La esquina del bulevar
Al final del bulevar hay una esquina que no te atreves a cruzar, es la esquina donde se acaba una parte de algo que te aconteció y desde donde se puede divisar lo que previsiblemente te acontecerá, si es que te vuelve a acontecer algo, que no se sabe si no se dobla la susodicha esquina.
Uno siempre camina frente a lo que le espera ¿te imaginas a la gente caminando de espaldas a lo que sea? y siendo así siempre se encuentra con recodos, esquinas, calles secundarias o sin salida, pero siempre acaba buscando la calle principal, el bulevar por el que transcurren sus acontecimientos, el lugar donde se puede encontrar aquello que en el fondo buscamos, aunque intentemos ocultárselo a nuestro sempiterno compañero de viaje, a nuestro corazón.
Un poeta, porque en el fondo es un poeta, lo llamó alguna vez el bulevar de los sueños rotos, yo omitiría la última palabra, para mi es y será siempre el bulevar de los sueños, sin más; algunos se romperán, otros cambiarán de rumbo y velocidad, otros se quedarán en el tintero de las promesas sin cumplir, de los viajes sin billete ni destino, en el tintero de lo que nunca será.
Lo malo es que es una calle repleta de recovecos, rincones ocultos a mil miradas, esquinas que doblar, aceras sin bordillo, donde uno puede tropezar y caer y hacerse daño, lo curioso de esa sempiterna calle es que es una jungla llena de sorpresas y miradas, de deseos escondidos, de sueños sin cumplir.
Y siempre hay más de una esquina que doblar, a la que asomarse por ver que hay para nosotros, podrá ser bueno o malo, pero seguro que algo hay que nos pertenezca, nos asuste o no; podremos otear al otro lado y dar la vuelta y volver sobre nuestros pasos o simplemente quedarnos quietos para que no nos descubran.
Pero ese bulevar es muy cabezota – terco que es él – y siempre nos obliga a volver a pisar la senda que nos eligió, siempre se empeña, el muy jodido, en hacernos volver, nos encamina hacia la famosa esquina que uno no quiere doblar, porque le asusta lo que hay allí y más tarde o más temprano conseguirá que pasemos por donde se empeña que lo hagamos.
Nunca estaremos preparados para ese momento, es posible que nos pille con el traje de los domingos y los zapatos de charol, o en zapatillas de andar por casa y las ojeras de un mal despertar; no nos dará tiempo a maquillar los desperfectos o en el mejor de los casos – suerte para algunos – engalanados para tan magna ocasión, pero siempre desprevenidos, que él, ese bulevar, es muy suyo.
No te hagas ilusiones, en ese viaje sin billete y sin destino, no valen las previsiones del tiempo, ni las ofertas de última hora, nunca sabrás que hotel te tocará en suerte, ni siquiera si la habitación hay una maldita ducha donde uno se deje las sombras del pasado, aunque uno esté acostumbrado a viajar con su propio jabón de lavar las desilusiones.
Al final tendrás que doblar la puñetera esquina, sin saber siquiera si es la que te corresponde, la que esperas o esperaste alguna vez, la que tantas veces imaginaste en tu vagar nocturno y encontrarás sorpresas ¡vaya si las encontrarás! Tranquila, no todas son desagradables, incluso hay alguna que puede cambiar tu vida y encima te gustará el cambio.
Hay una pequeña ventaja en todo esto, porque bien es verdad que en el deambular por el jodido bulevar, uno puede pararse a mirar algún escaparate, de esos con los cristales tan pulidos, en los que uno ve reflejado todo lo que fue, es y será su vida.
Podrás sentarte en una acogedora terraza a mirar la gente pasar, observar sus caras e intentar adivinar de donde vienen o a donde van, incluso es posible que te encuentres con alguna vieja amistad que vuelve de donde tu vas y le preguntes y te conteste aquello que no quieres oír, pero más tarde o más temprano tendrás que proseguir hacia donde es posible que no quieras ir, o tal vez hacia donde estás deseando ir y no te atreves.
Es el bulevar de la vida cariño, la calle maldita que nos aguarda una y otra vez y en la que las esquinas nos esperan con toda clase de sorpresas, unas más jodidas, otras mas agradables y placenteras; por si acaso te coge desprevenida te advierto que yo te aguardo en una de esas esquinas, por si un día te decides a pasar por allí.
Jose (Nuberu)