Esa espera que te duele

 

Todos los días de tus hastíos, en tardes de otoño adormecidas y melancólicas, esperando no se sabe qué – mejor dicho esperando esa mirada que no llega – y con la tristeza presidiendo el semblante que te acompaña allá donde vas, porque nadie mira hacia donde tú estás.

Y tu cobardía, que te atenaza porque tu corazón siente algo prohibido, pero tu orgullo no te permite compartirlo ; esa espera que te duele, hace que te duela más la despedida del día y mas largas las agónicas noches sin dormir, porque hoy no te han mirado y no sabes si te mirarán algún día, como tu desearías que te miraran.

Esa espera que te duele como te duele el alma, como duelen las ausencias, como duele el sentimiento que se regala pero nadie acepta, esa espera que se hace diaria y por ello te es tan cotidiana como la vida que te rodea; a veces caminas por las calles con tu mirada tan ausente como esa ausente espera que te duele, no miras a tu alrededor porque no hay nada que mirar que te distraiga de tu tristeza o de tu melancolía.

Es curioso como cambia la vida, cuando de repente se presenta algo inesperado y te hace vibrar y la ilusión vuelve a tu cariacontecido rostro, plagado de dolores pasados, cuando nada vuelve a ser como antes, porque antes no había nada que te hiciera caminar.

Y sin embargo, de repente te encuentras mirando a tu alrededor por ver lo que tanto tiempo esperaste, pero pasa el día con sus horas y esa ausencia comienza a doler como duelen todas las ausencias de todo aquello que un día amaste, quisiste, te quiso a ti.

Lo malo es que no hay remedio para esa enfermedad y si lo hay duele casi tanto como la ausencia; no hay libro de reclamaciones, ni protocolos que nos ayuden a salir de ese mal trago, porque el pasado ya nos sobrepasó y el futuro no acabamos de vislumbrarlo y porque además es posible que no sirva de mucho, porque no tengas futuro.

Así pasan las malditas horas de los malditos días, esperando una ausencia, deseando que el día se acabe – como si otro día no empezara nunca – cerrando los ojos a las evidencias de lo que no hay, de lo que no sucederá, de lo que nunca será tuyo, sin pensar que ahora nada tienes  y esperando que algún día cambie tu suerte y puedas mirar mientras te miran.

Esa espera que te duele, que ya es tuya por tantas cosas que no tuviste y por tantas que no tendrás, porque no llega la hora de descansar de tanta espera; tienes frío en el corazón y las manos están baldías de caricias y los labios resecos de tanto lanzar besos a ninguna parte y sin embargo sigues esperando porque te han dicho que esperes.

Luego te engullirá la gran ciudad, te sumergirás entre el bullicio de las noches en vela, te perderás por callejones de dudas y desconfianzas y en tus ojos brotarán las luces de alguna lágrima, tan ausente como esa ausencia que te duele a ti.

Te encogerás en tu cama, protegiéndote de esa ausencia, se acabará la espera de hoy, pero eso no te ayudará a dormir, porque llegará la espera de mañana y así un día y otro, una noche tras otra, con la eterna duda de si cambiarán las cosas con el día que empiece y con la seguridad fingida de que no cambiará nada, por muchos días que empiecen detrás de ti.

Algún día tendrás que dejar de esperar y eso te dolerá aún más que esa espera que ahora te duele, por eso vas descartando tal idea, ya llegará piensas una y otra vez, pero ahora no, ahora aún es pronto, todavía queda un ligera esperanza y te quedas esperando mientras te duele.

Lo malo es que nadie notará tu dolor, porque hay más gentes esperando algo en alguna parte, otros seres a los que también les duelen esas esperas que se parecen tanto a las tuyas, pero eso no te sirve de consuelo, porque el dolor es de cada uno y el tuyo te duele solamente a ti.

Esa espera que te duele te hará infinitos los días y las noches mientras piensas que no es justo; pero la justicia, en estos casos, está reñida con la lógica, porque en el mundo de los sentimientos, de las sensaciones, no hay nada que sea lógico y en eso reside la magia de tales cosas, aunque nos duelan las esperas de lo que habrá de venir, de lo que deseamos que venga, pero ausente está.

Jose ( Nuberu)

 

 

 

 

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