La espera

(J.M.I)

 

Enardecido el rostro, un rictus amargo en los labios,

paseas tu sensual desnudez por la vacía estancia

a la espera de ese amante ausente que con rabia deseas;

no son tus ojos los que claman por un momento dulce

es tu cuerpo enardecido el que añora su presencia

mientras tus pasos te persiguen como sombras

de un lugar a otro entre el caracoleo de tus manos

que le buscan en cada rincón de tu silencioso tálamo.

 

Mil dudas te corroen ante su inequívoca tardanza

mientras en suspiros vanos se entretienen tus labios

y tu cuerpo tiembla ante la ardorosa y tensa espera;

e imaginas mil fragancias recorriendo la tersa piel

entre fantasmagóricos gemidos y apesadumbradas quejas

mientras tu cuerpo se rebela estimuladamente ardiente

y cada curva de tus poros apasionada se estremece.

 

No hay sábanas en tu lecho que disimulen tu deseo

ni sombras en tu alcoba que oculten todas tus ganas

tan sólo el reloj de imparables y retorcidas manecillas

que el tiempo,  por más que quieras, no detiene;

tus manos buscan ya tus ocultos y húmedos rincones

en busca del placer que la evidencia te niega

y cierras los ojos tendida en el lecho de tus sueños

mientras tus labios gritan lo que tus gemidos desean.

 

Luego vendrá la solitaria placidez del abandono

la tentación del cuerpo que tu cuerpo espera,

y volverás los ojos hacia el balcón silencioso y vacío

mientras tus manos descansan, abandonadas

entre los pliegues de tus más íntimas pasiones,

mientras un silencio espeso hace más larga la espera;

luego vendrán de nuevo en tu busca las tentaciones

y de nuevo se enardecerán tus encendidos deseos,

será entonces cuando tu cuerpo se abandone

al sueño quejumbroso de esa ausencia que te duele.

 

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