El último garito

 

La última vez que le viste en aquél garito de mala muerte, con una copa en la mano y sabiendo que sería la última vez que besarías sus labios, te invadió la marea de la ternura; estuviste a punto de quedarte, pero eres una mujer de convicciones firmes y cuando tomas una decisión nunca hay vuelta atrás.

Tú sufrirás tanto como él, pero habías decidido que tu camino estaba en otra parte, tu senda te empujaba hacia otros horizontes, tu vida quería ser otra vida que la que llevabas a su lado, además sabías que nunca lograrías alejarlo de aquellos garitos donde el humo del tabaco se entre mezclaba con mil historias de desesperanzas, de lágrimas mal escritas, de corazones de trapo perdidos en cualquier esquina.

Acababas de despedirte con uno de tus besos con sabor a nostalgia, él te había pedido que te quedaras con una de las caricias de su mirada -  cuando te miraba así perdías todos los nortes – y aún en el umbral de la puerta de aquél garito, seguías pensando que dejabas atrás lo que más querías, lo que más habías querido, lo que estabas convencida de que querrías más, aunque volvieras a querer alguna vez.

Tu mano hizo ademán de despedirse y tu cuerpo y tu corazón hicieron ademán de volver sobre tus pasos, sentarte a su lado como siempre hacías y mirar sus manos mientras describían versos que hablaban de amor, del tuyo y el suyo, mientras te ofrecía una calada de su cigarrillo y tu aspirabas aquél humo para saborear también sus labios.

Al final pudo más tu cabeza y volviéndote lentamente te fuiste del último garito de tu vida – o al menos eso pensabas tú -  con una lágrima en tus labios y una nostalgia en tus ojos y un dolor en tu corazón, en realidad no sabías donde ir ni que hacer a partir de aquél instante, pero lo que estaba claro es que él ya no estaría allí contigo para decirte que estaba bien – porque para él todo lo que tú hacías estaba bien – ya no cogería tu mano, que era la forma de decirte que te quería, cuando no quería decírtelo con su voz.

Seguramente cuando estés en cualquier lugar, te dirás a ti misma que estabas mejor de donde habías venido, seguramente cuando estés en otros brazos sentirás le fuerte necesidad de que fueran los suyos, seguramente cuando beses otra piel el deseo transformará aquél trozo de un posible futuro, en una imagen del mejor de tus pasados.

Pero te habías prometido que aquél sería el último garito de tu vida, el ultimo oscuro rincón de tus amores, la última farola apagada para tus besos, la última cama donde amarías a un hombre; posiblemente habrá otras camas en tu vida pero serán meros paseos por el sexo, sin un atisbo de amor, aunque todo hay que decirlo, sin ningún atisbo de dolor también.

Dicen que los mejores amores son los que duelen, pero el tuyo dolía demasiado como para quedarse, bien es cierto que las noches que pasaste pensando las posibles alternativas, llenando tu cabeza con los pros y los contras, no encontraste ningún infortunio, ningún reproche, ninguna palabra mal dicha, ninguna cicatriz en tu historia, pero te dolía aunque no supieras porqué y tú no eres una mujer que aguante el dolor del que ama, no estás acostumbrada a sufrir por amor.

Tus días estaban llenos de caricias, de palabras cargadas de ternura, de miradas que ayudaban a vivir, de viajes construidos entre sueños, de mundos por descubrir con una mano cogiendo la tuya; tus minutos estaban llenos de noches de lujuria, de sexo entre amantes, de encendido deseo, de respiraciones después de haber dejado de respirar, de placidez y murmullos entrecortados.

Pero algo en tu interior te decía que te fueras porque no habías nacido para amar a los perdedores – aunque fueran poetas de noche y dulce suspiros al amanecer – no estabas preparada para ver venir el futuro que no había, cuando le conociste tenias otros planes que ya no recordabas, pero eran otros planes; sin embargo si se te pidiera una razón no tendrías una razón.

Siempre te preguntabas porque dolía, nunca encontrabas una explicación y a ti las cosas sin explicación te ponen en trance, te agobian, te agotan y con tus maduros años no podías resistir la duda del dolor, querías vivir el dulce elixir de lo previsible, querías huir del frenético espacio de lo imprevisible y decidiste alejarte del último garito, del último hombre que amaste, del último beso que te supo a locura intemporal.

Te habías prometido, antes de darle el último beso, que a partir de aquél momento cambiarías los garitos por hoteles de cinco estrellas, que dormirías en camas sin sábanas  que no dejaran lino o seda en tu piel, que cambiarías el perfume del humo de los cigarrillos por cualquier olor a fragancia de mas de quinientos euros, que tus pies no pisarían alfombras baratas y que tu desnudez no la contemplaría cualquier espejo a medio pulir.

Y sin embargo algo te dice que no tardarás en volver porque en ese garito dejaste todo lo que querías, todo lo que amaste de verdad, todo lo que te hizo reír cuando llorabas, allí quedó el poema sin concluir, la caricia que te ayudaba a dormir sin pesadillas, la piel que te arrebataba la piel, por eso te pasabas los días apartándote de aquellos rincones oscuros de las ciudades, de aquellos olores que te recordaban sus olores y los tuyos, por eso huías de ti misma mientras huías de él.

Una noche descubrirás que tu cuerpo busca en la oscuridad todas aquellas cosas que dejaste atrás, una mañana tus ojos buscarán aquella dirección que fue la tuya con él, una noche buscarás el último garito de tu vida para buscarle a él y después de haber vivido de tumbo en tumbo, de sexo en sexo, de cama en cama, de corazón en corazón, te mirará, te cogerá de la mano y te sentarás a su lado.

Y sin preguntar nada, dejará una caricia en tus ojos y dibujará un te quiero en un papel, tu le regalarás una lágrima que se posará en su pecho y un suspiro dejarás en la mejilla que besaste la última vez que estuviste en el último garito de tu vida.

Jose ( Nuberu)

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