La ciudad
de tus ojos
No sé si contártelo, pero he estado en la ciudad que quería conocer – no contigo, que es lo que me hubiera gustado, pero aún así estabas allí conmigo - he admirado sus rincones y me ha seducido su embrujo, pero la ciudad no es la misma, porque no me la enseñaron tus ojos y el relato de aquello que se mostraba no tenía el timbre de tu voz.
Tal vez, a la hora de mirar hacia el cielo para contemplar las campanas de la torre que se yergue, hubiera escuchado el grito llamando a la oración y mi mano hubiera apretado tu mano y todo fuera distinto. Sabes que no soy devoto de las cosas de Dios, pero ante las iglesias engalanadas, mis ojos se humedecieron y mi piel sintió un pequeño escalofrío, al oír el silencio de los allí presentes, de las gentes que allí se congregaban en recogimiento, para pedir aquello que deseaban que les fuera concedido.
Pero faltaban unos labios que musitaran la oración que no sé y recitaran una promesa – que importa la promesa si tú no estás en ella – y ya puestos a desear algo, poder robarte un beso bajo el arco del judío, a la sombra de las almenas del barrio olvidado y a escondidas de los ojos impíos; pero tú no estabas allí para poder darte ese beso, aunque mis labios te presentían, porque estando tan lejos, estabas tan cerca de lo que soy.
¡Qué podría decirte que tú no sepas, que sabes más que yo! Cómo describirte el manso fluir del río, mientras pequeñas embarcaciones hieren sus mansas aguas y el olor de los naranjos y el bullicio de las gentes y el sol presidiéndolo todo y a todos; pero no estabas para contártelo, para sentirlo conmigo, porque tú tenías – tienes aún - la mirada puesta en otros horizontes.
Y no te musito las estrofas de cualquier canción que tú conozcas, para que no me llames cursi, aunque la razón más poderosa para no hacerlo no es otra que la que sabes, porque todo lo que vi, lo había visto ya a través de tus ojos, mientras tú caminabas del brazo de otro y mi mano no apretaba ninguna mano.
Todo esto es lo que llena mis pensamientos mientras paseo por el barrio de los encuentros y tu paseas de una mano que no es la mía; sin embargo ese paseo mío, es en compañía de tus ojos, esos que no quieren volver, pero que nunca se fueron del todo. Yo no sé si volveré algún día, pero si lo hago será de tu mano o no será, porque así debe de estar escrito en alguna parte.
En realidad hoy sé que no se nada de ti, pero sé algo más que ayer, porque he visto la ciudad con la mirada que tú dejaste atrás, con los ojos que me la hubieran mostrado de estar allí, pero no estabas y los míos bastante ocupados estaban mirándote a ti, que estás tan lejos, teniéndote tan cerca.
Y mientras vuela mi imaginación, oyendo el llamado a la oración que se extiende por la ciudad y parece que me llevara a tu encuentro en cualquiera de sus rincones, a través del empedrado que tus pies pisaron antes que yo, pienso si podré volver a mirarte con los ojos que hoy te miro, mientras tu contemplabas la ciudad rodeada de otras gentes, de otro abrazo.
Es tal y como te lo relato y lo sabes, como también sabes que antes de mi, tú estuviste aquí y yo no estaba, sin embargo ahora es como si estuvieras tú, porque en cada piedra del camino que me lleva a los rincones de esta ciudad que antes recorrieron tus pasos y contemplaron tus ojos, mi corazón me dice que te arrebató el tuyo, que bien quisiera que fuera mío, pero no lo es.
Y mi paseo por la ciudad de tus ojos, se convierte poco a poco, en el recuerdo que nunca tendré, porque alguien en alguna parte me lo arrebató, sin saber bien que algún día yo vendría en tu busca; y mientras el leve murmullo del río me acompaña, yo intento recitar los viejos poemas de los antiguos poetas, que antes que yo cantaron al corazón de sus sueños, como yo quisiera cantar a los míos y pensar que algún día, en algún viejo pergamino, un poema te dijera que estuve allí y que te añoré.
Desearía que este recuerdo que me puede, no sea otro que el olor de los naranjos presidiendo la espera de lo que no fue, pero pudo haber sido de estar tú aquí y de haberlo querido el destino; pero no fue así y mientras la humedad rezuma sobre los viejos adoquines que tantos caminantes pisaron – tus pasos también – los míos se dirigen al encuentro del vacío que me deja esa ausencia tuya, tan añorada y presidiéndolo todo, estos ojos míos que no pudieron mirarte.
Mientras cae la noche sobre las murallas de la antigua ciudad, le dedico la última mirada de la jornada que me precedió y en la que tú, de alguna manera, estuviste conmigo, sin estarlo porque estabas lejos.
Jose (Nuberu)