Mirando un sueño

 

La miras en silencio, desde lejos, con tu mejor mirada cargada de ternura, mientras ella, absorta en sus propios pensamientos te intuye, te presiente, pero sabe que no debe de decirte nada, porque tu, absurdamente, has decidido que ella no es tuya, no la mereces, porque antes hubo alguien en su vida que era como tu otro yo.

Y mientras contemplas su generosa melena cubriéndole medio rostro, te fijas en esos rizos que mansamente descansan sobre su frente y casi se te llena de agua la retina de tus ojos; lo que no percibes es que ella también te mira de soslayo y sonríe para sus adentros, eso si, con un ligero rictus amargo en la comisura de sus labios.

Que lejos aquellos tiempos en que faltó poco para que tus ojos y los suyos fueran unos solos; que cerca estuviste de culminar tu sueño y disfrutar de tus sentidos. Pero él se cruzó en vuestras vidas, primero en la suya y con el pasar de los días también en la tuya, porque tal vez así estaba escrito.

Entonces te diste cuenta que tu proverbial timidez y tu exceso de modestia te hacía, como casi siempre en tu vida, llegar un segundo tarde y el día que viste su mano enlazada con la de él, supiste que la habías perdido; y ella creyó ver en ti el abandono en brazos de otros brazos que no eran los suyos y todo se acabó sin ni siquiera haber empezado.

Sin embargo, por esos caprichos que el destino nos tiene preparados sin avisarnos siquiera, ahora la tienes cerca, tan cerca que la rozas con la mirada y a veces, como sin querer, también con tus manos; y ella sonríe y se calla, pero goza de ese breve momento, si no tanto, casi tanto como tú.

Pero no te atreves y te callas, porque él se fue sin avisar, sin pedir permiso y os dejó, a los dos, sumidos en el desconcierto y la incertidumbre; por eso no te acercas, sólo la miras, sin pensar que los años transcurridos, a veces, son segundos malgastados y tu estás malgastando lo tuyos y de paso dejando que un ligero poso amortigüe los suyos.

Es hermosa – piensas mientras la caricia de tus ojos la recorren – y hubiéramos sido muy felices juntos; es atractivo y rebosa ternura – piensa ella de ti, sin que tu ni siquiera lo percibas – y si aquél suspiro quedo no se hubiera cruzado en nuestro camino llevándome con él, hubiéramos desbordado alegría.

Y ya tenemos la eterna historia de dos sueños que se cruzan sin atreverse a mezclarse por un mal entendido respeto, por un exceso de celo en dejar que la cosas fluyan, cuando en realidad, a las cosas de los sentimientos a veces hay que forzarlas, torcer su cauce, obligarlas a mirar.

Pero tú la miras a ella en silencio, eso sí, con tanta intensidad que tus ojos penetran en su mirada sin ni siquiera mirarte, pero ella lo nota y le gusta; a veces te quedas absorto, con la boca abierta y una palabra colgando de tu comisura, esa invitación que nunca te atreves a lanzar, sin saber que son palabras que sus oídos están deseando escuchar. Hay cierto aire de resignación en los dos, cierta tristeza cargada de desvanecidos sueños, sin embargo si os pararais a pensar, nunca estuvisteis tan cerca el uno del otro como ahora. y nunca el deseo fue tan intenso, tanto que se puede cortar.

Antes, en aquellos tiempos pasados, cuando él todavía no se había cruzado en vuestros destinos, os buscabais, pero nunca acabasteis de encontraros; como ahora, pero a diferencia de antes, ahora es un deseo mutuo, pero reprimido por unas absurdas circunstancias, que ella no entiende y tu no rechazas, a pesar de saber que te están costando los mejores momentos de tu vida.

Porque es que esa mirada tuya, te delata, traspasa mas allá de donde se pierden los sentidos y transmite todo lo que te callaste hasta ahora y todo lo que sigues callando, a pesar de que tus ojos hablan por ti; pero estás tan ensimismado diciéndole tantas cosas con tus pupilas, que no ves lo que las suyas te dicen a ti, no sientes lo que sus labios te musitan sin hablar, no te llega el calor que su cuerpo te regala cuando está cerca de ti.

Ahí estáis los dos, tan cerca y tan lejos, tan unidos y tan separados, tan solos y a la vez tan cercanos. Mirándose el uno al otro, acariciándose con cada sentido y sin embargo sin palabras que dejen constancia de lo que vuestros ojos se dicen y vuestros corazones os piden a gritos.

Algún día, alguna noche o madrugada, cuando la acompañas a casa y le dejas en su puerta, con sus ojos pidiéndote un beso, brotarán esas palabras – estoy seguro de que brotarán – y entonces será tu tiempo y su tiempo y el tiempo de abandonarse a todo lo que la vida os arrebató y vosotros no tuvisteis el valor de reclamarle.

Ese día, o esa noche, o esa madrugada, hablarán vuestros sentidos, vuestros cuerpos, vuestras manos, vuestras bocas y se repetirán las palabras, en una letanía ardiente y desbocada, que dirá todo lo que vuestras miradas se habían dicho hasta llegar a ese momento.

Jose (Nuberu)

1