Zaragoza
En Zaragoza paramos en el viaje de ida para comer. Mientras estábamos con el bocata delante de la catedral, pasaron unos ocho tíos vendiendo gafas de esas que te dejan ciego. Después, entramos a ver la catedral y contemplamos las famosas bombas de la guerra civil y sus agujeros en el techo. Cuando salimos al exterior, por si fuera poco, nos volvieron a ofrecer más gafas.
