Tu mirada frente al lago

 

Anoche estaba nervioso, después de tanto tiempo, por fin supe de ti y acudía a tu encuentro – parecía una cita – y lo hacía, además en uno de los lugares con los que siempre habías soñado, en la bella Italia, la cuna y el fin de muchas cosas pasadas y tal vez futuras.

Cuando recibí tu correo desde Verona, la ciudad de la Porti Leoni, el bello marco para el Arco dei Gavi y de tantas calles y  plazas llenas de mágico encanto y de armoniosa belleza, pero sobre todo la ciudad de los amantes – tu y yo no lo fuimos nunca, aunque no faltó mucho para ello – cuando vi la foto y contemplé tu figura enmarcada por un patio, un jardín y un hermoso huerto, cuando contemplé el paisaje que delimitaba tu sonriente rostro, adiviné que habías conseguido realizar tu sueño más querido y eso me hizo feliz a mi.

Entre los primeros abrazos adornados de sonrisas y de alguna otra lágrima suelta, noté en la calidez de tu voz y en la serenidad de tus ojos, que al fin habías encontrado el lugar para tu vida, el descanso a tantos miedos y frustraciones, el reposo a tantas batallas perdidas.

Luego, en uno de esos atardeceres que no se olvidan, al calor de una modesta pero coqueta chimenea, de cara al ventanal que era guardián de tu jardín y tu huerto, vendría el relato de tantas cosas, tantas ausencias, tantos acontecimientos en tu vida – también en la mía, pero no era el caso – mientras el vino nos amaba y las manos se buscaban y tus ojos reflejaban el brillo de la feliz madurez.

Y una vez el vino hizo su efecto, las manos se encontraron y los ojos miraban donde tenían que mirar, una vez que los cuerpos se relajaron de tanto trajín y las almas se reconciliaron, recordamos aquellas noches en la oscuridad, en las que me explicabas con todo el entusiasmo y la ilusión del mundo, tu sueño de vivir en la tierra de las culturas, las conquistas, el arte, el vino y el amor, en la bella, misteriosa y luminosa Italia; la tierra de Virgilio, de Miguel Ángel, de Ovidio – seguro que además alguien te diría, que llevabas ya el espíritu de los amantes Romeo y Julieta – y te imaginaba, mientras mi mano apretaba la tuya,  mirando con ojos extasiados el famoso balcón de los famosos enamorados.

Esos ojos que frente al lago – hasta el lugar se parecía a aquél lugar que alguna vez me narraste -  se enternecían al revivir algunos recuerdos ante la primera vez que te enfrentaste a esa ciudad, a ese país que tanto amabas y por el que tanto suspiraste hace tiempo y que ahora, por fin, se había convertido en tu refugio y en tu mirada.

Y las noches se hicieron largas, como antaño lo fueron y tus ojos relucieron muchas veces, como antaño yo adivinaba que relucían cuando me hablabas de Italia – la imaginación tiene esas cosas, además estaba seguro que no era mi compañía la que hacía que ese refulgir de tus ojos te hiciera tan hermosa - la ciudad que llenaba tu vida y tus sueños.

En esas noches que parecían largas madrugadas, me describiste muchas veces la belleza y el ardor de las famosas carreras de Padua, la inmensa y profunda belleza de la Piedad de Miguel Ángel, las calles del Trastevere, la Vía Appia o la obligada parada en la Fuente de las Tortugas, la enigmática  belleza de Venecia y la serenidad de Siena y de tantas y tantas sensaciones que te acompañaron desde esa primera vez.

En definitiva, de todos los rincones que te llenaron y te cautivaron un día lejano y a la vez cercano y que ahora yo tenía el privilegio de encontrar en el reflejo de la mirada que el lago me devolvía, de tu mirada que tanto presentí, pero que nunca había llegado a ver y que ahora, por uno de esos caprichos del destino, yo tenía frente a mi.

Después del primer día de la primera noche, en la soledad de la habitación que me asignaste,  rodeado del silencio de tu cercana compañía y mientras oía el canto de los grillos y acompañado de un especial aroma que todo lo impregnaba, me dormí con el recuerdo de tu mirada frente al lago y la extraña placidez de tu sonrisa, esa sonrisa que yo sabía que significaba tu triunfo sobre tantas cosas y tantas penas.

Habrá tiempo de despedirse y añorarse – porque sabes que te añoraré y porque sé que me añorarás, al menos un poco – pero entretanto aprovecharé hasta el último minuto de los minutos que me regales y me empaparé de tu respirar y de esa voz que antaño me relataba un sueño lejano, ese que ahora vivías de forma entregada.

Cuando esa despedida se produzca, me llevaré conmigo el imborrable recuerdo de haber estado a tu lado alguna vez y de haber saboreado esa mirada frente al lago, que arrullaba el sueño que te acompañó en todas tus solitarias noches, cuando te sentías sola, a pesar de estar rodeada de tanta gente.

Yo, en el descanso de mis pensamientos, decido poner música en los oídos de mi corazón “ Hoy la vi.........la nostalgia y la tristeza suelen coincidir.....” y mientras la canción de los Secretos me adormece, mis párpados acompañan a tu mirada frente al lago.

Jose ( Nuberu)

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