El delgado filo de tus noches

 

Hace algún tiempo ya que un delgado filo recorre tus noches, que estás sola en tus madrugadas, con insomnio y sin ideas que te permitan relajarte y disfrutar del sueño; son tantas tus vicisitudes, tantas tus declaradas ausencias, tantos sinsabores y decepciones, que la noche se hace eterna entre tus sábanas.

Son noches duras, plagadas de ausencias y mas de un resquemor amargo, noches de llorosos ojos y suspiros escondidos a los oídos de quien te puede oír pero no debe, noches de dudas manifiestas y de gritos silenciosos, porque no tienes a quién gritar tantas cosas como tienes ganas de gritar.

Yo no sé si te preguntas que vas a hacer cuando aparezca la madrugada o por el contrario tus preguntas van encaminadas a encontrar respuestas a tus noches de bostezo perpetuo, de ojeras mal disimuladas; dándole mil vueltas a las decisiones que crees que debes de tomar y sin embargo no tomas, porque cada decisión es una duda y cada duda es una hora mas sin poder conciliar el sueño que te proteja de tanto desvarío en tu vida.

Acaso, en algunas ocasiones encuentres una voz que te haga compañía y te ayude a pasar ese mal trago, esa nocturna soledad, esa inquietud del que hacer con tu vida, que no se sabe si es previsible o por el contrario está patas arriba; tal vez la compañía de esa voz, de ese murmullo que sabes que te quiere y te escucha - aunque no exista mas que en tu imaginación -  te ayude a sobrellevar esas malditas horas, pero no puede ayudarte a tomar las decisiones que son tuyas y que tu debes de tomar.

Es cierto que el filo de las noches sin dormir hace daño – físico, pero también y sobre todo mental – y también es cierto que da tiempo a pensar en todas las cosas que viviste, las que te quedan o te gustaría vivir, da tiempo a llorar y a reír si llega el caso – y yo sé que llega – pero sobre todo da tiempo a dudar de todo y de todos, hasta de ti misma.

También da tiempo, demasiado tiempo, a notar el frío amargo de tus sábanas, a añorar el calor ajeno que te transmita esas sensaciones que tanto echas de menos – todos acabamos echándolas de menos, aunque no lo reconozcamos – a explorar en busca de esa mano que coja la tuya y te ayude a resolver tus dudas, mientras los labios susurran palabras de amor o de consuelo o de deseo.

¡Es duro si! Es duro ese delgado filo que abraza tus noches y que hacen tus madrugadas eternas y las mías y las de tantos, pero las tuyas se caracterizan por el estado de ansiedad que te dejan en los ojos, en el respirar agitado de tu pecho, porque la oscuridad distorsiona las figuras de aquellos que quieres, aunque lo que más quieres respire unos metros mas allá.

Esa figura que a veces, algunas noches, yo diría que las únicas noches que concilias el sueño con una sonrisa en los labios, se acurruca a tu lado, aunque una pierna, que no es la tuya, se enrosque en tu cintura y acabe arrebatándote tu lado de la cama y al día siguiente tu cuerpo te pregunte en que guerra has estado.

Sola en el filo de tus noches, en tus largas y a veces oscuras madrugadas y encima cargada de dudas sin resolver; es cierto que amigos hay muchos y los consejos no faltan – yo diría que abundan demasiado y eso tampoco ayuda – pero las dudas son tuyas y tuyas deben de ser las decisiones, esas que no sabes si tomar, entre otras cosas porque tampoco sabes si serán las adecuadas, ni siquiera sabes si son decisiones o sólo meras conjeturas.

A veces te paras a pensar en lo que quieres realmente, pero ni siquiera estas segura de si quieres algo o a alguien – bueno si sabes a quien quieres y supones también quién te quiere a ti – y eso no ayuda a calmar tu ansiedad y por consiguiente no ayuda tampoco a que tu mente y tu corazón erradiquen el dolor de tus noches y de tus madrugadas.

Si, las madrugadas se hacen eternas, eternas se hacen también las horas entre noche y noche, entre el tiempo en que te desperezas y las horas en que ruegas por tener unos minutos a solas en la oscuridad, sin que tus ojos se rebelen contra tu cansancio y tu dolor – el que este haya tocado vivir o recordar o esperar - porque a lo largo de este tiempo siempre te da por pensar en el próximo dolor.

Siempre queda la esperanza de que un día el filo de esas noches tuyas eternas, de tus ojerosas madrugadas, como tus días, sean tranquilas y compartidas, sean el fruto del vivir entre dos, de compartir entre dos, de soñar y de respirar entre dos; siempre queda la esperanza de que llegue el día de que los ojos no duerman porque sientan, de que tu cuerpo no duerma porque se sacia y de que tus manos no se pierdan en el vacío que hay a tu alrededor, porque ese vacío ya no te abrace.

Será el momento de abandonarse al placer de no hacer  - y al otro placer también, que falta hace y siempre viene bien – al sentir mientras se vive, al vivir sintiendo todo lo que no se sintió, eso sí en paz y con las ojeras en la cárcel del olvido y el corazón bailando todo lo que se pueda bailar.

Jose (Nuberu)

 

 

 

 

 

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