Enterrando ilusiones

 

¿Estás escondiendo tus sentimientos y tus ilusiones verdad? Ya sé, ya sé, a veces los enterramos bajo siete llaves por temor a que nos hagan daño, que se aprovechen de ellos para manipular nuestra vida, incluso, en ocasiones, para no hacer daño a los demás o porque nos hacen demasiado vulnerables.

Y tú los estás enterrando en el pozo mas profundo de tu corazón, porque a veces – solo a veces -  te amenazan con volver, luchan contigo porque quieren ver de nuevo la luz, exhibirse para que alguien se haga depositario de ellos, los tome y disfrute con todo lo que pueden ofrecer; pero tú estás atenta, vigilante y no permites que se tomen esas libertades, que luego no hay manera de pararlos y llevarlos de nuevo al redil.

Pero tienes miedo, de tus sentimientos y de tu frágil resistencia para controlar todo lo que sientes, todo lo que necesitas sentir, todo lo que necesitas dar y que te den, así que cada jornada acabas agotada por el esfuerzo que supone decirle a tu corazón que no se lance, que se esté quietecito y no te dé la vara cada vez que unos ojos te miran, esos ojos que te acarician la piel y el alma.

Debe de ser difícil vivir esa sinrazón diaria de necesitar amar y ser amada y sin embargo oponer tanta resistencia al deseo palpable de ser abrazada, besada, deseada, acariciada y querida; complicada la vida que nos toca vivir, cuando queremos enamorarnos y no nos lo permitimos a nosotros mismos, porque una vez – o dos o tres…- lo estuvimos y fue mucho, o aún lo es, lo que se sufrió.

Por eso los escondemos en lo más profundo y defendemos con uñas y dientes ese pequeño bastión, esa fortaleza vigilante, que sin embargo a veces parece derrumbarse ante el acoso de una mirada, de unas palabras musitadas en el oído, de una mano que se acerca buscando la tuya; es entonces cuando ponemos a prueba todo el dolor que podemos soportar – en el fondo pienso que un dolor es igual a otro dolor, pero eso es otra historia – ante la lucha que llevamos a cabo para evitar otro dolor que pensamos sería mas intenso y desgarrador.

Yo me pregunto en donde reside la diferencia, donde podemos encontrar el punto que separe ese dolor del otro y la verdad, no lo encuentro por ninguna parte – tal vez porque no soy mujer me dirás tú – pero yo estoy convencido que son igual de hirientes, igualmente frustrantes, demasiado iguales para encontrar tales diferencias y que los dos dejan las mismas heridas donde más duelen.

Porque al fin y al cabo los dos tratan de lo mismo, de sufrir por amor o por desamor, que tanto da; el caso – como diría el poeta – es sufrir amando o sufrir por no ser amado, el caso es pasar por esta vida dejando el rastro de dolor que nos ha tocado, que no se sabe qué o quién nos asignó algún día de nuestra vida, sin contar con nosotros; tal parece, a veces, que el encargado de dejarnos los destellos de felicidad estaba de juerga cuando se produjo el reparto de nuestros asuntos.

Y ahí nos encontramos casi todos – algunos seres privilegiados pasan por esta vida sin saber de que hablamos – escarbando en algún rincón del corazón para enterrar esa ilusión que no pudo ser, ese cariño que nos negamos a regalar, ese amor que no estamos dispuestos a entregar a las primeras de cambio; y en ese empeño ponemos tantas energías, que no nos damos cuenta que se acaban, que algún día no podremos más y que la extenuación nos llevará a la tristeza de por vida.

Lo malo es que son temas que no se enseñan en ninguna Universidad, no conceden título alguno para tales eventos, no existen master en el extranjero que nos ayuden a resolver tales dilemas; al contrario nos tenemos que enfrentar a ellos con la sola arma de nuestra voluntad y esta es frágil en demasiadas ocasiones y eso acaba doliéndonos demasiado y si no que te lo pregunten a ti y a mi y a tantos y a tantas.

Tampoco nos queda el consuelo de saber que no somos los únicos, que nunca seremos los únicos en pasar por esa escuela de la vida que se llama sufrir por intentar querer, por intentar ser felices con unas gotas de caricias y unos pocos segundos de amor en nuestra vida.

Y en esas te encontré un día, al principio me miraste con desconfianza, con esa mirada amenazante del que se está defendiendo de mucho, luego percibiste – no sé cómo, ni en qué te fijaste – que en el fondo soy como tú, lo que te hizo un poco solidaria y dejaste que te mirara mientras seguías en la dura faena de hacer el pozo más profundo.

A veces, cuando te miro en esos menesteres, me apetece mucho ofrecerte mi ayuda, para excavar juntos en la tierra del olvido; luego lo pienso mejor y llego a la conclusión que esa tarea sólo te corresponde a ti, es tuya y yo lo único que puedo hacer es mirarte con la mirada del corazón y en lo más profundo de él, desear que no logres enterrar del todo tus ilusiones.

Puede parecer poco ético, pero eso le daría alguna posibilidad a mi mirada, esa que quiero, que me apetece, dejarte y que la pobre está bastante cansada de mirar hacia ninguna parte.

Jose (Nuberu)

1