Suspiros casuales

 

Acabas de emitir un suspiro profundo y no me extraña, acabas de encontrarte con él en plena calle y no puedes evitar que tu corazón se ponga a latir de forma desbocada. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez? Por mis datos unos dos años, dos largos años en los que os despedisteis con una abrazo y un ligero beso – fue ligero porque tu misma me dijiste que si le hubieras dejado dártelo en los labios, no hubieras resistido la tentación de llevártelo a la cama – y el adiós presidió aquél momento.

La vida nos da, a veces, estas pequeñas sorpresas, acontecimientos con los que unos no espera encontrarse, pero que ocurren y eso es lo que te ocurrió a ti hoy; después de todo este tiempo en que pasaron por tu habitación algunos hombres, que encontraste a uno que al menos sabe llevarte y aguantar tus cambios continuos de humor y encima está enamorado de ti, vas tú y te encuentras con el hombre de tu vida, con aquél que te hacía palpitar con solo mirarte y en plena calle y encima del brazo de otra mujer – lo primero que pensaste al verlos y una vez recuperada del susto fue que era mayor y mas fea que tú, reconócelo – y el día cambió para ti.

Se agolparon, de pronto, en tu pensamiento todas las peripecias y acontecimientos –algunos diría yo que borrascosos – y te pusiste a temblar nada más verle, hasta el punto que tu compañero actual te preguntó si te encontrabas bien; y es que la relación fue de las que marcan época y eso no se olvida por mucho que te busques sustitutos ocasionales o como en este caso, encuentres otro amorío que al menos logre centrarte un poco.

Aún recuerdo cuando paseabais de la mano por el viejo boulevard y tus ojos que se te ponían de chiribitas cada vez que lograbas pasar una noche con él o los mensajes que dejabas en su móvil cuando él estaba fuera – también la cara de disgusto y de celos porque siempre pensabas que tenía otras amantes por esos mundos – y las innumerables broncas que os montabais cuando tus celos y los suyos se mezclaban en una explosiva combinación.

Y ahora, después de un tiempo, os volvéis a encontrar en plena calle y cada uno de vosotros, del brazo de vuestros respectivas parejas; supongo que él tampoco lo pasaría bien al verte del brazo de otro hombre, la verdad que los dos sois celosos por naturaleza y encima creo que en el fondo, seguís enamorados como colegiales, lo que dice mucho de vuestra testarudez.

El nunca supo renunciar al tradicional encanto que goza entre las mujeres y tu no puedes renunciar a la excitante aventura de sentirte deseada por tus admiradores de siempre y de los nuevos que van llegando a medida que pones a trabajar tu mirada de gata en celo y conste que miras muy bien cuando quieres algo.

Supongo – sólo es un suponer -  que teniendo en cuenta que cada cual conserva el número de móvil del otro, alguna hora bruja de estas, sonará un aviso de llamada o un mensaje subido de tono y acabareis en la habitación de cualquier hotel “recordando los viejos tiempos” y la madrugada será testigo de otra despedida borrascosa, entre suspiros de uno y otro lado.

Pero estoy seguro, porque os conozco a los dos, que serán suspiros de una noche, luego cada cuál volverá a su guarida, con su actual pareja y poniendo cara de ¡aquí no ha pasado nada! Sin pararse a pensar siquiera que “el otro” “la otra” merece la misma sinceridad que pedís para vosotros.

Tú seguro que seguirás suspirando de forma ocasional, lo sé, cada vez que te quedes sola – porque te quedarás sola, más pronto que tarde – o cada vez que alguno de tus amantes casuales no te satisfaga en la cama tanto como él sabía hacerlo, pero sobre todo cuando eches de menos su mirada, aquella que hacía que se te olvidara que había otros hombres en este mundo.

De todas formas sería bonito intentar recoger tus casuales suspiros, juntarlos con los  suyos – que seguro que serán menos – y ver si dan para llenar uno de esos globos aerostáticos, que permita contemplar desde lo alto de algún cielo, toda la melancolía que embarga y acompaña esos suspiros casuales o nocturnos, cuando vuestros corazones empiezan a añorarse.

Jose (Nuberu)

 

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