La novia de Corinto
Por Wolfgang
von Goethe
El Vampiro
Por John
William Polidori
El Entierro De Las Ratas
Por
Bram Stoker
La novia
de Corinto
Por Wolfgang von Goethe
Provenía de Atenas un joven
que
llegó a Corinto, donde nadie lo conocía.
Él
contaba con la amable recepción de uno de sus habitantes:
sus
padres estaban unidos por la hospitalidad,
y habían
convenido, mucho tiempo atrás,
el
matrimonio de una y otro:
su
hija y su hijo.
Pero, ¿sería bienvenido aún
si
no compra con cariño este favor?
Él es
todavía pagano, como los suyos;
pero
ellos ya son cristianos y se han bautizado.
Cuando
nace una nueva fe,
el
amor y la fe jurada, frecuentemente,
se
destruyen como una mala yerba.
Ya la
casa entera reposa;
padre
e hijas; sólo la vigilia es de la madre;
que
recibe con diligencia al huésped:
de
inmediato lo conduce a la habitación más bella.
Previniendo
sus deseos ,
le
presenta los vinos y manjares más preciados.
Tras
atenderlo, ella le desea una buena noche.
Pese al
buen alimento servido,
él
no siente deseo alguno de comer;
la
fatiga lo hace rechazar manjares y bebida.
Y,
vestido, se recuesta en el lecho.
Casi está
dormido
cuando
un huésped extraño
se
introduce en la recámara
por
la puerta abierta.
Al
resplandor de la lámpara ve avanzar
por
el cuarto a una joven silenciosa y púdica,
cubierta
de un velo y un vestido blancos;
una lazo
negro y oro ciñe la frente.
Cuando
ella lo percibe
se
azora y estremece
y
alza blanca su mano.
“Soy,
entonces —clama ella—, tan extraña en mi propia casa
que
para nada me avisan la presencia de un huésped?
Es así,
ay, que se me tiene encerrada en mi celdilla,
y
que mientras, aquí, se me cubre de vergüenza.
Pero
sigue reposando en tu lecho,
me
alejaré con la rapidez con que vine”
“Quédate,
bella joven”, grita él
levantándose
con precipitación.
“He aquí
los dones de Ceres, he aquí los de Baco,
y
he aquí, querida niña, que tu traes el amor.
¡Estás
pálida de miedo!
Ven,
querida, joven, ven
y
gustaremos juntos los goces divinos”
“Quédate
lejos de mí, buen hombre, deténte.
Yo no
estoy consagrada a la alegría.
El último
paso, ay, fue dado
por
mi querida madre: vencida por la enfermedad,
ella
hizo al mejorar el juramento
de
que mi juventud y mi cuerpo
serían
ofrecidos, de inmediato, al servicio del cielo.
“Y apenas
el brillante cortejo de los antiguos dioses
partió
la casa quedó en silencio.
Ya no se
adora más que a un solo Dios
invisible
en el cielo, Salvador sobre la cruz;
a
quien nadie aquí le ofrece en sacrificio
toros
o corderos
sino
víctimas humanas en cantidad infinita.”
Y él le
pregunta y reflexiona todas sus palabras;
ninguna
escapa a su espíritu.
“¿Será posible que en esta callada habitación
frente
a mí esté mi novia bien amada?
¡Sé mía entonces !
Los
juramentos de nuestros padres
nos
valieron ya la bendición del Cielo.”
“No soy
yo quien te está destinada, buen hombre;
se
reservó para ti a mi más joven hermana.
Cuando en
mi celdilla silenciosa sea librada a mis tormentos,
en
sus brazos, piensa en mí;
en
mí que no pienso sino en ti,
que
me consumo de amor
y
que, pronto, me iré a esconder bajo la tierra.”
“No, lo
juro por esta flama
que
desde ahora Himeneo hace por nosotros brillar:
tú
no estás perdida, ni para mí ni para el placer,
y
tú me acompañarás a la casa de mi padre:
bien
amada, quédate aquí;
celebra
conmigo, en este mismo instante,
aunque
inesperado, nuestro festín nupcial!”
Entonces
intercambiaron ellos los gajes de la fidelidad:
ella
le tiende una cadena de oro
y
el desea ofrecerle una copa
de
plata de arte incomparable
“¡Esta copa no es para mí;
pero
te pido
me
regales un rizo de tus cabellos!”
En ese momento
suena la hora lúgubre de los espíritus,
y
entonces, solamente, la joven parece sentirse a gusto.
Ávidamente,
de sus labios pálidos, ella bebió
el
vino de un rojo sombrío como la sangre.
Pero del
pan de trigo
que
él le ofreció amablemente,
no
tomó la menor migaja.
Y ella
tiende la copa al joven,
quien,
como ella, la vacía de un solo trago, golosamente.
Y durante
esa comida silenciosa, él le solicita su amor.
Su pobre
corazón, ay, estaba enfermo de amor.
Pero ella
se resiste
a
toda súplica
hasta
que él se echa a llorar en la cama.
Y viene
ella y se tiende cerca de él.
“¡Ay, cómo sufro de ver tu tormento.
Pero, ay,
si tocas mis miembros
sentirás
estremecido lo que te escondí:
blanca
como la nieve
pero
fría como el hielo
es
la amante que tu has escogido!”
Él la
toma con ardor en sus vigorosos brazos,
llevado
por la fuerza de su joven amor.
“Espera
entonces recalentarte más cerca de mí todavía,
aunque
sea la tumba quien te haya enviado hacia mí.
Mezclemos
nuestros alientos, intercambiemos nuestros besos,
que
nuestro amor se desborde!
¿No te
inflamas al sentir la llama que me devora?”
Más
fuerte aún los unió el amor:
las
lágrimas se mezclaron a sus arrebatos.
Con
avidez ella aspira el fuego de sus labios,
y
ninguno se siente vivir si no es en el otro.
Con la
furia amorosa del joven
la
sangre congelada de la muchacha se recalienta;
pero
en su pecho el corazón sigue inmóvil.
Mientras
tanto la madre, retrasada por los cuidados del aseo,
pasa
aún con suave marcha por el corredor frente al cuarto.
Escucha
tras la puerta, oyó largo tiempo
esos
sonidos extraños:
voces
voluptuosas y lamentos
de
un novio y de su prometida,
balbuceantes
insensatos del amor.
Ella
permanece de pie, inmóvil, frente a la puerta,
porque
ante todo desea convencerse plenamente:
escucha
colérica los juramentos de amor más solemnes,
las
palabras de amor y de promesa:
“¡Silencio,
el gallo despierta!”
“—Pero la
noche que viene
¿vendrás de nuevo?” Y besos sobre besos.
La madre
no puede contener más tiempo su indignación,
abre
con rapidez la bien sabida cerradura.
“¿En esta casa hay entonces hijas perdidas,
capaces
de entregarse así de pronto al extraño?”
Abre la
puerta, entra.
y
a la luz de la lámpara
distingue,
oh Cielos, a su propia hija.
Y el
joven, en el primer momento de terror,
quiere cubrir
con su velo a la muchacha,
esconder
bajo el tapiz a la bien amada.
Pero ella
se defiende y libera con prontitud
como
con la fuerza de un espíritu
su
alta estatura
se
yergue lentamente sobre el lecho.
Madre,
madre”, dice con una voz sepulcral,
“¿me reprocha,
entonces, esta noche tan bella?
Me
expulsa usted de esta cama cálida?
¿Sólo
desperté para entregarme a la desesperación?
¿Ya
no le satisface
en
buena hora haberme amortajado en un sudario
y
depositado en la tumba?
“Pero una
ley que me es propia me impulsa
fuera
de la fosa estrecha al duro manto de la tierra.
Los
cantos salmodiados por tus sacerdotes
y
su bendición no tienen efecto alguno.
El agua y
la sal son incapaces
de
extinguir los ardores juveniles
y,
ay, la tierra no enfría el amor.
“Este joven
me fue prometido,
cuando
en pie estaba todavía el templo de la amable Venus,
Madre, y
usted faltó a su promesa
ligándose
por un juramento bárbaro y sin valor.
Porque
ningún Dios acogerá
a
una madre que jura
rehusar
la mano de su hija.
Una
fuerza me arroja fuera de la fosa
para
buscar todavía los bienes de los que me despojaron,
para
amar aún al esposo ya perdido
y
para aspirar la sangre de su corazón.
Y cuando
éste muera,
me
pondré en busca de otros
y mis
jóvenes amantes serán víctimas de mi deseo furioso.
“Bello
joven, tus días están contados.
Morirás
de languidez, en este sitio.
Te regalé
mi collar,
yo
me llevo el rizo de tus cabellos.
Míralo
bien:
mañana
tus cabellos estarán grises;
solamente
en la tumba renegrecerán.
“Escuche,
ahora, madre, mi última plegaria:
Haga
levantar una hoguera,
abra
la estrecha tumba donde me ahogo,
y
dé reposo a los amantes entregándolos al fuego.
Cuando la
chispa salte,
cuando
ardan las cenizas,
nos
elevaremos hacia los antiguos dioses.
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El Vampiro
Por John William Polidori
Sucedió
en medio de las disipaciones de un duro invierno en Londres. Apareció en
diversas fiestas de los personajes más importantes de la vida nocturna y diurna
de la capital inglesa, un noble, más notable por sus peculiaridades que por su
rango.
Miraba a
su alrededor como si no participara de las diversiones generales.
Aparentemente, sólo atraían su atención las risas de los demás, como si pudiera
acallarlas a su voluntad y amedrentar aquellos pechos donde reinaba la alegría
y la despreocupación. Los que experimentaban esta sensación de temor no sabían
explicar cual era su causa. Algunos la atribuían a la mirada gris y fija, que
penetraba hasta lo más hondo de una conciencia, hasta lo más profundo de un
corazón. Aunque lo cierto era que la mirada sólo recaía sobre una mejilla con
un rayo de plomo que pesaba sobre la piel que no lograba atravesar.
Sus
rarezas provocaban una serie de invitaciones a las principales mansiones de la
capital. Todos deseaban verle, y quienes se hallaban acostumbrados a la
excitación violenta, y experimentaban el peso del "ennui",
estaban sumamente contentos de tener algo ante ellos capaz de atraer su
atención de manera intensa.
A pesar
del matiz mortal de su semblante, que jamás se coloreaba con un tinte rosado ni
por modestia ni por la fuerte emoción de la pasión, pese a que sus facciones y
su perfil fuesen bellos, muchas damas que andaban siempre en busca de
notoriedad trataban de conquistar sus atenciones y conseguir al menos algunas
señales de afecto. Lady Mercer, que había sido la
burla de todos los monstruos arrastrados a sus aposentos particulares después
de su casamiento, se interpuso en su paso, e hizo cuanto pudo para llamar su
atención... pero en vano. Cuando la joven se hallaba ante él, aunque los ojos
del misterioso personaje parecían fijos en ella, no parecían darse cuenta de su
presencia. Incluso su imprudencia parecía pasar desapercibida a los ojos del
caballero, por lo que, cansada de su fracaso, abandonó la lucha.
Mas
aunque las vulgares adúlteras no lograron influir en la dirección de aquella
mirada, el noble no era indiferente al bello sexo, si bien era tal la cautela
con que se dirigía tanto a la esposa virtuosa como a la hija inocente, que muy
pocos sabían que hablase también con las mujeres.
Sin
embargo, pronto se ganó la fama de poseer una lengua meritoria. Y bien fuese
porque la misma superaba al temor que inspiraba aquel carácter tan singular, o
porque las damas se quedaron perturbadas ante su aparente odio del vicio, el
caballero no tardó en contar con admiradoras tanto entre las mujeres que se
ufanaban de su sexo junto con sus virtudes domésticas, como entre las que las
manchaban con sus vicios.
Por la misma
época, llegó a Londres un joven llamado Aubrey. Era
huérfano, con una sola hermana que poseía una fortuna más que respetable,
habiendo fallecido sus padres siendo él niño todavía.
Abandonado
a sí mismo por sus tutores, que pensaban que su deber sólo consistía en cuidar
de su fortuna, en tanto descuidaban aspectos más importantes en manos de
personas subalternas, Aubrey cultivó más su
imaginación que su buen juicio. Por consiguiente, alimentaba los sentimientos
románticos del honor y el candor, que diariamente arruinan a tantos jóvenes
inocentes.
Creía en
la virtud y pensaba que el vicio lo consentía la Providencia sólo como un
contraste de aquella, tal como se lee en las novelas. Pensaba que la desgracia
de una casa consistía tan sólo en las vestimentas, que la mantenían cálida,
aunque siempre quedaban mejor adaptadas a los ojos de un pintor gracias al
desarreglo de sus pliegues y a los diversos manchones de pintura.
Pensaba,
en suma, que los sueños de los poetas eran las realidades de la existencia.
Aubrey
era guapo, sincero y rico. Por tales razones, tras su ingreso en los círculos
alegres, le rodearon y atosigaron muchas mujeres, con hijastras casaderas, y
muchas esposas en busca de pasatiempos extraconyugales.
Las hijas y las esposas infieles pronto opinaron que era un joven de gran
talento, gracias a sus brillantes ojos y a sus sensuales labios.
Adherido
al romance de su solitarias horas, Aubrey
se sobresaltó al descubrir que, excepto en las llamas de las velas, que
chisporroteaban no por la presencia de un duende sino por las corrientes de
aire, en la vida real no existía la menor base para las necedades románticas de
las novelas, de las que había extraído sus pretendidos conocimientos.
Hallando,
no obstante, cierta compensación a su vanidad satisfecha, estaba a punto de
abandonar sus sueños, cuando el extraordinario ser antes mencionado y descrito
se cruzó en su camino.
Le
escrutó con atención. Y la imposibilidad de formarse una idea del carácter de
un hombre tan completamente absorto en sí mismo, de un hombre que presentaba
tan pocos signos de la observación de los objetos externos a él —aparte del
tácito reconocimiento de su existencia, implicado por la evitación de su
contacto, dejando que su imaginación ideara todo aquello que halagaba su propensión
a las ideas extravagantes —pronto convirtió a semejante ser en el héroe de un
romance. Y decidió observar a aquel retoño de su fantasía más que al personaje
en sí mismo.
Trabó
amistad con él, fue atento con sus nociones, y llegó a hacerse notar por el misterioso
caballero. Su presencia acabó por ser reconocida.
Se enteró
gradualmente de que Lord Ruthven tenía unos asuntos
algo embrollados, y no tardó en averiguar, de acuerdo con las notas halladas en
la calle, que estaba a punto de emprender un viaje.
Deseando
obtener más información con respecto a tan singular criatura, que hasta
entonces sólo había excitado su curiosidad sin apenas satisfacerla, Aubrey les comunicó a sus tutores que había llegado el
instante de realizar una excursión, que durante muchas generaciones se creía
necesaria para que la juventud trepara rápidamente por las escaleras del vicio,
igualándose con las personas maduras, con lo que no parecerían caídos del cielo
cuando se mencionara ante ellos intrigas escandalosas, como temas de placer y
alabanza, según el grado de perversión de las mismas.
Los
tutores accedieron a su petición, e inmediatamente Aubrey
le contó sus intenciones a Lord Ruthven,
sorprendiéndose agradablemente cuando éste le invitó a viajar en su compañía.
Muy ufano
de esta prueba de afecto, por parte de una persona que aparentemente no tenía
nada en común con los demás mortales, aceptó encantado. Unos días más tarde, ya
habían cruzado el Canal de la Mancha.
Hasta
entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de
estudiar a fondo el carácter de su compañero de viaje, y de pronto descubrió
que, aunque gran parte de sus acciones eran plenamente visibles, los resultados
ofrecían unas conclusiones muy diferentes, de acuerdo con los motivos de su
comportamiento.
Hasta
entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de
estudiar a fondo el carácter de su compañero de viaje, y de pronto descubrió
que, aunque gran parte de sus acciones eran plenamente visibles los resultados
ofrecían conclusiones muy diferentes, de acuerdo con los motivos de su
comportamiento.
Su
compañero era muy liberal: el vago, el ocioso y el pordiosero recibían de su
mano más de lo necesario para aliviar sus necesidades más perentorias. Pero Aubrey observó asimismo que Lord Ruthven
jamás aliviaba las desdichas de los virtuosos, reducidos a la indigencia por la
mala suerte, a los cuales despedía sin contemplaciones y aun con burlas. Cuando
alguien acudía a él no para remediar sus necesidades, sino para poder hundirse
en la lujuria o en las más tremendas iniquidades, Lord Ruthven
jamás negaba su ayuda.
Sin
embargo, Aubrey atribuía esta nota de su carácter a
la mayor importunidad del vicio, que generalmente es mucho más insistente que
el desdichado y el virtuoso indigente.
En las
obras de beneficencia del Lord había una circunstancia que quedó muy grabada en
la mente del joven: todos aquellos a quienes ayudaba Lord Ruthven,
inevitablemente veían caer una maldición sobre ellos, pues eran llevados al
cadalso o se hundían en la miseria más abyecta.
En Bruselas y otras ciudades por las que pasaron, Aubrey se asombró ante la aparente avidez con que su
acompañante buscaba los centros de los mayores vicios. Solía entrar en los
garitos de faro, donde apostaba, y siempre con fortuna, salvo cuando un canalla era su antagonista, siendo entonces cuando perdía
más de lo que había ganado antes. Pero siempre conservaba la misma expresión
pétrea, imperturbable, con la generalmente contemplaba a la sociedad que le
rodeaba.
No
sucedía lo mismo cuando el noble se tropezaba con la novicia juvenil o con un
padre infortunado de una familia numerosa. Entonces, su deseo parecía la ley de
la fortuna, dejando de lado su abstracción, al tiempo que sus ojos brillaban
con más fuego que los del gato cuando juega con el ratón ya moribundo.
En todas
las ciudades dejaba a la florida juventud asistente a los círculos por él
frecuentados, echando maldiciones, en la soledad de una fortaleza del destino
que la había arrastrado hacia él, al alcance de aquel mortal enemigo.
Asimismo,
muchos padres sentábanse coléricos en medio de sus
hambrientos hijos, sin un solo penique de su anterior fortuna, sin lo necesario
siquiera para satisfacer sus más acuciantes necesidades.
Sin
embargo, cuanto ganaba en las mesas de juego, lo perdía inmediatamente, tras
haber esquilmado algunas grandes fortunas de personas inocentes.
Este
podía ser el resultado de cierto grado de conocimiento capaz de combatir la
destreza de los más experimentados.
Aubrey
deseaba a menudo decirle todo esto a su amigo, suplicarle que abandonase esta
caridad y estos placeres que causaban la ruina de todo el mundo, sin producirle
a él beneficio alguno. Pero demoraba esta súplica, porque un día y otro
esperaba que su amigo le diera una oportunidad de poder hablarle con franqueza
y sinceridad. Cosa que nunca ocurrió.
Lord Ruthven, en su carruaje, y en medio de la naturaleza más
lujuriosa y salvaje, siempre era el mismo: sus ojos hablaban menos que sus
labios. Y aunque Aubrey se hallaba tan cerca del
objeto de su curiosidad, no obtenía mayor satisfacción de este hecho que la de
la constante exaltación del vano deseo de desentrañar aquel misterio que a su
excitada imaginación empezaba a asumir las proporciones de algo sobrenatural.
No
tardaron en llegar a Roma, y Aubrey perdió de vista a
su compañero por algún tiempo, dejándole en la cotidiana compañía del círculo
de amistades de una condesa italiana, en tanto él visitaba los monumentos de la
ciudad casi desierta.
Estando
así ocupado, llegaron varias cartas de Inglaterra, que abría con impaciencia.
La primera era de su hermana dándole las mayores seguridades de su cariño; las
otras eran de sus tutores; y la última le dejó asombrado.
Si antes
había pasado por su imaginación que su compañero de viaje poseía algún malvado
poder, aquella carta parecía reforzar tal creencia. Sus tutores insistían en
que abandonase inmediatamente a su amigo, urgiéndole a ello en vista de la
maldad de tal personaje, a causa de sus casi irresistibles poderes de
seducción, que tornaban sumamente peligrosos sus hábitos para con la sociedad
en general.
Habían
descubierto que su desdén hacia las adúlteras no tenía su origen en el odio a
ellas, sino que había requerido, para aumentar su satisfacción personal, que
las víctimas —los compañeros de la culpa— fuesen arrojadas desde el pináculo de
la virtud inmaculada a los más hondos abismos de la infamia y la degradación.
En resumen: que todas aquellas damas a las que había buscado, aparentemente por
sus virtudes, habíanse quitado la máscara desde la
partida de Lord Ruthven, y no sentían ya el menor
escrúpulo en exponer toda la deformidad de sus vicios a la contemplación
pública.
Aubrey decidió al punto separarse
de un personaje que todavía no le había mostrado ni un solo punto brillante en
donde posar la mirada. Resolvió inventar un pretexto plausible para
abandonarle, proponiéndose, mientras tanto, continuar vigilándole estrechamente
y no dejar pasar la menor circunstancia acusatoria.
De este
modo, penetró en el mismo círculo de amistades que Lord Ruthven,
y no tardó en darse cuenta de que su amigo estaba dedicado a ocuparse de la
inexperiencia de la hija de la dama cuya mansión frecuentaba más a menudo. En
Italia, es muy raro que una mujer soltera frecuente los círculos sociales, por
lo que Lord Ruthven se veía obligado a llevar
adelante sus planes en secreto. Pero la mirada de Aubrey
le siguió en todas sus tortuosidades, y pronto averiguó que la pareja había
concertado una cita que sin duda iba a causar la ruina de una chica inocente,
poco reflexiva.
Sin
pérdida de tiempo, se presentó en el apartamento de su amigo, y bruscamente le
preguntó cuáles eran sus intenciones con respecto a la joven, manifestándole al
propio tiempo que estaba enterado de su cita para aquella misma noche.
Lord Ruthven contestó que sus intenciones eran las que podían
suponerse en semejante menester. Y al ser interrogado respecto a si pensaba
casarse con la muchacha, se echó a reír.
Aubrey se marchó, e inmediatamente
redactó una nota alegando que desde aquel momento renunciaba a acompañar a Lord
Ruthven durante el resto del viaje. Luego le pidió a
su sirviente que buscase otro apartamento, y fue a visitar a la madre de la
joven, a la que informó de cuanto sabía, no sólo respecto a su hija, sino
también al carácter de Lord Ruthven.
La cita
quedó cancelada. Al día siguiente, Lord Ruthven se
limitó a enviar a su criado con una comunicación en la que se avenía a una
completa separación, mas sin insinuar que sus planes hubieran quedado
arruinados por la intromisión de Aubrey.
Tras
salir de Roma, el joven dirigió sus pasos a Grecia, y tras cruzar la península,
llegó a Atenas.
Allí fijó
su residencia en casa de un griego, no tardando en hallarse sumamente ocupado
en buscar las pruebas de la antigua gloria en unos monumentos que, avergonzados
al parecer de ser testigos mudos de las hazañas de los hombres que antes fueron
libres para convertirse después en esclavos, se hallaban escondidos debajo del
polvo o de intrincados líquenes.
Bajo su
mismo techo habitaba un ser tan delicado y bello que podía haber sido la modelo
de un pintor que deseara llevar a la tela la esperanza prometida a los
seguidores de Mahoma en el Paraíso, salvo que sus ojos eran demasiado pícaros y
vivaces para pretender a un alma y no a un ser vivo.
Cuando
bailaba en el prado, o correteaba por el monte, parecía mucho más ágil y veloz
que las gacelas, y también mucho más grácil. Era, en resumen, el verdadero
sueño de un epicuro.
El leve
paso de Ianthe acompañaba a menudo a Aubrey en su búsqueda de antigüedad. Y a veces la incosciente joven se empeñaba en la persecución de una
mariposa de Cachemira, mostrando la hermosura de sus formas al dejar flotar su
túnica al viento, bajo la ávida mirada de Aubrey que
así olvidaba las letras que acababa de descifrar en una tablilla medio borrada.
A veces,
sus trenzas relucían a los rayos del sol con un brillo sumamente delicado,
cambiando rápidamente de matices, pudiendo ello haber sido la excusa del olvido
del joven anticuario que dejaba huir de su mente el objeto que antes había
creído de capital importancia para la debida interpretación de un pasaje de Pausanias.
Pero,
¿por qué intentar describir unos encantos que todo el mundo veía, mas nadie
podía apreciar?
Era la
inocencia, la juventud, la belleza, sin estar aún contaminadas por los
atestados salones, por las salas de baile.
Mientras
el joven anotaba los recuerdos que deseaba conservar en su memoria para el
futuro, la muchacha estaba a su alrededor, contemplando los mágicos efectos del
lápiz que trazaba los paisajes de su solar patrio.
Entonces,
ella le describía las danzas en la pradera, pintándoselas con todos los colores
de su juvenil paleta; las pompas matrimoniales entrevistas en su niñez; y,
refiriéndose a los temas que evidentemente más la habían impresionado, hablaba
de los cuentos sobrenaturales de su nodriza.
Su afán y
la creencia en lo que narraba, excitaron el interés de Aubrey.
A menudo, cuando ella contaba el cuento del vampiro vivo, que había pasado
muchos años entre amigos y sus más queridos parientes alimentándose con la
sangre de las doncellas más hermosas para prolongar su existencia unos meses
más, la suya se le helaba a Aubrey en las venas,
mientras intentaba reírse de aquellas horribles fantasías.
Sin
embargo, Ianthe le citaba nombres de ancianos que,
por lo menos, habían contado entre sus contemporáneos con un vampiro vivo,
habiendo hallado a parientes cercanos y algunos niños marcados con la señal del
apetito del monstruo. Cuando la joven veía que Aubrey
se mostraba incrédulo ante tales relatos, le suplicaba que la creyese, puesto
que la gente había observado que aquellos que se atrevían a negar la existencia
del vampiro siempre obtenían alguna prueba que, con gran dolor y penosos
castigos, les obligaba a reconocer su existencia.
Ianthe le detalló la aparición
tradicional de aquellos monstruos, y el horror de Aubrey
aumentó al escuchar una descripción casi exacta de Lord Ruthven.
Pese a
ello, el joven, persistió en querer convencer a la joven griega de que sus
temores no podían ser debidos a una cosa cierta, si bien al mismo tiempo
repasaba en su memoria todas las coincidencias que le habían incitado a creer
en los poderes sobrenaturales de Lord Ruthven.
Aubrey cada día sentíase más ligado a Ianthe, ya
que su inocencia, tan en contraste con las virtudes fingidas de las mujeres
entre las que había buscado su idea de romance, había conquistado su corazón.
Si bien le parecía ridícula la idea de que un muchacho inglés, de buena familia
y mejor educación, se casara con una joven griega, carente casi de cultura, lo
cierto era que cada vez amaba más a la doncella que le acompañaba
constantemente.
En
algunas ocasiones se separaba de ella, decidido a no volver a su lado hasta
haber conseguido sus objetivos. Pero siempre le resultaba imposible
concentrarse en las ruinas que le rodeaban, teniendo constantemente en su mente
la imagen de quien lo era todo para él.
Ianthe no se daba cuenta el amor
que por ella experimentaba Aubrey, mostrándose con él
la misma chiquilla casi infantil de los primeros días. Siempre, no obstante, se
despedía del joven con frecuencia, mas ello se debía tan sólo a no tener a
nadie con quien visitar sus sitios favoritos, en tanto su acompañante se
hallaba ocupado bosquejando o descubriendo algún fragmento que había escapado a
la acción destructora del tiempo.
La joven apeló
a sus padres para dar fe de la existencia de los vampiros. Y todos, con algunos
individuos presentes, afirmaron su existencia, pálidos de horror ante aquel
solo nombre.
Poco
después, Aubrey decidió realizar una excursión, que
le llevaría varias horas. Cuando los padres de Ianthe
oyeron el nombre del lugar, le suplicaron que no regresase de noche, ya que
necesariamente debería atravesar un bosque por el que ningún griego pasaba, una
vez que había oscurecido, por ningún motivo.
Le
describieron dicho lugar como el paraje donde los vampiros celebraban sus
orgías y bacanales nocturnas. Y le aseguraron que sobre el que se atrevía a
cruzar por aquel sitio recaían los peores males.
Aubrey no quiso hacer caso de
tales advertencias, tratando de burlarse de aquellos temores. Pero cuando vio
que todos se estremecían ante sus risas por aquel poder superior o infernal,
cuyo solo nombre le helaba la sangre, acabó por callar y ponerse grave.
A la
mañana siguiente, Aubrey salió de excursión, según
había proyectado. Le sorprendió observar la melancólica cara de su huésped,
preocupado asimismo al comprender que sus burlas de aquellos poderes hubiesen
inspirado tal terror.
Cuando se
hallaba a punto de partir, Ianthe se acercó al
caballo que el joven montaba y le suplicó que regresase pronto, pues era por la
noche cuando aquellos seres malvados entraban en acción. Aubrey
se lo prometió.
Sin
embargo, estuvo tan ocupado en sus investigaciones que no se dio cuenta de que
el día iba dando fin a su reinado y que en el horizonte aparecía una de
aquellas manchas que en los países cálidos se convierten muy pronto en una masa
de nubes tempestuosas, vertiendo todo su furor sobre el desdichado país.
Finalmente,
montó a caballo, decidido a recuperar su retraso. Pero ya era tarde. En los
países del sur apenas existe el crepúsculo. El sol se pone inmediatamente y
sobreviene la noche. Aubrey se había demorado con
exceso. Tenía la tormenta encima, los truenos apenas se concedían un respiro
entre sí, y el fuerte aguacero se abría paso por entre el espeso follaje, en
tanto el relámpago azul parecía caer a sus pies.
El
caballo se asustó de repente, y emprendió un galope alocado por entre el espeso
bosque. Por fin, agotado de cansanci, el animal se
paró, y Aubrey descubrió a la luz de los relámpagos
que estaba en la vecindad de una choza que apenas se destacaba por entre la
hojarasca y la maleza que le rodeaba.
Desmontó
y se aproximó, cojeando, con el fin de encontrar a alguien que pudiera llevarle
a la ciudad, o al menos obtener asilo contra la furiosa tormenta.
Cuando se
acercaba a la cabaña, los truenos, que habían callado un instante, le
permitieron oír unos gritos femeninos, gritos mezclados con risotadas de burla,
todo como en un solo sonido. Aubrey quedó turbado.
Mas, soliviantado por el trueno que retumbó en aquel momento, con un súbito
esfuerzo empujó la puerta de la choza.
No vio
más que densas tinieblas, pero el sonido le guió. Aparentemente, nadie se había
dado cuenta de su presencia, pues aunque llamó, los mismos sonidos continuaron,
sin que nadie reparase al parecer en él.
No tardó
en tropezar con alguien, a quien apresó inmediatamente. De pronto, una voz
volvió a gritar de manera ahogada, y al grito sucedió una carcajada. Aubrey hallóse al momento asido
por una fuerza sobrehumana. Decidido a vender cara su vida, luchó mas en vano. Fue levantado del suelo y arrojado de nuevo al
mismo con una potencia enorme. Luego, su enemigo se le echó encima y,
arrodillado sobre su pecho, le rodeó la garganta con las manos. De repente, el
resplandor de varias antorchas entrevistas por el agujero que hacía las veces
de ventana, vino en su ayuda. Al momento, su rival se puso de pie y,
separándose del joven, corrió hacia la puerta. Muy poco después, el crujido de
las ramas caídas al ser pisoteadas por el fugitivo también dejó de oírse.
La
tormenta había cesado, y Aubrey, incapaz de moverse,
gritó, siendo oído poco después por los portadores de antorchas.
Entraron
a la cabaña, y el resplandor de la resina quemada cayó sobre los muros de barro
y el techo de bálago, totalmente lleno de mugre.
A
instancias del joven, los recién llegados buscaron a la mujer que le había
atraído con sus chillidos. Volvió, por tanto, a quedarse en tinieblas. Cual fue
su horror cuando de nuevo quedó iluminado por la luz de las antorchas, pudiendo
percibir la forma etérea de su amada convertida en un cadáver.
Cerró los
ojos, esperando que sólo se tratase de un producto espantoso de su imaginación.
Pero volvió a ver la misma forma al abrirlos, tendida a su lado.
No había
el menor color en sus mejillas, ni siquiera en sus labios, y en su semblante se
veía una inmovilidad que resultaba casi tan atrayente como la vida que antes lo
animara. En el cuello y en el pecho había sangre, en la garganta las señales de
los colmillos que se habían hincado en las venas.
—¡Un
vampiro! ¡Un vampiro! —gritaron los componentes de la partida ante aquel
espectáculo.
Rápidamente
construyeron unas parihuelas, y Aubrey echó a andar
al lado de la que había sido el objeto de tan brillantes visiones, ahora muerta
en la flor de su vida.
Aubrey no podía ni siquiera
pensar, pues tenía el cerebro ofuscado, pareciendo querer refugiarse en el
vacío. Sin casi darse cuenta, empuñaba en su mano una daga de forma especial,
que habían encontrado en la choza. La partida no tardó en reunirse con más
hombres, enviados a la búsqueda de la joven por su afligida madre. Los gritos
de los exploradores al aproximarse a la ciudad, advirtieron a los padres de la
doncella que había sucedido una horrorosa catástrofe. Sería imposible describir
su dolor. Cuando comprobaron la causa de la muerte de su hija, miraron a Aubrey y señalaron el cadáver. Estaban inconsolables, y
ambos murieron de pesar.
Aubrey, ya en la cama, padeció una
violentísima fiebre, con mezcolanza de delirios. En estos intervalos llamaba a
Lord Ruthven y a Ianthe,
mediante cierta combinación que le parecía una súplica a su antiguo compañero
de viaje para que perdonase la vida de la doncella.
Otras
veces lanzaba imprecaciones contra Lord Ruthven,
maldiciéndole como asesino de la joven griega.
Por
casualidad, Lord Ruthven llegó por aquel entonces a
Atenas. Cuando se enteró del estado de su amigo, se presentó inmediatamente en
su casa y se convirtió en su enfermero particular.
Cuando Aubrey se recobró de la fiebre y los delirios, quedóse horrorizado, petrificado, ante la imagen de aquel a
quien ahora consideraba un vampiro. Lord Ruthven —con
sus amables palabras, que implicaban casi cierto arrepentimiento por la causa
que había motivado su separación— y la ansiedad, las atenciones y los cuidados
prodigados a Aubrey, hicieron que éste pronto se
reconciliase con su presencia.
Lord Ruthven parecía cambiado, no siendo ya el ser apático de
antes, que tanto había asobrado a Aubrey.
Pero tan pronto terminó la convalescencia del joven,
su compañero volvió a ofrecer la misma condición de antes, y Aubrey ya no distinguió la menor diferencia, salvo que a
veces veía la mirada de Lord Ruthven fija en él, al
tiempo que una sonrisa maliciosa flotaba en sus labios. Sin saber por qué,
aquella sonrisa le molestaba.
Durante
la última fase de su recuperación, Lord Ruthven
pareció absorto en la contemplación de las olas que levantaba en el mar la
brisa marina, o en señalar el progreso de los astros que, como el nuestro, dan vueltas
en torno al Sol. Y más que nada, parecía evitar todas las miradas ajenas.
Aubrey,
a causa de la desgracia sufrida, tenía su cerebro bastante debilitado, y la
elasticidad de espíritu que antes era su característica más acusada parecía
haberle abandonado para siempre.
No era
tan amable del silencio y la soledad como Lord Ruthven,
pero deseaba estar solo, cosa que no podía conseguir en Atenas. Si se dedicaba
a explorar las ruinas de la antigüedad, el recuerdo de Ianthe
a su lado le atosigaba de continuo. Si recorría los bosques, el paso ligero de
la joven parecía corretear a su lado, en busca de la modesta violeta. De
repente, esta visión se esfumaba, y en su lugar veía el rostro pálido y la
garganta herida de la joven, con una tímida sonrisa en sus labios.
Decidió
rehuir tales visiones, que en su mente creaban una serie de amargas
asociaciones. De este modo, le propuso a Lord Ruthven,
a quien sentíase unido por los cuidados que aquel le
había prodigado durante su enfermedad, que visitasen aquellos rincones de
Grecia que aún no habían visto.
Los dos
recorrieron la península en todas las direcciones, buscando cada rincón que
pudiera estar unido a un recuerdo. Pero aunque lo exploraron todo, nada vieron
que llamase realmente su interés.
Oían
hablar mucho de diversas bandas de ladrones, mas gradualmente fueron
olvidándose de ellas atribuyéndolas a la imaginación popular, o a la invención
de algunos individuos cuyo interés consistía en excitar la generosidad de
aquellos a quienes fingían proteger de tales peligros.
En
consecuencia, sin hacer caso de tales advertencias, en cierta ocasión viajaban
con muy poca escolta, cuyos componentes más debían servirles de guía que de
protección. Al penetrar en un estrecho desfiladero, en el fondo del cual se
hallaba el lecho de un torrente, lleno de grandes masas rocosas desprendidas de
los altos acantilados que lo flanqueaban, tuvieron motivos para arrepentirse de
su negligencia. Apenas se habían adentrado por paso tan angosto cuando se
vieron sorprendidos por el silbido de las balas que pasaban muy cerca de sus
cabezas, y las detonaciones de varias armas.
Al
instante siguiente, la escolta les había abandonado, y resguardándose detrás de
las rocas, empezaron todos a disparar contra sus atacantes.
Lord Ruthven y Aubrey, imitando su
ejemplo, se retiraron momentáneamente al amparo de un recodo del desfiladero.
Avergonzados por asustarse tanto ante un vulgar enemigo, que con gritos
insultantes les conminaban a seguir avanzando, y estando expuestos al mismo
tiempo a una matanza segura si alguno de los ladrones se situaba más arriba de
su posición y les atacaba por la espalda, determinaron precipitarse al frente,
en busca del enemigo...
Apenas
abandonaron el refugio rocoso, Lord Ruthven recibió
en el hombro el impacto de una bala que le envió rodando al suelo. Aubrey corrió en su ayuda, sin hacer caso del peligro a que
se exponía, mas no tardó en verse rodeado por los malhechores, al tiempo que
los componentes de la escolta, al ver herido a Lord Ruthven,
levantaron inmediatamente las manos en señal de rendición.
Mediante
la promesa de grandes recompensas, Aubrey logró
convencer a sus atacantes para que trasladasen a su herido amigo a una cabaña
situada no lejos de allí. Tras hacer concertado el rescate a pagar, los
ladrones no le molestaron, contentándose con vigilar la entrada de la cabaña
hasta el regreso de uno de ellos, que debía percibir la suma prometida gracias
a una orden firmada por el joven.
Las
energías de Lord Ruthven disminuyeron rápidamente.
Dos días más tarde, la muerte pareció ya inminente. Su comportamiento y su
aspecto no había cambiado, pareciendo tan incosciente al dolor como a cuanto le rodeaba. Hacia el fin
del tercer día, su mente pareció extraviarse, y su mirada se fijó
insistentemente en Aubrey, el cual sintióse impulsado a ofrecerle más que nunca su ayuda.
—Sí, tú puedes salvarme...
Puedes hacer aún mucho más... No me refiero a mi vida, pues temo tan poco a la
muerte como al término del día. Pero puedes salvar mi honor. Sí, puedes salvar
el honor de tu amigo.
—Decidme cómo —asintió Aubrey—, y lo haré.
—Es muy sencillo. Yo
necesito muy poco... Mi vida necesita espacio... Oh,
no puedo explicarlo todo... Mas si callas cuanto sabes de mí, mi honor se verá
libre de las murmuraciones del mundo, y si mi muerte es por algún tiempo
desconocida en Inglaterra... yo... yo... ah, viviré.
—Nadie lo sabrá.
—¡Júralo!
—exigió el moribundo, incorporándose con gran
violencia—. ¡Júralo por las almas de tus antepasados, por todos los temores de
la naturaleza, jura que durante un año y un día no le contarás a nadie mis
crímenes ni mi muerte, pase lo que pase, veas lo que veas!
Sus ojos
parecían querer salir de sus órbitas.
—¡Lo
juro! —exclamó Aubrey.
Lord Ruthven de dejó caer sobre la almohada, lanzando una
carcajada, y expiró.
Aubrey retiróse
a descansar, mas no durmió pues su cerebro daba vueltas y más vueltas sobre los
detalles de su amistad con tan extraño ser, y sin saber por qué, cuando
recordaba el juramento prestado sentíase invadido por
un frío extraño, con el presentimiento de una desgracia inminente.
Levantóse muy temprano al día
siguiente, e iba ya a entrar en la cabaña donde había dejado el cadáver, cuando
uno de los ladrones le comunicó que ya no estaba allí, puesto que él y sus
camaradas lo habían transportado a la cima de la montaña, según la promesa
hecha al difunto de que lo dejarían expuesto al primer rayo de luna después de
su muerte.
Aubrey quedóse
atónito ante aquella noticia. Junto con varios individuos, decidió ir adonde
habían dejado a Lord Ruthven, para enterrarlo
debidamente. Pero una vez en la cumbre de la montaña, no halló ni rastro del
cadáver ni de sus ropas, aunque los ladrones juraron que era aquel el lugar en
que dejaron al muerto.
Durante
algún tiempo su mente perdióse en conjeturas, hasta
que decidió descender de nuevo, convencido de que los ladrones habían enterrado
el cadáver tras despojarlo de sus vestiduras.
Harto de
un país en el que sólo había padecido tremendos horrores, y en el que todo
conspiraba para fortalecer aquella superstición melancólica que se había
adueñado de su mente, resolvió abandonarlo, no tardando en llegar a Esmirna.
Mientras
esperaba un barco que le condujera a Otranto o a
Nápoles, estuvo ocupado en disponer los efectos que tenía consigo y que habían
pertenecido a Lord Ruthven. Entre otras cosas halló
un estuche que contenía varias armas, más o menos adecuada para asegurar la
muerte de una víctima. Dentro se hallaban varias dagas y yataganes.
Mientras los examinaba, asombrado ante sus curiosas formas, grande fue su sorpresa al encontrar una vaina ornamentada en el mismo estilo que la daga hallada en la choza fatal. Aubrey se estremeció, y deseando obtener nuevas pruebas, buscó la