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Muchos todavía relacionan a Arnold el de Hierro con un héroe que salva al mundo de los malvados...

Es una pésima noticia para millones de mexicanos y latinos que viven en California; los antecedentes de este actor hablan de que impulsará un programa de gobierno hostil para los inmigrantes: Francisco Mora Ciprés, diputado del Partido de la Revolución Democrática

Este hombre se observa al espejo. Quiso ser el más hermoso de los seres del género y, desde adolescente, ya movido por tal anhelo, sospecha sin teorización, él plasmó con alarde el sueño de utilizar esa imagen externa, su poder, a la sazón, eficiencia constitutiva e inherente de sus músculos, protomasas que visten sus huesos, con la idea de que salvará el mundo.

A él tocaría la tarea de llevar su corpacho a los espejos de la historia. Admitido el reto: se le dijo que ponga su cabeza, su hombría cultivada, en el asador.

Y lo hizo.

Hay un poder genético, quiso él que se pensara, que lleva a la superioridad biológica y a los honores masivos. Hay una macharrería que apela a los mirones, a la plebe de las mayorías, que son tan crédulas de la mass-media. El hombre histórico se afana por verificar ese modelo, la casi bestia, sublime, triunfante, oportunista, y la sospecha de que existe se evalúa de modo ideal, weberianamente. Hay que ver cómo se las cotiza. De plácemes, las célebres bestias del afecto multitudinario ganan billonadas y salen en revistas. Vale la pena nacer, alto, duro, brutal, sí, para la industria... y jugar con las bolas... de fútbol... y echar puños y patadas, o amenazar a las niñas y las viejas, con un billete orgiástico, con amparos de fama y anonimia fálico-calculada.

En Sacramento, capital política de la quinta economía del mundo, lo creyeron. Dicen que allí hace falta el terminator. Quien fumigue y se atore a los gandallas. Y él fue por los premios de intentar una verificación empírica de que la bestia puede, con amor de su fanaticada. E hizo triunfar una del tipo weberiano, aunque la bestia de su imaginación, la pintó más guerrera que los hunos y cosacos.

Meditaba que él nació para divertir a esas mayorías, utilizarlas, fascinarlas y hacerlas que consumieran su presencia; sea Sacramento o Washington, da lo mismo; pero saber acerca de ésto no fue el resultado de conceptos profundos y apasionados en torno al hombre y los avatares de la cultura defectuosa que arrastra a las sociedades a sus momentos de represión social y de mala economía.

Todo fue tan sencillo y casual como el mismo narcisismo. Arnold no necesitaría otro conocimiento que su disposición a prestar su nombre, su imagen y vaciar un poco de su caudal personal de propaganda en la empresa. Cierto es, con riesgo de unos dólares, también se abona al desafío. Hay que añadir la harina al pan que gobierna el mundo: el dinero canta muy claro y catapulta a los que buscan gloria y destino.

Decir yo soy un triunfador y tengo buena voluntad y deseos de aportar, yo soy honorable ciudadano, quiero servirte, pueblo mío no basta. Ni unir su vida conyugal a una familia prestigiosa, con el mismo afán de lucro o de servicio que el suyo. Había que presentarse junto a 135 candidatos al Gran Concurso, encarar a cada uno en la contienda, sin perder el temple; sonar los cascabeles y danzar, dionisíacamente, formando el ruido que calla a las prudencias en lo oscuro.

Si alguno había allí que se extralimitara como ente mortificador, subluminoso, vaya y pateélo sin piedad, descabécelo, métale su cabeza en lo hediondo de la toilette. Mofándose de sus vidas y haciéndolos pasar aún por más mediocres, enanos, oscuros o pálidos, que él, ganaría más que al convencer con ideas posibles en lo incierto.

El no fue capaz de estudiar otra que el cómo meterse en un braguero, casi en pelotas. Las nenorras de Playboy, con chochos afeitados y senos grandilocuentes, hacen lo mismo. Cómo dejarse maquillar y memorizar sus libretos es lo que importa. Entenderse concienzudamente con planteamientos, como los que Camejo trajo a la luz, a la palestra pública, no dará ni honores ni dinero.

¡Qué afortunado! A él no se pedirá que explique el por qué hay hombres y mujeres brillantes, solos / solas, en las torres de marfil, miseriosos pensadores e intelectuales, sin seguidores, sin la confianza de las mayorías de sus pueblos:

¿Quién es el más poderoso y atrayente de los hombres del Estado Dorado? Espejito, espejito, ¿acaso no soy yo ese hombre superior, extraodinario, el más espléndido en músculos, el más bonito, pragmático y heroico? ¿Quién hay que pueda negarlo y repetir mi sendero de éxitos?

De hecho, él vivió en un mundo de sombras, de puras excresencias culturales, pero bastará que ahora enfatice que ha sido iluminado por las luces de carnaval, la democracia de consensos multicolores y que, tanto él como sus fans, van hacia el horizonte glorioso de los votos y que, en ese tránsito de la biología a la propaganda consagradora, no tendrá un estúpido descenso, ni piedra de tropiezo con el nombre de los amantes bustos, como Arianna. O dieciseis casos de chicas cachondeadas por los dedos ligeritos de sus manos.

No hay problemas. Una vez allí, donde la propaganda y el dinero todo lo esconden y perdonan, la esfera de poder de los condescedientes y los condescendidos es tierra de nadie. Con Arnold, el Yo-todopermisivo, el yo-triunfante-vitaminado de esteroides, el todo en torno a todo será fácil, sin dolor, promisorio; Sacramento va en camino al paraíso. Todos se auparán por la ingenua percepción de los sentidos; él los llevará a los orgasmos sucesivos, al paroxismo de la felicidad republicana. El reino de las celebridades es como la fe, divina, utópica, y sublima cada golpe bajo y cada culpa remordiente. Por codicia, por poder, se cena la mentira cotidiana y cada noche y día se puede continuar como si nada. A Dios rogando y con el mazo dando.

Los educadores de Arnold son igualmente los voceros de las sombras vencidas y olvidadas. Convocan el Total Recall en la Caverna platónica del ser-ahí; se confíarán a las Manotas de Hierro, a las invisibles manos de cátaro-alibegenses, los problemas del Estado y se dirán exculpaciones. Dios perdona al Terminator, que actúa con látigo de esparto y acaba las corruptelas del perverso. El demócrata, corrigió Arnold.

Aún los hijos de las sombras, más oscuros, demócratas latinos, confusos como oligarcas blancos, susurran que son hijos preclaros de la luminotécnica hollywoodense y del mejor leño encendido en la Caverna. Arnold tiene luz en la mirada. Es un sol visible en el abismo. Es el emisario de Dios que viene desde el cine en la forma de austríaco atrabancado, con prusianos gestos y tambores.

Te voy a dar mi voto, GoberNator. La licencia de manejo no me la quitarán. Soy ciudadano.

Hasta entonces, a debatirse con el sol de las ideas, no había salido el Arnold prometido, el ángel de nalgas planas y de grandes morrillos; pero, él ya está de gira con su grupo de demonios y harpías. El circo-móvil. La prensa lo sigue a todos lados. Cada ciudad que visita está en actitud de carnaval y rito mágico. Se vuelve un coliseo de gritos entusiastas y alaridos de lujo.

Las bastoneras desfilan, con faldas cortas, uniformadas y las porristas, con pantaletas azules del Partido, exhiben sus lindas piernas y llamativos traseritos. Arnold besa a las hembras, partidarias de todas las edades y, a los hombres, les estrecha las manos, aprieta traviesamente los nudillos. Que no vengan a clamar palmaditas en la espalda; no sea que se enfurezca y se le antoje levitar a patadas unos cuantos fondillos.

Otros que se encarguen de pedir el dinero. Yo no, les advirtió. Otros que le expliquen de qué se trata todo, si es que gana; por ahora sólo quiere caminar y dar abrazos, medirse las partidarias en su ombligo, exhibirse como un pavo y echar diabladas, con su boca chueca, torpe de labios y de acento torcido.

... y así pues, al final, en cada evento, él no hablará sobre nada; el colapso cultural autoinducido (que explica la fe en el referéndum revocatorio del status quo, cariacontecido, no fue su culpa. El desastre se debe a la figura más odiosa hasta el momento, Gray Davis, el encerrado en su buró, el decadente de pelo cano, el político escondido.

Yo no elegí a Gray Davis; yo ni voy a las urnas. El día que vote será bajo mi nombre, dijo. El matón peliculero está sembrando amores y esperanzas en vivo y en directo. No pidan más. El va a salvarlos, California; ya declaró Olamendi, su vocero latino. Arnold sólo pide que le den su libreto en anticipo.

La efusión afectiva y la adrenalina, con brincos y piruetas de su elenco, perdura porque la comunicación es meramente visual con él; las camisetas con lemas schwarzeneggerianos convencen. Un bomber stricker en el carro presupone que eres, o puede que seas, miembro de su círculo selecto, no simple obrero de los estratos mal servidos y subcompensados. El es la simpatía que vincula conciliadoramente a las mayorías y la mano dura del que mata las moscas, disidentes y hostiles, de cantazo.

Ninguno está junto a él, o se aproxima, para oirlo, o pedir las teorías que nunca hizo. Todos son cómplices de falsedades sistémicas aceptadas («necesitamos al super-héroe, al hombre fuerte»). Los que son indispensables y preclaros, en el propósito común, ya están con él y han pedido las reversiones con premura. Le entregaron un plan: convertir la democracia en maroma para las élites derechistas, por largo tiempo en muina y con la legalidad oscuramente promovida de los golpes de estado fue posible. Comprendan que Arnold sólo quiere que no se hable bazofia y lo confudan; vayan al grano les pide... Después que él gane se verá cómo hacer justicia y complacencias con los datos.

Algunos de los interesados que salen en la prensa, sustituyendo al Arnold (que callando se esconde, contrario a Davis que al hablar se distancia), tienen mucha cola que les pisen; otros sacan de los escotes sus engendros peludos, sus cabezas cornudas. Son seres de tres ojos, objetos de la parafernalia surrealista y subcontextos utópico-maníacos. También el pueblo llano, impávido novelero, lo agradece... ¡Es divertido verlos! Cine y ascenso hasta el poder se coauxilian, se transmutan, saltan por encima de sus mismas sombras en la cueva. En fin, pueblo y dirigentes se re(V-B)elan para desafiar los límites alienantes y espectrales aunque, a tontas y a locas, aparezca el desastre.

Van surgiendo secuencias que a la luz mitológica, aparentemente dionisíaca y vital, se explicarán más tarde. De veras que se requieren cambios... Estas caricaturas (que al hombre real lo desfiguran) se ofrecen a los auditorios del voto libre, secreto, todopoderoso, sin tiempo para rescatar lo sublime que esconde el mundo, es decir, sus utopías de amor y cambios verdaderos. Empero, estos seres hedientes, con absurda programación hollywoodense, colocados en el carnaval, son no siempre inútiles y decorativos. El pueblo dice que tiene miedo, pues venga el hombre fuerte, Rambo, Archi-terminator, Diosito Santo: venga el cambio.

Ninguna cosa sagrada y profunda se discierne a la vista, cosa que no sea en función del circo desatado: el homo politicus cavernario y delirante. Ahora hasta los ojos de los demócratas, débiles, vendidos a los casinos del azar y el menosprecio por los pobres del suburbio, verán al paladín con las armas de siega y la venganza que chinga tan quedito. ¡Ha llegado el Gover hercúleo, el invencible con puños de acero!

Juntos van a las calles, disfrazados de trasgos de historieta y aparato retorcido. Demócratas y republicanos se reunen dizque civilmente con los hombres más poderosos y glorificados de la Tierra. Ninguno habla sobre nada para el pueblo; mudas sombras, panaceas de mágico milagro, porque de las cavernas del paradigma platónico vienen todos, sin cognición; tontos cada uno por parejo y, si acaso saliera de la boca algo, ¿qué ha de ser, Olamendi? Humo de esperanza, materiales obnubilados por capricho.

Al menos, otros en la comparsa, harán el simulacro de ofrecer discursos alusivos a cómo sacar a la economía de la crisis, sin desmantelar las ilusiones axiomáticas del Partido y sus falsas compasiones y agendas para el futuro del Estado. Con la victoria en ciernes, los republicanos serán los agresivos. Neopitwilsonianos. Bustamante y Davis ya son dos gatos grises. Se los tragará la sombra y la cueva del reposo.

A Sacramento falta este portento: un Arnold de corte rumfeldiano, un Dick Cheney, de nuevo cuño agandallado, con el poder de Casa Blanca, un Bush lleno de callos y espinas en las vedijas, con púas testiculares, con las bolas de plomo.

Vamos pues a apresurar el trago amargo, dijo el pueblo como pidiendo un golazo. Que el recall sea en octubre y el debate final, lo antes posible; venga, Mr. Arnold, y haga frente a los más picudos candidatos. Venza su miedo.

El acento austríaco de Arnold no es problema. El será breve, parco, calculadamente mudo y modosito. Basta que sonría y se suavicen sus mandíbulas y pómulos enormes. El micrófono no temblará en su mano.

El es un amor, su simpatía me ha cautivado, dijo la colegiala de Chapman University; un latino (que se rompe las espaldas como albañil y de albañilería sí sabe) fue entrevistado por el Canal 34 y dijo que lo admira porque, Arnold, inmigrante como él, aprendió buen inglés, trabaja duro, gana millones y es hombre sencillo, según ha comprendido.

De Arnold, al parecer, se espera mucho. California piensa generosamente: él no será un Pete Wilson. Arnold hará lo que sabe; no más, y eso es lo bueno. Y lo que sabe es poco, según se dijo. Que no se meta en camisa de once varas y en vez de ayudar, la cague... Viene de abajo, dice el pueblo y repiten. La estrategia que lo sube es que sea agradecido. Que se deje llevar, asesorar, conducir... que no sea terco, como Davis en la crisis energética. Que no actúo a tiempo ni sacó el valor de decir a Casa Blanca: Bush, no me chingues, dijo el pueblo.

Al nuevo governator le dieron la oportunidad de ser, como el modelo weberiano, el Tipo Ideal que todos sueñan, aún los poderosos. Ha surgido con augurios de muchas bendiciones.

De los mercados de violencia televisada, él sacó raja y de engendros subhumanos de la sombra (rivales que posan por ser humanamente plenos y reales), hizo arquetipos con sus caracterizaciones. Protagoniza lo que es y lo que quiere ser, dijo Arianna Huffington e hizo ladrar a sus perros en el debate del público silencio.

En el cine, Arnold se da el lujo de ser un delincuente y tomarse la justicia por su mano; en la pantalla, puede golpear a las mujeres, vandalizar las calles, estallar explosivos, producir hecatombes. Cuando maneja irresponsablemente, él pasa su vehículo por encima de los cuerpos inocentes; mas, aclárese el hecho, la fantasía morbosa se queda como subproducto del matón hollywoodense y el vengador sin otra moral que músculos de hierro o de granito.

En realidad, el hombre es bueno y va a salvar a California de los chupasangres y cabilderos que la roban; yo sólo repito como loro lo que me ha dicho el pueblo...

La mayoría ha hablado. Lo defiende. Una cosa es el cine y otra cosa, la personita con su boca torcida, como si fuese seña de una apoplejía facial de su pasado. Otro porcentaje lo castiga: Arnold se aferra animalmente a la certeza de los sentidos. De seguro, sus más hábiles meditaciones las centró en la líbido. Este es el hombre-bestia de Nietzsche, redivivo; un super-hombre, puñetero por amor al Bienestar del sinergismo oligárquico.

Sin embargo, se supo por encuestas y por hechos. Va a ganar. Supo cómo hacerlo. Habló, con sus silencios, desde esos músculos que le entregaron el título de Mr. América y, sucesivamente, Mr. Universo, y enaltecerá la acción destructiva del Depredador, El Bárbaro, El Destructor y El Terminator. Se lanzará contra el pudrido Establecimiento.

El Ministro del Interior de Francia, Nicolás Sarkozy, lo llamó la encarnación del Sueño Americano: la gloria publicitaria del líder internalizada por la opinión popular y la política, cuando en nombre del líder práctico se aguarda el momento de actuar, su llamado testoterónico tardío, ambas potencias yendo, unívocamente, a no se sabe dónde, o si suicidamente o si en magno advenimiento, el Arnold político victorioso. Al pueblo, a estas alturas, no le importa si elije a un prestanombre necesario.

Decía él que, algún día, haría que las comunidades enteras rabiaran por él; el pueblo de mirones estaría en sus manos, bendecería su nombre. Y fue por lo que dejó su tierra y parentela. Dejó muchas de sus viejas costumbres; pero no la rutina de mirarse al espejo, tensando cada músculo, mientras musitaba: Espejito, espejito, ¿quién con la sola persuación de su presencia, sin coerción alguna, dará cimientos al poder y tendrá a su disposición cualquier nivel de estatus social y de honor público?

¡Qué hermoso soy! ... así terminaba diciendo casi siemore. Y se sentía muy hermoso, más hermoso que nunca, cuando ganó las elecciones del martes, 12 de octubre. Jorge Castañeda, al saberlo, lo ha llamado Arnold, el venturoso. No vaticina que vendrá una catástrofe en las relaciones con México ni el trato con la bola de morenitos y mojados.

El hecho es que opacó con su triunfo a los que creyó sus enemigos más temibles: los morenitos, el bloque de inmigrantes legalizados, aún en inopia; a los naturalizados, lo mismo que a los indocumentados que han llegado como ratas por recónditos y peligrosos caminos de la gran frontera del Sur americano, al norte de México, peleando con la muerte, la miseria y el fracaso. A todos puede que llegue a quererlo; pero aún no lo sabemos...

15 de octubre del 2002

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