5. El mequetrefe cósmico
Our apparent perception of distance itself is a mental invention... There was no such thing as an unperceived material reality: George Berkeley (1685-1832)
Posiblemente, en el principio del que dijo surgir, el Mequetrefe
Cósmico no vio de las galaxias su uniformidad inicial, su trasero espiral,
su silueta de perfecto pezón, su gracia voluptuosa... Seguro, el imbécil no
supo. Yo sí inspiraba una lujuria grande y grata a esa muchachilla tan
caraja. Celinilla sabía que yo soy hermoso, sólido, y toda la hermosura
nace de la densidad. Ella y yo eramos dos seres densos que se amaban.
Antes de que llegaras
yo era un loco de verano.
Un chiflado mataperro con mis días.
Vivía por estas playas
(que parecen tan simples:
sol y arena, agua y caminos)
y, de súbito, cayó del más alto nidajo
de la palma, el melón lactoso,
tu presencia
y me llevaste a la mejana de la fuente:
la sensación, Tu Carne.
Para los hechos singulares
(que yo dí por creídos, asentados
virtuosamente verdaderos)
buscaste las segundas intenciones,
la oscura gramaticalidad,
el sendero verificador de desviaciones.
Golpeaste el idealismo subjetivo
sin piedad, estremeciéndome
e hicíste del espíritu de Berkeley
una masa apestosa de mabinga
por la que siento lástima.
Despojaste al paisaje de sus bragas.
Todo ultrajaste con asco y placer.
Díste propiedades caprichosas
a lo que vestido estuvo
de inmaterialismo;
calidades sustanciales
a lo que había inmanifestado
y vírgen en mi mirada,
pero vedado a mi tacto.
Por eso ha nacido esta lujuria
gratamente,
pero me duele ir a imitarla
y ejercer songa.
Me ha tomado tiempo
tener tu sangre fría.
Bajo el sol de mi islilla
fui tonto y piadoso,
imperaba una inocencia
que no comprenderías;
pero sin esta experiencia a posteriori
de quererte, Melpómene,
todo sería tautológico y arcaico
bajo el sol y mis días.
¿Quién separó la gravedad de otras energías y apartó las fuerzas
nucleares, las débiles y las electromagnéticas? ¿Quién combinó los quarks
para formar las partículas? Yo dije ... y a mí, que me esculquen. Claro,
medito en estas cosas; pero sin decir yo, inventor del hilo negro y el
popote. ¡Pero, juro y perjuro, sabía que yo era denso! Y ella amaba mi
densidad, lo mismo que yo la suya.
El mequetrefe cósmico caminó delante de mí: Yo soy, dijo, yo fui y
yo seré. Por eso se ha metido dentro de mí. Quiere ser dios en el cuerpo
incrédulo. No hay señal de mediocridad más clara que ésa. El dios que él se
cree ya no se gusta en el reflejo de las asimetrías. Se disfraza de viejo y
de bestia. Se contempla en el distorsionado lago de las apariencias y en
las pancartas que declaran su nombre. Es decir, carteles que cuelgan a los
vientos. El es epifánico porque yo doy mi cuerpo. Lo propongo ante su mundo
de espectros.
El mismo dice: ¡Qué fealdad más sublime es mi hermosura! Yo sé que
él es un fantoche, en vivo y en directo, pero él no pensó que, a tres
minutos de la nucleo-síntesis, después de formada la luz, vendría a ser tan
malquerido, el más plebe demiurgo del cosmos. El patán dio gato por liebre.
Exigió la pasión heroica y se halló con tal auditorio de cobardes, los que
sólo esperan la última morada en su pulpa primaria y trascendente.
Conmigo se chingó, pobrecito.
Para mí, su divinidad es broma. El sujeta a lo oscuro la materia
brillante y, a costa de no verse, dice que es el Ausente por el que lloran
los crédulos. No me importa que presuma que es casi la totalidad de lo que
existe: materia negra, mancha canalla, causalidad que gravita con
anonimato. ¿Qué me va o me viene la materia negra?
Quise ser astrónomo alguna vez y fui echado de la universidad. No
tengo un diploma ni de pendejo. Ya no me importa el cosmos. Ya no leo sin
hay vida en Venus o hierro en la Luna.
¡Basura, éso no sirve para nada!
Al dios que él propone, o me da a consumir, no lo congela ni el
deuterio más recóndito. Ni yo mismo edifico templos en su nombre, yo que
tantos templos construyera. En cambio, a la Nada racional de los dogmáticos
otros necios la endiosan y, en su culto, encienden los altares de Asera y
él, mediocre y oportunista, cree que yo creo en la Nada, o que quiero mi
condominio en el Cielo, la Jerusalén de lo Alto...
Granuja, pendejo, yo no
quiero ni necesito nada. Sólo quiero morir, o no pensar... o quedarme en mi
casa, papando moscas. O escribiendo poemas, que es lo mismo.
Para describir al Ser intruso, el dios que se propuso, su yo,
dentro de mí, abandonó las palabras preselectas, sublimes y exquisitas.
¿Quién sería el que me agarró de los güevos?
Oiga esta anécdota porque si interroga a Celinilla tomará a burla mi persona, que no es narcisista aunque lo parezca... Me bajaron de lo alto de la solera una vez que entrararon a mi sótano. A penas tuve tiempo de vestirme. Al ver mis genitales, Campas gritó:
«¡Qué envidia, machín! ¡Te la cambio!»
Nunca me había ruborizado a tal grado. Ella se partió la boca a risotadas. El me observaba con un gusto de mariconete y payaso.
«¡Vergudo y pendejo! Eso no va», dijo.
Aludió a mi virginidad tan irrespetuosamente. Algo me distanció de los dos desde ese momento.
Es idiota que se mida la distancia y la densidad, por la relativa complexión del pene y la adultez por el escupido o la pulsión eréctil. Lo entendí.
Berkeley se burlaría de mí por la boca de esas dos ratas. ¡A cual más miserables y culeras: tragapingas!
Será el idiota que habita dentro de los agujeros, cucaracha del
vacío más oscuro. Posiblemente, se parece a mí. Dí a él por alcoba cierto
espacio imaginario que se llama singularidad, que está en mi sótano...
Confieso que cuando fui crédulo me imaginé lo sublime: él es incrucificable. No
hay modo de matarlo.
Nació de la violencia y ya lo puede todo. Es omnipotente. Gira,
traga, colapsa. Se apropiaría de cuanto se aproxima a sus márgenes.
Bandolero del silencio, El es.
Cuando piensa y obra por mí, fastidia, acelera este proceso de
enemistad que ha definido mi vida.