Malabaristas del destino
Son como dos malabaristas que el destino cruzó en algún recóndito camino sin explorar, dos vidas al pairo de muchas tempestades en sus corazones, dos aventuras inconclusas que quieren escribir un libro juntos, el libro de sus pasiones olvidadas, de sus sueños sin cumplir, de todas las cosas que amaron o que podrían amar.
Y con el destino hacen malabares a escondidas, inventando palabras que sólo ellos, él y ella, conocen, que solo ellos interpretan, que nadie más que ellos pueden pronunciar, son dos citas a ciegas, dos veleros sin velamen y sin timón, dos dueños de nada y de muchas cosas, que guardan como tesoros.
Sería bonito pensar que antes que ellos, no existía nada, que no había historias para contar, pero lo cierto es que detrás hay un pasado y con toda probabilidad delante no existan muchos futuros; pero están ahí, agazapados, jugándole una partida al destino, riéndose de sus errores – para no llorar por los que puedan cometer – y lidiando las sorpresas que el azar les tenga preparadas.
Hay dos mares en su vida y todo un océano entre los dos, pero no parece preocuparles, porque su auténtica preocupación es sobrevivir a todo, por encima de todo, a pesar de todo; no quieren que les juzguen, tampoco que les agobien con los convencionalismos, no quieren amar, pero no quieren dejar de amar y en ese juego malabar, engañan al destino para poder tener una oportunidad que les depare alguna sonrisa en el corazón.
Cruzan sus miradas sin apenas verse, pero se presienten y su piel delata el suplicio de no poder tocarse, de no poder tenerse, de asistir a la claudicación de las horas, esas horas que se hacen eternas y que solo se amortiguan por las cruzadas palabras que no se dicen, pero que se sienten; malabaristas del destino, jugadores nocturnos de la imaginación, silenciosos espectadores de lo que sucede a su alrededor.
Tal vez alguno de los dos albergue la esperanza de un posible, tal vez alguno de los dos esté convencido de que es imposible pero hermoso, por eso siguen construyendo una historia que contar en el futuro, esa historia hecha de mil palabras sin pronunciar, de mil viajes sin hacer, de mil destinos sin horizonte, la historia de un amor que no será o quién sabe si podrá ser de alguna manera, porque en el amor está todo por inventar.
A pesar de todo, de tener vidas diferentes, en lugares diferentes, con pasiones y vivencias diferentes, se conocieron antes de verse y se buscaron antes de conocerse y se encontraron sin saber que se encontrarían alguna vez y eso quiere decir algo, aunque muchos piensen que no significa nada, para algo está el azar con sus juegos malabares y extraños.
Y el tiempo, como mero espectador, será el juez implacable que decida la partida de dos extraños malabaristas de sus vidas, que no están seguros de lo que quieren, pero saben lo que quieren y ahora, fruto de un casual, saben donde está lo que quieren querer; sus vidas apenas han cambiado, pero no son las mismas vidas que tenían antes, ni seguramente serán las mismas vidas que llevarán después de que pase lo que es posible que no pase, o si, que nadie está seguro de nada.
Una ausencia puede ser un adiós, un silencio puede significar una despedida, un poema puede ser el comienzo de todos los comienzos o el final de lo que nunca empezó, en todo caso saben que algo pasará aunque no sepan el qué y lo aguardan con paciencia, con temor, con ansia contenida por la prudencia, que es sabia y manda esperar, aunque no haya tiempo para ello.
Entretanto sólo quedan las palabras para decir lo que no se atreven a sentir, palabras para expresar lo que quieren soñar pero no les dejan, palabras para restañar las heridas del pasado e hilvanar los hilos del futuro que les aguarde en alguna parte; de alguna manera son las palabras las que los unen, aunque estén separados por tantas cosas sucedidas y aún por suceder.
Algún día, al filo de alguna madrugada, serán los recuerdos lo que manden en los corazones, en los dos corazones, es posible que sean los recuerdos que lo que se deseó pero no se tuvo, pero también es posible que sean los recuerdos que se tuvieron en común ¡Ojalá!
Es posible que se perciba la imagen de una playa perdida en algún mar rodeado de espumas de colores o de una duna enmarcada por el sol abrasador de algún perdido desierto, entre las bambalinas de los sueños; con música, eso si, y miradas dejadas en algún paisaje visitado en algún viaje y la letra de una canción que naciera porque tenía que nacer.
Alguna palabra en algún idioma desconocido quedará impresa en la arena de la imaginación, para que otros la lean y la interpreten, mal o bien, mientras en el aire flotarán los susurros de tantos pensamientos vividos y contados, de tantas penas y tanta alegrías, de tantos fracasos y de tantos aciertos, de tantas noches sin dormir porque no se podía ni se quería dormir.
Pero estoy seguro que los malabaristas, entre letra y letra, entre poema y poema, entre sueños que van y vienen, habrán cumplido con el suyo, el de vivir lo que casi nadie se atreve a vivir porque dicen – seguro que las malas lenguas lo dirán – que lo imposible no es posible y que sus juegos malabares, con su ir y venir, habrán tenido algún final que se pueda contar alrededor de una hoguera, en una noche cualquiera, de algún bonito lugar.
Jose (Nuberu)