Trece monografías sobre historia pepiniana /
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Las memorias de 1898 y la tarea de la novela

Todo autor, como ciudadano opinante, tiene el derecho a juzgar los hechos históricos, lo datable en cuanto ya-sido, la testimonialidad, oral y documental. Y así dar su reacción, a partir de lo que está «a la mano» con su potencial en lo presente. Que te hayas atrevido a hacerlo tiene su mérito y su riesgo. Como escritor, Eliut, estás en el derecho de comunicarte y de ficcionalizar la realidad, la historia en cuanto posible. La esencia de lo ya-sido es siempre teórica; por tanto, no más profunda que el sentimiento de la realidad y sus emergencias e interioridades epocales.

En una sociedad demócratica que sigue siendo colonial, escribir una novela histórica que pasa un juicio tan duro sobre las realidades del cambio de soberanía / o mejor decir, del cambio de amo, prefigura una articulación ideológica. Tu elección del tema del Capitán Brackford (con el que formaste un personaje mítico) y tu elección del imaginario social de 1898 sirve, al mismo tiempo, para exponer los móviles de la Invasión Norteamericana de 1898 y las reacciones del populacho que acogiera tal presencia (el Nuevo Amo) y su orden institucional en ciernes.

En la «literatura de la pepiniadad», con el tema del 1898 y Brackford, tomas un toro por los cuernos.

Hay relatos muy pequeños, casi lamentables, memorias o artículos historiográficos del Dr. José A. Franco y Antonio González Orona («Dios aprieta, pero no ahoga»), sumados a las ya conocidas y pocas hojas dedicadas en los libros de Andrés Méndez Liciaga y J. Padró Quiles, que se han asomado a ese «Nuevo Amanecer», «no recibido como Hostia del Tabernáculo», como decía el Lcdo. Agustín E. Font Echeandía, para referirse a la llegada de los americanos al Pepino. Digo casi lamentables porque la impronta del '98, El Desastre, fue tan profundamente sentida que acallantó a todo el pueblo. Por el exceso de deslumbramiento, o de turbación y zozobra, en San Sebastián del Pepino, no se trabajó creativamente con esa memoria. Fue muy dolorosa.

No hay vivas al gringo en nuestra literatura alusiva a ese año, pero tampoco desprecios poéticos a la hispanidad. Las décimas de Carmelo Cruz son quizás el único testimonio literario-social que mientan su mundo-sido, su historiarse-con su generación y el destino en común. El fue el único que cantó con terror sus décimas cuando vio, sufrió y compartió la rabia de su generación por sus explotadores. Tímidamente, se asomó a esperanzas de cambio. Llamó al americano «Caballero», «con fuerza y dinero» y pudo llamarles las águilas del Norte o algo peor. Los yankees invasores bombardearon San Juan; los jinetes rudos sabían matar indígenas y menospreciar a los negros en su propio país.

Creo que, en el proceso de escribir esta novela, te habrá sido común un sentimiento al que yo me enfrenté antes. Soledad: ¿quién me transmitirá lo todavía actuante de la historia del 1898? ¿Qué haré ante lo «ya no manifiesto» de esa historia (esto es, lo documentalmente perdido, olvidado) o respecto a lo que «todavía manifiesto» no tiene acción sobre el presente? ¿Es útil que la historia pase revista sobre lo doloroso de una época? ¿Sirve esa descripción de lo ingrato y lo turbio para que se enorgullezcan los lectores al saberlo o, más bien, sirve para desmoralizarnos? Escribir sobre la violencia y la injusticia de unos tiempos, ¿es terapia o es morbo? ¿Se debe respetar el silencio de los que callan, o remover lo cochino del mundo-sido, materiales de pepinianidad entre escombros olvidados?

Hubo tanto que decir sobre la Invasión Americana y la violencia campesina en ese año de 1898 que terminó no diciéndose nada. Se dio por sentado que todos sabían sobre lo sucedido, que sabían lo que sabían y, en consecuencia, el tema se diluyó, poco a poco, en el tiempo; en el paso de una generación a otra.

Muchos de los recursos documentales (que mientan los conexos de acción de lo histórico) o desaparecieron o se olvidaron y ocultaron. De hecho, frente a nuestras narices, se han muerto los viejos relatores potenciales que habrían discutido algunos episodios de ese período, dándonos multitud de detalles sobre la época e incidencias memorables que, si han sido secretas por razón alguna, es porque exorcisaban sus siniestros contextos.

El remordimiento es tan saboteador de la memoria histórica como la censura pública, el apañamiento cultural por el olvido y el silencio oficial de los historiadores pequeño-burgueses o las familias susceptibles, aún irreconciliadas con el historiarse-con que Heidegger asociaba a la tradición. Muchos han sido los fieles a lo repetible, gentes que imitan al héroe, entendiéndolo como réplica de la posibilidad de un destino (o historicidad original), pero, al mismo tiempo, quienes revocan su historicidad, al manipular su destino para falseamiento o encubrimiento, es decir, la tarea de ocultar los hechos. Unos se avergonzarían, por razón de honor o amor propio, si se conociera sobre qué se les hizo: ultrajes a sus mujeres e hijas. Otros callan / callaron lo cometido y lo sufrido, la culpa y el castigo, lo obtenido y lo perdido, por los suyos.

La mentalidad tradicional, como la colonialista, ni repite realmente el pasado (pues ésto es imposible) ni se mueve realmente hacia un progreso. No sería fácil tarea que un miembro de la familia Echeandía o la Oronoz se explayara con cualquiera a discutir sobre las personalidades / debilidades / ejecutorias de sus parientes históricamente preeminentes. «Se asume que se sabe»; pero, aún medio siglo después del libro de Méndez Liciaga y la Historia de Padró Quiles, conseguir relatos orales o familias distinguidas que compartan es un desafío al tabú.

Desde 1972, por lo menos, yo fui preguntando a cada anciano, a octogenarios y, preferiblemente, a relatores que fueron coétáneos a esos hechos, por esa esencia del 1898. Tuve que dejar de ser adolescente para comenzar a manejar más recursos teóricos, técnicos y afectivos para que mi fascinación y curiosidad por el año en que comienza el coloniaje post-moderno que aún vivimos, fuese voz aprehensora suficiente para esbozar mis monografías. Nunca he querido ser un charlatán en el recaudo de estas historias e informaciones.

Durante esa búsqueda, topé con el método heiddeggeriano de la indagación histórica. El fundamento de la historicidad, su haberse resuelto avanzando submite a un sido-ahí (da-gewessen) que no puede ser nunca pasado y que suelve las posibilidades fácticas de su propio existir, desde la herencia desde la que el hombre se hace cargo, en cuanto deyecto, de su resuelto revenir. Sólo se transmiten las posibilidades recibidas y se hace historia, cuando se reconoce lo que tiene historia y dignidad. Lo que tiene dignidad es lo que determina en el presente un porvenir.

La historia es una posibilidad o región de los entes, incluyendo al ente hombre (Dasein), que es definida por el espíritu y la cultura; el hombre «sido-ahí» y su provenir de un mundo sido (gewessen) es lo primariamente histórico. Del «mundo sido» en 1898, ¿quién pudo hablar con más pasión y rigor que quien solvió las posibilidades fácticas de su submisión, humanidad entregada y vivió su más propia entrega a ese mundo sido acerca del cual queremos saber?

La verdadera historia, es decir, esa que aprovecha el espíritu, no sólo la interpretatividad pública, la camisa de fuerza de una ideología estrecha o los escenarios o conexos utilitarios, es la que nos revelará la pepinianidad y esas fases superiores de conexión con la nación. Sé que estás interesado en este tipo de historiar que no es sólo una búsqueda de lo tradicional y lo inconsciente, sino un historiarse-con (Mitgeschehen), por la coparticipación y lucha del destino en común. Geschick, destino en común, alude a una práctica más amplia que el historiarse de la vida propia y que es más significativa que lo histórico-tradicional, que no se abandona a su pasado; pero tampoco tiende a un progreso.

Al leerte, Eliut, comprendí el por qué tu interés por la novela histórica, género cuya estructura propone, como demanda, hilvanar y entrelazar hechos, como si se tejiera una hamaca con conjugadas temporizaciones y palabras, no sólo con los apetitos o tejidos de la generación propia, sino con los de la precedente. Escribes la primera novela que, en Pepino, al menos, busca una explicación al sentimiento militar de ese invasor consabido, a la clase social que le diera su incondicionalidad, su fe ciega y su legitimidad. De hecho, fue el lareño Luis Hernández Aquino, con su novela La muerte anduvo por el Guacio, quien primero tocó los tema que tocas, tú de un modo más riguroso, por dar nombre de víctimas y victimarios.

En esta novela especuladora, exploradora y castigadora, están construídas las edificaciones de posibles interpretaciones que, obviamente, no son absolutas, simplemente posibles, subjetivas, indagantes y, en su momento más peligroso, justificantes, parciales y crueles.

En la novela que has escrito, los hablantes más elaborados, reveladores y sintomáticos, es decir, quienes dan su conceptualización desde el punto de vista del nuevo dominador imperial y su víctima expectante, son el Capitán Brackford, el Sargento Loyalty y Goyo Corniel. Este último es la voz del colonizado que cifra sus esperanzas en el dominador.

Queriendo o no, tu novela humaniza a esos tres especímenes que son lo más elaborado de tu creación concreta, Brackford, Loyalty y Corniel. Tú, como el autor omnisciente, el diosecillo / Destino inteligenciado que maneja los datos y personajes de la historia, no has tenido compasión para los incondicionales de España; en parte, por lo que ya sabemos. Ellos explotaron, envilecieron y ensañaron al pobre hasta hacerlo espejo de sus victimarios: al transformarlos en rebeldes, resentidos y vengativos.

El otrora excluído de la riqueza y la armonía social antes de 1898 se tomará su turno para excluir y cobrar con ventajas amargas, el precio de su opresión y miseria. Este fue el riesgo, tu desafío más difícil al escribir una novela en torno a la lucha colectiva de esa envergadura; pasaste juicio en torno al uso revolucionario de la violencia. Reconocíste esa modalidad de comportamiento y le díste un reconocimiento político en la historia del Pepino.

Ya no sabemos la humanidad, virtudes y defectos, idiosincracia (y si que alguna tendrían) de los Cabrero, Laurnaga, Caballero, Echeandía, Oronoz, Ballester, García... Supimos lo que ellos representaron como élite en su hic et nunc, su ahí-ahora; tu novela, lo sugiere; pero no sabemos, por tu novela, nada acerca de la bondad posible, la subjetividad latente, lo no aparente de aquella gente que sigue siendo humana y misteriosa, pero aún lo no dañado ni desaparecido, de esa gente que hicíste los culpados por los revanchistas, ojalá que pueda rescatarse. Tiene que ser parte de nuevos imaginarios. En la historia profunda, heideggerianamente entendida, como en la ficción de la narrativa y la poesía, el pasado pierde su primacía cuando la dignidad y humanización de lo histórico, se pone en servicio de determinar en el presente un porvenir.

¿Te imaginas el riesgo de no hacerlo? ¿El riesgo de simplificar la vida como un drama de héroes y villanos? Mucha oralidad que dejó de ser contada o tomada en cuenta te hizo falta y, sin embargo, no es tu culpa. Al escribir la historia de los héroes, hay también que dar memoria a los villanos; pero aún las clases hacendatarias, explotadoras de ayer, tuvo una vida privada con sus riquezas afectivas y humanas, sólo que en la inedición.

¡Qué mucha falta hace la biografía, las cartas, los diarios, la accesibilidad oral, que transmita al porvenir la noción de que los hombres (y mujeres) son mucho más que unas bestias políticas! Si realmente ya vivimos la fase del perdón y la colaboración, estoy seguro que nuevas novelas históricas surgirán en Pepino; yo imagino que una novela sobre Cheo Font Feliú, ese temible Don Cheo que fue arrestado por amenazar con «quemar las cuatro esquinas del pueblo» sería tan fascinante como una sobre Chilín Echeandía, pistolero de los Republicanos de los '30 o una sobre la Dra. Marcianita Echeandía Font, investigadora de la poliomielitis en Nueva York, rebelde, feminista y abandonada a la miseria, en su regreso a Puerto Rico, o no?

La pepinianidad tiene sus alter egos: gente interesante en las sombras de procesos angustiosos. Esta esencia que es «historia» por el espíritu, es la que es capaz de patrocinar a gente del espíritu cívico de Rabell Cabrero, Chinto Rodón y Doña Bisa; pero también a figuras de temperamentos desafiantes, dionisíacas y que, pese a ello, son imprescindibles, para entender a Pepino y su idiosincracia histórica, con profundidad.

Tu novela me pareció demasiado ideológica y política. Diferenció a explotados y explotadores, a líderes de los pobres, con sus huestes de furibundos incendiarios, de otros liderazgos hegemónicos, aún capaces de conspirar en las sombras por retener su poder en peligro. El tuyo fue un relato sobre los antagonismos que van del 1868 al 1898. Tu novela no es un panfleto, porque denuncia y rescata, la triste realidad del movimiento de los sediciosos de 1898, sus sociedades secretas y obreristas. No se puede tapar el cielo con la mano.

Tu ficción no es un acervo de leyendas; sólo una presentación de retazos de lo que Pepino ha querido olvidar, sin lograrlo; pero sí, sólo la figura de Goyo Corniel me pareció humana, creíble, dotada de caracterización. El sargento Loyalty y el Capitán Brackford son tu propia articulación de conceptos para explicar la mentalidad norteamericana y su operativo bélico en Puerto Rico.

Por de pronto, lo que ha hecho es valiente.

Tomaste partido por unos; desdeñaste a otros. Lo que has descrito es trágicamente necesario; didácticamente imprescindible; los hechos son brutalmente ciertos; pero, bien sabemos, en términos del ideal del Pepino fraternalizado, por trascendencia espiritual, tu novela pinta un callejón sin salida.

Es importante que se sepa todo lo que has descrito: la explotación que originó, como brote insurrecional, el Grito de Lares, la brutalización del civismo político que se acometiera durante las regencias de los Gobernadores Sánz y Palacios, los Compontes, el miedo que repercutió entre las clases dirigentes coloniales por causas tan variadas como las guerras carlistas, el cantonalismo andaluz, las ideas obreristas y anarquistas en España, el aferramiento de la clase hacendataria pepiniana y la Iglesia Católica a la dependencia de mano de obra esclava, los renuevos de esperanza del comercio con los EE.UU., basado en la transformación del cafetal en cañaverales, la represión de las ambiciones separatistas de Cuba y Puerto Rico, las ambiciones de autonomistas, burócratas y servilones, sin compromisos con las clases campesinas pobres, etc.

Con todo lo brillante y suspicaz que es el Capitán Brackford, su discursividad no me convence. Es un exponente del Destino Manifiesto más soberbio y cínico que coherente. Está demasiado cebado de su propia opinión. En cómo lo presentas, está planteado tu análisis sobre el meollo del colonialismo y la misión que asignas a los valores misionales del evangelismo. Más tarde, sobre las justificaciones estratégicas de este pensamiento y su rol dignificante (lo que determina en el presente un porvenir) tendré que hacerte otros comentarios críticos, no ahora, sino una vez salga tu novela.

En resumen, tu novela es un comienzo.

Ojalá que, leída por otros, se vuelva el incentivo para que se explore con este género una oportunidad para nuevos memoriales, ficcionalizadores, y que desde la otra orilla, vengan los que humanicen a los que han quedado sin voz que los aplauda.

La novela ha de ser un género totalizador.

Carlos López Dzur / 24 de junio de 2004
Orange County, California


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