FRAGMENTOS...

¿Acaso no de ellos, esta hecha nuestra felicidad?

† Fragmentos o pasajes de los principales libros que he amado y por ende que me han influído. G. †

† Fragmentos o pasajes de los principales libros que he amado y por ende que me han influído. G. †

† Fragmentos o pasajes de los principales libros que he amado y por ende que me han influído. G. †

† Fragmentos o pasajes de los principales libros que he amado y por ende que me han influído. G. †

"El Horla" de Guy de Maupassant .
" La Familia del Vourdalak" de Aleksei Konstantinovich Tolstoi.
"La muerta enamorada(Clarimonda)" de Théophile Gautier. La historia del Barón de Vonderburg de "Carmilla" de Sherindan le Fanu.

 

Fragmentos "El Horla" de Guy de Maupassant .

....... 11 de mayo

Tengo algo de fiebre desde hace algunos días. Me siento dolorido o más bien triste.

¿De dónde vienen esas misteriosas influencias que trasforman nuestro bienestar en desaliento y nuestra confianza en angustia? Diríase qué el aire, el aire invisible, está poblado de lo desconocido, de poderes cuya misteriosa proximidad experimentamos. ¿Por qué al despertarme siento una gran alegría y ganas de cantar, y luego, sorpresivamente, después de dar un corto paseo por la costa, regreso desolado como si me esperase una desgracia en mi casa? ¿Tal vez una ráfaga fría al rozarme la piel me ha alterado los nervios y ensombrecido el alma? ¿Acaso la forma de las nubes o el color tan variable del día o de las cosas me ha perturbado el pensamiento al pasar por mis ojos? ¿Quién puede saberlo? Todo lo que nos rodea, lo que vemos sin mirar, lo que rozamos inconscientemente, lo que tocamos sin palpar y lo que encontramos sin reparar en ello, tiene efectos rápidos, sorprendentes e inexplicables sobre nosotros, sobre nuestros órganos y, por consiguiente, sobre nuestros pensamientos y nuestro corazón.

¡Cuán profundo es el misterio de lo Invisible! No podemos explorarlo con nuestros mediocres sentidos, con nuestros ojos que no pueden percibir lo muy grande ni lo muy pequeño, lo muy próximo ni lo muy lejano, los habitantes de una estrella ni los de una gota de agua. . . con nuestros oídos que nos engañan, trasformando las vibraciones del aire en ondas sonoras, como si fueran hadas que convierten milagrosamente en sonido ese movimiento, y que mediante esa metamorfosis hacen surgir la música que trasforma en canto la muda agitación de la naturaleza... con nuestro olfato, más débil que el del perro... con nuestro sentido del gusto, que apenas puede distinguir la edad de un vino.

¡Cuántas cosas descubriríamos a nuestro alrededor si tuviéramos otros órganos que realizaran para nosotros otros milagros! .......”

....... 14 de julio

Fiesta de la República. He paseado por las calles. Los cohetes y banderas me divirtieron como a un niño. Sin embargo, me parece una tontería ponerse contento un día determinado por decreto del gobierno. El pueblo es un rebaño de imbéciles, a veces tonto y paciente, y otras, feroz y rebelde. Se le dice: "Diviértete". Y se divierte. Se le dice: "Ve a combatir con tu vecino". Y va a combatir. Se le dice: "Vota por el emperador". Y vota por el emperador. Después: "Vota por la República". Y vota por la República.

Los que lo dirigen son igualmente tontos, pero en lugar de obedecer a hombres se atienen a principios, que por lo mismo que son principios sólo pueden ser necios, estériles y falsos, es decir, ideas consideradas ciertas e inmutables, tan luego en este mundo donde nada es seguro y donde la luz y el sonido son ilusorios. .......”

 

 

Fragmentos " La Familia del Vourdalak" de Aleksei Konstantinovich Tolstoi.

 

“....... Mis anfitriones ya estaban acostados cuando me dieron ganas de salir a dar un paseo para distraerme. Me adentré en el pasillo y vi entrebierta la puerta de la alcoba de Sdenka. Involuntariamente me detuve. El roce entre las telas de un vestido conocido hizo latir con fuerza mi corazón. Además escuché la letra de una balada cantada en voz baja. Se trataba del adiós que un rey serbio dirigía a su amada al momento de salir para la guerra.

"¡Oh, mi jóven álamo, decía el viejo rey, me voy a la guerra y tú me olvidarás!

"¡Los árboles que crecen al pie de la montaña son esbeltos y flexibles, pero tu tallo lo es más!

"¡Mecidos por el viento, los frutos del serbal son rojos, pero tus labios son más rojos que los frutos del serbal!

"¡Y yo soy como el viejo roble desprovisto de follaje, y mi barba es aún más blanca que la espuma del Danubio!

"¡Y tú me olvidarás, oh, mi alma, y yo moriré de pesadumbre pues mi enemigo, sin osar tocar a un viejo rey, no me matará."

Y la bella respondió: "Juro serte fiel y no olvidarte. Si llegara a faltar a mi promesa, después de tu muerte podrás venir a sorber toda la sangre de mi corazón!"

Y el viejo rey dijo: "¡Así sea! Y se marchó a la guerra. Y muy pronto la bella lo olvidó!"

Aquí se detuvo Sdenka, como temiendo completar la balada. ......”

 

 

 

 

Fragmento "La muerta enamorada (Clarimonda)" de Théophile Gautier.

uno de mis favoritos...

 

“ ...... La vocación de hacerme sacerdote la había sentido desde la más tierna infancia, por lo que todos mis estudios fueron orientados a ese fin, y mi vida, hasta los veinticuatro años, no fue sino un largo noviciado. Concluidos los estudios de teología y pasados todos los grados menores, mis superiores me consideraron digno, a pesar de mi extrema juventud, de trasponer el último y más temible umbral. Quedó establecido que yo sería ordenado sacerdote durante la semana de Pascua.

Hasta entonces nunca había estado fuera del recinto que comprendía colegio y seminario: sabía vagamente que existía algo que respondía al nombre de "mujer", pero nunca detuve mi pensamiento en aquello: era de una inocencia perfecta.

No lamentaba nada, y no sentía, por eso, la menor vacilación ante el compromiso irrevocable que estaba por contraer: me sentía lleno de regocijo e impaciencia. Creo que nunca novio alguno ha contado las horas que le separan de las bodas con ardor más febril que el mío: no podía siquiera dormir, excitado por la idea de que podría decir misa. Ser sacerdote: no concebía nada más bello en el mundo: hubiera rehusado convertirme en rey o poeta.

Llegado el gran día, me dirigí hacia la iglesia con paso tan ligero, que me parecía tener alas en las espaldas. Me creía semejante a un ángel, y me extrañaba el rostro sombrío y preocupado de mis compañeros: porque éramos muchos los que debíamos recibir las órdenes. Había pasado la noche en plegaria, y me encontraba en un estado de exaltación lindante con el éxtasis. El obispo, anciano venerable, me parecía Dios, en actitud de contemplar su propia eternidad. A través de las bóvedas del templo entreveía el cielo.

Usted, hermano, conoce todos los detalles de la ceremonia: bendición, comunión, unción de la palma de las manos con el aceite de los catecúmenos, para terminar con el santo sacrificio, que se ofrece al unísono con el obispo.

¡Oh, cuánta razón tenía Job! ¡Cuán imprudente es no hacer un pacto anticipado con los propios ojos! Por azar, levanté de pronto la cabeza y, de golpe, vi ante mí, tan cercana que hubiera podido tocarla (aun cuando, en realidad, estuviera más bien lejos), una joven mujer de rara belleza, vestida como una reina. Fue como si me cayeran escamas de los ojos: experimenté la sensación de un ciego, que recobra de improviso la vista. El obispo, tan esplendoroso hasta ese momento, se apagó inmediatamente, los cirios empalidecieron en sus candelabros de oro, como las estrellas al sobrevenir la mañana, y en toda la iglesia se hizo una tiniebla completa. La fascinadora criatura se destacaba de aquel escenario de sombra como una revelación divina: parecía que se iluminara por sí sola, y que ella misma fuera una fuente de luz.

Bajé los párpados, decidido a no levantarlos nunca más, para sustraerme a toda sugestión que pudiera provenir del exterior; porque, en realidad, me sentía siempre más desviado y sabía siempre menos lo que debía hacer.

Un minuto después, reabrí los ojos, porque, aun a través de las pestañas, la veía brillar en una penumbra enrojecida, como si estuviera mirando el sol.

¡Oh, cuán bella era! Los más grandes pintores, aun cuando tratan de hacer el retrato de la Virgen, y buscan por eso representar un tipo ideal de belleza, no se acercan ni siquiera lejanamente a aquella fabulosa realidad. Ninguna paleta de pintor, ningún verso de poeta podría dar idea de ella. Yo no sé aún si la llama que la iluminaba procedía del cielo o del infierno, pero, de seguro, llegaba del uno ni del otro.

A medida que la observaba, sentía abrirse en mí puertas de las que hasta entonces no sospechaba ni siquiera su posibilidad, y la vida se me aparecía bajo una luz asaz diversa. Era como si naciera a una nueva existencia, a otro orden de ideas. Una espantosa angustia me oprimía el corazón, y cada minuto que pasaba me parecía al mismo tiempo un segundo y un siglo. La ceremonia, sea como fuere, proseguía, y me transportaba siempre más lejos de aquel mundo, cuya entrada asediaban furiosamente mis deseos recién nacidos. No obstante, en el momento fatal dije "sí". Hubiera querido decir "no", todo en mí se rebelaba y protestaba contra la violencia que mi lengua le estaba haciendo a mi alma: una fuerza oculta me arrancaba las palabras de la garganta, a pesar mío. Algo igual debe acontecerle a las muchas niñas que van al altar con la firme resolución de rechazar el esposo que les ha sido impuesto de penosamente: llegado el momento, ninguna realiza su propósito. Algo igual debe acontecerle a todas las pobres novicias que terminan tomando el velo, aun cuando estuvieran muy decididas a desgarrarlo en pedazos en el momento de los votos. No se osa hacer estallar escándalo semejante en presencia de todos, ni decepcionar la expectativa de tantas excelentes personas. Se adivina, tejida y concentrada en vuestra respuesta, toda la voluntad de cada uno de los presentes: sus miradas fijas oprimen como una capa de plomo. Y además cada cosa se halla tan perfectamente preparada, todo se halla tan bien dispuesto por anticipado, y parece tan evidentemente irrevocable, que cualquier reacción personal sucumbe bajo aquel peso enorme y no puede sino ceder definitivamente.

La mirada de la bella desconocida mudaba gradualmente de expresión, a medida que la ceremonia continuaba. Al principio tierna y acariciadora, se teñía más y más de una suerte de desdén y desaprobación, como expresando descontento por no haber sido escuchada.

Hice un esfuerzo, que en sí hubiera sido suficiente para mover una montaña, tratando de expresar en un grito mi voluntad de no hacerme sacerdote. Pero nada logré. La lengua estaba pegada al paladar, y me fue imposible traducir mi intención con el más insignificante gesto negativo. Me encontraba, aunque despierto, en una suerte de pesadilla.

Ella pareció sensible al martirio que yo estaba sufriendo y, como si quisiera alentarme, me lanzó una mirada llena de divinas promesas. Sus ojos eran un poema, de los que cada mirada constituía una canción.

Era como si me dijera:

"Si quisieras ser mío, yo te haría ciertamente más feliz que cuanto puede hacerte Dios en el Paraíso; los ángeles se sentirían envidiosos. Desgarra ese sudario fúnebre, con el que están por cubrirte: yo soy la belleza, la juventud, la vida. Ven a mí: juntos seremos el amor. Nuestra existencia transcurrirá como un sueño, y será sólo un largo, eterno beso. Tira por tierra el vino del cáliz que te ofrecen, y serás libre. Yo te guiaré hacia islas desconocidas: dormirás sobre mi seno, en un lecho de oro macizo, bajo un baldaquín de plata, porque te amo, y quiero arrebatarte a Dios, hacia el cual tantos nobles corazones derraman inútilmente torrentes de amor, que ni siquiera llegan hasta él".

Me parecía sentir estas palabras acompañadas por una música de infinita dulzura, porque su mirar tenía algo de sonoro, y las frases que sus bellísimos ojos me transmitían resonaban en lo profundo de mi corazón como si una boca invisible me las soplara en el alma. Me sentía muy dispuesto a renunciar a Dios, pero entretanto continuaba maquinalmente cumpliendo todas las formalidades del rito. La hermosa me echó una mirada tan suplicante como desesperada que fue como si aguzadas hojas traspasaran mi corazón.

Pero ahora estaba hecho: era sacerdote. .....”

 

 

 

 

La historia del Barón de Vonderburg de "Carmilla"

de Sheridan le Fanu:

“...... El barón sonrió enigmáticamente. Miró el estuche de sus anteojos, que tenía en la mano, lo sopesó unos instantes y luego, alzando de nuevo la mirada, dijo:

- Poseo muchos escritos y documentos de aquel notable personaje. El más curioso es una especie de narración acerca de su visita a Karstein, que usted acaba de mencionar. Naturalmente, la leyenda deforma siempre los hechos. Es posible que le tomaran por un noble moravo, ya que se había cambiado de nombre. En realidad era un noble que había nacido en la Alta Estiria. En su juventud había sido el amante apasionado y predilecto de la bellísima Mircalla, condesa de Karstein. La muerte prematura de su amada le abismó en un dolor inconsolable. Creo necesario aclarar que los vampiros pueden multiplicarse y crecer, de acuerdo con una ley que rige para esos monstruos. Suponed un lugar completamente libre de esta amenaza. ¿Cómo es que se presenta y desarrolla?

Imaginen ustedes que un individuo, suficientemente perverso, se mata. En determinadas circunstancias, los suicidas pueden transformarse en vampiros. Este vampiro empieza a visitar a los seres vivos mientras duermen. Estos últimos se mueren y, una vez sepultados, se transforman casi invariablemente en vampiros. Eso fue lo que le sucedió a la bellísima Mircalla, que era visitada por uno de esos monstruos. Mi antepasado Vordenburg, cuyo título llevo, descubrió esta historia y en el curso de los estudios a los cuales se había dedicado profundizó mucho en esta materia. Entre otras cosas, llegó a la conclusión de que se sospechaba del vampirismo de la condesa que, en vida, fue su ídolo. Se horrorizó ante la idea de que sus restos pudieran ser profanados en una póstuma ejecución. Dejó un curioso documento que demuestra que el vampiro, una vez privado de su doble existencia, queda condenado a otra aún más terrible. Y decidió, en consecuencia, preservar de esa posibilidad a su amada Mircalla. Simulando un viaje de estudios, se trasladó a Karstein y consiguió hacer desaparecer el rastro y el recuerdo de la tumba de Mircalla. Pero, pasados unos años y próximo el final de sus días, pensando en el mundo que pronto iba a abandonar, consideró bajo otro aspecto lo que había hecho y se sintió aterrado.

Trazó los diseños y notas que me han servido de guía, y confesó por escrito lo que había llevado a cabo. Tal vez pensó hacer algo más positivo, pero la muerte se lo impidió. Sólo valiéndose de la mano de uno de sus descendientes ha podido dirigir, demasiado tarde para muchos, la búsqueda del monstruo. ......”

 

*******************************************************************************************************************************

 

 

 

1