José
de Viera y Clavijo
EL
AUTOR
El eclesiástico ilustrado canario y profesor José de Viera y Clavijo, uno de los fundadores de la Sociedad Económica de amigos del País de La Laguna, nació en el Realejo de Arriba el 28 de diciembre de 1731, hijo del alcalde del lugar, Gabriel Viera del Álamo, y de doña Antonia María Clavijo, dama orotaveña.
Tuvo una personalidad definida por el deseo de saber y la actitud jocosa
y festiva; así se nos muestra en sus Memorias, su Autobiografía y
sus Diarios de viaje, como este que edito. Fue un autor polifacético:
poeta, novelista, traductor, científico, historiador, etc... y consagró su vida
a acopiar muy variados conocimientos sobre historia de las Islas Canarias,
ciencias naturales, física (poema didáctico Los aires fijos, Madrid,
1780), etc. Su afán de saber no fue, sin embargo, indiscriminado, como pudiera
ser el de un estudioso nacido en la Edad Media; como buen ilustrado tuvo siempre
en el criticismo la metodología predilecta para cribar sus
conocimientos.
La vida de Viera puede dividirse en distintos periodos según los lugares
donde desarrolló su labor; el principio y final de su labor transcurrieron en
las islas Canarias; el central, en Madrid, desde donde realizó viajes a Italia,
Alemania y Francia.
En las Islas Afortunadas se aficionó a la lectura leyendo las obras de
Feijoo, de las cuales sacó quizá su omnímoda curiosidad; aprendió el francés y
empezó a escribir muy pronto, ya que su primera obra, compuesta a los catorce
años bajo la influencia del Guzmán de Alfarache, es la novela picaresca
Vida de Jorge Sargo, que el autor tuvo en poco, pero que al margen de sus
irregularidades posee buen estilo. También es juvenil su afición a componer
coplas, villancicos, glosas y otras poesías populares de tono predominantemente
satírico, por las que ganó fama de irónico y mordaz, aunque muchas de ellas se
han perdido; también compuso una tragedia y una segunda parte del Fray
Gerundio del padre Isla. Intentó crear además papeles periódicos y en 1760
entró en la tertulia de Nava, donde se trató especialmente con Lope y Fernando
de la Guerra. Allí dio a conocer su humorístico Elogio del barón de Pun y
Los vasconautas, poema de épica culta, en cuyas notas podemos leer ya que
Viera recolectaba datos para su historia de las Islas
Canarias.
En la Laguna compuso Un sueño poético en prosa y verso, con motivo
de las exequias de la reina doña Bárbara de Braganza; Viera tiene ya 27 años; la
última obra datada que escribió en la Laguna es la Carta filosófica sobre la
aurora boreal observada en la ciudad de La Laguna de Tenerife en la noche del 18
de enero de 1770.
Al fin llega a Madrid, donde empezó a trabajar como censor de libros
históricos y religiosos; como tal muestra una personalidad propia, aunque dentro
del afrancesamiento general entonces; se le hizo juez de un concurso de piezas
teatrales que quiso promover el Concejo de Madrid; Meléndez consiguió el
galardón con Las bodas de Camacho el rico. Es esto ya revelador de los
gustos cervantinos de Viera antes de que redactara la obra que editamos, pero el
estreno de la obra fue un fracaso de público.
De esta época data su afición por la física, influido quizá por su amigo
Cavanilles. Entonces entró al servicio del Marqués de Santa Cruz como preceptor
de su hijo. Era este grande de España un hombre culto y de talante muy abierto y
moderno (elevó uno de los primeros globos aerostáticos en España y en sus
posesiones de Valdepeñas se preocupó de crear industrias modernas y fomentar la
enseñanza con inspecciones y un sistema de premios a los estudiantes más
aventajados); Viera acompañó al marqués y su hijo en sus viajes por Italia,
Alemania y Francia, dejándonos relación escrita de ellos, así como gran número
de graciosas cartas a sus amigos Bossarte, Cavanilles y Porlier. Antes de
emprenderlos, sin embargo, realizaron el viaje a las posesiones del marqués que
ahora editamos.
Viera se hizo imprescindible para el marqués y su hijo; inició una activa
vida cortesana, que le gustaba y para la cual estaba muy dotado de prendas
personales. Fue un periodo particularmente fecundo: escribe el Elogio de
Felipe V, rey de España, premiado por la Real Academia en 1779, El
segundo Agatocles, Cortés en Nueva España, el Hyeroteo... También
publica anacreónticas y varias traducciones de clásicos franceses (Boileau,
Perrault), de Virgilio y de la Imitación de Jesucristo. Elabora,
seguramente como apuntes para la educación de su pupilo, una Noticia del
cielo o astronomía para niños, la Idea de una buena lógica en
diálogo, y unas Nociones de cronología. Su obra más importante de
estos años es sin duda la Historia general de las Islas de Canarias, en
la que llevaba trabajando desde 1763, y que se publicó en cuatro tomos (1772,
1773, 1778 y 1783); es la obra de su vida, pero fue recibida con silencio y
hostilidad. El mismo año que realiza el viaje a la Mancha, 1774, ingresa como
correspondiente en la Real Academia de la Historia. En 1780 sale la primera
edición de su poema Los aires fijos, firmado con el seudónimo Diego Díaz
Monesterio, donde trata sobre los principios de la aerostación en globo. En 1783
la Academia le premia por el Elogio de Alonso Tostado. Son momentos duros
para Viera, pues su posición en el palacio de San Bernardino empieza a declinar
desde la boda de su señor con una noble vienesa. Es nombrado canónigo de la
catedral isleña y efectúa un viaje para tomar posesión de su cátedra; a su
vuelta percibe que su importancia en la casa del marqués ha sufrido una gran
mengua. En 1784 traduce los cuentos de Perrault para los hijos del
marqués.
En 1785 lo tenemos de nuevo en Las Palmas, iniciando el tercer y último
acto de su vida; impulsa la creación de la Sociedad Económica de La Laguna y
promueve y dirige el colegio de San Marcial de Rubicón.
En 1787 dos hechos traen enormes consecuencias para nuestro autor; su
antiguo protector Santa Cruz es nombrado mayordomo mayor de palacio y Antonio
Porlier secretario de estado y de despacho de Indias. Viera dedicará a
traducciones estos años (1784-1812), entre ellas la famosa de la Henriada
de Voltaire. Realizó en total más de diecisiete, incluyendo las tragedias
Bruto de Voltaire, Berenice y Mitrídates de Racine y
Merope de Maffei; también es digna de interés su retraducción del
Essay on Man de Alexander Pope. Retoma de nuevo el género del poema
didáctico con La elocuencia y Los meses (en doce cantos), pero
sólo logra publicar en vida Las bodas de las plantas (1806), producto de
su interés por la botánica, pues no en vano había compuesto un Diccionario de
Historia Natural de las Islas Canarias. Poco más le quedó por hacer: muere
al parecer en 1812.
EL VIAJE A LA MANCHA EN 1774
El Viaje constaba originalmente de dos partes o cuadernos, que se
interrumpen sólo aparentemente en el Viso del Marqués explicando que se prepara
otro a Andalucía. Gaspar Gómez de la Serna califica a esta obra de "viaje
literario-sociológico", y en efecto hay mucha observación y crítica ilustrada en
él. El recorrido se realiza unos años antes de que se terminaran los tramos del
Camino Real de Andalucía que, desviado del Viso, traería con su aislamiento su
decadencia.[1]
El itinerario marcha por el Camino Real hasta una súbita desviación a
Tembleque. Con minuciosidad de relojero, Viera va tomando nota del tiempo de
viaje, del cielo, de las temperaturas, de los monumentos visitados, los
recibimientos, los trajes, las anécdotas, el caudal de los ríos, la producción
de las industrias, la demografía, las riquezas minerales, agrícolas y ganaderas,
las fiestas, costumbres, etc. mostrándose fiel testigo de su tiempo a la vez que
irónico viajero, aburrido por las continuas partidas de caza; le fatiga la
ignorancia de la tierra, se admira de las enormes bodegas de Valdepeñas y de los
frescos del palacio del Viso; ironiza contra los clérigos regulares, repasa la
instrucción de los niños en las escuelas y asiste a continuos saraos musicales
de seguidillas acompañadas de violines. Lee la primera parte del Quijote
y establece continuos paralelismos con ella. Caracteriza con pocos elementos a
sus acompañantes, en especial a don Bartolomé.
Los destinatarios de la obra eran muy probablemente los marqueses; es por
eso que muchas alusiones son oscuras.
EL ESTILO
El tono de Viera para este diario se ajusta admirablemente a lo contado.
Las constantes construcciones paratácticas distributivas, las yuxtaposiciones y
las enumeraciones, al paso que hacen rodar el texto con una enorme frescura, le
prestan una vivaz apariencia preimpresionista, evocadora del futuro estilo
azorininiano. Si bien la expresión se vuelve a veces seca y entrecortada, lo es
imitando el paisaje que pinta. De este modo recurre a las listas
enumerativas:
"Desde
las cuatro de la mañana, manta colorada, migas, almuerzos, misas, cazadores y
escopetas."
"Aquí pues se acuarteló todo el ejército de familia, comitiva, cazadores, ojeadores, caballeros del Viso, tontos, venteros, mozos, arrieros, mujeres, muchachos, coche, mulas, caballos, perros, borricos, bagaje, etc. Entonces sí que era esta venta un verdadero castillo"
Las frases sueltas sólo se articulan en hermosos periodos retóricos
cuando hay algo digno de describir: las bodegas de Valdepeñas, el palacio del
Viso... Otras veces pespuntea la ironía, ya no sólo contra la superstición y los
modales del pueblo, sino contra los eclesiásticos regulares e improductivos,
situándose en el punto de vista ilustrado y regalista propio de los tiempos de
Carlos III:
"Todas las robustas mujeres de estos pueblos visten más corto que en Madrid; todas están criando, y por cosa rara se suele ver una sin su niño en los brazos. Así estos pueblos fecundos y pobres son un taller admirable de muchachos de que están llenos como colmenas. En contraposición, hay aquí un convento de Agonizantes."
"Hemos
hecho visita a un colegio de garañones, burros padres de las incomparables mulas
manchegas. Son terribles animales. Habitan siempre a obscuras, en celdas
separadas donde estudian mucho, y salen a revolcarse al corral pocos instantes,
porque también se suele profesar clausura aun cuando no se guarda castidad.
Quizá por una y otra razón no padecen de gota"
La huella cervantina está también presente. No en vano consta el
Viaje de dos partes, como el Quijote, ni era este libro leído a
intervalos para distracción de los ilustres viajeros; la imitación neoclásica
del alcalaíno se hace ver, más allá de las continuas alusiones y paralelismos,
también en el estilo, mediante la contraposición jocosa entre lo elevado y lo
trivial, muchas veces con gracia, lo que demuestra que no siempre las "recetas"
neoclásicas deparaban productos sin vida:
"El
río Jabalón, río tan sonoro y terrible como el Flegetón de los poetas; pero,
descartando lo fabuloso, solo es a la verdad un pobre arroyo o un caz de cuya
agua no se aprovecha ni una gota en todo el terreno"
"Su
Excelencia durmió cosa de dos horas. En el puente nuevo salieron las ninfas del
Jarama con hachas encendidas, cabellos enmarañados y medio desnudas en figura de
bacantes a pedir las pesetas"
"Nos
cumplimentaron Baco y Minerva, parras y olivas. ¿A cuál de los dioses o diosas
consagraron los gentiles las sandías y los melones? Con efecto pasamos por un
bello melonar"
"Llenando
los fuertes puños de moneda de Segovia, empieza a regar las cabezas de la
multitud. Hágase aquí alto y contémplese la vocinglería, chillidos y cachetadas
de un lance como éste. ¿Y cuáles no fueron los gritos de aplauso cuando de allí
a un poco se dejó ver Su Excelencia desde un balcón? Se pudieron caer muertas
las aves que volaban, como en Corinto, luego que el cónsul romano declaró libres
a los griegos. En punto de gritos, bien se pueden comparar los manchegos con los
griegos sin pedantería"
Abundan también, como no podía de ser menos en el género, las
descripciones prosopográficas y topográficas en una forma tan apuntada y
sintética que bien podríamos llamarlas miniaturas.
NUESTRA EDICIÓN
Hemos confrontado el texto del manuscrito de París con los ofrecidos por
Alfred Morel-Fatio y Cioranescu. Subsanamos malas lecturas y alguna omisión por
similicadencia. Modernizamos la ortografía y, en contadas ocasiones, la
puntuación, y añadimos un centenar más de notas léxicas, geográficas e
históricas necesarias para la adecuada intelección del texto. Esta es la primera
edición del Viaje a la Mancha que se hace en Castilla-La Mancha; el
mérito se debe en su casi totalidad al equipo de alumnos del instituto Clavero
Fernández de Córdoba que supervisé, cuyo entusiasmo hizo posible la realización
efectiva de este proyecto; transcribieron los textos Esmeralda Díez, Rosa Mª.
González, África Masó, Pilar Novalbos y María del Pozo. Colaboraron en la
anotación Gema Blanco y Mª. Jesús Oteo. Documentaron la introducción Mª. Carmen
Donoso, Luisa Fernanda Madrid y Eva Prieto, y ayudaron en la gestión Carolina
Abellán, Cristina Díaz e Irene Fernández.
BIBLIOGRAFÍA
Manuscritos y ediciones existentes del Viaje a la
Mancha:
1º Manuscrito español 407 de la Biblioteca Nacional de París, ff.
187-207, nº 169 de la Bibliographie des voyages en Espagne et Portugal de
Raymond Foulché-Delbosc (1896).
2º "Viaje a la Mancha en 1774", transcripción de Cesáreo Fernández Duro
en el Boletín de la Sociedad Geográfica (1884), pp. 114-137. Considera a
la obra como anónima. Desconocen esta edición Morel-Fatio y Cioranescu; Corchado
Soriano, del que tomamos la referencia en su El campo de Calatrava, III
p. 454, no supo de las ediciones posteriores.
3º Edición en el "Appendice VI" de Alfred Morel-Fatio, Études sur
l'Espagne, Paris: E. Bouillon, 1890, pp. 389-416. La obra recoge además un
ensayo de sesgo histórico sobre el texto.
4ª Viera y Clavijo, José de, e Iriarte, Tomás de, Dos viajes por
España (La Mancha, 1774 - La Alcarria, 1781). Edición, introducción y notas
de Alejandro Cioranescu. Tenerife: Aula de Cultura-Instituto de Estudios
Canarios, 1976, pp. 29-62.
Sobre José de Viera y Clavijo:
Cioranescu, A. "José Viera y Clavijo y la cultura francesa" y "Viera y
Clavijo, escritor", en sus Estudios de literatura española y comparada.
La Laguna, 1954 pp. 205-48 y pp. 249-68.
Millares Carlo, Agustín Ensayo de una biobibliografía de escritores de
Canarias. 1932, pp. 515-569.
Negrín Fajardo, Olegario: "Retablo de educadores canarios contemporáneos:
de Viera y Clavijo a Champsaur Sicilia", Anuario de Estudios Atlánticos,
28 (1982), pp. 705-764.
Romeu Palazuelos, Enrique: "Viera y Clavijo, censor en Madrid",
Anuario de Estudios Atlánticos, 29 (1983), pp.
195-214.
Serra Ràfols, Elías, "Introducción" a José de Viera, Historia General
de las Islas Canarias. T. I; Santa Cruz de Tenerife: Goya Ediciones,
1950.
VIAJE A LA
MANCHA EN EL AÑO DE 1774
Adición a la
Historia general de viajes que sale en el Diario de
Madrid
Día 9
Este viaje tan pensado, tan deseado y tan bien dirigido se ha verificado
por fin a las tres y media de la tarde en dos coches de colleras.[2]
Todavía no sabemos cómo se llaman las mulas, pero seguro que no faltará alguna
Coronela o Comedianta. ¿Y por qué no han de tener nombre los
coches como los navíos? Llamaremos al principal, que hace veces de capitana,[3]
el Tostador;[4]
el segundo, a ejemplo de la otra famosa nao portuguesa, el
Cagafogo.[5]
Sol claro, algunas nubes, aire fresco por el sudoeste. Se rezaron las
devociones, unos en latín y otros en romance; en breviario y el libro; en
público y en secreto. Se leyó en el manual que precisamente deben llevar los
peregrinos que van en romería a aquellos santos lugares.
Quiero decir las aventuras del famoso caballero andante don Quijote,
desde la primera hasta la segunda salida con su escudero Sancho Panza.[6]
No la tiene mala[7]
el que más nos leyó, don Bartolomé, caballerizo gordo por excelencia,
hombre pacífico e inalterable que no se ha sonado los mocos en su vida.[8]
Por la noche tuvimos una tajada de luna. Viento fresco por el oriente. Su
Excelencia durmió en el coche cosa de dos horas. En el puente nuevo salieron las
ninfas[9]
del Jarama con hachas[10]
encendidas, cabellos enmarañados y medio desnudas en figura de bacantes[11]
a pedir las pesetas. Al coche Cagafogo se le ha roto una rueda. Llegamos
a la posada a las nueve, en donde ya nos esperaban el retratante y el retratado,
Carnicero y Caminero.[12]
Día 10
Habíamonos[13]
recogido entre once y doce, y a las tres y media de la mañana nos quitó el sueño
un furioso despertador en camisa y gorro. Éste fue el citado don Bartolomé,
aquel mismo que asistió al Concilio Mexicano. A las cinco y media estaba todo
listo: salimos de Aranjuez cerca de las seis. No era éste aquel Aranjuez de mayo
y de las parejas, sino el de las tercianas y moscas.[14]
Seguimos el camino de Ocaña con la lectura de nuestro insigne caballero.
A las ocho pasamos por aquella antigua corte de los grandes maestres de
Santiago;[15]
tiene muchos conventos,[16]
una famosa mina,[17]
un famoso cura,[18]
etc... Entramos en la Mancha; antes de llegar a Dos Barrios nos cumplimentaron
Baco y Minerva: parras y olivas.[19]
¿A cuál de los dioses o diosas consagraron los gentiles las sandías y los
melones? Con efecto pasamos por un bello melonar.
A las diez en La Guardia. Pueblo desmoronado, precedido de una cuesta, un
arroyo, una alameda, unas huertas, una ermita de un niño que crucificaron los
Judíos,[20]
un calvario, unas cuevas a manera de panal.[21]
Cosas raras: el convento de Trinitarios, pobre; el retablo de la parroquia,
inmenso; la cueva del martirio del Niño, friísima; las antiguas murallas y
almenas, arruinadísimas;[22]
la ama del Infante,[23]
menos gorda; las piernas de su tío, presbítero y caballero de Santiago,
torcidas e hinchadas, etc.
Salimos de La Guardia a las tres y media de la tarde y, a pocas aventuras
leídas en Don Quijote, nos hallamos a las cinco en Tembleque, con una
descomunal giganta en la posada.[24]
La giganta, que pasa a Cádiz y a Sevilla para medirse con la Giralda,[25]
llevó su visita y cuatro pesos duros.
Aquí lo más notable es: 1.º La real fábrica del salitre que examinamos
por menor. 2.º La gran casa del Indiano, con su escudo de armas que dice:
Armas de los ilustres Fernández Alexo. Así puso el otro "Este es gato".
3.º El riego de las calles con agua, siendo en la Mancha. 4.º Un sermón o
plática de Nuestra Señora del Carmen que predicó un pobrecito fraile Agustino
Recoleto, hijo del lugar, que[26]
le han venido 40.000 reales de Indias (es noticia del barbero), y hubo aquello
de altar de transparentes resplandores que ofuscan; bula
sabatina; ave fénix, etc.[27]
5.º La iglesia es de excelente fábrica gótica. Los retablos, pinturas,
estatuas, órgano, lámparas y capilla del nunca bastantemente ponderado
indiano, todo, se hallará bien explicado en el Viaje de España, tomo
cincuenta y ocho.[28]
Hay veinte clérigos sacerdotes y un convento de Franciscos. El rey saca
de catorce a quince mil arrobas de salitre a año.[29]
Cómprase a los particulares a veinticinco reales y después se vende a setenta y
cinco. El refinado, a ciento y tantos.
Carnicero va observando siempre fisonomías para publicar un Viaje
fisionómico de la Mancha.
Día 11
Cada día amanece más temprano para nosotros: el Andaluz (hijo de San Luis
de Madrid) nos despertó a las tres.[30]
Es verdad que es día de misa; salimos, sin embargo, de Tembleque a las seis de
la mañana. Una mula se llama Lucera, pero ya había salido el sol; el
viento, fresco. Pasado el extendido campo Cebollero y el cerro
Borreguero,[31]
aportamos[32]
a la villa de Mayo, a 24 de Camuñas; serían las nueve y media.[33]
Hiciéronnos el primer recibimiento dos gitanas: la señora Manuela Tirado
(célebre en la historia gitánica), la su sobrina y otro gitano de figura
chinesca. Fuimos a la Iglesia,[34]
y nos hallamos con un solemne entierro. ¡Oh! ¡qué mala andanza! Murió la señora
Vicenta. Todo el lugar había tomado luto: luto de manto y de basquiña,[35]
luto de lágrimas y moco tendido al meterla en el hoyo. Mientras se cantaba el
último miserere, vinieron todos los feligreses uno a uno a besar la punta
de la estola del señor cura y a largarle,[36]
cuál el cuarto, cuál el octavo.[37]
El sacristán les mojaba las barbas con el hisopo y decía:
amén.
Desnúdase el cura: sale de la sacristía en balandrán[38]
con bastón; da gracias, y hasta que Su Merced no se levanta del suelo, ninguno
se mueve. Sale la comitiva hacia las casas mortuorias. El viudo se queda
arrimado a un quicio de la puerta por la parte de afuera, el pelo tendido,
el rostro mesurado, los ojos aporreados[39]
y tristes. En este puesto y en esta postura iba recibiendo el pésame
(como ellos decían) de todos los santos varones. Las piadosas mujeres entraban a
hacer el duelo a las parientas en la sala. Preguntamos a uno de la comitiva:
"¿Quién es la difunta?" Respondió: "El alma[40]
de esta casa, la señora Vicenta, que ha muerto en la flor de su edad, pues sólo
tenía cincuenta años." Camuñas, fuera del privilegio de estas flores de edad,
parece un pueblo infeliz.[41]
Dejámoslo a las tres de la tarde. Pasamos a las cuatro y media el insigne
puerto de Lápiche,[42]
no tan fértil ahora en aventuras caballerescas como en huertas y norias;[43]
llegamos a Villaharta[44]
a las seis. Nos paseamos por el lugar y por una era en que araban media docena
de borricas con otras tantas muchachas. Entramos en la ermita de Nuestra
Señora de la Paz y rezamos el rosario, quisiera o no quisiera la ermitaña, que
había entrado a poner mecha a una lámpara. Es probable que no le pesó por lo que
dirá don Bartolomé.[45]
Es mala la posada. La torre está en el ayuntamiento.
Día 12
A las cinco de la mañana nos escapamos de Villaharta. Sol rojo en el
oriente. Aire fresco con nubes. A dos leguas de camino está la venta de Quesada,
tan digna de eterna memoria por el manteamiento de Sancho Panza, sin
embargo de que la actual ventera ni siquiera había oído nombrar a don
Quijote, con ser así que es quinta o sexta nieta de Mari-Tornez,[46]
o mienten las fisonomías. Ya dijo un hermano suyo que ese tal don Quijote, a lo
que él creía, había sido un guapo de la Mancha que vivió ahora mil y ducientos
años. Nos admiró la exactitud de cronología. Hay en esta posada un pozo
profundo y se dice que su agua es la del Guadiana que corre a sombra de tejado
por allí; pero, por más que observamos, no vimos semejante Guadiana.[47]
A poco más de las ocho entramos en la villa de Manzanares, buen
pueblo de labradores, con buenas calles y buena iglesia gótica.[48]
Un largo trecho antes nos salió al encuentro una berlina[49]
de dos mulas, que en el país llaman belrina. Era el gobernador de
Valdepeñas don Josep Caballería, que habló a Su Excelencia montado en el estribo
de nuestro coche con su connatural ceceo.[50]
Visita de algunos oficiales de carabineros.
Salimos de Manzanares y del mesón de Valiente, nuestra buena posada, a
los tres cuartos para las tres. Viento recio por el sudoeste. No bien habíamos
caminado dos leguas y media, cuando se dijo: ¡berlina!, como quien dice en el
mar, ¡vela!. Era la solemne diputación de la villa de Valdepeñas, compuesta por
tres respetables individuos de su muy ilustre ayuntamiento, que salía a dar a Su
Excelencia la bienvenida a sus estados. Echaron pie a tierra; parósele el coche;
y el uno, que es abogado y regidor, dio la siguiente arenga: "Excelentísimo
Señor, Vuestra fiel villa de Valdepeñas se pone a los pies de Vuestra Excelencia
y le da la bienvenida a Vuestra Excelencia y al Señorito su hijo, con muchas
gracias por la bondad que tiene Vuestra Excelencia de dar a sus vasallos este
consuelo." El señor Marqués respondió: "A la villa, que aprecio mucho su
atención y que deseo servirla".
Yace a dos leguas de Valdepeñas una ermita de Nuestra Señora de
Consolación, que llaman de Aberturas. Tiene una venta al lado; y, lo que
todavía es más devoto, una linda plaza de toros, en donde se hace cada año una
corrida. Era este el día de la fiesta y había acudido a ella toda la gente de
los pueblos circunvecinos, como lo denotaba el gran número de galeras[51]
y carros. Y desde este lugar ya se dejaron ver largas partidas[52]
de muchachos y mujeres de Valdepeñas, que, levantando polvo, corrían de
tropel[53]
al camino y se exhalaban en vivas: "¡Viva, viva su Excelencia!" Todos se
hincaban de rodillas. Todas las mujeres estiraban los brazos hacia adelante, y,
levantándolos y bajándolos cuanto podían, clamaban con ternura: "¡Ya llega,
ya llega nuestro padre!". ¿Hay por ventura algún placer en el mundo que pueda
competir con éste?
Cuando llegamos a aquellas primeras viñas y olivares que crecían con su
verdor los ojos del caminante, cansado de tantas leguas de tierra seca y
rastrojosa, encontramos otra berlina. Era una diputación del convento de Padres
Trinitarios Descalzos, compuesta de dos religiosos calvos. "Nuestro Padre
Ministro -dijeron- está enfermo, y nos envía en su nombre y de la santa
comunidad a cumplimentar a Vuestra Excelencia, dándole la bienvenida, como
también al Señorito". Este razonamiento pedía que Su Excelencia respondiese
sentía mucho que el Padre Ministro no lo pasase bien y que agradecía la atención
de la santa comunidad.
He aquí, a poco trecho, otra diputación y otra berlina. Tres venerables
clérigos representaban el cabildo eclesiástico y, en su nombre, hizo un
corto cumplimiento don Tomás Díaz Felipe, sacerdote de 85 años de edad; pero
todavía tan vivo, tieso y colorado, que, felicitándole de ello Su Excelencia,
respondió: "Pues, Señor, aún me siento con fuerzas para montar en un
caballo y echar un par de suertes a un toro; porque no sería la primera vez que
de dos picadas les he hecho poner la cabeza a mis pies". Lo mismo le sucedió a
San Ignacio mártir.[54]
Aún nos salieron al camino otras dos o tres berlinas manchegas, con los
vecinos principales. Y para describir ahora nuestra entrada pública en
Valdepeñas, es necesario explicar antes el orden de la
marcha:
1.º Antonio Caminero, nuestro aposentador (bien conocido en la Corte por
el verdadero retrato que hizo de su facha don Isidro Carnicero), iba de
batidor[55]
en un caballo de cuello aguileño, con montera atravesada, colodrillo reverendo,
casaquilla hueca etc.[56]
2.º Los dos insignes tontos Francico de Santa Cruz y Casimiro del Viso,
capitaneando una innumerable multitud de muchachos y muchachas pelonas.[57]
3.º El coche en que iba: Su Excelencia, el Señorito, ayo y caballerizo,
con su gentil tiro de mulas que volvía a la patria.
4.º El coche de cámara con familia, entre ella Diego Díaz Monasterio.[58]
5.º La calesa[59]
de Carnicero y Rojo.[60]
6.º Las berlinas de las diputaciones de la villa, cabildo y
convento.
7.º Las de los caballeros hidalgos, etc., etc.
Toda la carrera estaba acompañada de patrullas de muchachos, hombres y
mujeres, que salían corriendo de sus casas, muchas de entre sus quehaceres con
los instrumentos de sus oficios, las boquitas risueñas, los ojos
relumbrantes y las manos tiesas al cielo: "¡Viva, Su Excelencia y el Señorito,
que está ya tan alto como su padre! ¡Qué hermosura!". En medio de este popular
alborozo, vivas y repiques, llegamos a la casa de apeo. Hallamos la clerecía y
comunidad de los frailes, formados en dos alas, desde el portal y patio hasta la
primera sala. Aquí se renovaron las bienvenidas.
¡Qué era ver al citado caballerizo y al bravo Caminero arrojar de las
ventanas puñados de dinero en cuartos y ochavos! ¡Qué, la calle cuajada de
aquella gente mal vestida, árida y sedienta, que no sabía huir de tan desaforada
lluvia de cobre! ¡Qué, la tropelía, los gritos, las posturas, las puñadas, las
caídas, las embestiduras y confusión que ocasionó esta cucaña![61]
Luego fue Su Excelencia a la parroquia con mucha comitiva del gobernador,
alcaldes, eclesiásticos, pueblo, muchachos y tontos. Entró en ella al son del
órgano, hisopo, vivas y repiques. Hicieron padre y hijo una oración en sus
sitiales[62]
y se volvieron a su casa, donde despidieron el
acompañamiento.
Día
13
Gracias a Dios, hemos descansado y dormido toda la noche, sin miedo de
los rebatos[63]
del terrible madrugador don Bartolo.
La casa es bastante buena y el patiecito interior del emparrado,
elegante. Entró la corte a las nueve. Salió Su Excelencia a la sala y recibió la
diputación de su buena villa del Viso. Fue después a misa a la parroquia, templo
de fábrica gótica muy capaz.[64]
Sírvenla como ventiún sacerdotes con el cura, que debe ser del orden de
Calatrava. De aquí se encaminó con la comitiva, precedida de tres alguaciles y
dos tontos, a ver las nuevas fábricas establecidas de su orden y en
utilidad de sus vasallos.
Entramos primero en la de los paños, edificio nuevo y bien reparado.[65]
Fue Su Excelencia recibido en la larga crujía[66]
de los telares con la salva de genuflexiones[67]
y vivas. Era gusto ver aquellas dos largas filas de hombres, mujeres, viejas,
mozas y muchachas, unas cardando lana y otros sacando estambre.[68]
Ver cinco telares y los tejedores que trabajaban en éste los paños, en aquél las
bayetas, en el otro los albornoces y costales. Ver chicos de once, de nueve y
aun de ocho años, haciendo canillas[69]
y tejiendo como unos hombres de provecho. Los mismos estropeados ganaban allí la
vida y evitaban la ociosidad y la mendiguez. ¡Qué beneficio éste para un pueblo,
para la sociedad, para la policía!
Estuvimos en
el cuarto del batán, en el de la prensa, aquél en que se tiñe, el otro en que se
tunde, en el que se percha, se hila, se almacenan las lanas, etc., etc.[70]
Pasamos después a la fábrica
del jabón,[71]
otro gran edificio, hecho poco ha, cuyas oficinas, graneros y almacenes, así
como los cuartos de los empleados en estos ramos, son todos muy capaces y
buenos. Vimos la cama de Caminero, más alta que un elefante, con seis u ocho
almohadas de media vara cada una, con sus cintas, encajes y lazos. ¡Qué perro de
presa tan formidable tiene! ¡Qué gato tan ágil y
espantadizo!.
La tercera estación fue a la bodega, lugar muy venerado en Valdepeñas. Compónese de largos lagares y otras galerías, cuyas inmensas tinajas (dulces prendas de Chinchón y del Toboso)