LA MADRE.- La Paz sea contigo, hijo mío.
LA MADRE.- Ave María Purísima.
LA MADRE.-
Hijo mío, mi pequeño hijo, quiero hablarte y hacerte un encargo
especial.
Hace un tiempo te tuve aquí, frente a esta visión. Entonces
sufrías, no entendías tu camino, ignorabas lo que el Altísimo me
había concedido para contar contigo en mis planes de salvación de
los hombres. Ahora, pequeño, nuevamente estás aquí en este
lugar, frente a la Santísima Trinidad y frente a Mí, junto a esta
visión hasta la cual te trajo la Voluntad del Padre.
Mi súplica,
hijo, es tu oración; la oración de todos mis hijos
por la salvación de las Almas Consagradas,
por toda tu Patria, y la humanidad al borde del abismo. Quiero un verdadero cambio de vida en vosotros,
quiero que cada día amanezca con un renovarse en la Fe y en
la consagración a nuestros Corazones, el Corazón Santísimo y
Sagrado de Jesús y a mi Inmaculado Corazón.
Renovaos desde
adentro. Hijo, pídeles a mis hijos una verdadera conversión. Vosotros
no podéis hablar de conversión si siempre estáis pendientes de
vuestros problemas económicos. Aprended a confiar en la
Misericordia y Providencia Divina, que son infinitas y llenas
de gratuidad.
Yo te pido que digas a mis hijos,
que oren y hagan actos de reparación ante el
Santísimo Sacramento, porque días muy amargos vendrán para
la Iglesia de mi Hijo si los sacerdotes y religiosos no vuelven
verdaderamente sus corazones a Dios. Es preciso que vosotros, los
fieles, vayáis hacia ellos, que les prediquéis el amor y la
verdadera entrega.
Es el último llamado a
las Almas Consagradas, son los minutos en que aún se está
derramando sobre el mundo la
Misericordia de
Dios.
No desaprovechéis esta gran invitación de
Dios, os está llamando de las plazas y los caminos para que
vosotros compartáis su verdadero Banquete.
¿Qué más puede llamarse Banquete que todo lo que
recibís de Nosotros? Él va preparando con inmenso amor cada alimento, pensando en cada
uno, individualmente y Yo voy sirviendo junto a Él cada plato,
revistiéndolo de una ternura incomparable. ¿Qué más puede
pedir el hombre hoy?
Pero allá están los otros, lejos de la invitación; corred a
llevarles un poco del alimento que hoy a vosotros os sobra, no
vaya a ser que ellos se mueran de hambre, porque no se les ayudó
a servirse el alimento hasta la boca.
Oportunidad se les dió,
pero no supieron aprovechar de tantos manjares. ¡Ayudadlos, por
favor!
EL MAESTRO:
La Paz sea contigo, hijo mío. Ave María Purísima.
EL MAESTRO:
Hijo amado, gracias por aliviar mi sufrir que continúa todavía
por vosotros. Era preciso este día doloroso. He dicho abiertamente a todos que el Camino,
la Verdad y la
Vida soy Yo.
Con esto he resuelto por anticipado todas las
dudas en el sentido de que creyéndome, necesariamente deben
desvanecerse todas las trabas de la mente. He dicho que creyéndome, porque es inútil afirmar una verdad
tan grande, como la que se ha dicho, y luego no ser creído.
Es
inútil para vosotros, se entiende. Pero sería inmensamente útil para vosotros el creerme, porque
de la Fe en Mí, pueden dimanar todos los bienes que he reservado
inclusive para esta vida temporal vuestra.
Por eso, si creéis, si
podéis creer que Yo soy el Camino, os
digo que todas las dudas se desvanecerán muy pronto. Tú, hombre pequeñísimo, puesto en la Tierra para experimentar
cuán grande es el Amor que te tengo, tardas a veces en creer
enteramente en mi Palabra.
Si te he dicho que para llegar aquí
arriba donde todo es belleza y todos están en felicidad perpetua,
es preciso transitar un sendero, camina entonces por ese sendero. ¿Qué te importa lo que hacen los otros?
Tú ven a mi lado,
porque ciertamente te llevaré a ver cara a cara al que amas, al
que deseas y a todos los que tú amas y de los cuales eres a la vez
amado en el Cielo. Ven Conmigo. Sopesa bien estas palabras:
"Ven",
es decir, camina; "con", es decir,
unido "a Mí"; El que te ama,
el que
quisieras hacer conocer a todos; y al que no todos, por desgracia,
ansían conocer. Si soy el Camino, ven Conmigo, camina unido a
Mí.
Créeme y encontrarás alivio aún en tu fatiga. Tantas veces te
he dicho que no engaño, sino que doy tanta saciedad a vuestras
almas, que por la dulce sensación de tener Mi alimento, siempre
volvéis a Mí. Venid todos, caminemos cogidos del brazo y los Ángeles
que nos miren se inclinarán a nuestro paso.
Es un camino hecho de
piedras, bastante duras, el Mío y vuestros pies están descalzos,
lo sé muy bien, pero soy Yo el que os invita, no dudéis.
¡Oh, si supierais cuánto daño os hacéis creyéndome solamente
ahora, y no en el momento en que Yo habré de callar para ver cómo
os reguláis en el camino que debéis transitar! Pero os he
dicho que el camino será recorrido, si queréis tomados del brazo
Conmigo, y que los Ángeles formarán hilera y séquito a nuestro
paso.
Pero otras criaturas, al fondo del camino, os llamarán y os
aseguro que debéis creerme por vuestro bien. Estas,
mis criaturas santas, hacen mi querer para concurrir a su
salvación. Después os darán gracias, ahora no comprendéis las
ayudas que os dan por mi amor.
¡Sí! por mi amor, aún antes que por
vosotros mismos, ya que deberíais saber que me antepongo a todos y
que el primer movimiento de vuestros espíritus, está orientado
siempre a Mí. Os lo repito para que aprendáis la Santa Ley
del Amor Divino.
Yo soy el Camino. Por tanto caminad según mi Evangelio, no
según las falsedades del mundo. Sabéis a dónde os llevaré, creed
que en el fondo del camino acabarán las cosas, acabarán los días
de aflicción, y todo cambiará.
Venid, amados, para cada uno tengo una rosa y ninguno que la acepte
podrá decir que ha tenido una flor igual a la del otro. No a
todos una diferente rosa, pero a cada uno el perfume particular
que Yo le infundiré.
Al final de su vida, cuando se lo ponga delante como un sol
majestuoso, centelleante, ardiente y desbordante de luz, mi Amor
que os esperaba para abrazaros por siempre; entonces mirando
hacia atrás el camino recorrido, bendeciréis los obstáculos que
puse en vuestro camino:
Y sobre todo me bendeciréis a Mí que, al acompañaros y guiaros, os
habré conducido al Reino del Amor. Es decir, al lugar donde no
hay sitio para los egoísmos, para las guerras, para los hastíos.
¡Sí!, entonces llegaréis aquí, al centro hacia el cual os sentíais
atraídos y veréis claramente el significado de las cosas de abajo
y mi obra en vuestro favor. Llegaréis al final del camino, al
Reino de la Paz gozosa.
Y también vosotros os
volveréis luz y llamas, danzarines dichosos y felices en Mí y
Conmigo mismo, primera Luz y primera Llama.
Al verdadero discípulo es natural pedirle confianza. Tranquilo,
hijo mío, ¿acaso no estoy contigo? ¡Sé valiente en defender mi
voz y mi amor, habla de Misericordia, da tu testimonio, con mucha
humildad.
Pero no temas, solo vas a Evangelizar, Yo Soy quien hablará por
tí, eso es vivir con mi Espíritu y lleno de Mí. Te amo, hijo mío.
Que la Paz quede contigo. Ave María Purísima.
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