La
marea de los sentidos
Te
enamoraste de él como una
adolescente y sin apenas darte cuenta; sólo unos intercambios de palabras y
alguna risa y aquella frase que te
soltó una noche, en un descuido ¡Me siento atraído irremediablemente por ti!
y te lanzaste a un vacío que te hizo experimentar sensaciones desconocidas para
ti, pero que te resultaban familiares de tanto oírlas en boca de tus amigas.
Él
venía de recorrer otra mirada que le dejó una herida profunda, tú estabas
saliendo de una historia de amor - mas bien de sexo con algo de amor - que te
había dejado marcada, tocada en tu orgullo y a la defensiva. Todo sucedió en
un instante, aunque la fragua del destino ya os había fijado una fecha para
vuestro desatino - así lo llamabas tú, mi desatino - y te dejaste arrastrar
por aquella marea de sentimientos que habías jurado guardar bajo siete llaves.
No
sé muy bien si él te arrastró a ti o por el contrario fuiste tu quién le
sumió en el abismo de tu cuerpo y tu sonrisa, pero lo cierto es que a partir de
aquella frase, ninguno de los dos volvisteis a ser los mismos y mientras se
sucedieron las noches de ensueños, caricias como susurros, risas y gozos
varios, ninguno se paró a pensar en lo que estaba sucediendo.
Y
la marea de los sentidos se apoderó de vosotros llevandoos en volandas hacia
mundos desconocidos, pero peligrosamente atractivos, en los que cogidos de una
imaginaria mano, recorristeis todos los senderos del amor y del sexo sin trabas
ni compromisos.
Luego,
con el tiempo, comenzaron las dudas - las tuyas, porque él te quería tanto que
estaba dispuesto a dejarse llevar donde tu quisieras llevarle - las miradas de
reojo al corazón y las mas prosaicas miradas a un futuro que no se adivinaba ni
se vislumbraba generoso. Las preguntas se sucedían en tu cabeza mientras tu
cuerpo se entregaba a la fantasía de tus noches, pero había preguntas que no
te contestabas a ti misma y eso empezó a ponerte en guardia, mientras él se
dedicaba sólo a mirarte.
Mientras
que para él la única pregunta era cuando llegaba el momento de estar contigo,
las tuyas eran algo mas prosaicas……¿Y si no funciona?¿ Cómo y de que
vamos a vivir y en donde, claro? ¿Tendré que dejar mi trabajo o será él el
que abandone el suyo? ¿ Tanto sacrificio merece la pena? ¿Dónde está nuestro
futuro, si es que tenemos algún futuro?
Eso
te corroía porque cuando se las planteabas, él te miraba, sonreía y como en
las películas, te cogía la barbilla para darte un beso - y sus besos te
desarmaban - así que siempre se quedaban tus preguntas en el aire, suspendidas,
como recordándote que alguna vez tenían, necesitaban, ser contestadas.
Pero
la marea de los sentidos volvía a por ti una y otra vez y en su dulce caricia,
en su nocturno deambular llevándote entre la espuma de los sueños, se te
olvidaban las preguntas, las dudas, los miedos, hasta que volvía a amanecer y
tus ojos volvían a mirar a tu
alrededor.
Y
en esas estabas cuando inesperadamente, una noche de cualquier día, al llegar a
tu casa, tu marido te miró de soslayo, con una de esas miradas que reflejan
todas las dudas del mundo, pero que también lanzan mensajes que uno de puede
dejar de ver. Y miraste a tu alrededor percibiendo todo lo que tenías y que ya
no volverías a tener, toda la vida que acumulaste en aquel lugar que hasta el día
que le conociste, era tu lugar y tu refugio - también tu tormento y tu cárcel
- y como en un libro, todas las preguntass fueron contestadas de golpe.
Siempre
fuiste una mujer valiente, de esas que dan la cara cuando hay que darla, de las
que no se paran en barras a la hora de tomar una decisión, pero esta te iba a
costar muchas lágrimas, muchas noches sin dormir, mucha cautela, porque cuando
se quiere a alguien, no se le quiere hacer daño y menos hacérselo por amor,
porque tú le amabas, de eso no me cabe la menor duda.
Así
que tomaste tu decisión, sólo tenías que esperar el momento más oportuno, no
por ninguna razón especial, si no porque hasta para abrir una herida se
requiere un momento oportuno, un instante en el que la herida tarde en sangrar
justo el tiempo necesario, para que uno no vea correr el sufrimiento entre su cálido
flujo.
Y
en la noche que tu sabías que nunca volvería a haber mareas que te llevaran a
él, se lo soltaste a bocajarro; estas cosas es mejor decirlas así - decías
siempre, ante las maniobras dialécticas de tus amigas en casos
semejantes - y así se lo dijiste aquella noche, tu última
noche y la suya.
¡No
tenemos futuro! ¡Te quiero más que a mi vida,
pero no tenemos futuro! Mientras le mirabas a los ojos, el se miraba
en los tuyos, como intentando digerir, entender, asimilar aquella situación
que se le presentaba. Lo que nunca te dijo es que la esperaba, la presentía -
el calor de los besos cambia cuando la marea de los sentimientos lo hace y eso
se nota - y llevaba días preparándose para eso.
Así
que con su acostumbrado sosiego te cogió de las manos, las besó y abandonó
tus ojos y tu vida, sin ni siquiera mirar atrás, porque si lo hacía corría el
peligro de suplicar y eso no ayudaría a que la marea de los sentidos se calmara
y se diluyera como un azucarillo.
Ahora,
con el paso del tiempo, cierras los ojos - sólo a veces y justo lo necesario
para recordar la marea - y tu cuerpo parece reclamarte aquél sueño y tus lágrimas,
en un ejercicio de rebeldía, abandonan su refugio para correr libremente por
tus mejillas y parece que oyes de nuevo el susurro de las olas del tiempo, llamándote
una vez más.
Y
en la radio suena un bello bolero de Los Panchos "
No.….Ya
no debo pensar que te amé…. Es preferible olvidar que sufrí
No... No concibo que todo acabó… Que este sueño
de amor terminó…. Que la vida nos separó…Sin querer….Caminemos
tal vez nos veremos después"
Y
te dejas acariciar por una marea, que ahora sólo está en tu corazón.
Jose
(Nuberu)