La
casa de tu vida
Estaba
yo tan tranquilo con mis meditaciones a media voz, mis papeles desordenados y
mis sesudas cábalas sobre que cenaría esta noche y vas tú y me das el
disgusto del día.
Cuando
vi tu número en mi móvil me sobralté y lo primero que me vino a la cabeza -
siempre que me llamas me asalta el mismo presentimiento - es que se avecinaba
tormenta; con un hilo de voz me preguntas si me importa compartir contigo el
piso de 300 metros cuadrados en el que vives, porque te sientes muy sola
y muy perdida dentro de tamaño mastodonte y además así te ayudo a
cubrir los gastos de hipotecas, comunidad y todas esas zarandajas, que son un
pastón por cierto.
¡Pero
bueno! Yo que estaba negociando una exclusiva con Salsa Rosa porque me
consideraba un afortunado al vivir en un estudio de esos de moda - el de los
famosos 25 metros - y vas tú y quieres joderme la exclusiva ¡Hasta ahí podíamos
llegar!
Fíjate
que hasta tengo preparado el argumento; la formidable vida que puede llevar uno
en un lugar así, lo cómodo que es no tener que limpiar más que cuatro
cristales y encima, al no tener espacio, poder prescindir de tantas cosas
superfluas como mete uno siempre en su casa.
¡Todo
un tratado vamos! En definitiva que tengo muchas ilusiones en este proyecto,
porque además de proporcionarme unos euros extras - dicen que pagan muy bien
ese tipo de cosas - incluso podría hacerme famosillo y llegas tú
queriendo tirarme todo eso abajo, porque te sientes perdida en tu modesta
mansión ¡Ni lo sueñes!
Mira
que te lo dije ¡No te metas en ese fregado! Cuando conociste a Alberto casi
todos te advertimos que era un soplagaitas, presuntuoso, presumido y además de
gustos caros, pero a ti siempre te atrajeron los hombres de gustos refinados y
seguiste en tus trece.
Por
él - ahora dices que por su culpa, pero fue porque estabas colada por él -
te desprendiste de tu apartamento frente a la playa que todos te envidiábamos,
de tamaño justo, amueblado con tiempo y con gusto, confortable vamos. Y lo
vendes para comprarte ese pedazo de piso y llenarlo de trastos inútiles y
fatuos sólo porque el tal Alberto - que por cierto tiene un gusto horrible - te
lo pidió.
Todavía
recuerdo el día que nos invitaste a cenar en tu nueva casa; me perdí entre
tantos meandros buscando el servicio y casi me mato pisando en falso, porque al
tal Alberto se le ocurrió que quería una bañera de esas de chorritos y
burbujitas, incrustada en el suelo ¡Y claro uno cuando va al baño a lo que va,
no anda mirando hacia el suelo!
Ahora
quieres que me vaya a vivir a un lugar donde para hablar con otra persona tienes
que llamarla antes por teléfono para saber si está en casa. ¡Pero si encima
para poder llamar a tu puerta se necesita una combinación de no sé cuantos números
y tienes que mirar a la dichosa cámara con cara de salir en un anuncio de
televisión!
¡Ni
muerto! Y menos ahora que voy a la moda - con lo informal que fui yo siempre -
con lo que presumo yo de vivir en algo que según todos será el futuro, quieres
que lo deje para irme a vivir a un lugar donde me sentiría perdido y encima
donde tendría que aguantar a los pesados de tus amantes - porque tienes
tendencia a buscarlos entre la fauna de engominados - vamos que no, que me quedo
donde estoy.
Recuerdo
lo que me reí
cuando nos contaste que te habías comprado la casa de tu vida, para
vivir con el hombre de tu vida - vamos que casi me da un ataque - ahora te
encuentras de nuevo sola, en un lugar que te hace sentir más sola todavía y
con tales gastos de mantenimiento que te impiden irte de vacaciones en hoteles
de cinco estrellas como siempre hiciste.
Aún
no entiendo por qué sigues en ese piso que más parece un remedo de El
Escorial; yo lo que tú lo vendería, me compraría otra cosa más apañadita y
con el dinero restante me dedicaría a vivir como una princesa. Pero no sé por
qué me da que estás pensando en buscarte a otro Alberto - si es que son todos
tan parecidos que parecen clónicos - y volver a hacerte ilusiones.
A
lo que íbamos, yo en mi vivienda de moda, viviendo a la moda y con la
posibilidad de presumir por esos foros de tal situación; tranquilito sabiendo
donde está cada cosa - por dos motivos, uno porque no hay mucho sitio donde
ponerlas y otro porque no caben - y encima con la ventaja de no poder invitar a
nadie a cenar ni a dormir, porque tendríamos que ponernos unos encima de otros
y eso sería demasiado incómodo.
Ya
me contarás como te va en el empeño; yo lo que tú pondría un anuncio y
alquilaría la terraza que tienes en el ático - que más bien parece una pista
de baile - para que tus amistades vayan a tomar el sol; o mejor aún, plantéaselo
a tu amiga Julia, que se parece muchísimo a ti a la hora de elegir a los
hombres y dada su tradicional manía de presumir de lo que no es, estaría
encantada de vivir en un lugar así.
Lo
malo es que entre sus hombres y los tuyos se os llenaría todo de gomina y se os
dispararía el presupuesto de la limpieza ¡Vivir para ver!
Jose
(Nuberu)