Reflejada en un cristal

 

Sólo te queda un reflejo en el cristal, el rostro enmarcado en la ventana de aquella cafetería, su sonrisa que se dejaba adivinar en los pliegues de aquél improvisado marco  – no la oías pero se dejaba saber que era una de esas risas que llevan una elevada carga de cariño – y su rostro que no te miraba, pero que tu mirabas extasiado, porque era como el rostro que siempre habías soñado en tu vida.

Pero entre tu y ella se interponían muchas cosas, mucha gente a su alrededor, mucha vida que no era la tuya – supones y yo creo que supones bien - y sobre todo, se interponía le distancia que da el tener el convencimiento de que nunca la conocerías, solo te podías quedar con aquella imagen reflejada en un cristal, una imagen que se diluía a medida que avanzaba el sol de media tarde.

Luego seguro que vendrá la búsqueda por calles y plazas, en lugares parecidos al lugar donde encontraste ese rostro reflejado bajo la tenue luz de un cristal; no sé si volverás a encontrarlo y tampoco sé si los ojos que se escondían en aquél rostro te mirarán alguna vez, pero su imagen es como si siguiera grabada en aquél trozo de desgastado vidrio.

Yo me pregunto porqué te impactó tanto aquella mujer, aquél rostro, aquella sonrisa enmarcada; tal vez porque reía y el efecto del cristal hacía que pareciese que  aquella sonrisa era para ti, acostumbrado a que nadie te sonría así; tal vez porque te recordó otro rostro que creías olvidado, tal vez –casi estoy seguro de que fue eso – porque tus ojos buscan y no encuentran nada, o cuando lo encuentran lo pierdes o no es tuyo o simplemente pasa sin mirar  y aquel trozo de vidrio te ofrecía la posibilidad de hacerte ilusiones.

Sin embargo aquél rostro, parecía mirarte y sonreírte cada vez que el viento provocaba que la ventana se moviera en un ligero vaivén y daba la impresión que te miraba, cuando en realidad tu sabías que miraba a otra parte, a otro rostro; sin embargo tu mirada se empeñó que era a ti a quién miraba, porque tu corazón estaba deseando que así fuera.

Hasta el camarero debió de darse cuenta, porque estuvo un buen rato esperando que sacaras tu cartera para abonar el café y la verdad es que la imagen tenía algo de grotesca; tu mano como suspendida a la altura del bolsillo de atrás del pantalón, mientras tu cuerpo se inclinaba ligeramente, no se sabe si para facilitar el acceso de tu mano a la cartera o para poder ver mejor aquél rostro que no te miraba, pero que parecía mirarte.

En el preciso momento en que  tomabas la decisión de acercarte a ella – a la ventana claro, para acercarte tú a una mujer hace falta mas que un rayo de sol, yo diría que hace falta una pareja de la guardia civil - el sol se fue, perdido entre nubes que le ocultaran su descanso y el cristal se retiró discretamente, dejando paso a unas pálidas cortinas que alejaron el rostro de tu visión; así que después de hacer las paces con el camarero y de dejar una última mirada en el cristal que te la trajo y se la llevó, eso sí, antes de abandonar el lugar, te dejaste caer cerca de la mesa donde su rostro descansaba hasta hacía un momento, para asegurarte de que no lo habías soñado.

Es curioso como los sueños se dan de narices con uno en los lugares más insospechados, el tuyo, tu rostro, se acercó a ti desde aquél cristal de una cafetería cualquiera de cualquier lugar y por un momento estuviste a punto de rozar con tus dedos el rostro que te persigue desde que creíste adivinarlo en otra parte de otro paisaje.

Y llegó la hora del ocaso, la retirada hacia tu rincón y tu misteriosa soledad, cabizbajo eso sí, porque no todos los días se encuentra uno con el rostro cautivador de sus noches de penumbra y soledad; seguro que esta noche te acompañará el cristal donde quedó su huella y su sonrisa atrapada en el reflejo que el sol le regalaba al trozo de vidrio que enmarcaba aquellos ojos que te sonreían.

Se hace de noche y lo triste que unas manos ajenas a toda la historia, acabarán borrando, con cualquier paño, el rastro de tus dedos en aquél cristal, las yemas que quisieron acariciar el rostro de una mujer, reflejado en un cristal, el lugar donde ni siquiera queda el rastro del rayo de sol que alimentó ese sueño tuyo.

Jose (Nuberu)

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