Historia de un sueño jamás contado ( O de cómo se puede viajar con un poco de imaginación)

 

Miras impaciente el reloj – tranquilo no le diré a nadie que es uno de esos relojes baratos de mercadillo – y fijas la vista en la entrada de la terminal del aeropuerto, a la espera que de ella dé señales de vida; impaciente estás porque con tu acostumbrada manía de llegar siempre con adelanto a todas partes, llevas dos horas en el maldito aeropuerto, nervioso porque estás a punto de empezar una aventura junto a la mujer que amas, a bordo de nada menos que el Transiberiano, el sueño de tu vida.

Pero ella no acaba de llegar – podría contarte mil historias sobre las mujeres y sus horarios – y tú temes perder el vuelo que os deposite a los dos en Moscú y os acerque a la estación en la que subir al archifamoso tren y os deposite en Vladivostok , la “Luz de Oriente” en plena bahía del Cuerno Dorado y atravesando Mongolia hasta llegar al pacífico a los siete días, eso es lo que estás a punto de perder si ella no llega a tiempo de coger ese maldito avión que se te antoja despegando ya.

Y mientras contemplas estupefacto el reloj, con sus manecillas dando vueltas sin que tú puedas evitarlo, para distraerte de la tensión de la espera, comienzas a recordar la primera vez que compartiste ese sueño con la mujer de tu vida, cómo al hilo de vuestros imaginarios viajes, un día te atreviste a confesarle tu secreto y la cara de pasmo que te quedó cuando te dijo – como sin darle importancia - ¡Cariño, yo quiero hacer ese viaje contigo! y la ilusión que se reflejó en tus ojos al pensar que alguien no te consideraba un loco, al contrario, estaba tan loca como tú.

Faltan pocos minutos para que el vuelo os deposite a los dos, juntitos y nerviosos eso sí, en Moscú y después de la correspondiente instalación en algún confortable hotel y una buena ducha, el consabido paseo por alguna de sus calles y algún pequeño capricho, os sentéis en algún confortable lugar - yo te recomendaría la cama, que es el mejor lugar para planificar un viaje - para hablar sobre los preparativos que os lleven al lejano pacífico a través de tierras míticas de poetas cautivos y exploradores de toda índole ¡Y todo eso juntos, piensas tú!

De repente tu instinto te avisa que se acerca, que por fin ha llegado, levantas la vista y la ves acercarse cargada de maletas, despeinada y nerviosa, pero sonriente y sólo esa visión te hace olvidar todas las maldiciones que minutos antes salían por tu boca y te dices a ti mismo que amarías a aquella mujer aunque hubiese llegado tarde; ella era capaz de improvisarte otro viaje en un pis pas, además era hermosa a tus ojos y eso lo compensaba todo.

Así que te incorporas de tu asiento y te diriges hacia ella con la mejor de tus sonrisas – cariño, no pasa nada, acabo de llegar..........mentiroso eres jodio – y te fundes en ese apretado y caluroso abrazo que tanto tiempo esperaste y su perfume y su calidez casi te hace olvidar que estáis allí para acompañaros en un maravilloso e imprevisible viaje.

Luego, después de los besos y algún que otro apretujón, llegaran las consabidas preguntas de todo viaje. ¿Tendrás los billetes verdad? ¿ Donde coño vas con tanto equipaje? ¿Te has acordado de apagar las luces y cerrar los grifos? ¿Te has traído las pastillas para el mareo? En fin, lo acostumbrado cuando uno se va por un tiempo y además al otro extremo del mundo.

Estás nervioso, te dice con cariño, y tu intentas disimular pero ¡coño! es el sueño de tu vida, con la mujer que siempre soñaste como compañera de aventuras y  ¡claro que estás nervioso! como para no estarlo; pero la miras con esa cara que sueles poner cuando la miras – porque cada vez que la miras te cae la baba, reconócelo – y le susurras bajito un te quiero que la calme a ella, que está mas nerviosa que tú.

Embarcados, acomodados uno junto al otro en el avión, el ruido de los motores calentado, el frío que aún no se ha despegado de tu cuerpo, la calidez del ambiente a bordo; y la miras mientras tu mano recorre lentamente sus mejillas y tus dedos se pierden entre su alborotado pelo y piensas que te gustaría que ese viaje durase toda una vida.

Luego cerrarás los ojos mientras te pones cómodo y la coges de la mano, los nervios están en fase de huída y las sensaciones son hermosas porque ahora si que te ves subido en ese tren con ella a tu lado – yo más bien diría contigo a su lado, que ella está mas viajada que tú, reconócelo – y te invade la sensación de que por fin has encontrado eso que alguien llamó felicidad.

Ninguno de los dos sabe donde acabará este viaje, pero recorreréis juntos planicies interminables, lugares que casi no vienen en los mapas, oleréis aromas que nunca llegasteis a imaginar, contemplaréis rostros inimaginables y vuestros ojos se pederán, juntos, en noches que es posible que nunca volveréis a vivir, es posible que os quedéis en la famosa bahía o que juntos decidáis seguir hasta la mítica Beijing y si eso ocurre yo te recomiendo que la pidas que se case contigo, seguro que en un lugar así no se atreverá de decirte que no.

Pero para eso aún te queda tiempo viejo soñador, primero tienes que llegar a Moscú de su brazo, subir a ese tren de su mano, mirarte en sus ojos en las frías noches de Mongolia y besar sus labios en Vladivostok.

Jose (Nuberu)

 

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