Introducción
Utilizaré este ensayo para presentar un conjunto de relatos histórico-literarios, leyendas y cuentos, enfocados en San Sebastián del Pepino, su gente, su historia y su devenir existenciario en la vida puertorriqueña. Cada texto de esta narrativa es mi percepción sobre la historia del pueblo que me enseñaron a amar. Y yo lo amo, porque el aprendizaje familiar lo hizo posible; pero, aún más significativamente, por decisión voluntaria y por saberme con participación y dimensión nueva al percibir estos procesos de la pepinianidad. Una experiencia que Eliut González Vélez, definió del siguiente modo, reconocer:
... una realidad mística (simbolizada por la hamaca pepiniana, diversas fibras entretejidas que forman una colectiva pieza con una función y finalidad: dar reposo existencial a todos los que se acercan a ella... La comunidad natural pepiniana es el resultado de los valores trascendentes, comunidad que fue evolucionando hasta cobrar conciencia de sí misma. Se pensó y se halló existiendo entre otras tantas comunidades de Puerto Rico, pero con unas características que la hacen peculiar, mas no rival de otras comunidades naturales en Puerto Rico y en el mundo. (p. 130) 1
Este existir y pensar sin rivalidad es la antelación de ese tipo de unidad que potencia el nacimiento glorioso de una entidad colectiva. La comunidad que rivaliza, que se incapacita para la armonía, decae, sufre con su crisis orgánica y muchas veces desaparece, sin otra riqueza de experiencias que no sean la degradación y la guerra. El objetivo de una patria, tras cuajarse por la nación, no es el autoaniquilamiento ni la confrontación con comunidades exteriores. La nación nace para autobendecirse y transmitir su bendición al mundo por la ejemplaridad de sus patriotas. Esto es, para mostrar a sus hijos, progresivamente, la reintegración de los dos polos de su ser, la esfera de la objetividad o las delicias de lo manifestado (la naturaleza, sus paisajes, grandezas de la creación, la producción material y la tecnología, que ha gestado) y la esfera de las causas primordiales, el misterio de las esencias supremas, que se proyectan con el ejercicio de lo inmanente-trascendente, los quehaceres sublimes de su pueblo.
En la realidad histórica, la esfera material-objetiva manifiesta su primer fruto con el devenir de las familias y, dentro de las familias, es donde el niño/a construye la realidad social. Como la nación es un hecho objetivo, muy bien dice González Vélez, que una comunidad natural como es Pepino (San Sebastián) o cualquier otra, requirió una formación uterina, que son las sucesiones de generaciones y alianzas con otras generaciones de inmigrantes, las familias que se forman y se quedan, evolucionando en su territorio, tanto étnica como culturalmente.
Hay una mística pepinianidad, en cuanto hay un contexto mayor, la patria puertorriqueña, que es la culminación formal de la nación. Ciertamente, ante estas dos categorías, patria y nación, tal como han sido definidas en el discurso colonial, yo he tenido mis escrúpulos filosóficos. De modo que haré limpieza en la casa de los conceptos y como aporte a la útil e imprescindible discusión que Eliut González y otros distinguidos pepinianos han comenzado, presentaré una radiografía de aquellas emociones y acciones que se han convertido en inclinaciones significativas y, por otra parte, el inventario de las emociones retrógradas que ya que no apuntalan la pepinianidad.
Al presentar mis cuentos, en este libro que comparto, dedicándolo, especialmente, a puertorriqueños, caribeños y latinoamericanos, clarificaré la perspectiva desde la que escribo y explicaré por qué es importante estar atentos a tales hechos y emociones. Desecho ya mis escrúpulos y sospechas ante la frustrante terminología que ha sido inadecuada para describir lo que siento, lo que pienso y preauguro.
En fn, yo quiero unos espacios más grandes, a nivel filosófico, para describir lo que designo sicología espiritual y existenciaria. Designación que debe formularse desde una realidad concreta, el elucidario histórico de la pepiniandad ya que, desde ella, se ha forjado la crianza y el camino a la patria, la peregrinación espiritual.
Valdría comenzar a preguntar qué son nación y crianza y, posteriormente, examinar cómo se desfiguran y oscurecen con síntomas de ansiedad esos procesos, abismándolos hacia el nivel de la disconformidad.
Nación es, sobre todo, el deleite, la felicidad y la gloria material, biológica y sustancial, para alcanzar evolucionariamente similares bendiciones en el reino o proyecto del espíritu. Nación es nacimiento, estar-en, ir-avanzando-hacia y ser, como su mínimo requisito, en la bendición y la esperanza. De ésto procede que, en la dimensión sicodinámica de la vida humana, la nación sea, como fin, la primera experiencia de plenitud y libertad genuina, no una batalla fantasiosa, o propensión neurótica. La nación es herencia / donación de una esencia de persona, cuyo ser y soluto espirituales son la originariedad de la realidad individual y la autenticidad de su persona plural. En la esencia de esta donación ya se mienta una salud sicológica y plenitud, que pudiéramos llamar Ser verdadero («true Self», «healthy self»: Jung) y que, aún en su estado de potencialidad, no se cancela, sino que se oculta en un plexo de categorías reactivas.
Esta noción de vivir para ser espiritualmente glorificado la adquirí del tantrismo védico y me ha permitido enorgullecerme del ay bendito, clamor profundo de los puertorriqueños, y mirar más allá de ese mood que expresa lo tedioso del «ser cómodo», ajustado a una «atrofiante modorra» hasta «morir de nada», que Palés Matos describiera en Pueblo y Topografía:
Esta es toda mi historia:
sal, aridez, cansancio,
una vaga tristeza indefinible,
una inmóvil fijeza de pantano,
y un grito, allá en el fondo,
como un hongo terrible y obstinado,
cuajándose entre fofas carnaciones
de inútiles deseos apagados.
(Topografía: Luis Palés Matos)
Vivir, con esta esencia por apertura o designio posible, es un privilegio. Criarse para arrebatar a los factores biológicos, las carencias sociales o el soluto histórico más allá del proceso procreativo, predecir y festejar esta oportunidad de seidad y caracterología en el proceso de la propia nación, es heroísmo. Nacer en ámbitos de sociedades enfermas, o en vil pobreza, no es fácil y no lo es tampoco desafiar el viaje placentario. Nacer y criarse es gloria de índole ufana. Solazarse ante la patria posible es destino luminoso.
El derrotismo y amargura que cunde entre borincanos (ya inmersos en una fase, degradativa y desesperada, de su nacionalismo) es consecuencia de haber creído a las definiciones extremistas, impuras e inconexas, que han reducido los conceptos de nación y patria, al esquema desesperanzador de lo superior y lo inferior, lo bueno y lo malo, lo eterno y lo incumplido. En este ensayo, voy a compartir mucho de mi optimismo por la patria que habremos de ser y la nación que ya hemos sido; pero, también propondré un análisis sobre la dura crianza de la patria.
En la visión del Brahmacharin, que es aquel «who uses material bliss to attain spiritual bliss» (Dinu Roman, loc. cit.), la verdadera patria comienza a cuajarse como su estado mental básico, no uno de separación o indiferencia, sino uno de claridad y armonía, colaboración y decoro. Sin el pulso de este sentimiento primiginio, a quien falta en su psiquis la Tercera Yama, el Ananda, el canto y aliento de una bendición, la consecuencia es que hará de la patria su artefacto, herencia profana y profanable, expediente o proyecto de una visión envilecida, en rigor, construída por tristeza o abandono existenciario.
En la nación ya está dada la patria como su proyecto liberante. Mal padre de la patria es el amargado. Puerto Rico no será una república en este momento; cierto es, pero ya es una nación. Quien no tiene ésto claro no vive en Puerto Rico ni comprenderá nuestra historia. Que, en la isla, se percibe una de sus peores crisis, se explica por razón de la crianza de la patria. El mal está en el ensamblaje de sus instituciones y los proyectos culturales sustentados por su gente. El país presenta muy bajas calificaciones en su cuestionario de asertividad y en la escala de valores que le están sirviendo de guías tan ciegamente.
Si bien la nación no contiene, pero interactúa con lo niveles inferiores de consciencia, aún así se manifiestan muchas de las vivencias de su potencialidad y su realidad presente puede ser elevada hacia «an exceptionally frantic living of every moment of everyday life». 2
Vuelvo a insistir: hay que predicar con el ejemplo la esperanza y la autocrítica, ejercicios por los cuales la esperanza de la patria será posible. En esta misma línea de reflexión, se pueden concluir otras consecuencias de lo uno y lo otro. La nación, con su nacer individual y destino colectivo, es poder, recurso y bendición, para materializar la patria. El Ananda confiado a la pareja, a la familia, al vecindario, al país en que se ha nacido, es una suma de posibilidades que pueden elevarse sobre los sentidos vulgares, oscurecidos y la experiencia de lo cotidiano para construir Unidad sobre lo dado, consciencia de energía. O en palabras de C. G. Jung: «Wholeness and health», plenitud y salud.
Cualquiera sean las definiciones de nación que hayamos heredado de los discursos hegemónicos, aún del discurso anticolonial tradicional, para fines de este ensayo de interpretación cultural, sicológica y filosófica, es imprescindible que volvamos a lo que Fernando Vidal Fernández, profesor de sociología y trabajo social de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, ha llamado «el lugar donde se construye la cultura, se afianzan las creencias y los valores cognitiva, normativa y emocionalmente en un sólo proceso que trenza las tres legitimaciones y las arraiga en la propia definición de la identidad del sujeto en formación». 3
Este lugar es la familia, «la primera y mayor agencia de socialización, por la participación y corporatividad del sujeto en la comunidad parental» (Vidal, op. cit.). Cada hijo, pienso yo, merece ser valorado como una semilla de patria y heredero digno de su nación, a pesar de existan los padres con mal ejemplo y todo aquello que, en su derredor, maldiga el suelo en que se ha nacido y quienes se hayan devaluado como custodios del decoro de su país, que es la tarea de cada miembro de una comunidad.
La familia es la «piedra clave de la creación social», «socialización primaria» y aún «el filtro de la socialización más definitiva» (Vidal, op. cit.), pero no es el destino ni el fin de la diálectica. Cada niño es la esperanza de la patria, exponente encarnado de una nutrición aún abierta y posible a nivel trascendental, precisamente, lo que yo defino, tan perspicazmente, como nación. Un niño puede aprender, por su cuenta, moldeado por este nivel sensible, la alquimia de su poder simbolizante y, pese a circunstancias negativas, la experiencia de identificación solidaria y de la dicha. Esa crianza inspiradora se puede hallar en otros seres humanos, ajenos a la familia, o se puede hallar en símbolos vivientes que se ofrecen con el paisaje, su entorno o mediante una experiencia reveladora de los valores trascendentes, venga de donde venga.
Esto es así porque, por fortuna, el colonialismo no se hereda como el sífilis; se aprende, se sufre pasivamente o se lo conjura... Cada nacimiento es proceso privativo, no suplantación. La psiquis del ente nuevo, criatura humana, tierna y vulnerable, recibe la nación, como obsequio a la autonomía de su persona y contenido, «raíz de una maravillosa posibilidad de lo real» para que, por su apertura desinteresada y autotrascendencia, el niño o la niña tenga una «ventana hacia lo invisible». 4
Ahí la nación, como el símbolo que es, ciertamente, resulta inarrebatable. Puede que ocurra que una mala crianza le quite la patria como la prioridad de sus desvelos, pero la nación no se la quita. La nación vive en el umbral de lo humano: la simbolización. De cierto que aún el más desquiciado y descentrado de los individuos simboliza.
Digámoslo esta vez metafóricamente: la nación es un regalo de los dioses. Es el momento en que Ulises / Odiseo renace nuevamente, después de su retención en Ogigia. En la isla de su marasmo, en su captura o en su indiferencia, retruena una voz que dice a Calipso: ¡Déjalo ir! Ese hombre debe regresar a la patria... Regreso que lleva como implícita tarea cumplir con ella, hacerse cargo de la patria, así como Ulises / Odiseo tiene un hijo y una esposa que aún les necesitan.
Antes de hacerse una comunidad cultural, plasmada en el edificio social e institucional de la historia, la patria prorrumpió y brotó como la nación ante la conciencia y no al revés, que la nación fuese la culminación de la patria. A tal reversión de términos, como verán, la ejemplico con Odiseo (Ulises), personaje de Homero que ha sido calificado como la figura más humana de la literatura clásica griega. Hace posible el paralelismo el hecho que el fenómeno de la nación es universal, objetivo e inarrebatable. La nación pertenece a la esfera de los valores de la persona que, por esencia, son superiores a los valores de las cosas y los bienes. Como viera Max Scheler, esta persona, heredera de odiseas, no es ni sustancia (del alma) ni objeto. Es la consciencia ejecutante de los actos de ideación.
La nación como fenómeno espiritual es uno de los actos de ideación, no el único ni el prioritario; pero es, como acto de soberanía de la persona, proyecto del apriorismo emotivo. Durante la nascencia espiritual, la persona se individualiza, separa la existencia y la esencia, transformándola en «unidad de ser concreta de actos». Los actos espiritualmente determinados no son funciones del yo, sino objetividad y posibilidad, acorde al ser-así del punto de partida humano.
Este punto de partida se fundamenta en valores cualitativos e inmutables: el «deber ser ideal», que ya mienta su salud, plenitud de Ser verdadero, como opuesto a la normativa de la ética relativista y el formatismo ético kantiano. Scheler define los valores como «objetos intencionales del sentir», «contenidos inmediatos de un objetivo», siendo la base viva de las tendencias, no los objetos subordinados a los fines (Scheler, loc. cit).
A más estudio el interesantísimo texto de Palés Matos, Topografía, el ya citado poema, entiendo que él intentara dar una radiografía espiritual como es la que motiva mi ensayo. De hecho, no han desaparecido los síntomas de neurosis depresiva que él diagnosticara en la sociedad puertorriqueña, si bien él juzgó el escenario de los primeros decenios del siglo XX. Aún sigue la patria colonizada; pero también, a pesar del «miedo, desolación, asfixia», persiste «un grito, allá en el fondo» (sic. Palés), obstinación que mienta el deseo, ese «hongo terrible», y la infancia de «cabra arisca».
Ese grito, allá en el fondo, examinándolo bien, es la voz de la nación, apagada en los avatares de la patria, aparentemente inutilizada, pero, «cuajándose». No muerta. En la consciencia del poeta, la patria que se pervive en su aridez y noche, su fermento tenebroso, sus elucidarios culturales, fantasmales, y cosechas de fuego fatuo y tufo malsano, se representa como «tierra estéril y madrastra». Entidad con la que no hay identificación, empatía potencial, sino queja y recelo.
Topografía es la descripción palesiana de la crianza que ofrece cualquier madre negligente, no querida, en una tierra explotada, venida a menos, en la casa del descuido y la putrefacción sicosocial. En este marco de ironia situacional del poema, con dos palabras claves, esterilidad y madrasta, se describen la inautenticidad, la carencia de relaciones humanas profundas, generosas, recíprocas y la frustración colectiva, donde el niño / persona / patriota en ciernes ya no es «a truly healthy person neither a true Self», junguianamente dicho, sino una persona que no está en paz consigo misma y, por tanto, es incapaz de asertividad.
La territorialidad física, o la topografía metafórica de Palés, es tan rica por su alusividad como la geografía espiritual: soledad, cansancio, miedo, rencor, misantropía; ambas mientan la miseria de lo circunstancial... Palés Matos comunica, con símbolos, la desigualdad y rudeza de la crianza de la patria. En rigor, menciona los síntomas de ansiedad neurótica.
No se trata aquí de trastornos sicóticos («psychotic disorders») o, necesariamente genéticos, siquiátrico-degenerativos, aquellos con una intensidad y morbidez que haga que se pierda el contacto con lo real; pero las categorías, no sicóticas, de Palés corresponden a niveles excesivos de estrés y ansiedad y son suficientes para cuajar la génesis del falso-Yo. Acudió a ese inventario de categorías (que describen factores conflictivos, personales y ambientales) porque Palés Matos sabía que el colonialismo origina un verdadero sufrimiento síquico.
Escogí a Palés Matos, en esta introducción, como símbolo de los poetas nuestros que han sabido captar la emotividad superior del pueblo más propenso a sufrir el dolor del coloniaje y a expresar las sutilezas y multiformidad que adquiere la insatisfacción, la ansiedad extrema y la compensación neurótica. Su poesía es una radiografía de la dimensión sicológica de la crianza patria, por cuanto, con sus dejos de irónica impotencia, mienta aún la nostalgia que, en medio de la postración anímica, solicita el auxilio de la nación y la autocrítica. Palés es representativo de los puertorriqueños que utilizan el quehacer estético, provocativamente, para que madure el diálogo con la consciencia. En cuanto tal, su obra sigue siendo actual e imprescindible.
En su época, la institución social primaria, la familia, y su función socializadora, fracasaron. Bajo la tutela estadounidense, la colonia, el país se ajusta a la radiografía del conflicto central: el falseamiento del Nosotros (yo-Colectivo, del ir-avanzando al ir-acompañado) y, en fin, Palés Matos origina con su mitología y discurso poético unos hablantes líricos que acusan a la madrastra colectiva, que es la Colonia, madre no nutricia, que no lo enorgullece a él, como lo puede con ninguno. Dicho de otro modo, Ulises criollo, Palés criollo, ya no está feliz como una lombriz en la isla de Ogigia. Desorientar el Yo, acceder al falseamiento, es crear un falso-Yo, con sus peligros:
This false self is self-negating, self-destroying, self-limiting and self-interfering, placing the individual in a life situation in which he (or she) feels compelled to satisfy his true self, while feeling trapped in a strage of imaginary servitude. In a deluded state, we are self-effacing, self-protective, self-involved and self-aggrandizing, forever trying to bolster a fragile self-esteem and win symbolic power games that makes no contribution to true satisfaction because the secondary, fragile, object-fixated self that is the object of these actions, like the objects themselves, is an illusion. 5
Este es el mismo poeta que escribe El llamado, donde otra vez su hablante oye las voces y descubre las señas. El clamor que obsede y grita, la invitación que intuye, es voz de la amada. Una amada a la que se percibe, no gracias a espejismos de la neurosis depresiva, o por sentimientos entretenidos con la muerte, sino gracias al regreso a la conciencia. Y cuando al fin retorno / por un leve resquicio de conciencia,él discierne otra vez lo real de su etopeya. Comprende que con la amada y su llamado hay que aparejar y disponer la nave, cumplir el regreso desde el que se retrotrae a la bendición y dulzura constitutiva del tener nación («remota margen»):
... algo me invita a su remota margen
y dulcemente sin querer me lleva...
Me llaman desde allá...
Mi nave aparejada está dispuesta...
(El llamado: L. Palés Matos)
Ahora, dormida junto a mí reposa
mi amor sobre la hierba.