Apagando velas
No hay nada más placentero para ti que un baño lleno de agua caliente, unas velas aromáticas en la oscuridad, esa música que te trae a la memoria algunas cosas inolvidables y una copa de vino al alcance de la mano, el resto dejarse ir con los ojos cerrados.
Y cuando la piel se va empapando del aroma del agua recién perfumada, mientras los poros se abren a las sensaciones y la música te envuelve en recuerdos, poco a poco, vas apagando velas, no las velas aromáticas que te rodean en la oscuridad, si no las velas de tu vida, los acontecimientos que te traen malos recuerdos, los amores que hay que olvidar pero no te dejan, las sensaciones que algún día frustraron alguno de tus sueños.
Y con un ligero soplo apagas la vela de aquella vez que te enamoraste perdidamente de un hombre que luego resultó no serlo tanto – es cierto que en la cama era bueno, pero la cama dura lo que dura – otro soplo y apagas esa vela que no te deja dormir, porque está llena de las pesadillas que desbordaron de lágrimas tus mejillas; así poco a poco mientras el agua se enfría y el vino se acaba, vas apagando las velas que no tienen cabida en tu corazón.
Algunas de las velas seguirán ahí durante un tiempo, con su pequeña llama encendida, recordándote lo que no debiste hacer o quizás lo que no hiciste por falta de valor, son esas velas que de tarde en tarde soplas sin ganas, con suavidad para que la llama se mueva, pero solo un poco, porque quieres mantenerlas vivas – tus razones tendrás – y no te atreves o no te apetece apagarlas del todo.
Es posible que en esa semioscuridad de la que te rodeas, con la caricia del aroma del agua recorriéndote la piel, lleves a tu reciente memoria algunas de las cosas, de los sentimientos, de las sensaciones, que te gustaría tener como compañía, es posible que tu imaginación vuele hacia ese lugar donde están esos sueños que perdiste, esa caricia que abandonaste de repente, ese beso que no te robaron porque no se atrevieron.
Esas son velas especiales que hay que mantener con la llama viva, porque nunca se sabe si volverán a tu vida y quieres estar ahí para recibirlas de nuevo, son esas pequeñas llamas que alguna vez inundaron de calor tu corazón, las que te hicieron sentirte viva mientras tú creías estar muerta por dentro, son esas velas que si se apagan, uno vuelve a encender porque su llama aún está presente en algún rincón de los recuerdos.
Y el cuerpo se relaja y el espíritu también y te dejas ir por ese momento, que para ti, no tiene parangón con ningún otro momento, porque es solamente tuyo y tú eres la dueña del tiempo y de las velas que hay alrededor de tu vida – las otras están ahí para proporcionarte el placer de sus aromas – mientras durante ese breve espacio de tiempo te sientes dueña de tu destino, porque puedes apagar las velas, que de alguna manera, te impiden ser feliz.
Pero el agua se enfría y con ella tu desnudo cuerpo, así que piensas que es hora de volver, de levantarte y abandonar ese lugar tan tuyo, el rincón donde el aroma de las velas te lleva a los lugares de donde crees que no debiste salir, tal vez de los lugares de donde piensas que nunca debiste entrar, porque te atraparon en situaciones dolorosas, es hora de volver a pelearte con el tiempo de tu presente vida.
Así que te incorporas y lentamente vas apagando las aromáticas velas que te proporcionaron placer a los sentidos, mientras miras las otras, esas velas de tu vida, esas a las que el aire de tus labios dejaron encendidas, porque el corazón así lo determinó; alguna hay que lleva contigo demasiado tiempo, otras son más recientes, pero todas tiene algo que hace que las dejes encendidas por lo que pudiera ser, mejor dicho, porque todavía son demasiado importantes para ti.
Tu agradecida piel, aún caliente y perfumada, te agradece el regalo de esos minutos, tu relajada mente te da las gracias por esa música que la llevó durante unos instantes a lugares que antaño recorrió con placer y tu alma te dice que tendrás que volver y cuando vuelvas es posible que alguna de esas velas ya no esté, su llama ya no te acompañe o en el peor de los casos tendrás que soplar con fuerza para que se extinga aquello que alguna vez representó algo importante en tu vida.
Cuando abandonas el lugar no le das la espalda del todo, porque sabes que volverás más tarde o más temprano, sabes que es una acto casi cotidiano y te cuesta abandonarlo, porque es el lugar donde te sientes la dueña del mundo que hay o que alguna vez hubo a tu alrededor; alguna vela miras con la ternura de tus ojos medio encendidos por el placer y tus manos hacen el gesto de acercarse a ellas o a ella para depositar una caricia en su figura.
Pero tienes que irte, tu cuerpo debe de abandonar su desnudez, para cubrirse con los ropajes de la vida cotidiana, de los problemas cotidianos, de los paisajes y los sonidos de tu otra vida, esa que no te gusta – que no nos gusta a casi nadie- pero que nos tiene atrapados en sus redes; te despides con pena porque te ha sabido a poco o tal vez arrepentida de haber soplado una vela que no deberías haber apagado del todo.
Antes de cerrar la puerta de tu oscuro rincón haces un amago de soplarlas todas, de romper con todo y con todos, de empezar de cero en otro lugar, con otro estilo, con otros modos, otros sueños, otros suspiros; pero es sólo eso, un amago, en el fondo no te atreves a decirle a tu corazón que deje de mandar sobre el viento de tus labios, no quieres dejar de sentir aquello que alguna vez te hizo sentir, así que cierras la puerta muy despacio, no sin antes dejar la última mirada a esas llamas que te acompañan en silencio.
Tal vez algún día – eso no lo piensas tú, lo digo yo – en ese lugar tan tuyo, sólo se encuentren las velas de tus aromas y en tu vida solamente exista una sola vela, porque las otras estén apagadas del todo; una vela que te recoja el pelo y te acaricie la desnuda espalda, esa vela que deposite un beso en tus mojados y perfumados labios, esa vela que en un ligero susurro te diga todo lo que quieres oír.
Jose (Nuberu)