Las manos de mi abuela
Cinco senderos son, sus dedos
ricamente teñidos de pasado;
otros cinco, hábiles comunicantes de futuro.
A su epidermis se añaden:
el cielo de las uñas con su color
de pétalos rosados y una insinuante red
de venas azulosas y el verde imperceptible
de la esperanza tejiéndose en lo oculto,
utópicamente vital, señera, en su imperio.
Sus dedos largos, tan finos, son el rastro
de edades, con muchos alcoiris;
y el terso corazón, con labios melodiosos.
Ella es una piedra que juega con los lirios.
A sus manos las desplaza suavemente
como si fueran ramas
lentamente acariciadas por el viento.
Ella se sabe un árbol, o una hidríade...
(aún es graciosa cuando atrapa
la pureza de las cosas y se rebela
contra el estío del mundo).
Los nudillos, cinco besos,
y las yemas de sus dedos,
mapas, geografías, viajes trazados
en la carne que ha buscado horizontes
(donde abunda más el amor que las cosas).
Yo no creo que su cara tenga arrugas,
sino pecas, besos de mariposas,
revuelo de muchos gestos que visitan
su rostro y escriben en la piel su amor
y la llenan de alcoiris y relámpagos.
Mi abuela y yo
Ahora me mira a la distancia.
Advina que vengo con sigilo.
Jugaba yo en el campo, nutrido de sol
(y perseguí los trinos, me seducen los pájaros).
¡Qué dulcemente ella llama con el trajín
que agita con su mano, quieta hasta entonces!
La distingo y ha de ser como una paloma
de cinco alas. Querrá jugar conmigo.
Sus palmas transmiten una mansa tibieza,
latidos blancos, sedosos,
y cuando aprieta mis dedos
me imagino que la vida se acumula
en mí, como si fuese una pila
que suma sus años y mis años
y descarga su corriente de energía.
Mi abuela me define lo eterno
con sus manos y es lo que necesito,
sus manos que escarban mis asuetos.
Su amor que energiza mi alegría.
*
Benavito está triste
Solo, entre la gente, está él
(aunque conoce las uvas del majuelo);
y triste ... pero los jilguerillos trinan
como siempre
y las golondrinas se anidan en balcones
y él las mira con la dulce piedad
de la simbiosis.
A él esperaban muchos de los que sufren,
niños con trichulis y parásitos, guajiritos
con los ojos tan grandes como sus barrigas,
mulatas que serán primerizas.
(Su clínica está llena de enfermos
y nadie le llama Simón
-sino Viejo Santo y bendito).
Las sombras le acompañan, pero no le hablan.
La Habana de adoquines conoce su ternura;
sus amores, admira; pero la calle es dura...
y es como cerviz de piedra,
muy pulida y jabata.
En la noche volverá a casa y estará solo.
La vejez está diciendo:
No sonrías.
Su boca ya no quiere tantas voces.
EL corazón multiplica más recuerdos
que paliques en guatequerías.
El hijo de su carne está en la guerra;
el hijo de su hermano, tan amado,
está en la noche, muerto.
Los nazis lo reventaron a balazos.
Mi abuelo Benavito ya no es pobre,
pero la riqueza de su casa tiene lágrimas
y el azar del capricho hila ironías
con lutos y premeditaciones.
¡Mirad qué solo está, abuelo solo,
porque Elohim se hizo para él
una simple palabra del Siddur!
La palabra sola y el solo Dios caminan
entre infieles e incrédulos,
entre saduceos como él, que antes litaba,
y se comía el libro de los píos.
Hoy no visita ni a los templos del consuelo.
Realenga está su alma, sin sábado de justo,
sin havdalah en el vino.
Bet ha tefillah fue asaltada
en la riña de estos años de guerra sucia
y de imperialismo.
Y el abuelo maldijo
y se mordió en su lástima
por no querer la lengua como llama
ni la Mano de Elohim como su amparo.
La soledad da coces al aguijón
y en el abuelo triste, viejo solo,
la historia pudo más que el príncipe del sábado
y la reina Nashim, La Sueca, Cristina.
La abuelita Cristina,
dulce de alma,
a su sombra, permanece
y le seca sus lágrimas
y le oculta las suyas.
Con la pipa en los labios, Simón está
y oculta que está solo, aunque hay gente
que lo llama a los partos,
y lo abrazan
y le besan el pecho,
porque es alto como una nube.
Triste se tiende sobre el lecho
al lado de la esposa.
Vehemente en dolor, en yugo primitivo,
su barba amanece, crecida en grises;
pero no piensa cortarla jamás.
Como al hijo del castigo,
la soledad saluda a su mañana;
el sol de baronshin está en desobediencia:
el viejo está sin fe, por días y días.
Seco de labios, mustio, aunque del vino rutinario
él probara su dulzura
y del secreto majuelo del ayer
bebiera dicha, aún no se seca la queja
-Se fue a la guerra-
o el aviso del maskilim,
es por falta de ángel,
de dulce fantasía,
o vigor en la carne.
La soledad te vencerá
poco a poco, le dijeron,
hasta la muerte, pero la gente ¡qué sabe!
El se sostiene activo y, en privado,
La Abuela con los suyos consolidan su mundo:
«¡Te amamos, Benavito! ¡No llores!»
Junio 1980, Miami / Del La Casa
La casa
No me quejo de la casa donde vivo.
Vulnerable es, como choza de yagua.
Y tiene añeja piel, zócalos grises.
Con el viento de tormentas en agosto,
tiembla, cruje, se resfría como yo,
padece soledades.
No. Si me quejara,
sus puertas tirarían de narices
mi corazón con que soñara
la fe de sus cimientos,
la intimidad de sus vestíbulos,
la altura y amplitud de sus recámaras
y sus salas con artesonados viejos,
tallados a mano con devoción mantuana.
Las calles aledañas cortan
el lenguaje vacío y rencilloso,
pero la casa y yo nos guardamos
en celo, uno a otro, pues queremos ser
baluartes de lo que en que
es un cálido balconzuelo
y tefillim / mezuzah,
poste mosaico, lo sagrado.
Mi casa funda la libertad
con las ventanas abiertas
y en el jardín
hay alegrías que florecen;
pero sus paredes ya tienen agujeros
y un golpe de provocaciones
llovió sobre las puertas.
La cicatriz sigue abierta;
el hueso quebrantado.
No, si me quejara...
dejaría de amar a las hormigas
que se divierteen sobre los pilares
y llevan sus cabecitas negras y nerviosas
a una antena que me sabe a nostalgia
de mi infancia y a mis juegos con ranas
que crearon cerca de mis pozos y escondites.
Una araña teje, tan alta bajo el techo
que jamás hallé un artificio de destierro...
Hay ratas peores, no me quejo.
Peores que las que chillan
en los sótanos de mi casa en estío
(las que ahora pernoctan sin permiso
y lamen los baúles donde están mis recuerdos).
Mis abuelos, mis antepasados y mi padre,
las llamaron caínes, ratas perseguidoras,
venenosas, falanges de la Guerra Civil,
ultraderechas que han mordido
a corazones, que han arrebatado y seducido
a mucho más que los bichos a viejas cartas,
fotos y libros, sentimientos.
Las polillas no se comen los huesos.
Los milicos sí; desaparecen sangrientamente
a las generaciones de hombres de cedro puro,
luchadores cpn huesos más nobles que los suyos.
Del libro La casa, primero del autor
*
No venderé mi casa
Hoy mis paredes son, en rigor, ruinas,
hacienda devaluada.
Ortigas, hórreos en musgo, patios
del abandono. Cubierta está la citanía
del templo que ésta fue, el castillo existencial
de sus vidas guardadas, mi tesoro.
Lo sé, objetivamente, pero si me quejara
faltaría a la promesa que le hice:
¡llevarla conmigo a la aventura,
mimarla, restaurar su belleza y su esplendor,
reabrir los expedientes de su pasión que levantó
su orgullo, su líbido, sus gracias sutiles
como si fuera hembra con profundo amor,
social y humano, para el que honra su piel
de piedra, moralón y cedro.
Esta construcción está conmigo
y la quiero con celo. La añoro.
Son mis cuatro paredes favoritas,
el esqueleto de mi nostalgia humana
y, aunque mis palabras parezcan
vulgarmente exageradas
ya que no son juzgadas como plausibles y objetivas
si designo al predio por su costo de mercado,
diré que casa es como la mujer
que ha sido cuartel y buenos muros,
cocina y pozo del alma tan hambrienta,
sinceridad y gentileza de varones,
y no se vende como se vende
a la madre y a la esposa, a la hija y los amigos.
No hay precio que pague
o que explique lo que esa casa es
ni lo que ha sido.
No. Si la vendiera, conmigo
iría la queja y la maldición
y mi derrumbe.
11-9-1988. / De La casa
El sótano
Si no me vuelves a ver,
ventana mía, ojo con mis peligros,
no digas, con enojo, que te dejo...
Ni que soy ingrato,
ni que no te quiero.
De los muros, tu balconcillo de rejas
y antepecho ha sido más que amigo.
El encuentro desafió mi estatura
¡pero, tercamente, a tu espacio he volado!
Sin las pupilas mías entre tus marcos
de oscuro palisandro y caobo nigeriano,
la mar Caribe no daría sus saltos de olas,
su rumor de playas.
El Malecón sería un vacío nominalismo,
paisaje extraño, costas de espumas
que jamás habría visto...
Sin tí, los camiones cañeros no vendrían
a La Habana; pero, ventanica,
mirad que llegan al tino
y estamos en plena zafra.
Por tu ventana lo espío.
Eres la cita de mis fugas, chiscón
de mis juegos solitarios.
Recuerda al niño que te ama
porque ya estás viejo, oscuro, polvoriento,
sotanico, aunque seas el más inmenso
resguardo de la casa y yo tu frágil compañía.
El tercer piso es el mío,
donde tengo mi cama;
pero yo me fascino con tu almacén, La Bodega,
con su humedad de cova, el techo alto
con arañas y ratas,
con fantasmas de hilo,
abandono, barriles, maquinarias, baúles...
Muchos juguetes tengo por tu causa.
Me gustan más los que son de fierro
y el embeleco que con ellos invento...
Mamá dijo que no llevaré al partir,
nada de tantos acumulos,
tu mundillo de memorias, a oscuras,
utensilios zarrientos.
El sótano y el exilio
Si el amor fuera recuerdo
(que tan poco espacio en las valijas ocupas),
te llevaría conmigo, sótano en pleno.
Mi padre dice que vamos hacia España
(y queda lejos), dice que regresaremos,
que no es pa' siempre.
No te digo que me gusta la idea,
ventanica, ni te digo adiós, pero sí...
por de pronto, tengo que irme y me voy,
con tristes ojos y labios y desaliento.
Elijo estos muñecos de goma
(son soldadicos verdes de los americanos)
y estas mariposas y también un gusano de los feos
y el microscopio de Sbarbí, mi abuelito ...
Algo es algo.
No sé si me los quiten, no sé si me los llevo.
Mamá dijo: el microscopio pesa mucho, no,
ni los gusanos, ¡no importa!
Es por tí que estoy triste...
¡Me están quitando la casa!
Me han dicho, ventana mía,
que no vuelva asomarme por tu cuerpo.
¡Que no te busque y que no te quiera,
sotanico oscuro!
A mi padre
Toma muchos años para que seas visible
No se adivina tan fácilmente
que eres el centro mismo del horizonte
donde mi vista circula,
inocentemente inútil.
Hay cierta hosquedad cuando estás cercano,
pero una alegría permanente también.
Tu ronda solícita y se te alcanza, empero,
en tu distancia sabia.
Dialogas con trámite de esposo y de padre.
Por eso no concibo nuestra casa, sin tí,
usted que es incomprensiblemente cotidiano,
aunque no estés presente ni te agotes en mimos.
Cuando cada sorpresa se concreta
y cada promesa se cumple, te veo
y sé que has aportado el vigor que la origina.
Te hicíste amado, imprescindible,
aunque no lo supe con todos los detalles.
Escondíste el desvelo que lo explica.
Cuesta tener la llama viva
y la lealtad triunfante
y la frente sudosa de trabajo.
Kaddish / In Memoriam
>(Para repetir durante los Siete Días del Shivah)
A Víctor López (1919-1995)
Aquí estás aparentemente muerto, padre mío,
y yo que te amé, separado de tí,
también estoy tendido desde el alma
y recito mi trozo de alabanza
por tu honorable vida y tus ojos ciegos.
¡No es fácil escribir sobre hombres tan llenos
de silencio, tragados por las madreperlas,
sin la predecible sensiblería de los truhanes!
¡Fuíste tan fuerte, haz por haz,
conspirador velado en las costumbres,
pero tierno como los niños lujuriosos
y traviesos, tus alumnos sedientos de secretos!
¿Cómo fue tu vida de soldado?
¿Cuántas mujeres
tuvo tu uniforme de huesos grises,
tu guapura y tu estampa,
tu donaire de poeta caribeño?
Recuerdo tus muchos libros,
tus medallas, tus diplomas de hombre brillante,
tus monedas, tus piezas de recuerdos,
tus viajes a países extraños
y tus múltiples gabardinas y cobatas y trajes
y tus vivas a la independencia y al albizuísmo,
al Fidel de los '60s, a la ciencia soviética,
a la España democrática, sin Franco...
¿Cómo fue que llegaste a los campos, a la jaragua,
para robar la Luna en Mirabales y cazar
liebres con los Luiggi,
o despasearte por la Loma de Elizalde,
cómo descubríste el Charco del Peñón
y el Salto de Collazo?
Amaste la aviación, piloto de fantasías,
y a los héroes de la Sierra Maestra
y amaste a diez piedras de tu sangre
y a tus nietas y tu casa y tu Yuya, nueva Eva.
Al final, amaste la fe con ojos ciegos
y la tristeza de perder la mitad más querida
de tu cuerpo para ganar la mitad
más gloriosa de tu alma...
¡Qué irónica plenitud el amor tiene!
Hasta los poderosos como Nimrod
caen quebrantados y se los traga Seol
para llenarlos de vida.