Cuando se apagan las luces
Cuando se apagan las luces y el silencio se adueña de los sonidos, los párpados le hagan un guiño al futuro sueño; cuando el suspiro añora la voz de la que amas y te musita palabras de cariño y consuelo, cuando el neón de tu vida comienza a parpadear, es el momento de que tu sonrisa haga balance del día que se acaba.
La hora de encogerse buscando el cobijo de tu propio cuerpo, bajar la guardia porque no hay enemigo en esa hora bruja – a no ser que los fantasmas de tu vida pasada hagan acto de presencia – y relajar el alma en busca de un pequeño rastro de felicidad, la hora de olvidarse del hoy, pero no pensar en el mañana, que vendrá inexorablemente.
Es posible que empieces a añorar la voz que te habla al otro lado del hilo que os une, de pensar en las próximas palabras que pronunciar, que a buen seguro serán las mismas que pronunciaste hoy, aunque tengan algunos nuevos matices, algún nuevo verso que añadir a los versos de las noches pasadas.
Soñar no cuesta nada dicen, pero a ti ya te está costando el pequeño esfuerzo de no querer soñar demasiado, porque alguna vez, en alguna hora, tuviste sueños que te costaron más lágrimas de las necesarias; pero se hará inevitable porque cuando se quiere algo que no se tiene, es imprescindible soñar que algún día, eso que te llena las horas y los días, será tuyo. ¿Si no, de que sirve deambular por este cochino mundo?
Y te agarras a tu almohada, la abrazas porque no quieres que se vaya de tu lado, porque al menos ella está contigo y se despierta contigo todas las mañanas; ella, tu almohada, te hace las veces de aquello que añoras nada más dejarlo, más de una vez te apetecería besarla como si fuera aquello que estás deseando besar en el silencio de la oscuridad – no descartes la idea, casi todo el mundo en tu estado lo hace, no tienes porque ser menos que nadie – y eso te ayuda en cierta medida a conciliar parte de tu sueño.
Es quizás el momento en el que ves el rostro que amas por última vez en el día que te sucede, ese rostro que no te mira porque los sueños no miran a nadie – o eso dicen los que sueñan – pero tú lo miras y casi llegas a tocarlo con tus manos, de tan cercano que lo sientes.
Cuando se apagan las luces, es como si ella se apagara también, pero te queda el perfume de su voz deseándote felices sueños o un apagado te quiero que se le escapa en el último segundo y que tú atrapas, para que se vaya contigo al onírico mundo de Morfeo.
Lo que pase después solo lo sabrás tú, tal vez ella cuando se lo cuentes o lo intuya o sueñe lo mismo que tú, porque también sabe de que va; pero es algo íntimo que solo os pertenece a ti y a ella - no nos vamos a poner aquí a contar intimidades - pero será cuando se apague la última luz de la última hora y la oscuridad se haga dueña de todos los sonidos que emitieron tus labios y los suyos.
Es bonito ese momento – también duro lo sé – porque es el instante en que por última vez en el día tus labios piensan en acariciar los suyos, aun cuando te quede el regusto amargo de no poder hacerlo; pero los sentidos perciben cosas que la piel no puede sentir y eso compensa de alguna manera cualquier otra cosa que haya podido pasar antes de que el día acabe para los dos.
Cuando se apagan las luces y el silencio se adueña de los sonidos, los párpados le hagan un guiño al futuro sueño; cuando el suspiro añora la voz de la persona que amas, cuando el neón de tu vida comienza a parpadear, sientes que querrías prolongar ese último momento hasta que comenzara el día, pero sabes que no podrá ser y esa medio sonrisa que hay en tu cara, tiene algún matiz, porque un rastro de melancolía se dibuja en ella.
Y llegará otro amanecer que te encontrará abrazado a una tibia almohada, un amanecer que te recordará que existió una noche que casi pasaste con ella, en sus brazos, porque así querías dormir, porque así te hubiera gustado estar cuando se apagara la última luz de la última noche que pasaste en su compañía.
Pero sabes que vendrán otras noches, otras luces se apagarán y volverá a ser lo mismo, porque cuando se cierren tus párpados, volverá a salirte la sonrisa del adiós cotidiano y otro amanecer te descubrirá abrazando la misma almohada de todos los amaneceres, menos mal que esa maldita almohada tiene el rostro de la dueña de tus sueños.
Jose ( Nuberu)