Un viaje en la mirada

 

Toda estación es un comienzo y un final de algo, como un viaje, un sueño, una espera, una despedida, un hola o un adiós; todo tiene un principio y un final, siempre hay un trayecto que emprender o que acabar y todos llegan a su punto de destino, a la estación que nos aguarda.

Algunas gentes viajan con billete de ida y vuelta, otras sin billete que entregar al revisor de turno, la mayoría lo hacen con billete de ida, porque nunca saben si volverán, ni cómo, ni cuando, ni porqué, pero emprendemos el viaje con ilusión y ganas de ver, de sentir, de vivir la aventura que nos aguarda.

Vamos en busca de lo desconocido, sin abrigo contra el frío viento invernal, sin reservas que ayuden a llegar, sin trayecto, sin mapa y sin brújula, pero vamos, porque lo importante es subir al tren, aunque nadie nos diga cuál es el final del trayecto, pero con un viaje en la mirada.

Es posible que no exista una estación en la que apearse y el viaje dure una vida, es posible que algún revisor – de esos que siempre te piden el billete, porque sin billete dicen que no se puede viajar – te baje en el primer apeadero, hasta es posible que encuentres ese destino que te espera, pero si no te subes en el tren, nunca sabrás si llegarás o no.

Y es en la estación donde adivinas si tendrás calor en la llegada o frío en la despedida, porque siempre hay una bienvenida o una despedida que te aguarda; habrá mas calor o menos, llorarás o no, pero algo de eso habrá porque siempre lo hay. Lo importante es el viaje, sea cual sea y donde sea, a solas o en compañía de otro ser que viaja como tu, sin rumbo, o mejor dicho con rumbo a lo desconocido.

A mi me gusta viajar en silencio, mirando el paisaje, adivinando los contornos de aquello que quiero ver, presintiendo lo que me aguarda, pero en silencio, sin molestar al resto de los viajeros, concentrado en aquello que voy a soñar cuando llegue al destino que alguien me tiene reservado.

La mayoría de las veces lo hago sin billete – tengo que decirte que siempre me pillan -  y nunca llego donde se supone que tengo que llegar, pero viajar viajo, eso por descontado, es más incómodo y corres el riesgo de caerte en la primera curva, pero es excitante el reto que afrontas; hasta ahora nunca llegué a ninguna parte, pero no pierdo la esperanza.

Estoy seguro de que algún día, entre los topes de cualquier vagón, encontraré el mensaje de alguien que le guste viajar como yo, en silencio, mirando el paisaje y sin destino conocido, entonces, sólo entonces, no habrá ningún revisor que consiga hacerme apearme de ese tren en marcha.

Y tampoco importará mucho que haya o no estación, ni gestos de bienvenida, porque el viaje sin destino será eso, un viaje sin tiempo, ni dudas, ni maletas que entorpezcan el vivir que estamos deseando vivir; y escribiré una historia sin principio ni final, sin pañuelos de despedida porque no habrá despedidas, la historia del último viaje, en el último tren.

Tampoco habrá retorno porque no habrá lugar al que retornar; es bien sencillo, estaré allí donde siempre quise estar y en compañía de quién como yo viaja sin destino definido, eso sí buscando un sueño parecido al mío, arriesgando en ese viaje sin billete – porque no hay billete de ida pero tampoco lo habrá de vuelta – y con todo un mundo en el interior de la mirada y el sabor de alcanzar el rumor del beso que siempre quiso uno sentir.

Entretanto llevo ese viaje en la mirada y procuro colarme entre los topes del vagón de cualquier tren que haya en cualquier estación, a escondidas de esos revisores que no ven mas allá de sus maquinitas de picar los billetes de las gentes que se acomodan en los compartimentos y se dejan llevar donde les dicen que tiene que ir.

Y seguiré empapándome del aire que respiro, del olor de lo que pase a mi lado y hasta podré fumar, porque nadie me impedirá hacerlo – en los topes se puede fumar verdad ¿? -  y podré contemplar la paso de la aves en busca de su vida y oír el rumor de las aguas deslizándose por cualquier cauce de cualquier río y el tiempo y el traqueteo de mi tren, me hará soñar con quién quiero soñar.

Que llegue o no a cualquier estación es importante, pero es más importante emprender el camino que nos haga subir a cualquier tren porque esa es la mejor manera de ver la vida, de aprender a vivir, de empezar a sentir lo que quieres sentir, de buscar lo que deseas encontrar.

Sé, porque lo sé, que en algún lugar hay un tren que me llevará hasta donde  esté mi destino, donde tú estés – ojalá no me pillen esta vez -  y que habrá una estación en la que apear mis sueños y unas manos que me acogerán dándome la bienvenida y una lágrima de alegría en algún corazón y un beso que te diga  que llegué donde quería llegar.

Tengo que reconocer que me gustaría verte allí al llegar y mirarte entre el bullicio de las gentes que enarbolan sus billetes y gritan sus alegrías; si cuando mis pies abandonen los topes que me permitieron el viaje, sin nada en la mochila, pero con mucho calor en el corazón, si adivino una sonrisa en tus labios, entonces sabré que he llegado a la estación que tanto busqué.

Jose (Nuberu)

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