En el fondo de un baúl

 

Escondido en el fondo de un viejo baúl, entre la maraña de tus sentimientos, encontraste un recuerdo, un rostro que un día te hizo reír y llorar, un recuerdo que te trajo a la memoria algunos retazos de tu vida que creías olvidados y que sin embargo volvían a la vida cubiertos de polvo y conseguían arrancarte esas lágrimas que tenías escondidas en tu retina.

Y todo por un retrato, que al pasarle suavemente la  mano para retirar el polvo que lo ocultaba, te miró cuando revolvías en el viejo baúl y por una bailarina que pugnaba por salir de una pequeña y medio rota cajita de música o el viejo teléfono – al verlo te preguntas porqué también acabó en el fondo del baúl junto con tus recuerdos -  que tantos días y tantas noches te mantuvo en contacto con la vida.

Es increíble como pequeños objetos que tenemos abandonados en cualquier cajón escondido, son capaces de causarnos emociones – como si uno no tuviera emociones suficientes en el arduo ejercicio de sobrevivir al asfalto – son esos objetos que alguna vez formaron parte de nuestra vida y que de una u otra forma, nos llevaron al mundo de las emociones y las fantasías.

El retrato la verdad, es que tenía poco que ver, apenas un descolorido rostro que alguna vez fue atractivo, un rostro con unos ojos que alguna vez te miraron y enamoraron, el pequeño trazo de unos labios que alguna vez te besaron y desataron en tu cuerpo sensaciones que nunca olvidarás y una ilegible firma en su parte inferior, que más bien parecía un poema de amor.

Lo que te dolió de veras fue la bailarina sobresaliendo de su cajita mágica, a la vez que iniciaba una danza - que de danza tenía poco - que se acompañaba de aquella melodía que él te susurraba al oído cada vez que os veías a escondidas; esa bailarina, cautiva de un resorte, que el te regaló en tu primer cumpleaños – curiosamente coincidió con vuestro primer aniversario escondidos a los ojos de todos – y que tu ponías a funcionar cada vez que querías decirle que le esperabas en tu alcoba.

El día que los avatares de la vida os arrinconaron y él se tuvo que ir, porque tú te tenías que quedar, el día que encerraste esas lágrimas en tu pupila, esas mismas que ahora corren libremente por tus mejillas al recordar tantas cosas, tantos momentos, tantos suspiros, tantas caricias, ese día en que decidiste esconder todo lo que te recordase que habías estado enamorada – aunque oficialmente, para tu corazón, tal cosa no sucediese – y una vez escondidos los recuerdos en el fondo de un baúl, pasar una página de tu vida, la página más oculta, pero a la vez la más hermosa.

Y ahora tienes esos retazos de tu vida encima de tu mesa y los contemplas con una mano en tu barbilla, la otra mano en el viejo teléfono pasado de moda, los ojos irritados de tanto llorar y un gesto que se parece a los pucheros que ponen los críos cuando quieren llorar pero no pueden; pensando en todos aquellos momentos, recordando detalles que en aquél tiempo no percibías – por ejemplo nunca le dijiste que le amabas, el sin embargo te lo decía a cada momento – o aquella vez que casi te decidiste a escaparte hacia ninguna parte, para poder estar a su lado más tiempo.

Al compás del movimiento de la bailarina de porcelana, tus labios van por libre y empiezan a balbucear – eso si muy bajito, no sea que alguien te escuche y pregunte – esa melodía que te encandilaba, porque sus ojos te miraban desnuda en aquél rincón vuestro que nadie más conocía, mientras tu acariciabas cualquier parte de su cuerpo, por la simple razón de que ese milímetro de su piel te transportaba a otros mundos, que no eran los tuyos cotidianos.

Cuando te das cuenta, resulta que han pasado unas cuantas horas y tú sigues aferrada a la mesa donde se encuentra una parte de tu pasado que creías olvidado, pero tienes que volver a tu vida de siempre, así que los recoges con cariño – incluso depositas un beso sobre aquellos desdibujados labios que antaño te besaron, mientras con tristeza le das un último retoque al tutú de la bailarina - y con un gesto de amor que aquél día no tenías, procedes a dejar tus recuerdos en el fondo del viejo baúl.

Al cerrarlo te viene al pensamiento un dilema ¿Y si cuando tú faltes alguien los encuentra? ¿No será mejor destruirlos, ahora que aún estás a tiempo? Pero te dices a ti misma que cuando eso ocurra no importará, tal vez así será mejor, porque  alguien -  no importa quién, ni porqué – descubrirá que algún día, en alguna parte, tú amaste y fuiste amada; y todo eso sin frases grandilocuentes, sin límites a lo inconfesable y con el dulce encanto de lo prohibido.

Así que decides que ese amor que en aquél tiempo sentiste – aunque nunca se lo reconociste a tu corazón – repose en el fondo del baúl, a salvo de las miradas, sobre todo de las tuyas, mientras la patina del tiempo hace su labor y tus ojos y tus suspiros descansan de tantas cosas que alguna vez viviste, eso sí, a escondidas de ti misma y de tu propio corazón.

Jose (Nuberu)

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