Un libro sin palabras
Hay un libro que escribes casi a diario en el que dejas tus vivencias, tus amores, tus amantes, tus rencores, tus miedos y frustraciones, tus angustias, tus llantos, tus risas y tus cantos, un libro plagado de sensaciones y experiencias – unas buenas, otras no tan peores – pero lleno de palabras, página tras página, con algún que otro borrón, eso si.
Es el libro de tu vida, quieras o no, poco a poco y sin pausa, vas llenando de poemas inconclusos todos tus aconteceres, uno tras otro, sin prisa pero sin pausa; tú sabes tan bien como yo que todo libro tiene un prólogo, pero también lleva dentro la palabra fin y sabes – también como yo – que ese día llegará, para ti como para todos, y habrá que dejar que el final lo escriban otros que no seas tu.
En él, todos ven el reflejo de lo que fuiste, de lo que eres, casi de lo que serás y todos dejan su huella para dejar constancia de que pasaron por tu vida o de que tú pasaste por la suya; es el libro de la contabilidad de tus desdichas y tus dichas, el libro mayor del paso del tiempo, que no borra nada y todo nos lo recuerda, un libro en el que siempre dejas una página en blanco por lo que pueda pasar – si es que no pasó ya y no te enteraste – el gran escaparate de todo lo que representa para ti el afán de vivir el día a día.
Hay muchas palabras de amor y melancolía en esas líneas repletas de letras inconclusas, muchas lágrimas al calor de toda la soledad, muchas noches en vela para poder descifrar tus sueños y los sueños de casi todos; hay en sus páginas muchos oscuros secretos que casi nadie sabe adivinar – porque los secretos son de cada uno – y muchos planes sin llevar a cabo por falta de ganas o de ilusiones.
Y la constancia es tu norte, porque constante eres, aunque casi nunca sepas donde está tu sur, tu horizonte y tu ocaso, pero sigues despertando a todos los sentidos inventados y por inventar, por si acaso te toca alguno en la lotería de la vida, esa a la que juegas a diario y que nunca te deja ni la pedrea y te preguntas para que sirven los refranes porque a ti nunca te toca nada de lo que hay en juego.
Tal parece un libro donde no existen las palabras, pero existen aunque no queden reflejadas por escrito, son palabras que se adivinan en tus ojos y tus sentidos, palabras marcadas en tus ojeras infinitas y en tus noches en vela, frases entrecortadas, dejadas al pairo de los vientos de los tiempos que te van tocando vivir, poemas entrecomillados por todos los suspiros que dejaste repartidos por ahí; hay palabras si, aunque no se vean.
Tú me dirás que a nadie le importan, pero no es cierto, si que importan, porque aunque tú no lo percibas, hay muchos ojos en tus ojos, gentes que pasaron por tu vida, lamentos que alguien te dejó como recuerdo, besos que lanzaron al vacío que nadie recogió, caricias escondidas en alguna mirada que pasó desapercibida o frases de amor que no fueron de nadie, porque nadie las leyó.
Parece paradójico, pero es cierto, estás escribiendo un libro lleno de palabras escondidas, como un galimatías que debe ser estudiado para saber lo que dices, lo que sientes y lo que sueñas a veces – porque también sueñas, aunque no lo sepas – un libro en el que se dicen muchas cosas, si se sabe leer entre las líneas que vas dejando como un rastro dormido, como un rincón inacabado donde guardas lo mejor de ti, por si alguien lo reclama.
Esa será la herencia que dejes cuando te vayas a alguna parte y otros que vendrán detrás deberán leer para saber lo que fuiste antes de ser nada y después de ser lo que te dejaron ser; pero antes de que llegue ese momento, muchas gentes verán en ti lo que vas dejando escrito sin escribir nada y analizarán y juzgarán lo que estimen oportuno, e intentarán arrebatarte lo que no tienes, pero pudiste tener con un poco de suerte; así es el vaivén de la vida de todos, sólo que la tuya es diferente, porque todos somos diferentes, aunque algunos no sepan verlo.
Alguien te dirá que no debes parar – yo más que nadie – pero a veces te entra el vértigo de la pereza, el cansancio del hastío y te dan ganas de tirar la pluma, cerrar el tintero y dejar de poner cosas en ese libro tuyo que te gustaría que fuera de todas las gentes que pasaron por delante de tu puerta, siempre abierta, siempre dispuesta para la visita inesperada; pero al final siempre sigues, porque hay que seguir, así lo mandan los que lo mandan todo.
Y entre frase y frase, entre página y página, vas dejando algún retazo de alguna canción que no te sabes – siempre fuiste un desastre para recordar las letras – pero la canturreas como puedes, dejando alguna nota desafinada en el aire de tus cantos, mientras de forma distraída tus dedos van tamborileando el entramado de tus pocas sonrisas y tus muchas lágrimas, eso si, siempre a solas.
Hay un libro que escribes y lo haces hasta cuando te da pereza escribir porque crees que nadie te lee, un libro que sabes que puede acabar en la papelera de algún perdido lugar aún por determinar, escondido entre mil folios de mil historias inacabadas como la tuya, esparcido entre miles de sentimientos desaprovechados, descoloridas sus hojas por el paso de las horas a solas, pero sabes que después de cada pausa, hay que seguir escondiendo palabras en él.
Así que en ello te dejo, con la pluma dispuesta y los dedos manchados de muchas tintas de tantos colores, para que sigas dejando la huella de tu paso y para que otras gentes opinen de ti, para que otros sentimientos invadan los tuyos, para que otros ojos lean lo que quieran leer y para que otros labios reciten todas las frases escondidas en tu corazón.
Eso si, con el firme deseo de que la palabra fin, tarde en quedar por escrito en alguna de las páginas que te olvides de escribir.
Jose ( Nuberu )