Apagando las luces
Apagaste las últimas luces de aquella estancia y dejaste los recuerdos atrás, al fin y al cabo había que volver a la vida real – eso que llaman poner los pies sobre la tierra – pero llevabas la nostalgia pintada en el rostro y tus ojos estaban a punto de regalarte una lágrima ¿ Una sólo?
La canción llegaba a su fin, la partitura estaba a punto de tocar la tocata de la despedida, los rumores que quedaban eran los estertores de los últimos suspiros y las miradas cruzadas hablaban de muchas cosas que habían quedado por decir por falta de tiempo.
Pero los días no habían pasado en balde, los minutos se habían convertido en horas infinitas y los restos de las fresas nocturnas quedaban como mudos testigos de muchas cosas, muchos besos, muchas caricias robadas al tiempo y mas de una mirada al pasado sin haber acabado de presentir un futuro que tal vez no existiera y no por falta de ganas.
Dos vidas cruzadas en algún lugar, que a través de las horas, llegaron a ser como esos seres que se presienten al mirarse, como esas manos que se extienden hacia un deseo sin materializar, como ese beso que lanzas al viento en busca de otro beso que te espere o esa esquina que no nos atrevemos a doblar; dos vidas robadas al tiempo, que se juntan para sorber el tiempo que queda por venir.
No quieres mirar, pero acabas mirando lo que dejas atrás, porque no sabes lo que hay delante de lo que tal vez vendrá y te quedas con ese cuadro a medio colgar, con aquél cajón vacío de tantas cosas o con el aroma de una sábana fuera de lugar, como si estuviera esperando tu vuelta; miras sin ver el suspendido perfil de la ventana que os veía asomados en la medianoche, mientras los ojos – dos pares de ojos – se extasiaban con las luces nocturnas sobre la ciudad.
Y pones la radio, buscas esa canción que le gusta, cierras los ojos y no piensas porque pensar duele, sólo aspiras un perfume que te acompañó durante el tiempo que duró la canción que acabas de componer a dúo; no sabes si coger su mano o dejar que coja la tuya; el caso es cojerse a algo que no te deje volver a la realidad, porque la realidad es mucho menos hermosa que esa historia que escribisteis a medias.
Está amaneciendo y sin embargo a ti te parece que todo está a oscuras, va saliendo el sol y sin embargo te encierras en las últimas estrellas que os expiaron mientras os besabais, como si aquellos besos fueran los últimos besos inventados por algunos labios; hay que partir, lo malo es que nadie quiere partir, hay que apagar los restos de una hoguera que quemó mucha piel y de la que sin embargo nadie salió malparado, al contrario.
Aún queda una despedida, la peor, esa despedida que tardará en volver, porque las despedidas son reacias a volver sobre sus pasos, queda esa ultima mirada antes de no mirar a ninguna parte para que no te vean llorar, queda esa mano suspendida en busca de un recuerdo que te sirva para dormir hoy y sobre todo queda un sabor, el del último beso, ese beso que no quieres que acabe y que sin embargo dura un segundo, quisieras hablar pero no salen las palabras porque nadie sabe que decir o tal vez porque nadie se atreve a decir nada.
No sabes que hacer con las manos y las metes en los bolsillos, no sabes que hacer con los ojos y los escondes, no sabes que hacer con tu vida y piensas en dejarla en cualquier esquina por si le sirve a alguien; te diriges hacia alguna parte que no sabes donde está y que tampoco te importa un carajo y piensas en esa luz que apagaste hace casi nada, en ese aroma que se te fue, en esa voz que oíste algún día y quieres desaparecer.
Pero no puedes desaparecer, pueden hacerlo los recuerdos, los suspiros que dejaste atrás por si alguien los quería, pueden desaparecer los secretos de una alcoba a oscuras, hasta pueden desaparecer las huellas del paso – de tu paso y el suyo – por algún lugar, pero tú no, tú no puedes desaparecer, así que te encoges de hombros y sin mirar atrás, porque así te lo han dicho, te encaminas hacia donde la historia empezó algún día.
La verdad es que no te apetece nada, allí no hay nada, no queda nada y te da pereza comenzar a rellenar de nuevo esos huecos que alguna vez estaban llenos de risas, de emociones, de suspiros quedos, de sensaciones que nunca habías llegado a sentir, de besos dejados al azar, pero tendrás que hacerlo – con ayuda o sin ella – así que te resignas y te diriges en sentido contrario al que en realidad quieres dirigirte.
Sabes que vendrá la espera y sabes que puede ser larga, pero te han dicho que no te preocupes, así que te preocupas; pero de repente, en uno de los bolsillos que albergan tus manos encuentras un trozo de arrugado papel y lo examinas y sonríes, porque en aquél poema que olvidaste alguien dejó la huella de unos labios a modo de beso y pasas tus dedos por el y se produce un extraño milagro, te sientes mejor e intuyes que volverás, porque esas dos vidas cruzadas quieren volver a cruzarse.
Y cuando llegas a donde tienes que llegar, te dejas caer en un rincón, a oscuras, para no molestar a los recuerdos, en silencio para poder saborear el murmullo de algún que otro beso que se resiste a dejarte a solas y divagas recordando esa luz que tú apagaste para que nadie os viera llorar mientras sonreías, esa luz que fue el último testigo del penúltimo beso y sonríes sin ganas – pero sonríes – porque sabes que quieres volver y sabes que tendrás que volver allí, al lugar del que nunca quisiste marcharte.
Entonces comienzas a tatarear la canción, esa canción compuesta entre dos, que no tiene letra y apenas se deja ver una música porque no hay partitura, pero que sonó no hace mucho en tu corazón y en el suyo y dejas que el silencio te duerma y que la oscuridad te arrulle y te aferras a un papel donde tu dejaste un poema y ella dejó sus labios en forma de beso.
Jose (Nuberu)