No te desnudes todavía
A veces te apetece desnudarte, desnudar tu alma y contar en voz alta todos tus sentimientos y tus sueños, todo tu pasado y tu esperado futuro – al menos el que tienes como norte – pero no están los tiempos para confidencias, no está el ánimo para desvelos del corazón, lo ves inútil porque no hay nadie al otro lado escuchando tus pensamientos, aunque también es posible que lo haya y no quieres que te escuche.
Hay tantas cosas que te gustaría contar, tantas sonrisas que te gustaría compartir, tantos sentimientos que te gustaría proclamar a los cuatro vientos, pero tienes miedo de que nadie escuche lo que tienes que decir, de que nadie sonría contigo, tienes el temor que tienen los soñadores cuando relatan sus sueños y la prudencia de que te dan los años plagados de desengaños.
Piensas que desnudarte es quedarte sin ninguna protección ante aquellos que miran todo aquello que haces, ante los que juzgan todo lo que sientes, ante los que te reprochan lo que miras o lo que sueñas, así que callas y dejas que los ropajes oculten el interior que llevas a cuestas y el silencio presida tu corazón; al fin y al cabo así te sientes a salvo de heridas que puedan venir de afuera.
Cuantas veces miraste en el espejo de tu vida para comprobar el paso del tiempo y te desanimaste al ver tu desnudo – no el que encierra la piel, si no el que se esconde en los meandros de tus sentimientos – y te desanimaste porque ves el tiempo volar a tu alrededor sin que te atrevas a atrapar unos segundos que te deparen esa felicidad que se te niega, o tal vez la que te niegas tú.
Te preguntas una y otra vez porque rechazas la mano que se tiende, los labios que se ofrecen, los ojos que te miran y no encuentras explicación a tamaño desatino, sin embargo así transcurren los acontecimientos a tu alrededor, sin que te atrevas a despojarte de tus miedos y tus renuncias, con el vestido que oculte tus deseos y tus virtudes, con la máscara que no deja ver el rictus de amargura o la sonrisa que inunda tu corazón cuando alguien dice que te quiere.
Hay gente, tú lo sabes, que no tiene ningún pudor en desnudar su alma – tal vez porque ya lo han perdido todo – y te extrañas ante lo que consideras un desatino o una argucia para ocultos fines, temes que puedan contagiarte sus propios errores – tú, que ya tienes los tuyos de cosecha propia – o tal vez temas que te contagien su forma de ver la vida, que no es la tuya ni te gusta, porque sabes que duele.
No te atreves a desnudarte porque piensas que enfrente habrá gente que se ría de tus miserias, de tu pasado, de todas las cicatrices que atraviesan tu alma, esas que dejan costurones que se niegan a desaparecer con el paso de tiempo y que te avergüenzan porque afean tu interior, o al menos así lo ves tú; así que te invade el pudor de los cobardes y renuncias a la fantasía de los sueños, que al fin y al cabo y según la versión oficial, no sirven de nada.
Crees – nadie te ha demostrado lo contrario – que si te desnudas, serás más frágil de lo que ya lo eres, que el mundo se aprovechará de ti, crees que tus defensas se irán con viento fresco, dejándote inerte ante la ferocidad de la vida y que nadie acudirá en tu auxilio, que nadie te ofrecerá un refugio que te aleje del peligro que para ti representa dejar fluir tus sentimientos libremente.
Por eso te tapas pudorosamente, sin dejar traslucir ni una gota de tu sensibilidad – no vaya a ser que te la arrebaten y te dejen sin nada – no dejas ningún hueco por donde se pueda escapar un te quiero que salga del corazón, una caricia que brote espontáneamente de tus manos, no dejas ninguno de tus besos al azar; ocultas lo que sientes, tal vez porque ya no sientas nada, y dejas fluir el tiempo esperando que no te atrape entre sus redes y te deje sin ropajes que protejan tu desnudez.
Más de una vez has pensado en tirar la toalla, en abandonarte en brazos de la inercia, más de una vez has pensado en hacerte invisible a los ojos de todos e incluso dejar de respirar, para que nadie pudiera oír tus suspiros, para que nadie supiera de tus gritos lanzados al vacío, para ahuyentar los silencios que había y todavía hay a tu alrededor, lo malo es que tus pesadillas no te dejan tiempo para organizarte y escapar.
Es tu propia fragilidad lo que te asusta y te impide desnudarte, son tus propios fracasos los que te dicen que no debes volver a caer en los mismos errores, son tus propias dudas las que te atan y paralizan todo atisbo de sentir libremente, es tu soledad la que te obliga a cargar con el peso de la duda y así no hay quién se desnude ante nadie.
Una vez hiciste un amago de dejar al desnudo tu vida y tus sueños, pero no salió del todo bien y volviste a calzarte el manto que oculta desde entonces todo lo que llevas dentro, todo lo bello que atesoras, todo lo hermoso que un día quisiste compartir; pero la vida no te dejó y desde entonces te niegas a desnudarte ante nadie, para que nadie se aproveche de ello.
Por eso te vendría como anillo al dedo esa canción de Aute “No te desnudes todavía, espera un poco más no tengas prisa, el tiempo es algo que quedó detrás, la eternidad es un latido, un solo corazón…..” por eso te gusta tanto y te identificas con esa letra que parece destinada a relatar lo que sientes ahora y lo que sentías antes de ahora y lo que crees que sentirás después.
Pero la canción dice más cosas, aunque te quedes con las primeras estrofas, porque siempre debe de haber un hálito de esperanza en la desesperanza y siempre quedará un desnudo que llegue a buen fin; siempre habrá un sueño en tu mirada y un deseo en tus labios, siempre habrá una caricia esperándote en alguna parte y un te quiero que sea sólo para ti.
“No quiero aún que me descubras toda la verdad, que la verdad no es lo evidente sino su mitad, quiero mirarte con los ojos del amanecer, como la noche mira al día que tarda en nacer…..”
No te desnudes todavía, pero cuando lo hagas, hazlo sin pudor, sin ningún temor, porque cuando se desnuda el alma, es para entregarla a quién desea ser una parte de ti y dos desnudos así, hacen un bello cuadro para contemplar y compartir.
Jose (Nuberu)