Son las doce
Son las doce de la noche y esperas su llamada, pero hoy no ha llamado todavía, te preguntas que habrá pasado, que razón habrá para el silencio y te asaltan mil respuestas que tienen mil razones, multiplicando la ecuación hasta mil infinitos, porque durante mil noches, las horas se deshacían lentamente a su lado y tus ojerosas mañanas se convertían en mil sonrisas.
Se hace la espera larga e infinita, como si no transcurrieran las horas que te quedan, como si el tiempo dejara de existir porque no llama y eso te preocupa y te altera los sentidos, como si fuera una alerta de que algo se avecina y temes el qué y el cuando, como si fuera la última de todas las noches que pasaste a su lado.
Y tu cuerpo se remueve inquieto, alerta, escondido entre las sombras de tus pensamientos, desmadejado pero tenso, como tenso está tu corazón ante la duda y el silencio de ese infernal aparato que tantas alegrías te dio antaño; como si de una batalla de sensaciones tardías se tratara, como si fuera el preludio de todas las lágrimas que aún te quedan por verter y que sabes que verterás mas tarde o más temprano.
Son las doce de la noche, pero ya no sabes de que día, porque el calendario te queda pequeño ante tantos días que precedieron a éste y tantos como faltan para que no haya más días en tu vida, o al menos así lo crees tú; y oyes el tintineo del reloj que maldices, como maldices al sueño que te llama, porque el cansancio se acumula y los ojos protestan.
En un extraño baile de sensaciones te asaltan los miedos que no tenías por desconocidos y las angustias que no conociste porque las evitabas, te vienen a la mente mil imágenes vividas y soñadas alrededor de tantas noches sin dormir, porque no había tiempo de dormir, mientras apurabais las noches inacabadas de tanto desear estar juntos.
Son largas las horas de tanto pensar, son largos los suspiros de tanto cavilar posibilidades desechadas por inútiles o descabelladas, son largos los monólogos con tu interior, ya que tu exterior es un amasijo de nervios sin templar porque te negaste a ello cuando debías; es la posibilidad en la que tanto pensaste pero rechazabas por miedo al miedo, por temor a lo posible, por no hacer caso de las dudas que te asaltaban, esas que se desechan para no enfrentarse a la verdad.
¡Maldito reloj! Que corre tan despacio que las horas se te van en un suspiro cuando lo miras – la una de la madrugada y no llama – mientras las manecillas parecen no moverse, como dándote la razón, esa que sabes que no tienes, porque la has perdido en un alarde de valentía que nunca tuviste, porque tenías miedo, lo tenías antes y lo tienes ahora, aunque lo disimules.
Y de tantas preguntas que te haces ya no recuerdas la primera, sin embargo recuerdas la primera vez que te llamó, las primeras palabras que te dijo, los primeros besos que te dio sin dártelos, el primer adiós que quería decir hasta muy pronto; no recuerdas las primeras preguntas que te hiciste esta noche silenciosa, pero recuerdas las primeras preguntas que os hicisteis los dos, antes de que fuera tarde, antes de que fuera pronto, la primera sonrisa antes de que llegara la primera madrugada a su lado.
Al fin y al cabo poco importa ahora, porque lo que importa es que no llama y temes que no lo haga nunca, aunque sabes que nunca es poco, si de lo que se trata es de estar a su lado y tú siempre estás a su lado aunque no lo sepa, porque no te atreves a decírselo, y nunca es mucho tiempo, si de lo que se trata es de perder aquello que nunca tuviste, pero que deseas tener con toda tu alma y tampoco te atreves a decírselo.
Alguien te dijo que la cobardía es el recurso de los pacientes – a lo mejor te lo inventaste tú para calmar tus dudas – y ahora estás siendo cobarde, con las dudas comiéndote la moral y las preguntas sin contestar, porque después de las horas – y son las tres de la madrugada – aún no te atreves con las respuestas, sabiendo que las hay, pero no sabiendo cuales son.
Y miras un aparato que es pura tecnología, pero que sabe transmitir pensamientos y sensaciones cuando se usa debidamente, que es un infernal transmisor de emociones cuando las hay y con el que los silencios se hacen eternos, cuando no hay nada que decir, porque a veces hay poco que decir, si ya se dijo casi todo.
Recuerdas aquella canción “I just called to say... I love you....” y piensas cuantos te quiero hay encerrados en las mil noches de ese artilugio que ahora no suena casi nunca, ese maldito invento que alegraba tus días esperando sus noches y que ahora está mudo, mientras tú haces como que no ves nada, porque nada quieres ver, mientras deseas que se acabe la noche y llegue el día que tenga que llegar.
Al final, de tanto desearlo, conseguirás llorar sin saber porque lloras, recogerás tu lágrima para guardarla por si hace falta, cerrarás los ojos que no quieres cerrar y emitirás un suspiro, que se quedará corto porque te queda aún mucho que suspirar; al final cierras los ojos pensando que es posible que no llame porque no pueda llamar o porque no haya nada que decir o porque no pueda decir lo que estás deseando escuchar o porque no quiera escuchar lo que estás deseando decir.
Son las………….no lo sabes, porque ha pasado el tiempo, pero sabes que a pasado mucho tiempo..................” I just called to say I love you..........I just called to say how much I care............” mientras miras un reloj que no te dice nada.
Jose ( Nuberu)