Esas viejas canciones

 

Cantando viejas canciones pasan las horas muertas de cualquier madrugada – no cada día, que no deja de ser agotador, pero si a menudo – y poniendo a prueba la memoria, esa que tantas cosas almacena; tal vez cantando para olvidar otras canciones, con otra música o sin ella, que no puedes recordar porque te traen recuerdos que quieres dejar atrás.

Con palabras entrecortadas, entre nota y nota, aparecen los sueños que tuvimos o aquellos que aspiramos a tener, tal vez para vislumbrar los que queremos que se cumplan con el paso del tiempo; el caso es pasar las horas juntos de la mejor manera, en la mejor compañía.

Alguna historia saldría de tantas notas gastadas y algo desafinadas, producto de la risa o el llanto, de ese recuerdo que atesoramos o de aquél que quieres borrar y no te deja; es cierto que faltan las copas y alguna que otra vela que ponga un toque romántico en el ambiente – incluso faltan las palomitas de maíz, aunque no se yo cómo se podría cantar comiendo tales inventos – en cambio si hay algún que otro cigarrillo, robado el deseo de dejar el vicio.

Esas viejas canciones y alguna otra no tan vieja, pero que llevan en sus letras, en su melodía, alguna que otra anécdota, alguna historia pasada, un trocito de aquella vida en compañía de alguna madre mientras oías la radio de tus días, por tanto algún recuerdo de lo que fuimos alguna vez, como fuimos, que soñábamos y de todo lo que nos prohibieron soñar porque no nos dejaban.

Y en medio de alguna de las risas o del alguno de los sustos, ante el perpetuo desafinar de vuestras gargantas, se entrecruzan miradas ausentes por falta de espacio y alguna que otra palabra de amor, eso si, mirando hacia otro lado para que no se descubran las debilidades de cada cual, esas que podrían llevarte a un viaje sin retorno y no está la vida como para comenzar ese viaje sin las debidas precauciones.

En el fondo de lo que se trata es de estar juntos sin estarlo, de oírse sin poder tocarse, de reírse por no llorar y de tarde en tarde de dejar algún que otro mensaje para que el otro lo interprete o lo recoja y lo guarde en su corazón; de lo que se trata, en suma, es de recitar palabras de amor puestas en boca de otros y otras, a la vez que se inventan las notas mas convenientes al momento.

“Cántame una canción al oído y te pongo un cubata” Pero podría cambiarse por otras “ no me cantes en inglés que sabes que acabaré pidiéndote matrimonio, que el inglés me pone” el caso es cantar – aunque sean nanas de la cebolla – para poder dormir con la sensación de que se fue feliz durante una melodía mal cantada, pero con la ilusión puesta en otro corazón.

Olvidar cantando y recordar con la música puesta en otros ojos que supones te están mirando, a los que se supone que miras tú; esas viejas canciones que tienen letras que alguna vez nos dijeron algo o ayudaron a que nos lo dijeran, que nos envolvieron en algún sueño – aunque sea un sueño de niños – esas canciones que nos ayudan a despertar, a soñar, a sonreír o a llorar.

Y así os sorprende la madrugada, con la voz rota y la garganta reseca, pero felices de haber compartido algo, de haber disfrutado de algo juntos, en compañía de tantas cosas que hay alrededor – desafinando como condenados, eso si – pero con el alma rodeada de notas que acarician y con besos dejados en el aire como pompas de jabón, para que otros labios los recojan.

Así, de esta forma tan sencilla, van desfilando por la vida noctámbula de tantas noches, viejas coplas de la abuela, canciones de esas que te dicen tantas cosas que ya no hace falta decir nada, vuelven a vivir los viejos roqueros que nunca mueren y os dan las once, la una y las dos y desnudos al anochecer os encuentra la luna, mientras unos ojos de gata dibujan un corazón en alguna espalda.

Las horas se convierten en cómplices de las notas perdidas en el aire, de los suspiros que está prohibido tener, de los besos que no das, pero que te salen a borbotones y entre canción y canción un cigarrillo a medias hace las veces de chamán de lo imposible, porque las canciones tienen letra, pero en nuestro corazón y sin darnos cuenta, se cambian por las propias palabras que nos gustaría decir.

Los ojos cerrados te hacen volver a aquél viejo café donde alguna vez esperaste, vuelves a percibir el aroma de aquél muelle en el que recaló un barco de nombre extranjero, se te va el alba entre callejones perdidos llenos de putas baratas, te metes en la piel de “la otra” y te sumerges en el vino de la pasión que alguna vez perdiste o te viene a la memoria la infancia que alguna vez fue tuya.

El caso es cantar viejas canciones al oído del otro para que se pueda producir el milagro que no permite la distancia, para que la piel se vuelva a poner de gallina y vuelvas a suspirar como cuando tenías quince años – que no son nada – y alguien meta la mano debajo de alguna falda.

Cantando viejas canciones al filo del descanso de la noche, con los ojos cansados de tanto mirar hacia donde tú sabes, oyendo suspiros que no quieres oír porque es posible que te hagan daño y besando la luna con las yemas de los dedos, mientras alumbra tus noches y aleja tus pesadillas.

“Lías cada día con el día posterior y entre día y día, lía con tus brazos un nudo de dos lazos que me ate a tu pecho amor......” “lías cigarrillos con cariño y sin papel.....para que los fume dentro de tu piel......” Canciones que sirven para saber que alguien, al otro lado de alguna parte, siente lo que deseas que alguien sienta por ti, viejas canciones de amor y desesperanza, canciones para poder llegar a volar.

Al final apagarás el dial de tu repertorio, las luces se tornarán sombras del pasado y del futuro y la sonrisa que tanto escasea en tus labios, florecerá durante un instante, antes de que tu vida decida dormir, que mañana es otro día y tal vez habrá que volver a cantar esas viejas canciones de amor y desamor.

Jose ( Nuberu )

 

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