Hay una cama vacía

Hay una cama vacía – mejor dicho medio vacía, que un lado lo ocupas tú – una ventana con vistas, desde la cuales en realidad no se ve casi nada, un disperso desorden alrededor de tu alcoba y un ordenador mudo de tan poco que tiene que decir y es que nada es lo que parece en la vida de uno y en la tuya más si cabe.

Hay en tu mirada un no se qué, un horizonte diluido entre le espesura de tus ojos semicerrados, un suspiro que todos los días intenta brotar de tus labios, una lágrima a punto de saltar y dejarte perdido el pómulo de tu vida y una especie de tesoro que ocultas a los ojos de todos -  sobre todo de los míos – un tesoro que está lleno de ternura y cariño, que te has propuesto vender muy caro.

Hay demasiadas cosas en tu vida – unas buenas, otras malas, como en todas las vidas – formando una especie de batiburrillo que te impide aclararte, sentarte tranquilamente a pensar en tus deseos futuros, en tus viajes sin organizar, en tus noches de abrazos escondidos, en tus labios saboreando otra boca; en fin que no sabes por donde empezar.

Pareces un inventario inacabado, pero no es eso y lo sabes; simplemente estás en fase de preguntarte, de dudarte, de comprenderte, de quererte, de que intenten quererte a ti y eso es una compleja tarea que requiere su tiempo, lo malo que ese, el tiempo, es un bien escaso según y como se mire.

Yo creo que hay por ahí una especie de “posibilidad” pero no acabas de verle la utilidad, de cogerle el tranquillo como dirían en mi pueblo, no acabas de vestirte con la armadura del valor -  ese valor que te permite hacer cosas imposibles en los asuntos del corazón – que estás hecha un mar de dudas y encima con marejada en todos los frentes.

Te falta la brújula, el timón está en las últimas, las velas para que te voy a contar – todas llenas de zurcidos imposibles, las pobres – el horizonte sin aparecer y la estrella esa que marca el Norte de vacaciones a saber con quién – yo prefiero la que marca el Sur –  y así cualquiera se atreve a navegar.

La verdad, no me extraña que en tus noches en vela, te acurruques en ese extremo de la cama que tanto te gusta – creo que es el que cae al lado de la tele – y a oscuras contigo misma, enciendas un cigarrillo y te dediques a contar las estelas del humo que se te escapa, aunque de vez en cuando sonrías porque habrás conseguido meter el dedo uno de los redondeles del humo de tu vida.

Luego la sonrisa desaparecerá poco a poco, porque ese gesto, el del dedo en el humo, acaba por diluir lo poco que has conseguido dibujar en tu vida – como el humo – y te vuelves a quedar a solas, en ese rincón, el de siempre desde hace ni se sabe.

Para no faltar a la verdad, habría que decir que nadie hasta ahora te lo ha puesto fácil y teniendo en cuenta que esto de deambular por la vida no se enseña en ninguna escuela, no lo estás haciendo nada mal; si además sumamos que a tu lado hay acontecimientos, es decir otras vidas que cuidar, que educar, que amar y querer, la cosa no deja de ser complicada y no me extraña que las dudas te asalten intentando derribar tu bien construido fortín.

Hay una cama vacía en el aposento de tu vida pero creo que con un poco de esfuerzo por tu parte y un mucho de ilusión por parte de tu corazón, acabarás por llenar ese hueco; lo malo es que tendrás que buscarle un sitio estable al mando a distancia de la tele, encontrar otra ubicación al cenicero y las cerillas, renunciar a uno de tus almohadones y dejar de envolverte en la sábana para que no te encuentre la desnuda noche.

Ganarás a cambio – supongo yo – unas manos que acaricien tu pelo, un abrazo que te defienda de los malos sueños, un suspiro que vigile tus insomnios – lo malo sería que el suspiro susodicho roncara – un calor que te reconforte del frío de la soledad y si se tercia y las cosas van bien, una sonrisa que te despierte en las madrugadas.

Yo creo que con el tiempo, alguien despejará tus incógnitas, descubrirá tus secretos, te llenará las alforjas del alma, colmará de besos tus heridas, cerrará y aliviará el resquemor de tus cicatrices con el ungüento de sus caricias y dibujará una sonrisa en tu corazón.

Cuando ese día llegue, avísame por favor – no sea que me coja desprevenido y sin afeitar - porque será el momento de cambiar el título de esta pequeña historia, mejor aún, será el momento de escribir otro capítulo de la historia de una vida, la tuya que por ser tuya, no deja de ser apasionante.

Jose (Nuberu)

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