, ni estofados, ni dulces, ni zumos, nada en absoluto complacía a la exigente mujer.
Impaciente, el impetuoso Siva raptó a su querida Dumila; pero en el momento en que fue a forzarla, para sorpresa del dios, la hermosa virgen murió entre sus brazos. A pesar de no haber obtenido sus favores, organizó, con gran pompa, un solemne funeral, colocando guardianes en su tumba.
Transcurridos cuarenta días de su enterramiento, Siva fue a visitar el sepulcro de su bienamada; de la tumba salió una luz resplandeciente, y de la tierra brotaron unas hierbas desconocidas. Cuando germinaron, el dios hizo sembrar sus semillas, y al recoger la cosecha, la dio de comer a los demás dioses, que al probarla comentaron lo grato que les parecía este nuevo alimento.
-- ¡Es el espíritu renacido de mi querida Retna-Dumila! --exclamó el dios--. Las semillas de la planta, nacidas del alma de mi amada, servirán de alimento a la humanidad, y se llamará arroz.
Y desde entonces, el arroz nos ha alimentado, sin cansarnos.


Cedro

El cedro -Cedrus-- es un árbol perenne de grandes dimensiones difundido en los montes de Siria, el Himalaya, en la cadena del Atlas y en la isla de Chipre.

Hanpang, siendo secretario del rey Kang, en la era de la dinastía Sung, tenía por esposa a una joven y hermosa mujer, de nombre Ho, a la que amaba con ternura. El monarca, atraído carnalmente por la bella Ho, acusó de traición a su secretario, haciéndolo encarcelar.
El infeliz Hanpag, para no soportar las humillaciones de Kang, se quitó la vida. Su esposa, tras enterarse de su fallecimiento y queriéndose librar del acoso que era objeto por parte del rey, se tiró desde lo alto de una terraza.
Tras su muerte, le encontraron en el cinturón una carta dirigida al autor de sus desgracias, solicitándole, como última gracia, ser enterrada junto a la tumba donde yacía su añorado y difunto marido. Pero Kang, irritado por su pérdida, ordenó que se les enterrase separadamente.
Sin embargo, no tardó en manifestarse la voluntad del cielo; pues durante la noche, brotaron dos plantas de las tumbas de los desventurados cónyuges; en diez días se hicieron tan altas y robustas que superaron a los otros árboles, logrando así entrelazar sus ramas y sus raíces, aunque alejados uno de otro.
El pueblo chino, desde entonces, llama a los cedros los árboles del amor fiel.


Corona imperial

La corona imperial --Fritillaria imperiales-- es una planta cultivada en los jardines por sus bonitas flores, ajedrezadas de violeta y blanco o amarillo. Recibe su nombre de Fritillus, por un juego de tablero que se jugaba con dados.

Un poeta francés, René Rapin atribuye el origen de la corona imperial a una reina acusada de adulterio injustamente; pero que no la salvó de morir a manos del imprudente marido celoso que dio crédito de los rumores.

Su majestuoso nombre nos viene de Francia, como un acto de homenaje, único en su género, dedicado a la célebre Guirlande de Julie a principios del siglo XVII. El duque de Montausier, al conseguir que se le concediera la mano de Mademoiselle de Rambouillet, le enviaba cada mañana hasta el día fijado para las nupcias, un ramo compuesto de flores de temporada, según la costumbre.
Pero en la mañana de Año Nuevo del 1634 --el día fijado para la boda-- el duque dejó sobre el tocador de su prometida un magnífico y extenso portafolio, cuyas hojas de pergamino estaban pintadas con flores naturales, cultivadas en Europa, por los artistas más importantes de la época. Reconocidos poetas parisinos contribuyeron a las excelentes ilustraciones con sus versos.
El poema más celebrado fue el de Chapelain, que escogió la fritillaria como tema; y conociendo el escritor, amigo de la novia, que ésta era una gran admiradora de Gustavo Adolfo, apuntó en sus versos que la flor había brotado de la sangre del rey sueco cuando éste fue herido de muerte en la batalla de Lützen, añadiendo que este héroe ganó la corona imperial y se la hubiera entregado a Julie en mano; pero como los Hados le habían metamorfoseado en esa flor, se la ofrecía con el nombre de La Couronne Imperiale.


Granado

El granado --Punica granatum-- es un frutal que trajeron de Persia, a las regiones mediterráneas, los fenicios. Su corteza se ha utilizado contra toda clase de gusanos intestinales.

Relata Opiano, que un hombre, habiendo enviudado de su primera esposa, comenzó a sentir lascivos deseos de su hija Side (palabra que significa granada en griego). Para escapar de la persecución a la que era sometida, la joven se quitó la vida. Los dioses, compadeciéndose de ella, la transformaron en granado, y a su padre lo convirtieron en milano. Es por esta razón, según el narrador, que éste pájaro no se posa nunca sobre el granado, árbol que evita constantemente.

Arnobio nos da otra versión sobre el origen del granado. En un acantilado de Frigia, llamado Agdo, era venerada una gran roca que representaba a la diosa Cibeles. Zeus, no consiguiendo unirse a la diosa, derramó sobre esta piedra unas gotas de semen; éste acto provocó el embarazo de Cibeles, que poco tiempo después dio a luz un ser andrógino llamado Agdistis, de quien los dioses sintieron miedo. Dionisio, tras emborracharle, lo castró; de la sangre derramada por este ser, brotó el granado.

Rapin atribuye su origen a una ninfa, de nombre desconocido, amada por Baco. Una ninfa real, de raza tiria y dotada de una inmensa hermosura, ocupaba sus pensamientos con ambiciosos proyectos. Orgullosa y segura de su status, consultó al oráculo para saber que regalos darían los dioses por sus encantos. Embelesada escuchó el ambiguo mensaje del sacerdote.
--Deberían darte una corona y vestirte conn ropas rojas.
La ninfa, malinterpretando la halagüeña profecía, quedó muy contenta pensando que levantaría un reino. Poco después conoció a Baco, que venía de recorrer la India. El dios del vino cortejó a la bella dama con caros presentes; tras ofrecerle matrimonio, la ninfa cayó enamorada, y despojándose de sus ropas le entregó su honor aún no manchado.
Pero una vez obtenidos sus favores, Baco, en vez de desposarla, la transformó en granado, haciendo que el cáliz de las flores se transformara en algo parecido a una corona, que retienen incluso cuando sale el fruto. De esta forma, el dios cumplió las palabras, pero no el espíritu de la profecía.


Madreselva

La madreselva --Lonicera caprifolium-- es una planta trepadora de flores muy fragantes, frecuente en los bosquecillos de la Europa mediterránea, y cultivada frecuentemente en los jardines como ornamental.

Vivía en una casita en medio del bosque un matrimonio cuyo mayor deseo era tener un hijo. Pero pasaban los años y el deseado retoño no llegaba.
La infeliz pareja visitó a los mejores y más reputados doctores en busca de una solución que pudiera ayudarles; pero éstos le dieron una mala noticia: la semilla del hombre no valía para reproducirse. El matrimonio volvió desconsolado a su cabaña.
Pero hete aquí, que una bruja que vivía en el mismo bosque que la pareja, les ofreció sus servicios a cambio de que dejaran al niño a su cuidado al cumplir un año, y hasta que éste cumpliera los quince. Tantas ganas tenían de tener un descendiente que aceptaron su oferta, pensando que, de alguna manera, podrían eludir la palabra dada a la hechicera.
Pasados nueve meses llegó la felicidad a la casa en forma de un precioso niño; y al mismo tiempo, las preocupaciones de los padres de la criatura, que sabían su obligación con la hechicera.
Cuando la madre se hubo recuperado del parto, decidieron eludir a la bruja marchándose del bosque; pero justo cuando lo tenían todo preparado, la hechicera se presentó en la cabaña.
--Parece que os marcháis de viaje.
--Nunca será tuyo --dijo el hombre, al tieempo que golpeaba a la bruja.
Dejándola por muerta, el matrimonio emprendió la huida. Al despertar, la hechicera persiguió a los fugitivos dándoles pronto alcance.
No dispuesto a dejar arrebatarse a su hijito, el hombre comenzó a lanzarle piedras. Entonces la bruja, viendo que no conseguiría a la criatura, en venganza, encantó al bebé convirtiéndolo en una flor que se llamó madreselva. Y aún hoy, todavía pueden adivinarse los piececitos y las manecitas del pequeñín en los pistilos de la flor; y en la corola, la cunita donde dormía.


Mirto

El mirto --Myrtus communis-- es un arbusto aromático de cuyas hojas se extraen un aceite utilizado en perfumería y medicina. En la actualidad, existen numerosas variedades hortícolas y decorativas.

El padre, la madre y los hermanos de Mirena, una bella muchacha, fueron asesinados por unos ladrones que despojaron su hacienda, llevándosela como esclava. La joven escapó; y a su regreso, fue convertida en sacerdotisa de Venus.
Pasado el tiempo, en la celebración de un festival, Mirena descubrió a uno de los asesinos de su familia, que fue detenido por la justicia, descubriendo el escondite de sus compinches.
La muchacha prometió a un joven que la pretendía su mano, si conseguía liquidar al resto de la banda de criminales. El valiente y enamorado muchacho consiguió acabar con los malvados; y a cambio, Mirena le concedió la recompensa prometida.
Pero Venus, ofendida por verse privada de su sacerdotisa preferida, causó la muerte por enfermedad de la novia, transformándola después en Mirto, planta que adoptó como propia en prueba de su propia aflicción por la pérdida.


Achicoria

La achicoria --Cichorium intybus-- es una planta que se cría al borde de los caminos; en verano da unas preciosas flores azules que, en infusión, dan una tisana amarga que va bien después de una copiosa comida; en otros tiempos se utilizó como sustituta del café. En alemán recibe el nombre de Wegewarten, que en nuestro idioma se traduce por guardiana de los caminos.

En Baviera, hace algún tiempo llegó a la región un príncipe de incomparable belleza del que se enamoró perdidamente la princesa del castillo. Pronto, el romance de los jóvenes dio lugar a una alianza que les llevó al matrimonio.
Felices vivieron durante doce meses pasados los cuales, alarmantes rumores de la infidelidad de su marido llegaron a oídos de la princesa; algo que nunca llegó a saber con certeza, pues el príncipe, cubriéndola de besos, le susurraba palabras amorosas, convenciéndola de que ella era la única mujer de su vida. Tanto lo amaba que ella no dudaba de su palabra.
Sin embargo, parecía haberse apoderado del príncipe una inquietud que le hacía salir con frecuencia del castillo en busca de aventuras. Y un día, con el pretexto de una partida de caza partió para no regresar jamás.
Ella comenzó a preocuparse a la semana de su marcha, cuando no lo vio entre el grupo de cazadores que bajaba de la montaña y ninguno le daba noticias suyas. Durante siete años estuvo esperando, llorando desesperada, el regreso de su amado esposo. Cada día, acompañada de sus doncellas, salía a los caminos, preguntado a todas las personas que encontraba por el hermoso príncipe, sin obtener respuestas.
Las damas de la corte, las amigas y las sirvientas intentaron consolarla; incluso alguna se atrevió a mencionar que "mejor sería que te buscaras otro esposo". Pero nada consolaba a la triste princesa.
Tan profunda pena terminó por consumir a la joven, quien cercana a la muerte pronunció estas palabras:
--Quisiera morir, y no lo quisiera, para vver en todas partes a mi amado.
--Y también nosotras quisiéramos y no quissiéramos morir, para que el pudiera vernos en todos los caminos --añadieron las damiselas.
Dios escuchó los deseos de la princesa y sus damas desde el cielo y los satisfizo.
--Muy bien -dijo--, para que vuestro deseoo se haga realidad voy a convertiros en flores. Tú, princesa, te quedarás con tu vestido blanco en todos los caminos por donde pase tu amado. Vosotras, muchachas, os quedaréis en los caminos vestidas de azul, para que él pueda veros en todas partes.
Y desde entonces, como flores en los bordes de los caminos, reciben dichosas las miradas de su amado.


Álamo

El álamo o chopo negro --Populus nigra-- es un árbol que se eleva a considerable altura. Se cría en las riberas de los ríos y en las umbrías de las montañas, y cultivado en las choperas junto a la carretera. La madera de estos árboles se utiliza para la fabricación de papel.

En cierta ocasión, dos adolescentes presumían de tener padres celestiales. Uno era Épafo, quien proclamaba ser descendiente de Júpiter, el señor del cielo; el otro era Faetón, que decía ser hijo de Apolo, el dios sol. Hablaban los muchachos de sus maravillosos padres; y Épafo, envidiando las bonitas aventuras que del Sol narraba Faetón, se enfadó, retándolo a que demostrara su soleada descendencia.
Irritado e inseguro de su origen, el joven buscó refugio entre sus hermanas, las Helíades. Su madre, Clímene, viendo la congoja de su retoño, le aconsejó que, para quedarse tranquilo, se dirigiese hacia la tierra donde el Sol salía cada mañana.
Tan pronto como pudo, Faetón partió en dirección a la tierra del amanecer. Día y noche caminó hacia el este, hasta llegar al resplandeciente palacio de oro y gemas preciosas de su padre, donde lo encontró sentado en su trono. El Sol, reconociendo a su hijo, le preguntó que deseaba.
-- ¡Oh, pa... padre mío! --tartamudeó Faettón-- Si de verdad eres mi padre... --añadió con más convicción.
Apolo, desprendiéndose del glorioso halo que hiere los ojos mortales, bajo del trono, y lo abrazó con ternura.
-- ¡Por supuesto que eres hijo mío! --afirrmó el dios-- Pídeme cualquier regalo que desees y te lo concederé. Que el Estigio sea testigo de mi juramento.
-- ¡Ah --exclama emocionado Faetón--, entoonces, déjame conducir tu carro por un día!
El Sol lo miró pensativo, sólo un instante.
--Escoge de nuevo, mi niño --dijo Apolo--.. Tú, sólo eres un mortal. De entre todos los dioses, sólo a mí me corresponde esa tarea. Ni siquiera Zeus se atreve a conducir el carro del Sol. El camino que recorre está lleno de peligros. Escúchame, y elige de nuevo.
Pero estas advertencias sólo consiguieron aumentar el ego del temerario muchacho, deseoso de tener el honor de llevar a cabo tan magna empresa.
--Tendré mucho cuidado. Déjame hacerlo --lle suplicó.
Apolo hizo cuanto pudo para disuadirlo de este intento; pero había jurado por el negro río Estigio, un juramento que ningún dios osaría romper. De esta manera, se vio forzado a cumplir su promesa. Con repugnancia, después de darle las instrucciones necesarias, el Sol le confió su carro.
En ese momento, la Aurora, diosa del alba, abrió las puertas del este, y las estrellas comenzaron a desvanecerse. Las horas hostigaron a los cuatro inmortales caballos. Y en un instante, Faetón, con los rayos solares sobre su cabeza, estuvo sobre el horizonte.
Los salvajes caballos, nerviosos con el nuevo dueño, iniciaron su ruta diaria; pero el joven, curioso de visitar nuevos reinos, condujo a los indómitos cuadrúpedos por caminos desconocidos. Sin saber por donde los conducía, alarmaron al firmamento, rozando a su paso la constelación de la Serpiente, que despertándose de su sopor, siseó. Los corceles, aterrorizados por aquel monstruo al que no habían visto jamás se desbocaron. Y los cielos se llenaron de terror. Cuando se acercaban demasiado a la tierra todo se abrasaba por el ardor del sol; y cuando se alejaban de ella todo perecía de frío, al tiempo que amenazaba con quemar el cielo con su fuego. Fue entonces cuando los africanos tomaron el tono de piel negra que aún hoy conservan y les caracteriza, y cuando los desiertos perdieron para siempre la vegetación. En vano trató Faetón de controlar a los asustados caballos.
La pobre Tierra, calcinada hasta lo más profundo, gimiendo, agitándose, levantó su chamuscada cabeza y conjuró al señor de los dioses para que pusiera fin a semejante tormento.
Júpiter, con los dioses como testigos de que no había otra solución, lanzó uno de sus rayos contra el jinete del carro. Y todo acabó para Faetón, cuyo cuerpo cayó del cielo inflamado como una estrella; los corceles del Sol, sin cuadriga que los dirigiera, volvieron al palacio con el carro vacío.
Clímene, su madre, encontró los restos de su desdichado hijo escondidos en una peregrina ribera del río Eridano, el actual Po; y en aquel mismo lugar, lloró amargamente su pérdida.
No menos le plañeron las Helíades, sus hermanas, que permanecieron junto a la tumba, derramando lágrimas noche y día, golpeándose los pechos con sus manos; hasta cuatro veces, la luna llena pasó sobre el sepulcro. Faetusa, la mayor de las hermanas, se quejó de la rigidez de sus piernas cuando quiso sentarse; la cándida Lampecia, intentando ir en su ayuda, fue retenida por una súbita raíz; Helia, cuando se dispuso a desgarrarse el pelo, sólo arrancó frondas con sus manos; Mérope, de que un tronco sus piernas retenía, se lamentó; Eteria se dolió de que se habían sus brazos convertidos en largas ramas. Y mientras de ello se admiraban, una corteza se abrazó a sus ingles, envolviéndolas por sus piernas, pechos, hombros y brazos; sólo quedaban por cubrir sus bocas, que gritaron llamando a su madre.
¿Qué podía hacer su madre, sino intentar arrancar sus cuerpos de los troncos? Con sus manos, con ternura rompió sus ramas, pero de las heridas manaban gotas a modo de sangre, que al contacto con los luminosos rayos del Sol, ya repuesto del susto, se convirtieron en ámbar.
--Cesa, te lo suplico, madre --gritó la hiija herida--. Cesa, te lo suplico, pues se lacera en el árbol nuestro cuerpo. Y ya, adiós…
La corteza, tras sus palabras postreras, cubrió su boca.


Azafrán y Tejo

El azafrán --Crocus sativus-- es una planta bulbosa que llegó del Asia Menor. Se cultiva por los estigmas de la flor, que secos, proporcionan la droga del mismo nombre, usada en platos culinarios y productos farmacéuticos.

El tejo --Taxus baccata-- es un árbol de los bosques montanos que se cría para ornamentación y por su madera. Los arilos --falsos frutos de la planta-- son un manjar apetitoso para los pájaros; y la única parte no tóxica del árbol, llamado también árbol de la muerte.

La leyenda popular deriva el nombre de esta flor de un bello joven llamado Croco, quien fue consumido por el ardor amoroso que sentía por la pastora Esmilax; y después metamorfoseado en la flor que lleva su nombre. Esmilax concibió tal dolor de verse arrebatada del joven Croco, que fue convertida igualmente que él en un árbol, cuyas flores, aunque pequeñas, son de un olor muy fragante: el tejo.

Según un mito helénico, introduciendo Hermes al infante Croco en el feo vicio del juego de azar, lo hirió en la cabeza en una de las partidas con uno de los dados que había lanzado. El azafrán o crocus habría nacido de la sangre del niño.


Mate

El mate --Ilex paraguarienses-- es un arbusto típico de Paraguay, Uruguay, Argentina y Brasil, de cuyas hojas jóvenes, oportunamente secadas, torrefactas y maceradas se preparan infusiones tónicas y estimulantes.

Un buen día, después de tanto pasear por el cielo alumbrando los verdes bosques y los inmensos océanos por la noche, la Luna se dio cuenta de que todo lo que conocía de la tierra era lo que veía por encima; pero que nada sabía de lo que ocurría en su interior.
Le picaba la curiosidad, y tenía ganas de conocer las maravillas que les habían contado el Sol, la Lluvia y el Rocío: los lagartos tomando el sol, los pájaros dando de comer a sus crías, los rosales en flor, y todas esas maravillas de la naturaleza a las que por costumbre los humanos ya no prestamos atención.
La Nube la invitó a bajar a la tierra, y por fin se decidió. Juntas solicitaron la autorización del Cielo para que las dejara realizar la excursión. El Cielo les advirtió: "Yo os concedo el permiso pero sabed que mientras permanezcáis en la superficie tendréis las mismas debilidades que los seres del planeta; y estaréis expuestas a los mismos peligros. Sólo tendréis la ventaja de que los hombres no podrán veros.
Después de cumplir con sus obligaciones esa noche, la Luna, acompañada de su amiga la Nube, convertidas en dos lindas jovencitas, partieron muy de mañana rumbo a la tierra. Comenzaron recorriendo la selva, admirando los coloridos pájaros, los juguetones monos, las exóticas flores y los numerosos sonidos tan diferentes que producía la espesura.
Tan absortas estaban en su contemplación que no notaron los sigilosos pasos de un jaguar que se les acercaba hambriento. El animal rugió victorioso en el momento del ataque; las asustadas muchachas cerraron los ojos esperando los zarpazos que acabarían con sus vidas. Pero lo que escucharon fue un silbido y un golpe seco, seguido de un gran gemido, como consecuencia de la flecha disparada por un cazador que pasaba casualmente por allí. El depredador se revolvió contra su atacante, sangrando por el costado y con las fauces abiertas, pero otro certero flechazo acabó con la vida de la fiera. En medio de la lucha, el cazador creyó ver la silueta de dos jovencitas que huían despavoridas, pero al revisar el lugar sólo halló el cadáver del jaguar; y pensó que se había equivocado.
El cazador quitó la piel al animal y al terminar, se tumbó a dormir bajo un árbol. Cansado como estaba pronto se durmió profundamente. Soñó que dos hermosas mujeres de piel blanca como la espuma del río y rubias cabelleras como no había visto nunca se acercaban a él, y llamándole, una de ellas le dijo: "Yo soy la Luna y mi amiga es la Nube. Hemos vuelto para agradecerte que nos salvaras la vida. Eres un valiente y por eso te voy a ofrecer un regalo. Cuando llegues a tu cabaña, encontrarás junto a la entrada una planta que nunca antes has visto; la llamarás hierba mate, y con sus hojas podrás preparar una tisana que alegrará los corazones solitarios y ahuyentará la nostalgia y la tristeza. Este es mi presente para ti, para tus hijos y para los hijos de tus hijos". El sueño continuaba con las dos muchachas alejándose entre los árboles seguidas de una bandada de mariposas blancas, y a continuación, solamente un resplandor entre los arbustos.
Cuando llegó a su casa, él y su familia vieron un nuevo arbusto de hojas ovaladas y brillantes que brotaba en la puerta, y que antes nadie había visto. Ante el asombro de todos, el cazador siguió las instrucciones de la joven: tomó algunas hojas y las picó cuidadosamente, las colocó dentro de una pequeña calabacita seca y la llenó con agua del arroyo. Luego buscó una caña finita, la introdujo en el brebaje que había preparado y probó la nueva bebida. Al comprobar que calmaba rápidamente su sed y saborear su agradable dejo amargo, invitó a sus familiares; no contento con ello salió de su choza e invitó a sus vecinos para que también disfrutaran de su hallazgo. Pronto el recipiente fue pasando de mano en mano, y en poco tiempo todo el pueblo había saboreado la nueva infusión. ¡Había nacido el mate!


Mirra

La mirra --Commiphora abyssinica-- es el nombre de la esencia que se extrae del árbol del mismo nombre, propio de Abisinia y de Arabia.

Como venganza por presumir de ser más guapa que ella, Venus, la diosa del amor, infundió en Mirra una pasión incestuosa por su padre.
Mirra se lamentaba por su situación y se quejaba de por qué a los animales les estaba permitido una clase de amor que era ilícito para el hombre.
Trataba de vencer la pasión que la afectaba, pero valiéndose de la ayuda de su nodriza lo emborrachó, y se acostó con él. Así lo hizo durante doce noches, la última de las cuales fue descubierta por su padre, que cogiendo una espada intentó matarla; pero Mirra consiguió huir en la oscuridad de la noche, llevando en su vientre la semilla de su padre.
Mirra se alejó de la región, huyendo de la furia de su padre. Vagó sin descanso hasta que no pudo más. Entonces, sin saber que hacer, ante el temor a la muerte y el odio a la vida, Mirra suplicó a los dioses.
--Dioses -exclamó--, si alguno de vosotross escucháis a quien confiesa, he merecido todas las penas y los sinsabores pasados; pero, para no ofender más a los vivos con mi supervivencia ni a los difuntos con mi muerte, desterradme de ambos reinos y hacedme cambiar de forma negándome así la vida y la muerte.
Y el dios que escuchaba a los que confiesan oyó su ruego, pues mientras Mirra hablaba la tierra cubrió sus pies, se desgarraron sus uñas de las que brotaron raíces, sus piernas se unieron y estiraron formando un largo tronco, su sangre se convirtió en savia, sus brazos en grandes ramas y sus dedos en pequeñas ramas, y la piel se endureció para formar la corteza, naciendo así el árbol de la mirra. Y aunque ella perdió, a la vez que el cuerpo, los sentidos, lloró sin embargo; y del árbol manaron tibias gotas, que hoy se conocen como la esencia de mirra.


Ortiga

La ortiga --Urtica dioica-- es una de esas plantas considerada una mala hierba; sin embargo, están más que demostradas sus virtudes para abrir el apetito. El problema viene dado por sus pequeñas espinas, que producen urticaria, un tremendo escozor en los puntos donde han penetrado estos rígidos pelos.

Un matrimonio de Belén tuvo un hijo la misma noche en que la Virgen María dio a luz a Jesucristo. Estos esposos veían desfilar ante su casa a los pastores y campesinos que acudían con numerosos regalos al pesebre donde había nacido el niño dios para adorarlo, sin que ninguno de ellos reparase en su presencia, ni asistiera a felicitarlos por su bebé. Poco después también vieron como llegaban los Reyes magos con sus pajes y sus camellos cargados de presentes para el hijo de María.
El padre de este matrimonio sufrió en silencio; pero de la madre se apoderó una envidia malsana que la carcomió. Entonces, un pensamiento maligno entró en su mente: "Cambiaré a mi hijo por el suyo, así todos me adorarán."
En cuanto pudo, se dedicó a espiar los movimientos que hacía la Sagrada Familia; y así, encontrar el momento oportuno para llevar a cabo su proyecto.
La madre de Jesusín, que no quitaba ojo a su retoño, en seguida se dio cuenta de las malas intenciones de aquella mujer, sintiendo una inmensa compasión por aquella madre.
Como la Virgen no quería hacerle ningún mal a la mujer, la llamó y le habló para persuadirla de que desistiera de su intento. La conversación que mantuvieron las dos madres no sirvió para convencer a la malintencionada mujer, que se obcecó con su idea de robar a Jesús y poner a su bebé en su lugar.
María, cansada de los intentos de salvar a su hijo de aquella mala mujer, hizo gala de sus dotes de maga y la convirtió en ortiga. Desde entonces, se tiene a la ortiga como símbolo de la envidia.


Pino

El pino piñonero --Pinus pinea-- es un árbol típico de las regiones mediterráneas, de semillas comestibles, utilizadas en pastelería. De la resina del pino y otras coníferas, conocida como trementina, se obtiene, destilándola con agua o vapor recalentado, el aguarrás.

Griegos y latinos llamaron al pino el árbol de Cibeles, la diosa-madre frigia. Cuentan que la diosa eligió como guardián de su templo a un hermoso joven, de nombre Atis, que vivía en los bosques de Frigia; pero con la condición de que conservara siempre la virginidad. El muchacho, sin embargo, fruto del ardor juvenil, cedió al amor de la ninfa Sagaritis. Cibeles hizo que Atis enloqueciera. En su delirio, el joven se emasculó, muriendo desangrado. De la sangre derramada por Atis brotó el pino.

Otros autores relatan que el dios Pan, privado de Siringe, se esforzó por agradar a la ninfa Pitis, a la que incluso hubiera hecho su mujer de no ser por los celos de Bóreas, el viento del norte, que también estaba enamorado de ella. El viento nórdico, no pudiendo conseguir su amor la tiró desde lo alto de una montaña. Los dioses transformaron su cadáver en pino.

Versión de los indios cheroquis

Cuando el mundo era joven, vivían siete niños que pasaban todo su tiempo en la plaza de la aldea jugando con una rueda de piedra, que hacían rodar con un palo hasta que las destrozaban estrellándolas contra cualquier cosa que se les pusiera delante.
Los pequeños no hacían caso de las reprimendas de sus madres. Éstas, puestas de acuerdo, recolectaron algunas piedras redondas y las pusieron a hervir en el caldero de la comida. A la hora de cenar, cuando llegaron sus hambrientos hijos, las madres les sirvieron las piedras como cena.
--Como prefieres ese juego a la comida, tooma las piedras como alimento --dijo cada madre a su hijo.
Los pequeños se enfadaron mucho, y regresaron a la plaza.
--Como nuestras madres nos han tratado tann mal, vayámonos donde nunca causemos problemas --dijeron.
Entonces comenzaron a bailar la danza de las plumas alrededor de la plaza, dando vueltas y más vueltas, al tiempo que rogaban a los espíritus que les ayudasen.
Sus madres estaban arrepentidas del castigo infligido, y temerosas de que sus hijos hicieran alguna travesura, marcharon a buscarlos. Al llegar encontraron a los niños danzando alrededor de la plaza; pero, a medida que se acercaban, observaron que los pies de sus hijos no tocaban tierra, y que con cada vuelta se elevaban más alto en el aire. Corrieron desesperadas para agarrar a sus niños; pero ya era demasiado tarde porque se encontraban a la altura de los tejados. Todos menos uno, al que su madre enganchó con el palo del juego; pero su hijo golpeó el suelo con tanta fuerza que se hundió, cerrándose la tierra sobre él.
Los otros seis, vuelta a vuelta subían más y más alto hasta llegar al cielo, donde ahora nosotros vemos la constelación de las Pléyades, que los indios Cheroquis llaman los Niños. El pueblo los lloró durante mucho tiempo; pero la madre cuyo niño se hundió en el suelo acudía cada mañana y cada tarde a llorar sobre el lugar en que había desaparecido su hijo, humedeciendo la tierra con sus lágrimas. Con sorpresa observó que brotaba del lugar una pequeña rama verde que crecía día a día hasta llegar a convertirse en un alto árbol que hoy en día conocemos como pino.


Violeta

La violeta --Viola odorata-- es una modesta flor de los bosques frescos, donde abundan las encinas y robles. Sus perfumadas flores se utilizan, en infusión, para ablandar la tos.

Versión latina

En su recorrido celestial, divisó Apolo a una hermosa ninfa que alimentaba los rebaños. Atraído por su belleza la cortejó para conseguir su amor; pero fue en vano, pues la joven huyó asustada al interior del bosque, donde gritó pidiendo la protección y ayuda de la diosa de la caza, Diana.
La ninfa voló por los montes y a cielo abierto; por los sombreados valles y fuentes corría con su pena; por los matorrales trataba de esconder sus encantos. Pero todo fue en vano, pues el luminoso dios, mientras más espantada estaba la ninfa ocultando su belleza y su virtud, más se encendía el fuego de su pasión.
Cuando la tiene atrapada, pensando como engañarla para que cediese a su amor apareció la diosa.
--Como que la belleza es un engaño, es connveniente destruir el peligro de la hermosura --sentenció Diana.
Terminando de decir estas palabras, transformó en violeta a la ninfa, que así desfigurada, pero casta, un humilde estado encontró entre los escaramujos, encinas y robles del bosque, conservando su dulce aroma.

La joven que quiso ser una flor

Era un día de fiesta. Las jóvenes mozas del municipio descendían de sus casas con hermosos vestidos. Algunas fueron a pasear por el campo; otras se sintieron atraídas por el sonido de las panderetas, que anunciaba la alegre señal de la danza. Reír, jugar, divertirse y enseñar sus encantos era el objetivo de todas ellas.
Solamente una chica permanecía callada en su vivienda. Se trataba de Marcela, la guapa hija de Jerónimo, el jardinero.
--Ven con nosotros, Marcela --le decían suus amigos al pasar--. El aire está perfumado con el olor de los ciruelos y el cielo es azul. Ven a bailar con nosotros, Marcela.
Marcela gentilmente se negaba sacudiendo ligeramente la cabeza; y si algún joven mozo le lanzaba un ramo de flores, lo abandonaba, acelerando el paso.
En el dormitorio de Marcela cada cosa estaba bien colocada, limpia y brillante, como si ella pusiera su propia gracia en cada objeto que la rodeaba: la cama con su blanca colcha bien marcada, el armario de nogal, la mecedora de paja, la rueca que había pertenecido a su madre, el espejo colgado de la pared, la palangana con el agua bendita y la imagen de la virgen que cuidaba de ella mientras dormía.
Si Marcela continuaba trabajando en un día de fiesta, no era por avaricia ni por capricho, sino para ayudar a los pobres. Ahora su preocupación era la vieja Juana, a la que llevaba un largo abrigo que la protegiera del frío. De camino a casa de la viejecita cantaba su canción preferida:

Quisiera ser una pequeña flor.
Si fuera una pequeña flor,
Elegiría un buen lugar
Que me pudiera ocultar.
Algún lugar retirado,
Pero a un arroyo cercano.
Ahí me gustaría vivir,
Escondida entre la hierba,
Y mirando al cielo.

La canción continuaba, pero éstas eran las estrofas preferidas de la joven que cada atardecer se sentaba en su jardín lleno de altos árboles, hermosas flores e hierba bien cortada, escuchando el sonido del agua de la fuente.
Del cultivo del jardín se encargaba su padre, Jerónimo, el antiguo jardinero del castillo, siendo su único entretenimiento, junto a su querida hija. Se sentía feliz viendo que armoniosamente florecían las flores de los arbustos, como se curvaban graciosamente sus ramas y como amortiguaba sus pasos el césped.
El hada que habitaba en el jardín estaba muy contenta de Jerónimo, a quien observaba remover el mantillo, podar los árboles y regar las plantas. Era un auténtico placer para ella limpiar de vez en cuando, con la punta de sus alas, el sudor del viejo hombre cansado. Aquel día festivo contemplaba unas margaritas cuando entró Marcela en el jardín.
Curiosa, miró intensamente a Marcela, a quien comparó con la margarita, llegando a la conclusión de que la flor y la muchacha eran igualmente puras.
El eco llevo hasta el tranquilo jardín el sonido de las panderetas y los alegres gritos de las jóvenes mozas, con todas sus melodías, perfumes y aspiraciones, que correspondían a un día de primavera. Marcela estaba sentada en la hierba, pensando en lo feliz que la vieja Juana estaría con su nuevo abrigo.
"Pobre chiquilla de humilde nacimiento --pensó el hada mientras la observaba--, tan pura como la nieve de un glaciar, buena e inocente como la naturaleza. ¿Quién te salvará de las tentaciones? ¿Quien te advertirá de las trampas amorosas en que caen tus compañeras?
Inconsciente del soliloquio del que era objeto, Marcela, mirando al cielo, cambió de pensamiento cantando:

Quisiera ser una pequeña flor.
Si fuera una pequeña flor,
Elegiría un buen lugar
Que me pudiera ocultar.
Algún lugar retirado,
Pero a un arroyo cercano.
Ahí me gustaría vivir,
Escondida entre la hierba,
Y mirando al cielo.

El hada del jardín decidió complacer este deseo, y lanzó su magia sobre la humilde Marcela. Al instante, la joven desapareció bajo un velo de hojas. En el lugar donde estaba sentada, se vio una flor cuyos pétalos estaban cubiertos de pequeñas gotas de rocío, como si fueran lágrimas en unos ojos azules. Era Marcela que decía adiós a su padre de esta manera.
La violeta es la hija de la humildad. Devoción, candidez y modestia fueron los elementos que escogió el hada para darle el perfume que caracteriza a la planta.


Ajenjo

"Y el tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha encendida, y cayó en la tercera parte de los ríos, y en las fuentes de las aguas. Y el nombre de la estrella se dice Ajenjo. Y la tercera parte de las aguas fue vuelta en Ajenjo; y muchos hombres murieron por las aguas, porque fueron hechas amargas."

Apocalipsis 8, 10-11.

El ajenjo o absintio --Artemisa absinthium--, crece en las riberas pedregosas de las montañas. Del ajenjo se elabora el wermut --su nombre en alemán--, un buen aperitivo. En infusión o maceración es tan amargo que basta leer los versículos de la Biblia mencionados. Es una bebida peligrosa --no el vermut, siempre que no se tome en exceso--, pues produce "absintismo", una intoxicación que altera gravemente las facultades mentales, siendo capaz de provocar el menstruo a las mujeres y la muerte por convulsión, como sucede con los insectos o animales que han comido de esta planta.

Una vieja leyenda relaciona a una tal Artemisa, no la diosa griega sino una reina de Caria, con el nombre de la planta. Habiendo desaparecido su marido, el rey Mausolos, mandó investigadores en su busca, pero ninguno volvió con noticias suyas. La reina asumió que estaba muerto, y comenzó a construir un gran monumento en su honor. Pero Mausolos volvió, y fue enterrado en esa tumba, dándonos el término mausoleo. Artemisa nunca se recuperó y comenzó a ser asociada con la amargura y la ausencia --absentia, en latín--, virtudes tan características del ajenjo.

La salida del Jardín de Edén

Una vez creado el universo, Yahvé creó la tierra, e hizo que lloviera sobre ella. Al contacto del agua con la tierra brotaron las hierbas. También construyó un huerto en Edén, donde colocó al primer hombre, Adán, que había creado del barro, insuflándole vida con su aliento; para que no estuviera solo, de una de sus costillas moldeó a la primera mujer, Eva. Y estaban los dos desnudos con toda naturalidad.
Había en aquel jardín flores y árboles agradables a la vista, y frutos buenos para comer. En el centro del hermoso jardín plantó Yahvé el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal.
--Podéis comer de todo árbol que hay en ell huerto, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal, no comáis, pues el día que de él comáis, moriréis --les indicó Yahvé.
Todo iba bien para la feliz pareja en el paradisíaco jardín hasta que un día…
-- ¿Así que no podéis comer de ningún árbool del huerto? --Preguntó la serpiente, el más astuto de todos los animales del campo que Yahvé había creado, a la mujer.
--Comemos los frutos de todos los árboles del huerto, excepto del árbol de la ciencia del bien y del mal que está en medio del jardín; de ése, dijo Yahvé, que no comamos ni lo toquemos, o moriremos --respondió Eva.
--Bien sabe él, que el día que comáis de ssus frutos, se os abrirán vuestros ojos, conociendo el bien y el mal.
Viendo la mujer que el árbol era agradable a la vista y su fruto bueno para comer, arrancó uno y comió, dándole después a su marido. Los ojos de ambos se abrieron y conocieron que estaban desnudos; entonces, tomando unas hojas de higuera, las cosieron y cubrieron sus genitales.
-- ¿Dónde estás Adán? --llamó Yahvé que paaseaba por el huerto.
--Oí tu voz en el jardín, tuve miedo porquue estaba desnudo y me escondí --respondió el hombre.
-- ¿Cómo sabias que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del bien y del mal? --interrogó.
--Mi mujer me dio del fruto y comí --conteestó Adán.
-- ¿Por qué lo hiciste? --preguntó Yahvé aa la mujer.
--La serpiente me engañó y comí --respondiió Eva.
Entonces Yahvé los expulsó del huerto de Edén, condenándolos a ganarse su sustento hasta la hora de su muerte. En la puerta del jardín, guardando el árbol de la vida, puso querubines y una llama en cuchillo que daba vueltas a su alrededor. En cuanto a la serpiente, la maldijo Yahvé y la condenó a arrastrase sobre su cuerpo hasta el fin de los días.
Cuando el ofidio salía del huerto, dejó atrás su muda de piel. Yahvé, para que nada quedara de la bestia, la mezcló con arcilla y la convirtió en ajenjo. Por eso se dice que no entran serpientes en los huertos y jardines en los que hay plantado absintio.


Almendro

El almendro --Prunus amygdalus-- es el árbol que, con sus flores, anuncia el final del invierno. Sus frutos, las almendras, sirven para la elaboración de pasteles, turrones y licores.

Cuentan los griegos que Zeus, señor del Olimpo, soñando con la diosa Cibeles, soltó unas gotas de semen que cayeron sobre la tierra. Al contacto con el suelo, del germinativo líquido surgió un extraño ser andrógino al que llamaron Agdistis. Los dioses tuvieron miedo de él y le cortaron los órganos masculinos, pero en el lugar donde habían caído nació un almendro.

Una leyenda cristiana nos narra que Adán y Eva, ya fuera del jardín de Edén, se encontraron con un duro y frío invierno. Eva casi no podía resistir las bajas temperaturas, y falta de fuerzas y coraje, pensaba que aquel tiempo no terminaría nunca. Entonces, se le presentó un ángel para consolarla, prometiéndole que, después del invierno, vendría la primavera. Como muestra de aquella promesa, el ángel convirtió unos copos de nieve en flores de almendro. Así pudo continuar Eva el camino, llena de esperanza.

También se atribuye el origen del almendro a Fílide, una hermosa reina Tracia. Esta reina estaba perdidamente enamorada de Demofonte, hijo del gran héroe Teseo, con quien esperaba contraer matrimonio.
Demofonte, al poco tiempo de prometido, marchó hacia Troya para participar en la guerra contra los troyanos. En ella destacó por ser uno de los inquilinos del afamado caballo de madera y por rescatar a su abuela Etra de la esclavitud de Helena.
Acabada la contienda militar en Troya, Fílide se puso muy contenta, ya que, por fin, pudo casarse con su amado. Pero al poco tiempo de las nupcias, Demofón fue llamado a Atenas para acudir al entierro de su padre. Al despedirse de su real esposa le prometió regresar en menos de un mes. El infortunio acompañó al joven en su viaje de vuelta, pues una tormenta hizo al barco estrellarse contra unas rocas, con lo que no pudo cumplir su promesa.
Durante un mes, Fílide esperó a su marido, pero viendo que no retornaba, cada día paseaba por la orilla del mar con la esperanza de verlo regresar. Después de nueve largos días de inútil espera, la reina murió de aflicción. Atenea la transformó en un almendro, en recuerdo de la fidelidad y la esperanza de Fílide.
Pasados tres meses de su metamorfosis, Demofonte regresó, y habiéndose enterado del inoportuno destino de su mujer, corrió hacia el árbol que había sido su esposa, y abrazándose a sus ramas, imploró perdón por no haber regresado a tiempo.
Amándolo incluso en la muerte, su hermosa reina parecía tener conocimiento de su presencia; porque el almendro, aun desprovisto de hojas, de repente comenzó a cubrirse de miles de flores manifestándole de esta manera su amor.


Arándano

El arándano o mirtilo --Vaccinium myrtillus-- es un pequeño arbusto que se cría en los bosques montañosos. De los frutos, pequeñas bayas de color negro azulado, de sabor agridulce y ricos en vitamina C, se elaboran mermeladas y licores.

Como su ayudante en las carreras de carros, el rey de Pisa, Enomao, hijo del dios Ares, había elegido, después de examinar a unos cuantos candidatos, a Mirtilo, hijo del dios Hermes.
Enomao había instaurado esta competición según algunos, por estar enamorado de su hija, y según otros porque un oráculo había pronosticado su muerte a manos de su yerno. Las reglas eran simples: los pretendientes competían con él en una carrera de carros desde Pisa a Corinto, el vencedor obtenía como premio la mano de Hipodamia, su hija; en caso contrario le esperaba la muerte.
Tanta era la fama de la belleza de Hipodamia, que no faltaron aspirantes a su mano. El rey, confiado en la superioridad de sus divinos caballos, regalo de Ares, daba de ventaja al osado candidato el tiempo que invertía en sacrificar un cordero a su padre; para vencerlos más fácilmente, Hipodamia acompañaba al pretendiente en el carro, de suerte que pudiese verla, a fin de que su hermosura le impidiese cuando corría estar atento al corcel.
Doce veces había visto Mirtilo como los alcanzaba Enomao; doce hombres valientes habían perdido la vida, atravesados por una lanza en su espalda.
Hasta Pisa llegó el bello Pélope, en busca de fortuna. Ni las doce cabezas de las víctimas que adornaban la entrada del palacio del rey sirvieron para disuadirlo de lanzar su desafío. Amigo de las malas artes --fue expulsado del Olimpo por robar el néctar de los dioses--, entró en contacto con Hipodemia; y juntos, tramaron un plan para acabar con la vida de Enomao.
Fue Hipodamia, la propia hija del rey, la que acudió al encuentro de Mirtilo con palabras siniestras, pero llenas de gloria y esperanza. A cambio de tierras, títulos y oro, el auriga de Enomao, harto de la crueldad de su señor, consintió en sustituir las clavijas de hierro de una de las ruedas del carro por otras de cera; enamorado de una de las doncellas del monarca, rechazó los favores amorosos de la pérfida Hipodamia, que marchó satisfecha con el acuerdo, pero ofendida como mujer.
Pélope, acompañado de Hipodamia, partieron felices, seguros de su victoria; mientras Enomao, ignorante del peligro que corría, rendía tributo a su padre. Mirtilo lo esperaba montado en el carro, y juntos se lanzaron en persecución de los conspiradores. Cuando los caballos tomaron velocidad, el eje de la rueda del carro cedió. El auriga, preparado para el accidente saltó poniéndose a salvo; pero el rey, enredado por las correas, murió arrastrado por los corceles.
Transcurrido un tiempo razonable después de celebrados los esponsales, Mirtilo acudió a reclamar su recompensa; pero Hipodamia, despechada por haberla rechazado, aconsejó a Pélope que lo matara para que nunca pudiera delatarles; lo que éste hizo, tirándolo al mar. Las aguas devolvieron su cuerpo a la playa. Hermes, incapaz de volverlo a la vida, lo transformó en el arbusto que lleva su nombre, Mirtilo.


Azucena

La azucena o lirio blanco --Lilium candidum-- es planta muy olorosa, sobre todo desde el anochecer. Algunos afirman que tan intenso es el olor, que les da dolor de cabeza.

Cuando nació Hércules, Júpiter, su padre, ya sabía lo famoso que llegaría a ser su hijo. Como todos los padres, también él quería lo mejor para su niño. Así que decidió concederle la inmortalidad, para así poder pasear tranquilamente por el Olimpo, la morada de los dioses. Para ello, era necesario que Hércules se amamantara una vez de Juno, la esposa del dios soberano.
Llamando al Sueño, le ordenó preparar una pócima, que después dio a tomar a Juno, con lo que la diosa cayó de inmediato en un profundo sopor.
El dios Mercurio se encargó de llevar sigilosamente al pequeño junto a la diosa, aprovechando el momento en que ésta dormía. Júpiter se encargó de poner a Hércules en el celestial pecho de Juno, para que al mamar, el bebé adquiriera la inmortalidad. El pequeño sorbía con tanta fuerza del pecho de la diosa que salía mas leche de la que podía absorber; y algunas gotas de la misma cayeron a tierra, en donde, inmediatamente, brotaron las azucenas.


Cardón

El cardón --Trichocereus pasacana-- es un cactus típico de las tierras andinas, que alcanza los 5 m. de altura, de tronco cilíndrico y espinoso; del tronco brotan de 1 a 5 ramas horizontales que se acodan después a 90º hacia el cielo. Por esta forma tan peculiar, también se le conoce con el nombre de "cactus candelabro".

Antes de la llegada de los españoles

Un ambicioso cacique dio a su hija en matrimonio al anciano jefe de una tribu rival, con la intención, aseguraba, de estrechar relaciones entre ambas aldeas; aunque su único objetivo era agrupar bajo su mando los dos grupos, cuando su yerno muriera; porque su antaño rival era casi treinta años mayor que él.
Celebrada la boda, sin que se consumara la unión debido a la avanzada edad del marido, la joven esposa conoció al cazador que se encargaba de proveerles la carne; y ambos se hicieron amantes.
Tan apasionado romance no pasó desapercibido a la gente, y pronto llegó a oídos de los dos padres, que juntos decidieron castigar a la adúltera pareja.
Por suerte para los jóvenes amantes, un amigo del cazador les advirtió de la suerte que les esperaba; y ambos decidieron fugarse durante la noche.
Por la mañana, al levantarse, el esposo descubrió que su mujer ya no se encontraba en la aldea. Llamó al padre de su esposa, y juntos emprendieron sin tardanza la persecución de los amantes.
Éstos hacía horas que habían partido, pero los viejos eran muy vengativos, y el resentimiento les hizo aumentar sus esfuerzos con lo que pronto los tuvieron a la vista.
Los enamorados, al verse en peligro, pidieron auxilio a la Madre Tierra para que les ayudara a esconderse de los perseguidores. La diosa oyó los gritos de socorro de los jóvenes adúlteros; y abrió una brecha en el suelo donde ocultó a la pareja, que desapareció ante las mismas narices de los caciques y sus guerreros.
Sorprendidos ante la desaparición de los jóvenes, aguardaron en el lugar sin saber que hacer. A los pocos minutos observaron que del escondite donde se había refugiado la pareja brotaba una extraña planta, de forma insólita, con un cuerpo cilíndrico y cuatro brazos.
Los indios interpretaron que eran los amantes fusionados y convertidos en un solo ser.

Después de la llegada de los españoles

Cuenta otra leyenda que los cardones que hay en los valles, en especial en el camino a Amaicha del Valle, son indios, que convertidos en plantas aún vigilan los valles y los cerros. Ellos velan por la felicidad de sus habitantes que, de esta manera, nunca más serán perturbados por extraños en conquista de tierras.
Pero más trágico es saber cómo se convirtieron en plantas. Se cuenta que en épocas de la conquista, el Inca, al ver que los españoles estaban dominando y martirizando a su pueblo, envió emisarios a los cuatro puntos del imperio para organizar las tropas y así dar un golpe mortal al invasor.
Para ello, los guerreros se apostaron en puntos claves por donde pasarían los conquistadores, esperando la orden de atacarlos por sorpresa; pero esta orden nunca llegó, pues los observadores enviados fueron capturados en el camino y