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I
Había
olvidado que el cielo puede arrancarme la frente
que un solo beso
quita el sabor nauseabundo de una fruta enmohecida.
Hay
sobre tu rostro una luz ajena, aguda,
pero no tan hermosa como para vestirla.
Dicen que viene de los manantiales de la muerte,
les trae su piel a los gusanos diletantes bajo la luna
para que se espanten los pájaros
y los años se muerdan y se ataquen perturbados.
Cuanta
falta le hace ver tu rostro,
abrazar tu carne lisa,
engañarnos como una imagen que nos sabe locos
hace que mira y grita
cómo cuando alguien muere dentro del ojo.
Me
alegra que no le temas,
es preciso que sienta todo tu cuerpo
respirar todo tu humo,
ver morir este espejo,
y olvidarnos de las llagas como de los cuerpos de otros.
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II
Duerme,
descansa un poco del juego del viento
allá están muriendo nuestros secretos
allá, bajo la lluvia.
Descuida,
las velas no levantarán ya sus puños
han llorado tanto que se han quedado secas, casi calvas.
Rezan a una virgen que no puede hacer milagros,
son como esas plantas horribles
que para que no crezcan más
hay que quitarles el aire.
Ésta las
muerde tan fuerte que se crispan hasta los dioses.
Sólo las
quiere el aire,
porque ni siquiera el silencio las necesita.
Por
favor,
no me condenes a vivir en Luvina
no quiero que mi mirada se tropiece con el polvo,
no quiero ser como esos viejos que se quedan
a cuidar de los muertos.
Mejor
entiérrame
para que pueda dormir.
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